relato por
Rosa Vía Bazalar

 

I

lin había despertado con la misma pesadumbre de las últimas semanas, sus ojos fatigados mantenían una desorbitada percepción, su cuerpo aletargado le suplicaba eludir movimiento alguno que provocara una difusión en cadena de calor corporal, sentía extraño alivio cuando su masa orgánica en reposo la invadía de frialdad, meditaba sobre el estado catatónico eterno, encerrada en un tétrico ataúd color marrón, no importa si labrado o discreto, total caería disuelto en cenizas cuando se cumpliera su última voluntad escrita y transcrita cientos de veces aguardando ser encontrada por su actual pariente más cercano: la señora que hacía limpieza los lunes; capricho sostenido a pesar de la apretada economía, su desaparecido esposo se había empecinado en adoptar esta costumbre cuando compraron el departamento donde vivía, cuyos cien metros cuadrados parecían ahora una hectárea deshabitada, silenciosa y oscura, como el féretro que anhelaba cuando la refulgencia lunar ingresaba por la ventana; sólo en aquel momento del día donde la evidente pugna entre el atardecer y el crepúsculo va menguando el brillo solar podía respirar tranquila, sin aquella asfixiante bradicardia que sendos doctores habían descrito como neuróticamente sintomática.

—¿Sabe usted lo que es el dolor Dr. Edwards Paico Mucha?

—Se lo podría definir y clasificar en términos galenos, pero no soy yo quien lo siente.

—Inténtelo, por favor…

—Bueno… La Asociación Internacional para el estudio del dolor podría describirlo como una experiencia sensorial desagradable  asociada  a  una  lesión  tisular  real  o  potencial —había adoptado aquella posición erguida que se observa en programas televisivos durante comicios electorales, en algún candidato agnóstico (previa asistencia a misa dominical y rezo público del rosario) mientras escucha la difusión de su triunfo e hincha el pecho rememorando todos los sacrificios y sobornos que ha mediado para llegar a alzar las manos hacía el cielo y sentirse un dios, no aplaudido por el pueblo sino autoproclamado.

—El dolor, mi dolor, me calcina, me raspa el interior con miles de uñas filosas, las heridas abiertas provocan un ardor que recorre cada espacio de mi cuerpo, se desata una llamarada de fuego apremiante que genera llagas sobre los minúsculos espacios de partes sanas, entonces con cada paso del día, me descompongo, me infecto, me deshago por dentro.

—¿Y en qué parte dijo que sentía ello? —preguntaba el médico sin apartar la vista de la hoja de atención e intentando al mismo tiempo reescribir una palabra que no se había logrado por la aparente ausencia de tinta en el lapicero, lo cogía con la mano izquierda, la misma con la que había estrechado la mano de Ilin.

—Aquí doctor, lo siento en la mano, en la mano izquierda.

 

Después de terapia, de regreso a casa, pensaba que el tratamiento eficaz para sus dolencias y sentido general de insoportable parquedad podía encontrarse en un proyecto nuevo, como aquellos que arrastraban a su esposo a la aventura, a la obstinación por trazarse planes de aplicación insostenible, el entusiasmo que lo inundaba al emprender objetivos se debilitaba con el paso del tiempo, inversión de esfuerzo y disminución del inicial presupuesto; la jugosa indemnización obtenida después de trabajar durante catorce años en una trasnacional, dejó secuela de una seria hipoacusia, muchos sospechaban era congénita, fue usada en una decena de negocios infructuosos, la mayoría lejos de casa, aspiraciones que prometían abundancia mientras menoscababan el lazo ya raído que los unía: su frágil matrimonio.

Ilin aparentemente permisiva con las decisiones resueltas y abruptas de Ollanta, se mantenía ensimismada en su repetitiva labor de oficina donde el reto extremo residía en la auditoría anual de la empresa automotriz que hace más de ocho años le ofreció un sueldo por encima del mercado y la posibilidad de enterrar sus días bajo una suerte de papelería sin sentido que revelaban su evidente incapacidad física para concretar fines personales como ser madre, situación que la irritaba cada fin de mes en casa de una octogenaria tía materna, rodeada de familiares lejanos, la mayoría fecundas progenitoras, afirmaban la importancia de la continuidad genética y transmisión de su nativa cultura indígena, donde los códigos de identidad cultural estaban inscritos en su comportamiento diario: repetición de frases virtuosas o cánticos entonados en quechua, celebración de festividades patronales o la asignación de sucesores con nombres propios de la región centro-andina, manteniendo intacto el tributo hacía los bisabuelos migrantes cuyo brío permitió gestar descendientes profesionales.

