relato por
Guillermo Aguirre Martínez

 

A

quellos días había vuelto a pasear como endemoniado hasta después del anochecer. En la oscuridad me sentía seguro, a nadie debía nada y nada se me prometía. El desaliento estaba por llegar, luego, cuando me encaminaba a casa entregado a la abstinencia. Esta total privación de realidades, de personas o situaciones sobre las que irme definiendo, constituía mi mayor logro, sobre el que se alzaba, creía, la esfera impresionante de mi ser. Cuando ese espejismo se deshacía, sin embargo, no quedaba sino contar, saltar como un poseso de un número a otro, como un loco cuyo destino sólo se abría al vértigo de los pasos. Y eso me aliviaba, me hacía elevarme precisamente al espacio del número, al silencio de lo indefinible y, a su vez, según acertaba a escapar de ese estado como hipnótico, a una realidad singularmente opresiva. Para entonces, a buen seguro, ya habría dado un giro de timón internándome en más angostos callejones, en un bestiario por el que, de mostrarme decidido, me observaría desaparecer hasta acabar por fundirme con el espeso sinsabor de la madrugada.

Y así se consumían mis días, uno tras otro, y hasta mis años, sin que ello significase una soledad completa y banal, pues aquélla sobre la que aún continuaba deambulando por ese enjambre de calles se formaba y deformaba en un horizonte más amplio, más turbio y aislado también, de mi lúcida existencia. Había otras cosas, y por todas ellas merecía la pena no ceder; merecía la pena abrir la puerta de casa y encontrar un momento de sosiego; o escuchar reposado algo de música, el silencio de ahí fuera o aquel otro más querido de mi cuarto. Todo ello merecía la pena. Además, estaba el doctor —así llamaba yo al bastón de aquellos días, al amigo de alcoholes y de ambiciones literarias, más serias en él que en mí, más utópicas también, en su bella desmesura—, y estaba en primer lugar mi universo a medio construir, virgen aún de las asperezas y miserias que más adelante habrían de llegar y que ya despuntaban como rostro bimembre de indeseable vigilia. Estaba todo y todo como informe, estaba la vida con su inocente rictus y la vida también, desdibujada en garabatos rabiosos en los que observaba fundirse mi silueta sobre un destino enérgico y exacto.

Todo ello convivía, más o menos en igualdad de fuerzas, con los molestos quejidos enraizados a mi cuerpo, fundidos para mi horror sobre él, sufridos a diario como un necesario mal pues ya desde mi primera infancia los tuve como cómplices de mis pocas distracciones, no sabiendo discernir, en cierto modo, entre lo deseado y lo indeseable, tal era el incordio continuo de mis particularísimas dolencias. Este amasijo de desajustes no se desveló en su apariencia descarnada sino con el transcurso de los años, cuando comencé a comprender el funcionamiento de sus enrevesados resortes, de sus muelles hipersensibles y sus descoordinados mecanismos. De esto nada llegué a intuir en la niñez, conformándome por consiguiente con dotar a la vida de una tersura en exceso grosera y como refractaria a absorber los dolorosos brillos de todo lo creado y lo increado.

Pero los iba absorbiendo, no obstante, y según quedaba seducido por los múltiples contornos de cada realidad un hondo vértigo se iba definiendo en mi horizonte a cada giro de ese objeto de perfil continuo y cortante que ya iba conformando mi vida. El espejo se alzaba ante mí y me engañaba cuando inquieto me movía de aquí para allá como queriendo hallar ese otro ángulo del todo inexistente, pues de ser éste real habría de caracterizarse, obvio resultaba, por la imposibilidad de ser capturado. Con esta inquietud caminaba día tras día; con esta sombra, como Jacob, me exasperaba incapaz de aceptar y no digamos de comprender la curvatura completa de toda realidad, de todo objeto y hasta de toda ausencia; como si la vida, al menos la mía, no se tratase sino de una mera obra de arte, con las innumerables restricciones que ello debía de suponer. Pero no era así, o al menos de esta forma yo lo entendía, de modo que en cada uno de mis paseos, por mucho que en un principio me lo propusiera, mi intención de difuminar hosquedades se iba desvaneciendo al compás de muy torpes pasos hasta acabar por constituir un espectro más de ese bosque de falacias.

Por lo general solía llegar a casa cargado de agitación y desaliento, y no me quedaba más remedio que encerrarme nuevamente en mí, en mi universo de formas, en las páginas de algún libro que me guiase hacia algún punto de partida, un lugar conocido al menos en la realidad de sus letras, o de no contar con la necesaria entereza de ánimo, aun sin expectativa de sanar mis tormentos, llamar al doctor y dejar que la vida fuese quien guiase. Pero era él quien por lo general se adelantaba a mi decisión y me sorprendía turbado por lo común o suspendido en uno u otro recuerdo. Fueron muchas las horas agotadas mientras permanecíamos embebidos cada uno en sus delirios, aunque en mí esta nube duraba tan sólo lo que duraba la botella, y es que toda visita del doctor venía acompañada de un reflujo de alcoholes que ya a esas alturas iba mermando notablemente mi enervante sistema nervioso.

