poemas del libro Oda a la Música por
Axel U. Vite Navarrete

 

III

 

Cantaré y seguiré cantando hasta la consumación de mis átomos,

desde la tierra, desde mis raíces y todos los insectos que me guarden en sus entrañas.

 

Es necesario cantarte, aunque los saxofones no alcancen la claridad de tu alma,

aunque los tenores pierdan la dirección de tu sintonía.

Cantar en un canto que derrame cantaros y luces,

rompa los límites del cerebro

y cristalice los dedos de la amada

para que su caricia resguarde el calor de la existencia.

Cantar aunque los motores rugan con pesadumbre

y los ancianos olviden la ceremonia de un beso.

 

(¡Un beso! Cuánta música hay en un beso. Posees, oh Música, los labios,

y la saliva es como tu sangre arrastrando un adagio secreto

para dos amantes que no deben exhibirse aún).

 

IV

 

Si no existieras habríamos inventado más utensilios de tortura,

más leyes hipócritas, más dioses equivocados;

en lugar de oídos tendríamos branquias, sólo para ocupar el espacio;

recitaríamos recetas de cocina en las plazas y llegaríamos a las puertas de la muerte

con las manos vacías.

 

Los niños, desnutridos, secos como la carne del perro atropellado,

dejarían de jugar con dragones;

las muchachas ocuparían su voz (ojalá nunca suceda) para vender dentífricos

y anunciar la programación de las siete;

y nosotros, los hombres, declararíamos la guerra el primer día del año.

 

Si no existieras, si mis labios produjeran

el mismo ruido que vomitan todas las entrañas,

entonces nos arrojaríamos al mar con el primer desaire amoroso.

Veríamos niños sucios de aburrimiento y fastidio,

las caricias nos vestirían de sopor y vértigo,

y la Luna no sería otra cosa

que una mancha de cal cuajándose en el universo.

 

No quisiera admitirlo, es tan horroroso pensarlo,

pero no tendríamos ningún motivo para sonreír.

 

Después de todo,

en los escarabajos que combaten,

en la guitarra que desgaja su vientre y lo reparte a todas las rosas,

en el planeta que se abre para liberar su fuego interior,

en la muchacha que restriega sus labios contra el alba,

en todo lo que nace y muere, y crepita y aúlla,

y en la noche que sirve de preámbulo para el vuelo del corazón;

en todo ello vives, segundo a segundo.

 

El rojo es rojo porque ordenas los átomos

y su vibración primigenia;

la cardencha es cardencha porque añora abrirse

y transformarse en oído —tan amplio como el horizonte— que reciba todas tus notas.

Y yo mismo soy hombre porque deseo escribirte y coronar tus dedos

con la sangre de mis poemas:

sin ti, solamente sería un cúmulo de costras.

 

V

 

Si no existieras, en resumen, el mundo sería un hueco,

y el cerebro un hueco con su propio vacío;

la boca, un pozo tan hambriento como las fauces del Tártaro.

 

¿Por qué?

Responder es tan simple como sujetar un arcoíris a mis brazos.

Todo lo habitas con el entusiasmo de un ángel:

el gato cortejando un cometa,

el hombre que coloca besos en la espalda desnuda de su amante masculino,

el tronar de los aplausos que celebran una victoria justa,

el croar de los sapos que intentan invocar el lengüetazo de la noche,

la risa de los niños cuando descubren

que un chorro de luz puede volarse como un cometa,

el Canzionere de Petrarca y la declaración de Kerouac,

la explosión de todas las células,

la apertura del primer brote,

el combate de las gencianas,

el relincho audaz de los caballos,

la forja de Hefestos y el encanto de Pandora,

la Tierra y las entrañas mismas de la Tierra cuando se rehúsa a beber más sangre,

el incendio de todas las palabras de amor que puedan pronunciarse en una semana,

la caída de Alfonsina Estorni acercando el mar a sus manos

(el mar, las olas y todos los peces necesitaban su tacto;

y ella, gentil y graciosa, decidió regalarse al agua),

la respiración de todas las golondrinas que habitan los ojos de la niña azul,

el vuelo de las mariposas que coronan mi mano,

las raíces que abren las piedras y los huesos de Neruda,

el relámpago que cruza por el ojo ahogando el iris en luz,

y el rumor oculto de las hojas.

