relato por
H. T. Silverwood

 

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D

aniel fue un niño muy de esconderse en los armarios. Había días que su madre se volvía loca buscándole por todas partes. Una mañana, cerca de la hora del almuerzo, le encontró con la cabeza metida en un agujero del patio, con un cartel escrito a mano que rezaba así: Madriguera del Conejo Blanco. Fue aquella misma tarde cuando la telefoneó la policía, diciéndole que habían dado con su hijo en un autobús, creyendo ir al Reino Unido.

—¿Cómo vas a ir allí en autobús? —le había regañado ella al recogerle, y acompañó el comentario con una fuerte colleja, para que los policías viesen que en su casa se educaba estrictamente—. ¿No ves que es una isla? No se puede llegar en autobús —añadió, queriendo hacer hincapié en que, además de orden, en su casa también había cultura.

—¡No iba a ese Reino Unido! —replicó el niño, mientras se frotaba la coronilla con una mano.

Los años siguientes no fueron mejores. Esperó tanto en su juventud, que terminó quedándose calvo a temprana edad. Al principio esperaba la carta que te traen las lechuzas; luego coleccionó anillos únicos de oro, donde gravaba extrañas inscripciones, restándoles todo el valor y casi arruinando por completo a su familia. Las esperas iban cambiado, pero su energía era la misma: la ansiedad feliz de la infancia. Pensó en que, quizás, tendría una suerte más tardía y sus aventuras le llegarían ahora, pero rápidamente descartó esa idea. De hecho, con los años, llegó a descartarlas todas y, tirando todas sus ilusiones por la borda, se casó.

Una mañana, cuando salía a regar las plantas de la entrada de su casita en las afueras de una gran ciudad, le pareció ver cómo se acercaba una máquina demoledora y, lleno de entusiasmo, profetizó que iban a demoler su casa para dejar paso a una hermosa autopista galáctica, como le pasó a uno de los héroes de sus libros. No fue así. Ese fue el día en que decidió que ya era hora de ser padre.

Lo que ese niño ya calvo no sabía es que, al viajar a través del tiempo y del espacio, es muy difícil llegar puntual, así que cuando los nirlenianos llegaron al fin con su nave, pillaron a Daniel demasiado viejo.

—Llevaros a mi hija, aunque sea —dijo él, solemne—. Que viva ella las aventuras que yo he esperado toda mi vida.

Los nirlenianos no estaban demasiado convencidos, pero cuando salió la niña al porche, con sus ojos grandes y su pelo rosa chicle (pues esa misma tarde había ayudado a mamá a pintar su habitación), los nirlenianos le vieron muchas semejanzas con algunas de sus razas como para no llevársela con ellos.

—Aceptamos —dijeron, sin más. En Nirle se tenía en muy alta estima el arte de sintetizar.

Y fue una afortunada suerte que todo acabara bien, porque dado que ni Daniel hablaba Nirleno ni los nirlenianos hablaban humanoide (mucho menos un acento tan cerrado como el de la familia Dent), fue —como decíamos— una hermosa coincidencia que se interpretaran correctamente las señales. Pensemos que, de no haber sido así, esta podría haber sido una historia de tantas con titulares sensacionalistas: «más abducciones indeseadas en manos extraterrestres», o «¿volverán a usar los extraterrestres algún tipo de sondas anales?».

Mucho mejor que se entendieran.

La nave era, como poco, original. Parecía sacada de un dibujo de un niño de primaria si le pidiésemos que dibujase cualquier cosa. Eso le restó a Cassandra un poco de ganas de ir con ellos, pues imaginaba que si todo tenía esas formas y colores en Nirle, acabaría mareándose.

—Es de oro.

Fue todo lo que comentó la niña sobre la nave, antes de entrar en casa a por una mochila con cuatro cosas de comer y algún que otro juguete.

—Sí, de oro… —había repetido Daniel, para sí mismo, teorizando que, quizás, copiaron el material enviado en la placa de la Pioneer 11.

Intentó fijar su atención en el aspecto de los extraterrestres, pero había algo que se lo impedía. Podía verlos, eso sí, de pie justo delante suyo, bastante más bajitos de lo que él había esperado, pero si se fijaba en los detalles, entonces: nada. Los veía y olvidaba casi al mismo tiempo, justo cuando dejaba de tenerlos en su foco de atención.