Concluida la visita, a solas de nuevo con mis fantasmas, acrecentados si cabe por el alcohol, comenzaba a escribir cosas como éstas que siguen —tomadas de un diario del que apenas quedan unas pocas y mal garabateadas páginas:

«Medianoche y vuelvo a caer en el mismo vacío. Los objetos se apagan porque sí y ya no hay nada que hacer hasta el próximo despertar. Los objetos se apagan porque sí, todo se apaga porque sí excepto este vapor que se agita y congestiona mi ánimo y entonces caigo exhausto sin llegar a pegar ojo. He probado todo lo probable desde hace años, y he sacrificado casi todo lo sacrificable, y tan sólo encuentro el refugio de comenzar una página y al poco completarla con cualquier insulsez, rendido al instante pese a no haber siquiera pasado esa página abierta ante mi mirada como si de una eterna alfombra se tratase, una alfombra imposible de ser desenrollada en su completa e inagotable extensión. Esto se repite en numerosas ocasiones, perseverando en mi afán en cuanto me siento lo suficientemente descansado como para tensar unos minutos más este bochornoso infierno.

Resulta grato iluminar los contornos de mi pesadilla; basta con cerrar los ojos para entrar en sus estancias; y eso es lo que de continuo realizo. Cuanto queda, al final, siempre es la esperanza de un remanso de sosiego, de un despertar y de unas horas de plena lucidez, una escasa limosna que anima y hace creer que la próxima noche será todo distinto, o al menos la antesala de esa noche, siempre el peor de los momentos, cuando ya de madrugada la sombra se ha arrugado y uno puede verse en verdad sin desdoblar, pues es a medianoche, creo yo, cuando uno se encuentra con uno; tal cual te presentas, eso eres. El día, por su parte, nos disfraza con estúpidas prendas que nada valen al caer el sol, y así en eterno círculo.

Y en eterno círculo se disuelve el cosmos y el cosmos me engendra, me quiere engendrar, pero para nosotros los insomnes no hay posibilidad alguna de nacer pues no lo necesitamos, como los otros no necesitan de la muerte: para morir les basta la rutina y poco más, y con ellos se la llevan cuando les llega su hora sin haberse siquiera percatado. Así es, el cosmos quiere engendrarte y tú, mientras, permaneces en el oscuro rincón de tu escritura, soportando las infamias y engullendo embuste tras embuste, a la espera de que nazca un nuevo día.

Esta es la rutina de quien asoma más de lo permitido la cabeza por el ojo de su dios, y así queda todo cuando el deseo se vela, cuando la consumación precede al deseo y cuando el engendramiento antecede la asfixia con que llegamos a esta vida. Entre sollozos nacemos y entre risas abrimos la puerta para ya no regresar. La morada es una luna; la calle, un horizonte sin fondo, aunque nada hay para quien se ausenta tras la hoja y ya el único curso es el que en espiral crece sobre esos sucios pies que acaban por transformarse en árbol nacido de la tierra y hundido contra el cielo. Ahí te sorprendí, desnudo como estabas, sin nombre, sin rostro, cuando pude comprender que no cae la lluvia sobre la tierra por mera cuestión de azar.

Pues bien, por la noche, cuando la persiana queda a media altura, asoman esos rayos llegados no sabe uno de dónde, si de las estrellas del asfalto o de allá arriba, igual es, y ésa es la más preciosa luz con que, después de todo, uno podría entregarse al sueño».

 

Los renglones se vuelven a partir de aquí ilegibles y ya sólo quedan escasamente tres páginas con pensamientos interrumpidos y totalmente superfluos. En cualquier caso, como puede suponerse, tras estos episodios siempre sobrevenía el riesgo de resultar aplastado de nuevo por el hastío, por el peso de los días dejados escapar sin conocer de qué manera y con la constante esperanza, en un primer momento, de que algo inminente ocurriese, y después ya sin ningún poso de esperanza, o si es que aún quedaba algo de ella, con el simple deseo de agotarla. Y fue en la profunda aniquilación de toda perspectiva cuando al fin me logré rehacer, cuando vi que nada había ya que perder sino la vida, y ni tan siquiera eso, pues la mía, como la de todos, era tan sólo un pretexto y lo real se ocultaba en cada uno de los instantes felices o infelices pero ajenos en cualquier caso a la menor ilusión.

El miedo, me parecía, quedaba ya atrás; ante mí se abría el surco por el que esa existencia habría de posarse sobre cada realidad hasta verter los sueños en las honduras del instante liberado. Esa sensación la conocía y nuevamente la buscaba, si bien por distintos lugares que ayer; y fue en uno de esos periodos de absoluto abandono cuando acerté a realizar el esfuerzo de reconsiderar mis fuerzas y en función de ellas retomar el pulso que creía ya perdido, y fue ahí cuando alcancé un punto de inflexión tan necesario como irreal, y ahí mismo cuando tomé conciencia del sacrificio iniciático, del mesiánico fuego que desde mucho tiempo atrás comenzaba en mí a prender.

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Guillermo Aguirre-Martínez

Guillermo Aguirre-Martínez es doctor en Estudios Interculturales y Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad ejerce como investigador en la Universidad de Deusto, Bilbao. Es autor de los poemarios Pozo de Silencio (Ediciones Oblicuas 2016) y Piedras (Devenir 2017), de la novela lírica Rayo oscuro de luz (Oblicuas 2014), así como del ensayo Forma y voluntad (Verbum 2015).

 

Contactar con el autor: guillermo-aguirre [at] hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por WenPhotos / Pixabay [dominio público] 

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