por
S. L. Ramos

 

La foto perfecta
línea cuento La foto perfecta

 

Esta vez quería dormir temprano, me lo prometí a mí misma con lo último que me quedaba de mi dignidad. No más noches en vela, no más vigilia nocturna frente al ordenador, no más espera por noticias que no llegarán. Lo juré solemnemente por mi nombre.

Las tardes eran frías en París cuando aquello. Aun brillara el sol y formara los atardeceres más poéticos frente al Sena. Las tardes eran frías. El reflejo de la ciudad en tus gafas me fascinaba; yo me moría por sacar la foto perfecta. No pediría más nada de la vida si lo lograba. Lo juré solemnemente ante la torre Eiffel.

Escondida en una esquina del cuarto, hojeando libros polvorientos sin prestar atención al contenido. Parece que hace años no vive nadie aquí… y, a decir verdad, la realidad no se aleja mucho de las apariencias. De vez en cuando un vistazo al ordenador, cualquier cartel sospechoso activa las pocas neuronas aún despiertas… nada, más spam. Sigo hojeando libros.

Sentados en las incómodas sillas de las Tullerías me preguntaste qué era lo más importante para mí. Recuerdo bien que respondí sin pensarlo dos veces: el arte. Silencio a mi izquierda. El chorro de la fuente en tus gafas me incitó a sacar mi cámara una vez más, pero algo me dijo que no lo hiciera. ¿Qué quieres que te responda? Silencio. Seguí hojeando mi guía.

No entiendo cómo llegué hasta aquí. Las horas me pasan sin notarlo, los días encerrada en mi cuarto, el mundo afuera que no existe. De vez en cuando suenan pasos al otro lado de la puerta, a veces alguien se atreve a tocar. En vano, aquí adentro no vive nadie. Hace rato la inquilina dejó de existir y en su lugar ha venido una sombra a habitar este espacio. Una sombra sin nombre ni rostro, como todas las sombras.

Aquel día montamos un carrusel porque tú me lo pediste. Yo sólo quería fotografiar su reflejo en tus gafas, pero era de noche y no llevabas. Me convenciste a pesar de las náuseas que me dan los carruseles. Te veías muy niño montado sobre aquel caballo y tu risa me hizo recordar lo mucho que me gustabas… pensé hacer una foto espectacular, pero no me dejaste, algo sobre tus amigos y el carrusel. Nunca entendí por qué tenías tanto miedo de mostrarles quien realmente eras. Necesité una sesión de fotos de tu boca para olvidar el disgusto.

El suelo está cubierto por un tapiz de fotografías. París, tus gafas, París, tu boca, París… tú. Todos los cajones vueltos al revés, los libros ya no están más en sus estantes, la cama es mi nuevo escritorio. De repente todo lo que queda de mi vida se vuelve encontrarlo… y mientras no aparece no soy nada. ¡Qué ironía, hace tiempo que ya no soy nada! Dejé de existir desde aquel día en París.

Caminábamos sobre el Pont Neuf; de regreso a casa con las manos vacías. Tú no querías hablarme porque yo no te hablaba… cosas tontas típicas de ti. ¿Quién dijo que para hablar hay que emitir sonido? Yo te hablaba, sí, te hablaba todo el tiempo con mis ojos, con mis manos; todo el tiempo… y tú no me escuchabas. De haberlo hecho te hubieras dado cuenta de que no podía hacer nada por evitarlo; era así porque estaba predestinado, mucho antes de conocerme, mucho más después de haberme conocido… hay cosas que no se pueden cambiar. Tonto, tonto momento, tonta la gente, tonto tú. El último rayo de sol llenó el espacio de una luz maravillosa justo en el momento que te decidiste a hablarme. Por un segundo el mundo parecía otro, yo no pude contenerme y saqué mi cámara. Luego todo sucedió demasiado rápido. Tú te enojaste más aún, te marchaste, te confundiste entre la gente que pasaba, te me perdiste… pero no antes de que yo lograra hacer mi foto perfecta. Y ahí quedé, sobre el puente, dividida entre mirar al tú de mi cámara o tu espalda alejándose. De cualquier manera, ya era demasiado tarde. Nunca fuiste capaz de entenderme.

