relato por
Joel Moreno Caballero

 

N

os desarmamos el uno al otro para ver qué hay más allá de nuestros corazones, y no encontramos nada. Estamos vacíos. La guerra nos ha matado, a pesar de seguir en pie. Esperamos ganar, aunque ambos hemos perdido. Sin bandera blanca, ni tregua, ni un claro vencedor. Y es que el campo de batalla ha dejado centenares de víctimas, de corazones rotos, pero que sólo tenían dos únicos dueños que pensaban no tener siquiera uno entero.

 

Parecemos los muñecos de un titiritero a quien le gusta jugar. No nos movemos para defendernos, sino para atacar, porque estamos asustados de lo que sentimos porque, por primera vez en nuestras existencias, sentimos. Intentamos evitarlo y probamos de alejarnos de nosotros mismos, pero nos encontramos de cara y nos aterrorizamos.

Nos hemos hecho cargo de aniquilar hasta el único gramo de bondad de nuestros corazones, destruyendo nuestras almas conectadas por un hilo de soledad. Nos tenemos, pero estamos solos. La violencia ha nublado nuestra vista y no vemos más que sombras agresivas en un espejo. Somos el reflejo de la crueldad y no nos importa porque somos lo que somos y nadie lo puede cambiar, de la misma manera que una flor no escoge su color. Hemos crecido en un territorio hostil que nos ha enseñado a pensar antes de actuar, ya que sólo de esta forma las fichas blancas se encuentran con las negras.

Damos los primeros pasos, con todas nuestras armas: nosotros. Estamos lejos, pero ello no implica que no sepamos qué está a punto de comenzar. Es hora de luchar contra el adversario cuyo corazón pertenecía al otro. Así somos las personas: primero nos amamos y después nos odiamos.

Conozcamos el caos, la destrucción, el desorden, el mal, la codicia, la confusión, las ruinas, el sufrimiento, la injusticia, la devastación, la guerra. Conozcámonos. Después, intentemos olvidar que fuimos los dioses del Olimpo, los únicos que importábamos acto seguido de pensar que no había nadie capaz de colorear la monocromía de nuestras almas. Nos reconstruimos para destruirnos más tarde.

Las balas salen y entran. Las minas explotan. Los misiles caen. No quiero abrir los ojos, ¿pero qué alternativa tengo? Fallamos, todo el rato. No estoy seguro de si no sé luchar o no quiero hacerlo. Ha habido demasiada calma en el campo para acabar con ella en décimas de segundo. Y así nos matamos, de la misma forma que nos dábamos la vida: vaciándonos. Porque antes lo hacíamos para mostrarnos y ahora simplemente por vicio.

Hasta aquí llegamos. Nos quitamos los chalecos antibalas y nos desarmamos, nos desnudamos el uno al otro para ver qué hay más allá de nuestros corazones, y no encontramos nada. Estamos vacíos. Se ha acabado.

Nuestros caminos se bifurcan, por fin. No podríamos haber imaginado un final más trágico. No podríamos haber estado más desconectados, más separados. Ni siquiera podríamos haber sido nosotros mismos, pero lo éramos. Nadie lo podía negar.

El aire es más frío, el cielo más oscuro, y el campo está tan vacío como nuestros cuerpos. Nos acariciamos las mejillas y nos miramos a los ojos. Veo sus pupilas dilatarse mientras se ruboriza, pero no hay más que dolor mutuo. Quizás hayamos sentido tanto que no hayamos sentido nada. Quizás seamos bestias que no estén hechas ni siquiera para quererse a sí mismas. Quizás nos asustó quitarnos la coraza demasiado pronto y ver que no somos más que dos críos indefensos que buscan cobijo en brazos ajenos.

 

línea separación Segunda Guerra Fría

Joel Moreno Caballero es un joven autor que escribe para poder expresar todo lo que siente.
Contactar con el autor: joel.moreno1998 [at] gmail.com

 
Ilustración relato: Fotografía por ThePixelman / Pixabay

 

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Revista Almiarn.º 93 / julio-agosto de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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