 

VI

 

Cuando escuché el rumor de tu sangre en olas que poblaron la voz de Fred Mercury,

busqué más oídos para captar cada una de tus notas:

capturé hojas y abejas para escucharte al amanecer.

Horas después, a punto de dormir, pensé:

«He aquí el nombre de Dios, continuo, infinito,

hermoso como el primer y último hijo.

El nombre de Dios avanzando en navíos musicales

que besan la piedra de los monumentos y la frente de las muchachas,

las manos del anciano y la saliva de los perros,

la primera tórtola del alba y la genciana que acerca sus pétalos a un niño.

Qué sublime, qué bello el nombre de Dios sonando en Bohemian Rapsody,

oculto en el idioma de los hombres».

 

(Ah, Fred Mercury, si aún vivieras, si el mundo pudiera escuchar tu canto,

entonces seguiríamos descubriendo nuevos algoritmos en el nombre de Dios,

algoritmos vertiginosos desplegando las sonrisas y las sorpresas.

Y tú, noble Dios, con tu amor infinito,

tendrías en tu nombre el nombre de todas las cosas;

en las primeras cien palabras encontraríamos: amor, rosa, alegría,

rapsodia, niña, azul, camino, bicicleta, cielo, domingo,

caricia, beso y hombre.

¿Qué poeta, qué astrónomo o matemático sería capaz de medir tu nombre?

Dios, padre de las moscas y las muchachas fosforescentes,

sólo Mercury podría pronunciarlo).

 

No me entristece saber que reclamaste, oh Música,

a uno de tus hijos para invitarlo a tocar tus notas bohemias desde los huesos,

crujiendo, alimentando a los gusanos y a los árboles.

Donde quiera que esté, aunque duerma o se prolongue en un escupitajo,

escucharemos su rapsodia animando el baile de las neuronas

y la sonrisa de los niños.

 

VII

 

He aquí el milagro de tu resurrección perpetua:

aunque los motores interrumpan la armonía de tu rumor,

aunque los idiotas quemen tus manos en un arranque de soberbia,

aunque la noche fulmine el eco de la guitarra;

tú, grandiosa, con estandartes de victoria en la espalda,

vuelves al mundo para posarte en las plazas y debajo de los puentes,

en las palmas de los niños y en el beso que truena o arde

como si no existiera un mañana.

 

Renaces y la marcha de las valquirias escolta tu nuevo nacimiento,

tan genuino y tierno como cualquier otro.

Renaces y los planetas celebran desarrollando nuevas formas de vida

que llevan un oboe en las manos y cien guitarras en el pecho.

 

separador poemas Axel Ulises Vite Navarrete

Axel Ulises Vite Navarrete. Nació el 4 de octubre de 1990 en la Ciudad de México. Actualmente se encuentra en vías de obtener el título de Licenciado en Pedagogía por parte de la UNAM. Ha colaborado con distintas revistas digitales como Letralia Tierra de Letras, Palabras Diversas, Astrolabium, Cofibuk, Almiar, Portal de Poesía Contemporánea y Revarena. Es ganador del concurso «Me gusta leer 2014», evento organizado por el grupo editorial Penguin Random House. En mayo de 2014 publicó su primer libro de poemas, El escarabajo y el jilguero (poesía) bajo el sello de Litera Editorial. Oda a Zoé Mictecacíhuatl es su segundo libro de poemas, publicado en 2016 gracias a Ediciones el nido del Fénix. Gestiona un blog (ars-diversus.blogspot.com) personal donde publica poesía, fotografía y reseñas sobre libros y películas actuales.

 Contactar con el autor: hephaestus_ap1310 [at] hotmail [dot] com

🖼 Ilustración portada: cocoparisienne / Pixabay [dominio público]

 

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