Y aunque me percate ahora de lo que todo el tiempo estuvo ante mis narices, no puedo faltar a mi promesa. Desde que me dejaste aquella tarde sobre el Pont Neuf no he vuelto a saber de ti, ni siquiera pasaste a recoger tus cosas… te esfumaste, como si nunca hubieras existido en París. Mas yo sé que sí exististe ¡si tan solo encontrara aquella foto!

 

El cazachismosos
decoración relato El cazachismosos

Regresaba del mercado. La compra del día. El regatear aquí, comprar allá, los mejores productos (los menos malos) por los más bajos precios. La bolsa al hombro. El monedero en lugar seguro. El coco en la mano.

No habría llamado mucho la atención. ¿Qué podría ser sino un simple coco? Si no hubiera estado partido por la mitad. Simétrica, sospechosamente partido por la mitad. La mitad superior ligeramente más oscura que la inferior, más estrecha. Como de otro coco. Como quien hace un híbrido, un Frankenstein de una bola peluda. Y de repente, la simple bola peluda de superficie dura se vuelve el centro de atención.

Todas las miradas hacia ella. La bola peluda misteriosamente partida por la mitad, una mitad más oscura y pequeña que la otra. Murmullos se suceden, voces le persiguen.

Podría ser la evidencia de un robo. Piensan unos, ¿qué otra razón habría para hacer de un coco un Frankenstein? ¿Pero de quién entonces? ¿Del comprador? ¿Del vendedor? Creo que te han estafado. O a lo mejor fuiste más lista y sólo escogiste lo mejor de ambos mundos, quiero decir, de ambos cocos.

Podría ser una tapadera. No es un coco en realidad. Carne de mu escondida, camuflada, disfrazada, disimulada… dentro de un coco. O tal vez sólo un poco de camarón. O langosta. O cualquier cosa «restringida». Pero… ¿tan poca? No. Bueno, igual sería un regalito. Nunca se sabe. No, no. Yo diría que no lo llevaría tan a la cara. Hay un caballito allí en la esquina. El olor la delataría a dos cuadras.

Puede ser… no, no lo creo. Tal vez… ¿Y si es una brujería? Aléjate, aléjate. Mira a ver si la tira en la esquina. No tiene por qué. A lo mejor es una ofrenda. Tú sabes. ¿De quién es el coco? Yo creo que San Lázaro, o Santa Bárbara. Yo creo que no sabes nada. Es de Elegguá. ¿Sí?

¿A quién le importa?

El misterioso coco dobló la esquina, levantando nuevas miradas y nuevas sospechas, cogió por el trillito, subió la loma, la escalera, abrió la reja, la puerta. Y ahí quedó.

Sonriente, vació su contenido blanco impoluto en un envase limpio y dejó las mitades a un lado. Lo que hay que ver. Ni jabas para comprar comida hay ya en este país. ¿Quieres dulce de coco?

 

línea relato Siu Leng Ramos Wong

 

Siu Leng Ramos Wong, La Habana, Cuba (1990). Estudió Lengua Alemana, con inglés como segunda lengua, en la Universidad de La Habana. Trabaja como docente de la Facultad de Lenguas Extranjeras impartiendo la asignatura de Traducción Alemán-Español, aunque también se desempeña como instructora de alemán. Es egresada, en 2010, del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, de La Habana. Ha ganado algunos premios en Festivales de Cultura de la Universidad de La Habana en la sección de Literatura (Universidad, Provincial) con pequeños relatos.

Contactar con la autora: slramos [at] flex.uh.cu

 Ilustración relatos: Fotografía por Wokandapix / Pixabay [CCO dominio público]

 

biblioteca relato Siu Leng Ramos Wong

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