—Con razón los abducidos apenas pueden dar cuatro datos mal dados… —murmuró. Y es que cómo le gustaba a Daniel Dent murmurar para sí mismo.

Cassandra reapareció corriendo por la puerta, todavía con el pelo rosa y el pijama azul, y con una inmensa mochila llena de cosas en la espalda. Daniel sonrió.

—¿Qué te llevas?

—Todo —dijo ella, convencida—. Así no me faltará de nada. He cogido una compresa de mamá, por si me hago mayor fuera de casa.

La sorpresa de Daniel hubiese sido mayor, de no haberse visto opacada por la intervención de los nirlenianos. Uno de ellos, el que tenían más cerca, se aproximó a Cassandra y se quedó mirándola mientras sujetaba un bote pequeño de cristal. El bote contenía algo que, de haberle preguntado a Daniel, hubiese dicho que eran colores en estado gaseoso; aunque si hubiesen dejado al nirleniano oír a Daniel decir aquello, se habría reído días enteros.

Le dio el bote a Cassandra y le indicó que se lo bebiera. La niña, queriendo gustarles, obedeció al instante.

Fue cuando Cassandra se tragó ese arcoiris, que empezaron, al fin, a suceder las extrañas cosas que, se supone, deben suceder cuando aparecen extraños extraterrestres. Se le iluminaron las uñas, y resultaron poseer una iluminación interna bastante estrambótica: del dedo gordo al meñique, los colores iban cambiando. Rojo, negro, violeta, verde y rosa fueron los primeros en aparecer. Fueron substituidos por el gris, el naranja, el amarillo, el blanco y el marrón. Y así una y otra vez.

Los nirlenianos rieron al verlo, y comentaron algo sin ninguna importancia. Cassandra, naturalmente, les entendió. Aquella fue la primera vez que una terrestre entendía a un extraterrestre.

También fue la primera vez que, viendo todo esto, Daniel se planteó la situación desde una perspectiva nueva: quizás no era la mejor idea que había tenido ese día, eso de entregar a su hija de poco más de diez años a unos extraterrestres que le daban a beber cosas que la hacían brillar. Y todo sin consultarlo con Eva, quién todavía no había regresado del trabajo.

De todas maneras, ya era demasiado tarde. Nadie podría convencer a su hija, la loca de las manicuras, de quedarse en casa haciendo los deberes en lugar de ir a explorar el espacio exterior. Debía resignarse, y se resignó con mucho menos esfuerzo del que esperaba.

Ahora Cassandra podía fijar la vista en los nirlenianos sin más distracción que la normal en una niña de su edad. Eran dos hombres pequeños, algo más bajitos que ella. El primero tenía el cabello corto y muy rubio, casi platino, en contraste absoluto con sus ojos negros por completo, y una boquita de fresa y de labios gruesos. A su lado, algo más rezagado, estaba otro nirleniano idéntico al primero (¿serían todos así?), a excepción del color del cabello y los ojos, que los lucía invertidos: un hermoso pelo negro y unos desconcertantes ojos casi blancos. Cassandra sonrió. Nunca había visto unos ojos rubios.

—Yo soy Geb —dijo el rubio—, y este es Nut, ¿verdad, Nut? Somos nirlenianos.

Nut asintió a sus espaldas y, al movérsele el cabello, se le dejaron entrever unas cejas pobladas e igual de negras.

—Yo soy Cassandra.

—Hay más gente en la nave —explicó Geb—, ¿quieres que salgan a saludar, para que tu padre se quede más tranquilo? —y tras una breve pausa, añadió—. Todavía no dominamos demasiado bien vuestras costumbres.

Cassandra les observaba, aún sin responder. Había tenido muchas ocasiones de hablar a lo largo de su vida, pero nunca de observar a un extraterrestre: debía priorizar. Eran idénticos. Sólo los colores les diferenciaban. Y quizás los labios de Nut eran algo más delgados, aunque poco tardaría Cassandra en darse cuenta de su error y entender que, simplemente, Nut mantenía siempre los labios prietos.

Daniel, ya olvidado en un segundo plano, se adelantó y colocó una mano sobre la cabeza de Cassandra, removiéndole el pelo rosa.

