relato por
Roberto Medrano García

 

T

odo comenzó con el más bello olor a flores, que hacía suspirar con apenas percibir una pizca de fragancia. A lo lejos se alcanzaba a observar las montañas, increíbles prominencias, llenas de rico y fresco pastizal que hacían alegrarse a cualquiera que tuviera la gracia de poder observarlas. El lugar estaba lleno de animales, desde el más lindo y simple pájaro cantor, hasta rudos y fuertes osos pardos. Todo era bellísimo, como un lindo e increíble cuento de hadas.

Yo me encontraba anonadado, no podía creer que pudiera existir tan precioso y perfecto lugar; aunque, no duré ni unos míseros minutos cuando mi impresión se multiplicó y quedé paralizado. No lo podría creer. ¡Era ella, mi princesa!, la Julieta de mi Romeo, la 5th de mi Beethoven, la Odisea de mi Homero, la Mona Lisa de mi Da Vinci, la Diosa de mis sueños. —Oh, linda y perfecta Adriana, es increíble tenerte aquí conmigo. Es impresionante poder admirar esos rojos y carnosos labios. Uf, lo que daría  yo  Adán  por  probar  del  fruto  prohibido  de  tu  boca.  Ven, acércate a mí, princesa —Adriana poco a poco se acercaba a Ricardo, viéndolo con una mirada que cautivaría al mismísimo Narciso—. ¿Me quieres Adriana? —preguntó Ricardo sin recibir una respuesta a cambio.

—Bésame por favor —pronunció ella, mientras ambos se acercaron lentamente.

Estaban tan junto el uno del otro, que ambos podían sentir sus respiraciones; pero a la vez se encontraban tan lejos que parecía una eternidad la distancia que quedaba de los labios de uno, con los del otro.

—Esto es perfecto, llevo años deseando que esto suceda; y hoy, justo hoy, día perfecto, sucedió —dijo en su pensamiento Ricardo.

—Oye, oye, Ricardo. Hazme el favor de ya despertarte, vas a llegar tarde a la escuela.

—¡Mamá! Estaba teniendo un sueño muy bueno.

—Con razón estabas diciendo: Oh, Adriana, sí, sí.

—¡Ay Dios! En serio, vete por favor.

—Ya te tienes que levantar, se te hace tarde.

—Ya voy, me voy a poner el uniforme, vete ya.

—Te espero en la cocina, el desayuno está listo —Rocío se marchó, dejando a solas a Ricardo.

—Dulce y perfecta Adriana, bésame ya, que pronto una horrible y malvada bruja interrumpirá este increíble y majestuoso momento.

Adriana se acercó a él muy despacio, parecían horas los milisegundos que tardaban en juntarse sus labios con los de él. Todo era perfecto, el ya sentía el rico y confortante calor de su boca; cuando de pronto, todo se empezó a oscurecer, hasta ya no poder ver nada.

—Entiende Ricardo, ultima vez que te digo. Ya levántate, deja de soñar con la muchachita esa —dijo su madre y a la vez servía el desayuno en la mesa.

—¡Ay mamá! —gritó con un leve tono de enfado, mientras su mamá salía del cuarto e iba hacia la cocina—. Cómo molestan en serio. No sé ni para qué me levantan, igual no pienso entrar a clases.

—¿Qué estás diciendo Ricardo? —gritó su mamá desde la cocina.

—Nada.

 

—¿Es malo el suicidio?

—Sí, no, tal vez, es probable —le respondieron varias voces a Ricardo.

—Pero… ¿por qué estaría mal?

—La vida es lo más hermoso que tenemos. Mira, dime un motivo aceptable para matarse… Obviamente no lo hay. Algunas personas argumentan que es correcto el suicidio, siempre y cuando la persona haya pasado por un acontecimiento muy traumático; pero dime una cosa, ¿por qué hay personas que fueron violadas, personas a las que han asesinado a sus padres, que han muerto sus hermanos, que tienen alguna discapacidad seria y, aun así, siguen disfrutando la vida?

—Pero tú dime una cosa, ¿quiénes son las personas para decidir lo correcto de la vida de las demás personas? Dime, ¿cómo se puede medir el nivel de daño de una persona, después de cualquier acontecimiento que lo haya perturbado? ¿Cómo puedes justificar tus afirmaciones, alegando que todos han pasado por cosas malas y no todos se suicidan, sabiendo que todas las personas son distintas y su nivel de tolerancia al dolor es diferente?

—Sí, pero dime: ¿por qué se puede justificar el suicidio de alguien, respaldándolo con que es más sensible y más susceptible al dolor que otras personas, sabiendo que alguien más allá afuera ha pasado o está pasando por más dolor que las personas que quieren matarse?

