relato por
Juan José Sánchez González

 

Un trastero es como un incómodo amigo que conociera demasiado bien nuestros secretos. En él, entre polvo y telarañas, duerme nuestra memoria, encarnada en los más variados objetos, verdaderas condensaciones de tiempo y recuerdo. Son nuestras cosas, las que hemos ido acumulando a lo largo de los años, baratijas que cualquier otro no dudaría en arrojar a la basura. Sin embargo, poseen para nosotros un valor indudable y, aunque a veces aquello que evocan nos resulta doloroso, nos sentimos incapaces de deshacernos de ellas. Nos miran e interrogan desde el pasado con una impertinencia desesperada. El tiempo las desposeyó de su originaria inocencia, aquella que poseían cuando las acabamos de adquirir en la tienda o nos fueron regaladas, dotándolas de una amarga sabiduría. Conocen nuestras más íntimas ilusiones, nuestros sueños de niñez y adolescencia, las esperanzas de nuestra primera juventud y, lo que es peor, el destino que les tenía reservado el tiempo. Ellas, por sí mismas, con su sola existencia, refutan las revisiones más optimistas de nuestras biografías, en las que tendemos a resaltar los aciertos y excusar los errores, en que olvidamos nuestras torpezas y hacemos recaer en otros las culpas de lo que solo se debió a nuestra terca estupidez. Nuestras cosas, con su obstinada presencia, nos muestran el azaroso trazado por el que discurre nuestra existencia. Contempladas a través de los años, nos ofrecen una perspectiva demasiado humana de nuestro pasado, plagado de pequeños, pero continuos, puntos de inflexión, algunos aciertos, muchos fracasos, variados desengaños, momentos de vergonzosa necedad…

Allí, solitario en lo alto de un estante, en pie sobre sus soberbias patas traseras, amenazante, con gesto de furia, me observa mi viejo dinosaurio de plástico, recordándome un singular aspecto de mi infancia, cuando abrigaba serias esperanzas acerca de un futuro como paleontólogo que nunca llegó. Una empolvada colección de pequeños coches de hierro y plástico, faltos de puertas o ruedas y llenos de cicatrices de guerra, matizan esa particular visión de mi niñez. Me hacen evocar diversas escenas en el parque, muchos ratos divertidos junto a mis amigos de la escuela y la calle, pero también alguna que otra pelea a pedradas o a puñetazos. En una caja guardo varios fajos de cromos de fútbol, de temporadas que ya solo recuerdan las estadísticas, con cracks ya olvidados que por entonces intercambiábamos por un buen manojo de jugadores mediocres, pero a los que hoy el tiempo ha concedido el mismo nulo valor. Algunas caras fueron recortadas para dotar de rostro a las chapas con las que jugábamos en las aceras a inverosímiles partidos. Recuerdo mi singular habilidad para encajar el garbanzo que utilizábamos como balón por la escuadra de improvisadas porterías hechas con cajas de zapatos. Aquellas victorias callejeras fueron memorables instantes de gloria deportiva que, durante una tarde o dos, en los calurosos días del verano, me proporcionaban, en su debida proporción, la misma efímera fama que a nuestras descabezadas estrellas futbolísticas.

Guardo también libros cuyas hojas han adquirido la tonalidad amarillenta de los viejos legajos. Clásicos universales de la «biblioteca juvenil» que disparaban mi fantasía y a través de los cuales imaginaba un mundo emocionante, en el que el mal adquiría formas concretas, fácilmente reconocibles, y en el que el bien y el amor siempre triunfaban. Aquella visión noble y sentimental de la vida ha cedido ante el desencanto que inspira la verdadera realidad, en donde la rutina disuelve la emoción, el mal adquiere aspecto respetable y reconocimiento social, el bien pasa desapercibido y el amor, apenas consume su fogosa llama, desaparece o se convierte en una tranquila costumbre. Pero, pese a ello, guardo un entrañable recuerdo de aquellos libros que animaron mi fantasía durante mi más temprana juventud. He de reconocer que por entonces quería ser escritor y que, tratando de emular aquellas fabulosas lecturas, emborronaba cientos de hojas con inacabadas historietas llenas de torpeza y candidez. Un día, en una época en que me tomaba a mí mismo y al mundo demasiado en serio, me avergoncé hasta tal punto de ellas que las arrojé al fuego, lo cual lamento profundamente.   