—¿No quieres ir? —preguntó, más por animarla que para obtener una respuesta, pues ya no tenía dudas. Quizás fuese un mal padre, pero al oír a su única hija hablar en una lengua extraterrestre, había nacido en su pecho más orgullo que preocupación, así que no pensaba retenerla más—.  Anda,  va  —siguió, empujándola hacia la nave.

Cassandra se giró hacia su padre y, de puntillas, le indicó que se agachara y la dejara darle un beso.

—Son nirlenianos, ¿sabes?

—Vaya, no me digas —a Daniel nunca le acababa de salir bien la voz de falso entendimiento.

—Pues sí —corroboró ella, soltando ya a su padre y despidiéndose de la casa con la mano—. Dile adiós a mamá, y dile también que cuando vuelva os lo contaré todo, todo.

—Claro, cariño.

Con una última sonrisa, Cassandra siguió a Geb y a Nut al interior de la nave.

—Seguro  que  mamá  se  alegrará  de  saber que vas a volver —murmuró Daniel, bajo la lluvia que, casualidades, acababa de empezar a caer.

La nave despegó poco después, acabando de grabar esa mañana en la memoria de Daniel Dent. Durante algunos años, recordaría ese día como el día en que conoció a seres extraterrestres. Más tarde, sin embargo, acabaría recordándolo como el día en que vio a su única hija por última vez.

Pero Daniel aún no tenía ni idea de todo eso, así que sonrió al verles marchar.

En la nave, mientras viajaban por el hiperespacio, hablaron de pocas cosas. De hecho, los nirlenianos se pasaron todo el viaje contándole a Cassandra la suerte que tenían algunas clases de vida de poder ser mascotas de otras clases de vida. Tener mascotas en Nirle era algo raro, le dijeron. Sólo los mejores hombres (y con mejores se referían a los más ricos) podían tenerlas, y solían cuidarlas bien. Quizás resulte un tema de conversación algo estrambótico para un viaje interespacial, pero todo quedó más o menos claro cuando le confesaron a Cassandra que habían ido a la Tierra en busca de una mascota para Sir Aitor, un joven rico deseoso de derrochar su fortuna.

—Pero no te preocupes, vivirás mejor como mascota en Nirle que como humana en la Tierra.

Aunque Geb añadiera eso fue algo absurdo, porque Cassandra no estaba preocupada en absoluto.

Al llegar, Cassandra tuvo más bien poco tiempo para dedicar al turismo. Unos tres o cuatro minutos, quizás. Aparcaron la nave en un sitio de aparcar naves; caminaron por una especie de calle para caminar; y finalmente entraron por una puerta de entrada. Y ese fue todo el turismo del que Cassandra disfrutó ese día. Años más tarde confesaría que la primera impresión que tuvo de Nirle fue la que se tiene de un lugar demasiado ordenado y predecible.

Al cabo de unas pocas semanas, Cassandra sabía ya algunas cosas sobre su nuevo planeta: no estaba demasiado lejos de la Tierra (a veces podían oírse los gritos de la gente que perdía al fútbol o de quienes veían la segunda entrega de esas películas sobre un tipo bajito y descalzo que mata y roba a un dragón) y, además, Sir Aitor le había contado que en Nirle quien es pobre lo es porque le apetece.

Sabía ahora que Nirle es el único lugar de la Galaxia donde toda idea es posible, y toda posibilidad es un negocio rentable. Casualmente (ya se sabe, estas cosas de las probabilidades), también es el único lugar donde se puede predecir el futuro. No todos los futuros, claro está, porque, como ya sabemos, si alguien pudiese predecir todos los futuros posibles tendría una cabeza tan inmensa que sacaría al planeta de Nirle de su órbita gravitatoria alrededor de su Sol. Y claro: todos morirían. (También las cucarachas). Eso sí, los nirlenianos tendrían tiempo de sobras para arreglar sus testamentos, porque seria una muerte muy bien prevista. Por tanto, si se pudiesen predecir todos los futuros posibles, de hecho, sólo habría un futuro posible y mortalmente definitivo y, por tanto, si todos los futuros posibles son uno, no haría falta tener la cabeza tan inmensa. Claro que con la cabeza más pequeña habría más de un futuro posible. Sea como sea, este es un tema en el que todos los filósofos sin trabajo de Nirle (es decir: todos los filósofos de Nirle) están trabajando.