El desestabilizador ruido de un claxon la ubicó en la intersección de Avenida Conquistadores y Los Álamos, cruzó hacía la acera que circundaba el parque El Olivo donde Ollanta solía trotar y ella lo perseguía en un intento por seducirlo, portando mallas negras ajustadas que después de un par de vueltas perdían gracia aunada a gotas de sudor resbalando por su frente y una hiperventilación que obligaba a buscar la misma banca donde habían compartido atardeceres, rociándose del viento húmedo, enlazados en un abrazo tan próximo que podían escuchar sus latidos discordantes e intensos, tal vez porque el momento los excitaba, tal vez más a ella que a él, tal vez la mayoría de veces él no estaba, tal vez ella lo imaginaba.

—Eres un vejete alucinado —litigaba una corpulenta abuela sentada en el banco próximo, junto a un caballero cuya dulce mirada parecía disfrazar las arrugas que lo infestaban.

—Te diga la verdad o te mienta estarás molestas, sólo he querido ser sincero, nuestros días se restan con cada respiro que efectuamos, quiero estar en paz.

—Quieres morir digno, ¡mujeriego pero digno! —se sonrojaba irritada la dama—. Me importa un bledo tus confesiones crees que nunca me di cuenta de tus escapadas, llegó el momento en que dejó de quitarme el sueño, siempre regresabas a mi cama, si buscas perdón lo tienes si buscas olvido, ¡púdrete!

—No vale la pena que te enojes, antes tú o yo, el fin se asoma,  hagamos  las  paces  y  gocemos  lo  que  nos  resta  de vida —le costaba pronunciar al viejo.

—La verdad no te libera, te compromete querido, ahora deberás asumir el reto de seguir viviendo con las consecuencias de tus confesiones. No nos distraigamos, ya hablaste demasiado… ¿Ahora que toca: verdad o reto?

 

El eco de aquellas palabras la estremeció, había girado la cabeza un par de veces hacía sus declamadores, sintió un gélido espasmo que adormeció su espalda, el parloteo de aquellos longevos personajes sugerían una salida, aun mejor un comienzo. Verdades en el último año la habían hastiado: la inusitada revelación sobre su origen durante los funerales de su madre adoptiva; su marido sostenía oculta una relación amorosa con un socio, habían fugado a una playa en Brasil según última misiva; y su vientre nunca podría ser fecundado por un problema indescriptible en las trompas de Falopio. Aguardar por la última exhalación era una posibilidad para aquellos viejos, que al finalizar su charla aunaron sus manos y se extraviaron en el sendero, dejando huellas en el asfalto de un andar lento e inestable, donde el sostenerse uno al otro es única garantía para insistir en su camino, adelante están los retos.

Ilin se apresuró a llegar a casa, sacó unos folios ajados y descoloridos, con los dedos velados por el polvo recordó: «El primer borrador de cualquier cosa siempre es una mierda», frase que perennizó en su mente el sarcasmo del autor más apasionado que había leído durante el segundo semestre de la carrera de literatura, la cual cambió por las ciencias contables a solicitud de su entonces madrecita, empero consiguió mantener vivo el gusto por las letras, escondiéndose para dar rienda suelta a este ímpetu, acumulando manuscritos fragmentados, todos incompletos. Siempre respetó la voluntad de su madre, sus tías postizas, su esposo, de todos; ahora necesitaba, le urgía respetarse a sí misma y comenzó a escribir, pretendía dar término a la novela que intentó crear antes de desear la muerte con tantas ganas.

 

separador cuento Verdad o reto

 

Rosa Johana Vía Bazalar, (Lima, Perú). Formada como psicóloga, experiencia en el área psicológica de rehabilitación infanto-juvenil. Actualmente sigue cursos de narrativa en el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar. Formó parte del grupo de autoras que consolidó el libro Basta: 100 mujeres contra la violencia de género (Proyecto Perú, 2012). Ha colaborado con antologías y recibió un distintivo de la Sociedad de Poetas y Narradores de Lima Provincias por su cuento Sombras y Huellas (2015).

Contactar con la autora: rosaviaba[at]gmail.com | @rosaviab

 Ilustración relato: Fotografía por artemtation / Pixabay [CCO dominio público]

 

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