relato por

Rubén-Carlos Freire Fernández

 

Cincuenta interminables días con sus noches, pero la espera merecería la pena. Uno por uno los fue contando y tachando en el calendario como si de una cuenta atrás se tratara, deseando que cada minuto pasase lo más rápidamente posible. Incontables horas de teléfono los convirtieron en confidentes de sus más íntimos secretos, percibiendo como dentro de cada uno de ellos un sentimiento comenzaba a brotar. Lo que había comenzado como un inocente juego ahora se estaba convirtiendo día a día, segundo a segundo en algo real que ninguno de los dos podía ya parar ni deseaba que ello sucediera.

La estación, un tren, un largo viaje, demasiados kilómetros, pero todo ello tendrá su recompensa. Miro mi billete y leo lo siguiente:

Tren: ALVIA.

Número: 04154.

Destino: ELLA…

Un suave traqueteo, el convoy comienza a moverse lentamente y poco a poco va aumentando su velocidad. Primera estación a pocos kilómetros del punto de partida. Ningún pasajero se apea y un pequeño número toma el tren. De nuevo el suave traqueteo indica que se reanuda el camino. Tras más de seis horas de viaje, un libro, dos periódicos y múltiples mensajes, finalmente llego a la estación término. La ciudad me recibe con una noche gris, fría y lluviosa, pero no me importa. Sé que mañana el Sol lucirá con todo su esplendor para nosotros.

Un frugal desayuno para comenzar el día. La lluvia y el frío han decidido seguir acompañándome. La ciudad está semidesierta y la mayoría duerme a esa hora tan temprana. Ya no podía aguantar más tiempo en la cama. Tengo que salir, respirar, pasear… Un primer mensaje me pregunta cómo he dormido. Le contesto que mal, que echo de menos mi cama. Risas en el segundo acompañadas del siguiente texto: «¡Eres un caso!».

Recorro la ciudad disfrutando de sus edificios majestuosos, de sus parques, de sus enormes avenidas tratando de dejar mi mente en blanco pero siempre me sorprendo pensando en ella. El teléfono me anuncia que parte a mi encuentro y una sonrisa se dibuja en mis labios.

La tarde pasa lentamente y juraría que los minutos se han convertido en horas. ¡Cómo disfruta el tiempo jugando conmigo! Trato de entretenerme leyendo, paseando, meditando, cuando un nuevo mensaje me saca de mi ensimismamiento: «Ya he llegado, te estoy esperando…». Salgo corriendo, estoy deseando verla, tocarla, sentirla. A pesar del frío, sudando alcanzo la puerta del hotel y le comunico que estoy subiendo. Busco la habitación y la veo, vestida de negro, impresionante, arrebatadora, deseable, con unos embrujadores ojos verdes y unos carnosos labios rojos que invitan a besarlos. Una simple mirada, un largo abrazo lleno de sentimiento y amor, mientras a nuestra espalda la puerta se cierra. Una nueva mirada y nuestros labios se juntan, se saborean negándose a despegarse. Nos miramos en silencio, las palabras sobran puesto que de esa manera ya nos lo hemos dicho todo. Finalmente el momento había llegado, ya el mundo no existía, simplemente nosotros dos. Dos largos días en los cuales únicamente nos tendremos el uno al otro. Besos y abrazos plenos de cariño, largos paseos cogidos de la mano, caricias por debajo de la mesa, miradas cómplices con las cuales nos decimos todo llenan esas jornadas. Días que jamás olvidaremos, que siempre recordaremos, que se quedarán grabados a fuego en nuestra memoria para el resto de nuestra existencia. Y cuando la tristeza decida visitarnos, la nostalgia y el deseo de tenernos el uno al otro nos asalte, podremos pensar en ese tiempo maravilloso que disfrutamos juntos, de esos momentos durante los cuales solamente existimos el uno para el otro.

 

A pesar de su dicha, ambos tenían un miedo, un sentimiento de impotencia que les corroía interiormente como si de un hierro candente se tratara. Esos días llegaban a su fin y tenían que separarse sin saber cuál sería su futuro. Una misma pregunta repiqueteaba en sus cabezas como si de un martillo pilón se tratase. Y la respuesta siempre era la misma: el silencio. Ninguno de los dos quería decir la frase maldita. Ambos deseaban lo mismo y únicamente el futuro tenía la respuesta. Como si de un prestidigitador se tratara, deberían aguardar a que el destino sacara de su chistera la respuesta que celosamente guardaba. Un secreto que no compartiría con ellos hasta llegado el momento elegido, el instante idóneo en el cual decidiría, cual juez, dar a conocer su veredicto.

Ambos sabían que podría tratarse del último tren que la vida decidiera brindarles. Habían subido al primer trayecto y bien sabe Dios que lo habían disfrutado plenamente. Si de algo estaban completamente seguros era de que se merecían ya ser felices, que había llegado su momento, tras una larga espera, para que la vida los recompensase. Una y otra vez se formulaban la misma pregunta: ¿Por qué no merecemos ser felices y subirnos a ese tren?

Sentimientos contradictorios los asaltaban camino de la estación. Por un lado, la magia de esos días todavía los embargaba. Habían sido maravillosos, en los cuales sentimientos que hacía tiempo que no experimentaban habían vuelto a hacerlos vibrar. Por otro lado, iban camino de la separación. Cogerían dos trenes en direcciones completamente opuestas. Un sentimiento de tristeza e inseguridad en el futuro continuaba envolviéndolos.

Ella sería la primera en partir, en decir ese terrible y temible adiós. Se fundieron en un abrazo, se miraron a los ojos, sus labios se juntaron por enésima vez y sus manos se entrelazaron apretándose con fuerza.

—Adiós, cariño.

—Cuídate, mi amor.

—Que tengas un buen viaje. Envíame un mensaje cuando salgas y cuando llegues.

—Y tú lo mismo, tesoro.

Un último abrazo con el que ambos se decían que se negaban a dejarse ir. Sus cuerpos se separaron, sus manos entrelazadas se soltaron y ella cruzó la puerta de embarque. Y mientras la veía alejarse lentamente subiendo por la escalera mecánica que la conducía hacia el AVE que los separaría más de mil kilómetros, se dio cuenta de que no quería perderla, que deseaba tenerla en su vida. Finalmente había decidido comprar el billete para viajar en ese tren que la vida ponía de nuevo en su camino. Y con una voz tenue, como susurrándole al oído, con la certeza de que, a pesar de que ya se había marchado, ella le estaba escuchando, pronunció las siguientes palabras: No te digo adiós, mi amor, sino hasta luego…

 

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Rubén-Carlos Freire Fernández: «Nací en Vigo hace 40 años. Me licencié en Derecho pero pronto me di cuenta de que la abogacía no era mi camino sino que mi vocación era la escritura y el arte. Dentro del arte mi verdadera pasión es el románico, estilo del que afortunadamente podemos disfrutar en España de un riquísimo patrimonio. Desde hace unos meses soy administrador deRubén-Carlos Freire Fernándezl blog http://romanicohispania.blogspot.com.es/ dedicado íntegramente a la divulgación del arte románico. Así mismo, en revistaiberica.com he publicado un artículo sobre la Iglesia Románica de Santa Mariña de Augas Santas, en Allariz (Orense). La escritura es otra de mis grandes pasiones pero nunca me había atrevido a compartir públicamente mis relatos. También desde hace unos meses me decidí a hacerlo, a plasmar negro sobre blanco todas esas historias que llevo dentro y mis más personales e íntimos pensamientos en el blog http://grandesesperanzass.blogspot.com.es/».

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Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 70 | septiembre-octubre de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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