Pero como íbamos diciendo: en Nirle se predice un pequeño fragmento del futuro. Un trocito. Un trocito un tanto catastrofista, si queremos entrar en detalles. Y si todavía queremos más detalles: todas estas predicciones se realizan en el cementerio principal de Nirle. Extraño, sin duda, pero casi nadie se queja demasiado al respecto. (En caso de que se quejasen demasiado, los nirlenianos serían los únicos habitantes de la Galaxia en hacerlo). El procedimiento predictivofuturista es bien sencillo: vas al cementerio, pagas una fortuna y, con una certeza milimétrica, te informan de cuándo vas a morir. Eso sí, sólo son capaces de predecir las muertes francamente violentas. Tú dices tu nombre, y miran a ver si estás en la lista de muertes violentas. Si pagas un plus, a veces pueden incluso hilar más fino y decirte si estás en «muertes violentas», «muertes ultraviolentas» o «joder, joder, joder». Por supuesto, la buena noticia es no salir en ninguna de esas listas. Así que los nirlenianos prefieren pagar para nada. Un negocio redondo, desde luego.

Cassandra no sale mucho de casa de Sir Aitor, pero a los nirlenianos les gusta hablar con ella, responder a sus preguntas y contarles sus vidas y sus cosas. Por lo visto, hablar de uno mismo es un placer que traspasa las fronteras terrestres. Además, allí es ella la forastera, y es normal que todos quieran verla y tocarla. De vez en cuando incluso le cantan alguna balada típica de Nirle, pero es mejor no hablar de esos días y dejarlos caer en el olvido, que es donde deben estar.

Es por eso que Cassandra sabe que, cuando los nirlenianos acuden al cementerio a que les fechen sus muertes, deben esperar en una cola larga, larga y lenta. Hay mucha gente que le ha hablado a Cassandra sobre eso. Sin ir más lejos, justamente ahora hay un anciano hablándole de su visita al cementerio. Todos escuchan con atención, desde Cassandra hasta Sir Aitor, pasando por todos los plebeyos que han acudido hoy también a ver a la extraña niña. En total deben ser cerca de tres mil personas.

—Hacía días que quería hacerlo, porque uno ya tiene una edad y vive en un barrio difícil, pero ayer me levanté decidido, y mira, pues fui —les cuenta el viejo—. Sí, sí. Y no me arrepiento, ¿eh? No, no. Antes quizás daba un poco igual, pero ahora ya no. Es un descaro. Cada vez más muertes y más de todo.

Todos asienten, comprensivos, menos Cassandra. Porque Cassandra no sabe nada del mundo exterior, ni le llegan las noticias más escalofriantes de todas. Tampoco le llegan las noticias bonitas y armoniosas, a decir verdad. Sir Aitor la mira con los ojos que los terrestres reservan para mirar a sus perros y a sus bebés, como queriendo decir que les tienen algo de cariño, pero les gustaría que pudiesen ser más listos y entenderlos.

Y Sir Aitor le cuenta algo así:

—No hay mucho de qué preocuparse. Bueno, para nosotros al menos, que vivimos como reyes. Ellos sí deberían preocuparse. Sea como sea, hace ya un tiempo que los partidarios de abolir la Esclavitud Pactada han empezado a matar personas. Un triste asunto, sin duda.

—Eso, eso —grita uno de entre la masa, animado—. ¡Queremos saber si nos van a matar a nosotros también! ¡Queremos saber si estamos en la lista!

—Pero todo tiene su parte buena —dice Cassandra, y a pesar de las miradas de desconcierto y desconfianza, la niña no se deja acobardar—. Estoy segura que da mucho dinero a la empresa Futuropredix. Quizás esto ayude a nuestra economía.

—¿Ayudar? ¡Nos están matando!

—Sólo digo que con estas cosas de adultos, siempre hay alguien que se beneficia.

Los nirlenianos miran ahora a Cassandra con los ojos entrecerrados. Quizás porque la niña llegó de la Tierra, o quizás porque sufre algún desequilibrio, pero dice cosas en las que los nirlenianos no habían pensado antes. Y la verdad es que tampoco las piensan ahora, pues Sir Aitor desecha la opinión de su mascota con un vulgar gesto de su mano.

