relato por
Evgenia Timofeeva

 

«Tiene demonios cada hombre que ama.
El bien y el mal siempre van de la mano.
Bueno es el hombre que no les deja salir,
sabia es la mujer que no se deja sufrir…».

 

R

ecuerdo aquel verano. Ella tan hermosa y a mi lado. Éramos dos almas en absoluta y armoniosa unión. Ya pasó mucho tiempo desde aquello, pero el dolor decidió acompañarme desde entonces y hasta hoy. Toda la belleza de nuestro amor joven y quizá imposible ya se esfumó, dejando en mí este terrible dolor. Probablemente soy demasiado joven y ya se me pasará. O eso dice todo el mundo. Puede que se pase o puede que no. No lo sé. No sé si se puede ser reducido a nada algo tan intenso y tan vivo. ¡Mi amada Verónica! Una chiquilla aún. Ahora seguramente ya empezó el primer curso de la universidad. Ella quería estudiar diseño gráfico. Seguro que lo consiguió. Ella era luchadora nata, con un carácter de superación y con una pizca de tenacidad. Pero al mismo tiempo su espíritu era ligero, delicado y un tanto sublime. Me encantaba cuando ella se ponía a tocar el violín delante de mí. Su mano bailaba tocando el instrumento, la música lloraba y brindaba aun más hermosura a su nostálgico rostro. Su pelo castaño caía como tela sobre los hombros, las largas y densas pestañas de terciopelo cubrían el azul de sus ojos. Su rostro expresaba máxima concentración, pero su alma expresaba amor. Y la música de su violín me lo contaba todo. Verónica era bella en su expresión tanto física como espiritual. Era… ¿Por qué era? Lo es, pero ya no en mi ciudad, ya no en mi vecindario, ya no a mi lado y ya no en mi vida.

El amor de adolescencia, primero, novicio e inexperto, pero intenso, agudo y grande. Este amor dejó en mí un agujero negro profundo y sin fondo. ¿Cómo pudo acabar así? Esa es mi mayor pesadumbre. ¿Cómo pudo convertirse el aroma más dulce en peste? ¿Cómo pudo convertirse la luz más brillante en tinieblas? ¿Cómo pudo convertirse mi amor en monstruosidad y el suyo en repugnancia?

También recuerdo el día en el que todo cambió. Cambió ella o yo. No lo sé. No puedo explicarme a mí mismo la razón de aquel comienzo de la destrucción. Ella se alejaba de mí. Yo sentía que la cuerda que nos unía se desataba, que la distancia entre nosotros se convertía en un abismo, o al menos eso me parecía a mí. Ella reclamaba su espacio. Quería pasar rato con sus amigas. Yo no podía entenderlo. La veía alejarse, el sonido de sus tacones se sustituía por los golpes de mi corazón y al instante ya no podía oír nada solo mi propia palpitación. Y tampoco veía nada, solo su espalda. Me quedaba atrás, me quedaba solo, abandonado. Sus amigas la recibían, estaban enfrente de ella, pero yo no las veía, solo veía su espalda. Y todo pasó muy rápido. Una ola de malicia cruzó todo mi cuerpo. Y yo ya no podía detenerlo. Mi puño se lanzó hacia ella. No podía ver su espalda, no podía verla marchar. El mismísimo Demonio la golpeó en la nuca. Lo que pasa es que el Demonio estaba dentro de mí. Ella cayó al suelo, se apoyó con ambas muñecas y se golpeó fuertemente con las rodillas contra el suelo. Corrí para socorrerla, solo quería ayudarla, pero las amigas, al ver al Satán y no a mí, reaccionaron defendiéndola de mí. Eran como perros de presa, ladraban y deseaban morder. Pero eso no me dio miedo. Me dio miedo el nudo que se estaba estrechando en mi garganta y el agua que llenaba mis ojos. Me di la vuelta y me fui corriendo, corrí rápido y sin destino, yo escapaba de aquel lugar, escapaba de la posesión del Satán. Solo le bastó un instante para invadir mi cuerpo y mi espíritu, nubló mi amor y me mostró solo la agonía del abandono en aquel maldito momento.

Aquello fue como sueño, pesadilla a la que no crees aunque del susto sudas. Y como pesadilla desvaneció. Al día siguiente fui a casa de Verónica a pedirle perdón, compré una rosa, sabía que no sería suficiente para su perdón, nada lo sería, pero lo intenté. Haría cualquier cosa en aquel momento por recuperarla, pero solo pude comprar una rosa. Suena ridículo, pero el milagro sucedió. Verónica me perdonó. Nadie de sus amigas apoyaba nuestra relación, pero ella como siempre tan testaruda y valiente, seguía adelante a pesar de las opiniones y críticas. Era muy segura de sí misma. Siempre sabía lo que hacía. Pero incluso yo hoy por hoy afirmo que ella se equivocaba. Ella lo sabe, pero estuvo a tiempo para corregir su error. Pero yo no. Para mí al final se hizo demasiado tarde.

