relato por
Blas Caicoya

 

E

l salón estaba en penumbra cuando llegó. Los últimos rayos de luz de la tarde entraban con poca fuerza. En la radio se oían las noticias con el volumen muy bajo. Él estaba dormido en el sofá, cubierto por un ovillo de mantas. La postura del cuerpo y la mueca en la cara denotaban angustia. Encendió la luz.

—¿No deberías estar estudiando?

Abrió los ojos y la miró. Sonrió al verla. Fue una sonrisa fugaz, sólo duró un segundo, después miró al vacio con una expresión extraña.

—Me quedé dormido. Estaba muy cansado.

Ella se fue a la habitación sin contestar. Al salón llegaron los ruidos que hacía mientras se ponía cómoda. Dejaba la ropa de trabajo en las perchas del armario y se ponía otra más adecuada para estar en casa. Mientras tanto él se incorporó. Se quedó sentado, con las mantas desordenadas sobre su regazo, mirando un punto indeterminado en la pared frente al sofá. Ella volvió a entrar en el salón. En las manos llevaba un montón de ropa sucia.

—Voy a poner una lavadora. ¿Tienes ropa?

—Sí, voy. Querría haberla puesto yo, pero el ruido me molesta mucho para estudiar.

—Pero hoy ya no vas a estudiar más, ¿no?

—No, no. Es tarde.

Se levantó y echó a caminar pesadamente. El mundo aún le parecía hostil. Había dormido más de la cuenta y despertarse mientras anochecía le había descolocado. Entró en la habitación y del cesto de la ropa cogió algunos calzoncillos y calcetines. Los metió en el tambor de la lavadora. Ella estaba en el baño.

—¿La pongo?

—Sí, sí. En programa delicado, que he metido dos camisas de trabajo.

—Vale.

Cerró el tambor, giró la ruleta y volvió al sofá. Estaba ordenando las mantas y los apuntes en la mesa cuando ella salió del baño.

—¿Qué tal tu día? ¿Has podido sacar bastantes horas?

—Sí, pero quise dormir un rato para despejar y se me fue de las manos.

—¿Por qué no te pusiste una alarma en el teléfono?

—La puse, pero la apagué en sueños. Supongo.

—Bueno.

—¿Qué tal tu día?

—Bien. Bueno, muy cansada.

—¿Mucho trabajo?

—Sí, mucho. ¿Qué quieres cenar?

—Me da igual. Lo que quieras.

—No me apetece nada cocinar.

—Yo preparo lo que quieras.

—¿Te importa que pidamos al chino? No me apetece nada lío en la cocina, fregar y eso.

—Yo lo hago, no me importa.

—Me da pereza, no sé por qué. Me apetece un arroz tres delicias.

—Bueno. No sé si tengo dinero.

—No importa. Yo invito.

—Vale. Bueno. Gracias.

—Nada.

Ella se levantó y fue a la cocina. En la nevera, sujeto por un imán estaba el menú del restaurante chino del barrio.

—Yo voy a pedir arroz y un rollito primavera. ¿Tú qué quieres?

—Tallarines con verduras y un rollito.

—¿Pedimos un rollito para los dos? Siempre sobra.

—Vale.

Llamó, hizo el pedido en unos segundos y se sentaron en el sofá a esperar por su comida.

 

separador relato Rollitos primavera

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Ilustración relato: Fotografía por Meditations / Pixabay [dominio público]

 

 

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 Revista Almiarn.º 93 / julio-agosto de 2017MARGEN CERO™ – Aviso legal

 
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