—Caprichosas casualidades —y con esto, Sir Aitor da por cerrado el tema.

Pero la opinión positiva de Cassandra no se ha oscurecido, y sigue allí, tan hermosa y firme como una flor muerta. Aunque, claro, eso es porque le falta información. Todo le parecería casual e inconexo si alguien le explicase que todos estos atentados de los Abolicionistas de la Esclavitud Pactada no tienen nada que ver con Futuropredix, que empezaron pocas semanas antes de las elecciones de Nirle, y esas elecciones fueron el único detonante de los atentados. Y si Cassandra, de saber todo esto, aún no quedase convencida, le podríamos ofrecer un resumen sintetizador: nada que ver con Futuropredix. Claro que igual la niña mudaría de nuevo su opinión si conociese la empresa Norton Medicina, que tras tantas muertes y tantas elecciones, goza ahora de una nueva ley que le permite vender fármacos para el suicidio. La muerte nunca tuvo un sabor a fresa tan exquisito (o al menos eso dice uno de sus eslóganes). Y todo esto confirma, una vez más, que quien es pobre en Nirle, lo es porque le apetece.

Y entonces el viejo que hablaba antes retoma su historia, dispuesto a batallar su sitio como centro de atención.

—Me llegó el turno y fui al mostrador, a dar mi nombre y todo eso. Le dije a la chica que quería la tarifa básica. Ya sabéis, últimamente los precios están por las nubes —una ola de comprensión recorrió la sala—. Le pagué los 150 fandeus y, como me lo preguntó, le conté que sólo quería la tarifa básica porque estoy enfermo. Sí, sí, la vida tiene estas cosas. Le dije la verdad. Le dije: me pareció una buena idea venir aquí y saber si será la enfermedad esta la que va a acabar conmigo. Mucho tampoco me quedará, creo. Eso le dije. Entonces me dio el formulario de la tarifa básica, pero a mi no me gustó. Lo rellené, por no dar el número, pero no me gustó nada. Tienes que poner el nombre, tu código de identidad y tu dirección y todo. Y a mi nunca me gusta dar mi dirección, porque vivo en un mal barrio y eso siempre da vergüenza. Pero bueno, igual lo puse. No quería dar el número.

—¿Y por qué nos cuentas esto? —gritó uno de entre la masa.

—¡Esta historia es una mierda! ¡No ha pasado nada! —le coreó otra de más allá.

El viejo pidió silencio.

—Me dijo que estaba en la lista. Una lástima, la verdad, porque ya casi le tenía cariño a la idea de que mi enfermedad me matase —un murmullo lastimero recorrió el lugar—. Como sea, ya sabía con precisión qué día iba a morir, con todo eso de la tarifa básica, pero decidí acotar mejor la información, y cogí la tarifa de las horas. Total, por sólo 25 fandeus más me decían exactamente cuándo iba a morir, ¡con sólo un margen de 23 horas! Divina ciencia, nirlenianos.

A Cassandra, que no era nirlena, aquella ciencia no le parecía tan divina.

—Espera,  espera.  ¿Los  días  en  Nirle  no  tienen 23 horas? —todos asienten, menos Sir Aitor—. ¿Y no se parece mucho que te digan el día exacto a que te digan cuándo, pero dentro de 23 horas? —todos asienten, menos Sir Aitor—. ¿Y por qué compraste esa otra tarifa?

Todos asienten de nuevo, menos Sir Aitor, mientras el viejo murmura que no se le había ocurrido pensar así. Luego sube el tono de voz y sigue hablando. La historia sigue, y sigue. Al final resultó que todavía había pagado por tres tarifas plus más: la tarifa plus de grado (tendría una muerte fruto de una violencia mesurada), la tarifa plus de las 12 horas (le matarían por la mañana, anunció el viejo por lo bajo, cuando Cassandra le preguntó que por qué no había comprado directamente ese plus de 12 horas, en lugar del de 23 horas) y la tarifa plus «cómo solucionarlo».