Después de aquello nuestro amor seguía como antes, mantenido por mi promesa que le iba a dejar más espacio. Yo luchaba contra mis demonios. Al principio funcionaba. Cuando ella no estaba a mi lado yo como un drogadicto pasaba el mono sin su droga. Sufría y agonizaba, pero luchaba. Después deseaba preguntarle dónde estaba, qué hacía, si se acordaba de mí, pero mantenía mis obsesiones a raya. Y los celos, los horribles celos… Mi mente era cruel y traicionera, me la dibujaba con otros, divirtiéndose, pasándolo bien. Aquellas imágenes eran estacas para mi corazón, pero es que me las clavaba yo mismo. Cuando ella volvía, todo volvía de nuevo: la alegría, el amor, y mi mundo recobraba el sentido.

Todo iba bien mientras yo estaba con ella. Yo superaba mis pequeñas traumas en soledad, cuando ella no estaba. Pero en general estábamos bien. Hasta que un día la esperé debajo de su casa, ella me dijo que tenía planes para aquel día y como siempre no me atrevía a preguntarla a dónde iba. Me prometió que me llamaría cuando regresara, pero esperé la llamada toda la tarde y mi tortura se hacía insoportable. Así que la llamé y después de que ella no me contestara, fui a su casa a esperarla. Pasé al menos dos horas en la oscuridad, sentado en el banco. Por fin apareció. Pero ella no iba sola, iba con un chaval. Él la acompañó hasta el portal de su casa. La sangre hervía dentro de mis venas a borbotones, pero yo esperaba. El Demonio había poseído de nuevo mi alma, pero yo esperaba. Con cada instante el Demonio descuartizaba más mi corazón y me quedaba ciego, mudo y sordo. Él se encargaba de mostrarme la traición. Solo veía la traición.

Verónica entró al patio después de que el intruso intentó robarle un beso. Yo ya no podía más. Eché a correr tras ella. Sujeté la puerta que por poco no me impidió alcanzarla a ella, por poco aquella puerta no me salvó del Demonio y a ella de la garra de aquella bestia que se engendró en mí. La agarré del cuello sin pensar, sin razonar, sin hablar. Como un animal salvaje la degollaba, apretaba su cuello que en mi mano parecía que se iba a quebrar de un instante a otro. Ella no gritaba, no podía, solo abría su boquita como un pez en busca de agua. Agradezco que Dios nos viera. Como una salvación un vecino bajaba por las escaleras, cosa que me hizo reaccionar y soltarla. Verónica comenzó a tragar aire desesperadamente. Una marca rojiza quedó como huella de lo sucedido. Aquella marca recordaba que no era solo una pesadilla. Y la vi correr, corrió escapando de mí. Entonces yo comprendía que ella se esfumaba, cada paso la alejaba de mí.

Dejé de comer, dejé de dormir, enfermé, decaí. Ella ya no contestaba ni una sola llamada, ni un solo mensaje. La perdía por culpa de mis demonios o quizá así tenía que ser. Pero era mía, la sentía en cada poro de mi piel, en cada recoveco de mi corazón y en cada suspiro. Otra vez el Señor fue bueno conmigo. Me la devolvió de nuevo. Después de casi un mes de agonía y tormento, ella entró en mi vida de nuevo. Su aparición fue la lluvia que necesitaba mi seca alma. Yo fui feliz. Prometí que empezaríamos todo de cero, una cuenta nueva para un viejo amor. Ya llevábamos mucho tiempo juntos y era la primera vez que nuestra relación tenía semejantes grietas. Yo bromeaba entonces, decía: «pongámosle un vestido nuevo a la muñeca de nuestro amor». Era una muñeca que le regalé a Victoria cuando comenzamos a salir. Y como símbolo de nuestro nuevo comienzo le compré un nuevo vestido. Pero una persona o una relación no es lo mismo que una muñeca. Y no se puede renovar a la persona o el amor con un vestido.

La relación continuaba, pero era ya muy diferente y no se parecía al amor intacto de antes. Teníamos que vernos a escondidas porque sus padres se enteraron de aquel último percance por la marca en el cuello de Verónica y le prohibieron verme. Pero yo seguía en mi mundo de luz y color porque ella estaba conmigo. Era lo único que me importaba entonces. Sinceramente preferiría que acabara allí. Yo sufriría por perderla. Pero es que hoy sufro por perderla y por marcar su vida de esta manera con mis demonios. Porque ellos estaban dormidos dentro de mí, pero se despertarían otra vez y otra vez le harían daño al amor de mi vida. No estoy loco hablando de los demonios, ni tampoco quiero excusarme de alguna manera. No hay excusa para lo que hice. No la hay simplemente.

