relato por
Axel Ulises Vite

 

 

I

Fría, con llagas en las llagas y gusanos mordiendo el aire duro que golpea el rostro, caminando despacio mientras su capa ondea con olas inusitadas, viene la muerte cumpliendo su tarea impuesta desde que el hombre es hombre. Viene como un pájaro tronador que lleva en la garganta cañones de pus hirviendo: este vaho tremendo te deja ciego, sordo, manco, cojo; te envuelve en la fiebre de las escolopendras, y sientes escarabajos bailando en tu vientre desnudo.

Viene, viene, poderosa, victoriosa, encendida en fulgor neón, con su relámpago despierto fulminando niños, prostitutas, viejos, vagabundos, temerarios, poetas y antipoetas, religiosos, saltimbanquis, mecenas. Viene, arrastrando humanidad de siglos pasados y futuros; pesada, tan pesada que la tierra envejece y las flores se hunden en sí mismas ahogando una abeja en la densidad desproporcionada de su corona.

Nadie, (¿quién podría?), nadie es capaz de mirar a los ojos de la muerte: bajo la mesa, detrás de un perro, entre los brazos del amor, en los techos, hundidos en el barro; todos buscan refugio y fingen que va pasando un pordiosero, un loco cargando la escoba con que flagela su carne. Pero no, quien viene es la muerte, esta muerte fabricada en las fundiciones del cerebro.

 

II

Temblor de manos y ojos: en su lecho de muerte los ancianos se arrepienten de llegar a la culminación de la vida contando dos o tres batallas y un amor apenas ganado; los hijos apagan el cigarro y se disponen a morder los ásperos dedos de la atmósfera: alrededor del cuerpo fantasmas y cánticos oscuros.

La respiración de un niño se interrumpe en la madrugada de junio; perros olisqueando el pequeño cuerpo debajo del puente, arañas descendiendo sobre los ojos. Los órganos (cualquiera puede verlo) buscan pasto, piedra y raíces como caminos a la patria; un ansia, un instinto antiguo los obliga a buscar la tierra, pero sólo encuentran asfalto y en el asfalto es imposible el retorno…

Algunas muchachas sienten que una mano oxidada les arranca el vientre y las entrañas cuando ven morir un pájaro en vuelo; lamentan que algo tan hermoso descienda en espiral vertiginosa y las escolopendras lo devoren lentamente, lentamente, como si comieran de los ojos de Dios.

 

III

Ahora el llanto, descontrolado, sin llave que pueda detenerlo. El llanto amargo de las viudas y los niños esclavos. Y mis hermanos ciegos y tontos, huyendo de la muerte, ocultándose bajo símbolos rotos.

Cierto, todos huyen de la muerte, todos buscan cómo evadir su relámpago obsceno, pero ella continúa ahí, sobre sus cabezas como un buitre sin pena.

Huyen, corren y se aplastan los unos a los otros en el camino; corren sin saber a dónde van o de dónde vienen. (Sólo saben correr con las entrañas cansadas y los pies sangrantes).

Pero yo, yo me detengo, porque viene y alguien debe recibirla con rosa en mano (agitaré mi rosa y despeinaré su conglomeración de moscardones) y un verso de García Lorca para atrapar su atención.

 

IV

Sólo un curioso de manos jugando a ser insectos sonoros. Hombre con hambre de estrellas y nuevos colores, hombre que ve amor en el trazo de la apotema; dedicado a la edificación de hipérboles y lepidópteros como anuncios de resurrección. Sólo un hombre, pero miro de frente a la muerte, que viene fría y tronadora, con su hoz salpicando lenguas dormidas y artilugios que se adhieren a los ojos.

(En el remanso de las hojas, las ondinas bailan bajo la luz del día. Los hombres, desde lejos, observan y temen).

Cerca, a unos metros, puedo sentir la exhalación de su hocico, la fuerza de gravedad que poseen sus ojos. Erguida como una espada penetrando la tierra y sus animales cansados; segura de sí misma, enérgica, ausente.

Yo continúo de pie, simplemente observando, contemplando la rigidez de sus dedos, cuando de pronto me toma de la mano y me conduce por caminos rotos. Veo el horizonte alejarse y las nubes se jalonean; no hay ni un ojo a la vista.

(El aire tiene un sabor a niña enferma de poliomielitis, a sueño quemado bajo la luz cansada de los semáforos. Tengo hambre, frío, una histeria desnuda que revierte el sentido de mi circulación. ¿Qué hechizo se levanta desde la tierra y su cadáver de ángel derribado?).

Nos detenemos en un claro, donde una mesa sirve como sitio de reposo a un pájaro enhiesto, animal tenebroso.

La muerte me invita a tomar asiento y a continuación deja su hoz en la garganta del ave.

 

V

Inmóvil como un obelisco en el desierto, con su cara repleta de dedos arañando la luz del sol, la muerte me mira sin decir palabra. Conmovido, rompo el silencio:

—Te noto cansada, distraída, un poco difusa. ¿Qué astro furioso serpentea en tu garganta fulminando tu himno a la rosa?, ¿es que mis hermanos no se cansan de verter en tus ojos toda la desgracia del mundo? Dime, ¿cuántos saben tu verdadero nombre?