Pasaron los años, y aquellos luminosos días de infancia dieron paso a los claroscuros de la adolescencia. Bien guardados, con el cuidado que exige el pudor, conservo, en el fondo de alguna caja, unos cuantos objetos personales que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía conservan la capacidad de evocar recuerdos emotivos. En la adolescencia el presente adquiere una densidad claustrofóbica, el tiempo parece ralentizado por algún tipo de encantamiento mientras todo nuestro ser aspira hacia el futuro con una impaciencia voraz. Es un tiempo intensamente vivido del que, sin embargo, solo cobramos plena consciencia una vez se fue para siempre. El mundo en aquellos años es tan nuevo que todo en él parece único e irrepetible, cualquier experiencia posee la capacidad de dejar en nuestra memoria una huella indeleble. Tal intensidad emocional logra impregnar los objetos que de ella conservamos. Los recuerdos que suscitan, idealizados con el tiempo, enfrentados a la prosaica realidad de ese futuro cuyo advenimiento tan ansiosamente esperábamos, los revisten de un nostálgico exotismo, como si de souvenirs del paraíso perdido se tratase.

Clara me hizo olvidar mis viejas ambiciones paleontológicas, las peleas del parque, mi callejera gloria deportiva y mis aspiraciones de escritor. Nuestra relación, si es que así puede denominarse a aquella chiquillada saturada de apasionada ingenuidad, fue todo lo tormentosa que exige el romanticismo juvenil, por ello tanto más inolvidable. Entrevista a través del idealismo sentimental que conformaba el escaso bagaje de mis conocimientos sobre la vida, aquella chica despierta y simpática adquirió en mi memoria un lugar privilegiado, a salvo del rencor y del olvido. La esencia de aquel ser hecho de carne y sueño, quedó depositada en los regalos que me hizo y que todavía guardo.

Los apuntes de la universidad se apilan en los estantes, bien guardados y ordenados por materias y cursos en gruesas carpetas, fiel metáfora acerca de cómo el tiempo amorfo de la infancia y la juventud adquiere el orden rutinario del tiempo propio de la edad madura. A cierta edad, las ensoñaciones de la adolescencia se disipan y el mundo comienza a ser contemplado con cruda objetividad. Desde entonces el presente se aligera, pierde intensidad y fuerza, y pronto nos vemos avanzando a través de los años a una velocidad pasmosa. Nos asombramos de consumir días, meses y años con una glotonería suicida. Algo en nosotros se ha endurecido mientras tanto, el tiempo no es ya esa sustancia repleta de sensaciones y emociones en que retozábamos alegres como niños en un «aquapark» repleto de emocionantes atracciones. El futuro se despliega ante nuestra mirada como una inquietante hoja en blanco. Una sombra de angustia se apodera de nosotros, presentimos el absurdo hacia el que se precipita nuestra vida sin una dirección clara, sin ningún objetivo establecido. El futuro guía nuestros pasos semejante a una estrella fija en una maraña de posibilidades infinitas. La necesidad de dotar de sentido a nuestra existencia es tan apremiante, que no dudamos en construir nuestra identidad en función de ese sentido. Por mi parte, he de reconocer que, tras acabar mi carrera de arquitectura, en una época todavía propicia para el ejercicio de mi profesión, durante algunos años fui tan solo un arquitecto. Quiero decir con ello que asumí con absoluta exactitud el estilo de vida que asociaba con el desempeño de mi trabajo. Mis relaciones personales se limitaron al círculo social al que daba acceso mi elevado sueldo, mi forma de pensar se adaptó al punto de vista pragmático y nada sentimental que debe tener un hombre que aspira a triunfar, mis gustos y aficiones se conformaron en función de los que eran aceptados en el ambiente social que frecuentaba. En definitiva me había convertido en un joven estúpido y presuntuoso. Evitaba por todos los medios comprometerme en asuntos que pudieran afectar al decoro de mi apariencia social. Fue precisamente por aquel tiempo cuando, por casualidad, encontré en un cajón aquellas hojas emborronadas con mi letra infantil en que hice mis torpes ensayos como escritor. Aquel descubrimiento me sobresaltó como si acabase de descubrir las pruebas que me responsabilizaban de un crimen infame. Esas hojas me llenaban de vergüenza, porque reconocía en ellas algo de mí mismo que consideraba inconciliable con la seriedad del rol asumido. Por eso las quemé, como de haberme sido posible hubiera echado al fuego mi dinosaurio de plástico o los sentimentales recuerdos de Clara.