Una tarde de verano, ella de nuevo se escapaba de mí. Quería irse a casa, dijo que para descansar. Le dejé marchar, pero algo en mi interior, intuición supongo, me decía que me esperara un poco. Y me quedé debajo de su casa esperando no se sabe a qué. Estaba sentado fumándome un cigarro y las ligeras reflexiones me entretenían. Cuando de pronto, la veo salir del patio. Con un maquillaje recargado y llamativo, pero que curiosamente idealizaba su dulce carita. Llevaba ropa que le daba un aspecto alborotado. Me mantuve firme y no la seguí. Pero me quedé allí mismo, en el mismo lugar. Estaba completamente estupefacto y atontado. Otra vez sucedía. Me poseía el Satán. Quise combatirlo y luché, al principio ganando la batalla. Me quedé allí sin hacer nada. Me dormí, pero el Demonio no dormía, le esperaba a Verónica pacientemente, esperaba su regreso. Ella apareció a las 5 de la madrugada, bebida y despeinada. Me acerqué a ella y ya no recuerdo mucho, pero creo que mi voz salía de mi pecho como un tsunami. Las palabras eran como fuerte viento y el tono de voz como agua de la lluvia, que sin necesidad de tocar ni un solo pelo de Verónica, le golpeaban la cara. Ojalá me hubiera detenido allí. Pero el Demonio de nuevo manipulaba mis manos. Mis manos como garras comenzaron arrancar y destrozar la ropa de Verónica. Yo la despedazaba. Como un león salvaje desgarra su presa, yo desgarraba la tela de la ropa que ella llevaba. La dejé en sujetador en plena calle. Pero yo no veía lo que hacía. Me sacudió y me sacó del hechizo su cara, su cara de Ángel lloraba, su voz saliendo sigilosamente del alma decía: «Por favor. Basta. Por favor». Me quedé helado, el Demonio me había dejado y entonces yo veía lo que había hecho. Pero ya era tarde, como siempre muy tarde. Verónica avergonzada se echó a correr al presentir que era el momento de liberación y escapada. Entonces dejé que ella corriera de mí para siempre. Aunque mis demonios me hicieron que la persiguiera más tarde cuando ella ya no me quería ni ver. Hoy el Demonio vive en mí encadenado, le encadenaron junto conmigo. Es una cadena pesada. Pero agradezco que me pese tanto. Agradezco que me inactive. Pero supongo que el Demonio no morirá encadenado. Pero al menos, el amor de mi vida estará a salvo. Me denunció por acoso y maltrato. Hoy cumplo la condena de no acercarme a ella nunca más. Hoy cumplo la condena de perderla para siempre.

 

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Evgenia Timofeeva

Evgenia Timofeeva, nacida el 2 de agosto de 1987, en una pequeña ciudad de Rusia, Sarov, provincia Nizhegorodskaya. En su país natal estudia magisterio de lengua inglesa durante dos años, después de lo cual se da cuenta de que necesita probar su suerte en España. A los 19 años de edad abandona su hogar familiar y su país. Al llegar a España estudió nutrición y dietética y se graduó en la Universidad de Valencia en fisioterapia. Actualmente, vive en Valencia capital. Su afán y entusiasmo por escribir la acompañaba a lo largo de su vida. De pequeña escribía cuentos infantiles, de los que disfrutaban sus compañeros de clase y profesores. De adolescente escribía poemas, que, desgraciadamente, no fueron compartidos con gran número de personas. Posteriormente tuvo un período de estancamiento en escritura y progreso en otras áreas de su vida. Pasaron años sin que su inspiración y vocación por escribir estuvieran despiertas. Hasta el año 2014, en el que con la edad de 26 años, vuelve a llenarse de enorme entusiasmo y pasión por la escritura. Este mismo año escribe y publica su primera novela Maldito poder del deseo, tras la cual la sigue el libro de superación personal Las cenicientas existen. Posteriormente trabajó sobre una obra de recopilación de relatos: Relatos sobre algo que nos importa. Esta obra no se llegó a publicar. También ha vuelto su inspiración por la poesía. Algunos de sus poemas forman parte de las antologías Versos en el aire III y Deshojando sentimientos.

Contactar con la autora: eugetim87 [at] gmail.com

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 Ilustración relato: Motivo central de fotografía integrante
de la exposición Malos tratos, en Almiar, por Anna Caballero ©

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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