En el acto, ella responde sin inmutarse, como si le hablara un desconocido o un vendedor de seguros:

—El silencio rompes y no me temes. No hay temblor en tus manos, y en tus ojos la claridad del día se abre como flor de pájaros abiertos. Dime, ¿por qué me sostienes la mirada? ¿En dónde está tu miedo?

—¿Miedo? ¿A qué debería tenerle miedo?

—A perderlo todo, sin duda. Todo lo que posees te será arrebatado por esta hoz.

—No poseo nada, oh señora. Amo a mi esposa y a nuestra hija, sin embargo ninguna de ellas me pertenece; mis pertenencias duran poco y el dinero no me esclaviza. Todo lo que tengo es este amor por los insectos, la pintura y la poesía. ¿Por qué debería tener miedo?

—¿No te asusta morir?

—Supongo, mi señora, oh dulce y blanca, que me pones a prueba con tus preguntas. Cuando mi cuerpo muera alimentará la tierra y ésta, a su vez, nutrirá la yerba. Mi cuerpo volverá al punto de partida. Y si algo tan efímero como la carne está destinada a volver a su origen, es natural que el espíritu también lo haga con el paso de las vidas.

—Pero, al menos, deberías temer mi apariencia.

—Ah, pero si en usted veo a la vida misma buscando un reposo momentáneo.

 

VI

De un pozo tronador con escolopendras como dientes y ángeles cojos como lenguas; nos dijeron que la muerte viene de un abismo, podrida y sufrida, con un aliento incierto, llevando niños ciegos y muchachas desprotegidas.

La calumniaron sin misericordia llamándola monstruo vestido con órganos golpeados, puta eterna, fantasma terrible. Le adjudicaron la dominación sobre el tiempo y le arrancaron la corona de astros que llevaba puesta; le escupieron. Y a nosotros nos dijeron: «Teman a la muerte, porque después de ella nada existe». Y nosotros empezamos a tener miedo y lloramos sin consuelo porque no éramos capaces de inventar escapatoria.

Entonces, solitaria, incomprendida, se sentó al pie del Parnaso y contempló su propia desgracia. (Mariposas recalcitrantes se alojaron en su pecho y empezaron a morder su carne; el tiempo escupió en su cara).

Mientras tanto, día tras días los hombres se dedicaron a vestirla con pesadillas y más llanto, pus y sueños quemados. La ataviaron con parientes destruidos, niños extraviados bajo el relámpago inasible, prostitutas golpeadas, perros atropellados, soldados, pacifistas, rockstars, escritores, directores de cine, científicos, amas de casa; todos ellos rodeándola como moscas hasta que enfermó, sin poder recuperarse.

 

VII

La muerte con el peso de toda la humanidad, resignada y triste como la madre que se separa del hijo, se echó pequeños lepidópteros encima y mantos de pus y caracoles que empezaron a pudrirla desde dentro, muy dentro, asfixiando sus hermosos órganos. Entonces anduvo con pies descalzos y un grito por cada ojo que mirara a Calíope.

Y ahora hela aquí, puro hueso y aire duro, sin amor, sin luz que nade en sus pupilas (cuando ella poseía ojos, peces de luz salpicaban la noche). Aquí, rota de principio a fin, desilusionada; preguntándose por qué rayos no me muevo de mi asiento para salir corriendo.

Es cierto, no me muevo, ni me movería, porque ahora tomo mi verso de García Lorca y lo desdoblo en paisajes, insectos, sonrisas, besos, himnos y poemas. Todo ello se lo echo encima, y la voy vistiendo con mucho cuidado, hasta que al fin luce igual que la vida misma.

 

VIII

Limpia, pura, inmaculada, virgen surtidora de luz que se toma en gajos, la muerte toma mis mejillas y besa mi frente.

«He aquí tu claridad original y en tus dedos el beso de Lorca. Ni fría, ni puta, ni triste; mucho menos golpeadora insaciable. Eres la vida misma perpetuándose, soñando con un atardecer en los Elíseos; puro canto y ave que despliega el arcoíris tras de sí; eres mi madre y mi padre, mi esposa y mi hija, mi hermana y mi amiga, besando mi frente, porque algún día cuidarás mi regreso a Betelgeuse. Ve ahora por el mundo y continua adornando los horizontes con nuevas golondrinas», digo a la muerte, que observa mis manos desnudas.

Dice «Hasta luego», y se marcha.

 

IX

No hay por qué darle más vueltas al asunto: sin muerte, no hay vida, y viceversa.

 

separador texto relato Sobre la muerte

 

Axel Ulises ViteAxel Ulises Vite Navarrete: «Nací el 4 de octubre de 1990 en la Ciudad de México. Actualmente estoy en vías de obtener el título como Licenciado en Pedagogía por parte de la UNAM. He colaborado con las revistas digitales Letralia Tierra de Letras, Palabras Diversas, Revista Astrolabium, Cofibuk, Revista Almiar y Portal de Poesía Contemporánea, en el área de poesía y cuento. Soy ganador del concurso Me gusta leer 2014, concurso organizado por el grupo editorial Penguin Random House. Desde el año 2013 formo parte de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES) y recientemente publiqué El escarabajo y el jilguero (poesía) bajo el sello editorial de Litera Editorial. Gestiono mi propio blog donde publico poesía, cuento, fotografía y dibujo: www.vidaderubensolsticio.blogspot.com

 

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📸 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 81 | julio-agosto de 2015MARGEN CERO™ Aviso legal

 

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