La tarifa plus «cómo solucionarlo» era considerablemente barata teniendo en cuenta que te ofrecían una salida a una muerte violenta segura. Unos 35 fandeus gratamente bien invertidos. En la tarifa plus «cómo solucionarlo», primero te explicaban que todo ese embrollo de morir asesinado de manera violenta, no tenía solución. Y una vez aclarado este punto, procedían a explicarte el hermoso arte del suicidio. Y claro, tienen razón: el suicidio puede ser plácido, incluso hermoso si te vistes de gala. No hay razón para sufrir. Además, por lo que te cuentan en la tarifa plus «cómo solucionarlo», todo el mundo lo hace. Nadie en Nirle es tan bobo como para esperar morir torturado, en lugar de tomarse unas pastillitas con sabor a fresa que comercializa Norton Medicina por tan solo 250 fandeus. Desde luego no es la oferta del momento, pero qué más da, ni que pudieses gastarte esos 250 fandeus en otra cosa, contando con todo ese asunto de tu inminente muerte.

—¿Veis?  Más  cosas positivas  —dice  Cassandra,  casi feliz—. Antes de morir, invertís vuestros últimos ahorros en Norton Medicina, una empresa Nirlena. El dinero se queda en casa, y la economía podría reactivarse así.

Todos asienten, menos Sir Aitor, que vuelve a vulgarizar los gestos de su mano.

—Tonterías —añade, aunque  era  innecesario especificar—. Son caprichosas casualidades.

—¡Casualidad sería que los dueños de Norton Medicia y de Futuropredix sean amantes! —gritó una joven, inesperadamente creativa.

Pero nadie pareció oírle, porque la gente empezó a preguntarle al viejo entre gritos si se iba a suicidar, o qué diantres iba a hacer. En cuanto el viejo confesó que sí, la gente perdió interés, y la reunión se fue apagando poco a poco. Lógico, claro. ¿Quién podría tener interés en un anciano enfermo que piensa suicidarse porque una extraña empresa le ha dicho que suicidarse es de lo más normal? Además, tienen razón, si todo el mundo lo hace, lo mejor no dar el número.

El tiempo fue pasando, y Cassandra fue encontrando visiones optimistas para casi todas las empresas importantes de Nirle. Resultaba alentador que en esos días de atentados y tristeza, alguien mantuviese en tan buena posición su optimismo. Reconozco que le constó un pelín más mostrarse tan optimista cuando Sir Aitor la llevó al cementerio, y tras pagar, le informaron de que iba a morir en una semana. Y además, del grado «joder, joder, joder». Nadie quería eso, tampoco la optimista de Cassandra quien, con mucho optimismo, decidió optimistamente que iba a afrontar todo aquello con madurez optimista y a tomarse las pastillitas de fresa el día indicado. Estaba más que decidida a que el optimismo sería lo último que iba a perder.

Y el optimismo no lo perdió. Que va. Lo que sí que perdió fueron las pastillas de Norton Medicina, pero por vergüenza de confesar su descuido infantil, fingió tenerlas aún. El día indicado en el calendario con un «joder, joder, joder» encontró a Cassandra sentada en su cama, quieta y callada como una roca, fingiendo haberse tomado ya las pastillitas de fresa. Justo se estaba imaginando su sabor (hacía mucho que no se comía una fresa), cuando se abrió la puerta de su habitación y entró alguien.

—¿Aún viva? —la saludó.

Cassandra sonrió. Quizás al final iba a salir de esa. Era la chica que trabajaba para la Futuropredix. La niña se permitió suspirar, con todo su optimismo regocijándose en la victoria, antes de contarle a la chica de Futuropredix que, por suerte, había perdido las pastillitas de fresa de Norton Medicina, y que, también por suerte, la predicción de Futuropredix era errónea.

—¿Ves? —le decía Cassandra a la chica—. ¡Hasta los errores pueden ser positivos!

La chica le sonrió con toda la tristeza de la que fue capaz, mientras pensaba en cómo decorar ese cuartucho para que fuese un «joder, joder, joder».

—Terrestre, Futuropredix nunca se equivoca en sus predicciones.

Después, la chica le disparó.

 

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H. T. Silverwood es el seudónimo literario de una joven autora catalana.

Ilustración relato:
Fotografía por Josch13 / Pixabay [Public domain]

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Revista Almiar – n.º 91 / marzo-abril de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

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