Sin embargo, aquella existencia cargada de sentido y proyectada hacia el futuro no me hacía feliz. Como ser humano me sentía constreñido en los estrechos límites de mi correcta existencia social. Formaba parte de un orden de la realidad del que permanecían excluidas grandes porciones de la realidad humana. Era un buen arquitecto, incluso un hombre de cierto éxito, pero un incompleto ser humano.

La futilidad de mi existencia se puso de manifiesto cuando, a causa de la crisis, perdí mi empleo, mi sueldo y mi estatus social. Aquel orden se desmoronó en poco tiempo y me vi reducido a mí mismo. En el caos vital que sucedió a aquella catástrofe me sentía desorientado. Si bien conservaba medios suficientes para evitar la miseria a que cada día era reducida más gente, incluso algunas de las personas que conocía, no poseía defensa alguna frente a la angustia que suscitaba la disolución del orden en que pensaba haber fundado mi existencia futura.

Me vi obligado a regresar derrotado a casa de mis padres, ahí donde, en el trastero, se acumulaban los dispersos fragmentos de mi biografía. En aquellas circunstancias, sus secretas verdades se imponían sobre cualquier falaz reconstrucción que hubiera podido hacer de mi paso por este mundo. Carente de un futuro prefijado, las múltiples facetas del pasado reintegraban la fragmentaria unidad de mi realidad humana, con la que debía afrontar la inquietante interrogación abierta ante el amenazante porvenir. Asumir la totalidad de mi pasado, incluso en sus matices más incómodos, me permitió reconquistar una autenticidad que había sacrificado ante el perfecto desempeño de mi personaje social. Menos ideal, pero más humano, de aquella crisis espiritual salí menos seguro frente al futuro, pero más pleno ante el presente. Éste, con todos los hechos y seres que lo componen, recuperó una consistencia similar a la de otras épocas. Enriquecido con la experiencia que dan los años, mi nueva situación vital me permite obtener una perspectiva más concreta y profunda sobre la realidad que me rodea. En mi mano está la posibilidad de actuar en ella, traicionándola en pos de una perfectibilidad inhumana que me reporte dinero y éxito social, o bien fomentando la construcción de un porvenir que integre la infinita variedad de las posibilidades humanas, en el que las diferencias, grandes o pequeñas, y las limitaciones de una u otra naturaleza armonicen con las capacidades y virtudes de ese extraño ser que es el ser humano.

 

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Juan José Sánchez González. Autor extremeño. Ha publicado el libro Órgano de la Coronada; Villafranca de los Barros, 2010; Mérida; ERE (en colaboración con Manuel Luengo Flores, Guadalupe Mendoza Traba y Luís Manuel Sánchez González) y fue Coordinador de: Historia urbanística y social de Villafranca de los Barros (Siglos XIV a XXI); Villafranca de los Barros, 2012.
Asimismo ha publicado varios artículos en revistas científicas: La caja del órgano de la Ermita-Santuario de la Coronada de Villafranca de los Barros: una muestra de Arte Pombalino al este de la Raya; REE, 2011, tomo LXVII, número I, pp. 69-86 (En colaboración con Luís Manuel Sánchez González). Los castillos y la imagen del poder: la capitalidad del señorío de Feria; REE, 2011, tomo LXVII, número III, pp. 1347-1378. El castillo de los Santos de Maimona: apuntes sobre su historia y vestigios; REE, 2012, tomo LXVIII, número II, pp. 867-900. La defensa del territorio y la imagen del poder: Los castillos de Nogales y Feria; REE, 2012, tomo LXVIII, número III, pp. 1437-1468. El castillo de Los Santos de Maimona en la estrategia política del Maestre Juan Pacheco. En SOTO VÁZQUEZ, José (Coord.): Los Santos de Maimona en la historia; IV Asociación Histórico Cultural Maimona, 2013, pp. 15-41.
El relato aquí publicado recibió un accésit en el III Concurso Literario Juan Martínez Ruiz, celebrado el pasado año 2013.

Contactar con el autor: ret50jon [at] hotmail.com


Ilustración relato: Con la pelota (detalle), fotografía por Nelson Olivera ©
(de su muestra de fotografías en Almiar).

 

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Revista Almiarn.º 74 / mayo-junio 2014MARGEN CERO ™Aviso legal

 

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