—Eres muy estúpido, definitivamente. Lo que digo lo puedo justificar con ese argumento, por el simple hecho de que nadie es igual. Dime, ¿todas las personas son iguales?, ¿todas las personas fueron criadas por las mismas personas, y de igual manera? Tú y yo sabemos que no es así. Por ese motivo está bien suicidarse, porque no sabemos qué tanto le afecte a esa persona las cosas que le pasan.

—Ambos están equivocados y a la vez en lo correcto —dijo una voz que acababa de unirse a la plática—. Miren, como uno de ustedes comentó: todas las personas son distintas, por consiguiente, todas soportan de diferente manera el dolor. Por eso no es correcto decir que es malo el suicidio.

—Ves, te lo dije —comentó la voz muy felizmente.

—Tranquilo. También estoy de acuerdo en que a todas las personas nos pasan cosas malas, y que algunas deciden luchar, levantarse y seguir; mientras otras deciden renunciar y escapar de la realidad.

—¿Ves?, yo tenía razón —agregó la otra voz.

—Ninguno tiene razón del todo. El suicidio no es más que una decisión que no afecta ni beneficia más que a la persona que lo decide, por eso no se puede clasificar en una decisión buena o mala.

—¿Y qué hay de los seres queridos?, ¿a ellos no les afecta esta decisión? —preguntó la voz que estaba en contra del suicidio.

—Sí, sí los afecta; pero es muy egoísta satanizar el suicidio sólo porque afecta a los seres queridos de quien lo comete. Mira, si lo analizamos profundamente; es su vida, y ellos pueden decidir cuándo terminarla y porqué hacerlo. Ahora bien, a pesar de que no puede decirse si es bueno o malo; sí podemos decir si es lo óptimo o no.

—Ah, orale, ¿sí te das cuenta que te contradices al hablar? —agregó una de las voces.

—No, no me contradigo, lo que pasa es que no he terminado de hablar. Pero bueno. Se puede decir que es óptimo o no analizando las opciones que tiene la persona suicida. Si acaso tiene opciones de superación hacia sus problemas, podríamos clasificarlo como un suicidio no óptimo; pero si acaso no tiene otras formas de superación, se podría clasificar como suicidio óptimo.

—¿Y en qué casos es óptimo o no?

—Realmente es no óptimo en la mayor parte de los casos, porque siempre existe una forma para superarse y mejorar con cada tipo de problema, sólo es cuestión de que dicha persona quiera y busque la manera de hacerlo.

—¿Y qué pasa si la persona no encuentra la manera de parar en seco su dolor? —dijo la voz que estaba a favor del tema.

—Pues es difícil. Lo único que sé, es que esa persona está renunciando a la mejor cualidad humana que tenemos. Está renunciando a la capacidad de poder solucionar y levantarse de cualquier adversidad que se avecine, y con ello conseguir ser mejor y más fuerte —todas las voces quedaron calladas después de que se terminó de oír esto.

 

Después de quince minutos de viaje, por fin llegaron a la escuela. Ricardo estaba nervioso, porque en la puerta de la escuela estaba el prefecto. Lo llamaban «Pancho», realmente nadie sabía porqué le decían así, ya que se llamaba Pedro.

Pancho era muy, muy extraño; todos los días que iba a trabajar se vestía con el mismo pantalón amarillo vómito, con la misma playera despintada de México, con los mismos pares de tenis converse rojos, y con la misma cachucha negra de Alemania; y eso no es lo peor, era tan extraño, que no dejaba pasar a ningún alumno a la escuela, a menos de que antes le hicieran un buen albur.

—Listo papá, ya llegamos —dijo Ricardo de una manera muy desanimada.

—Sí, hijo… Bájate pues, ya tengo que ir a trabajar.

—Sí, creo que me tengo que bajar —ambos se quedaron callados pensando por un momento.

—A ver Ricardo, dime ya lo que tienes o lo que quieres, ya para poder ir a trabajar.

—¡Ah! —suspiró Ricardo—. ¿Sí ves a ese hombre raro y feo que está en la puerta? Bueno, supongo que sí. Pues él es el prefecto, y no deja pasar a nadie a la escuela, a menos de que lo albureemos.

—¿Es en serio? ¿Para esa payasada me haces quedarme aquí…? Bueno; mira, dile esto al tipo ese de la puerta.

 

Ricardo bajó del auto con una soberbia que se detectaba a cinco cuadras del lugar. Se sentía seguro de sí mismo, tenía una confianza impresionante; cuando caminaba elevaba su pecho como todo un macho alfa. Llegó, se plantó firme y poderosamente en la puerta de la escuela, frente a Pancho el prefecto, y dijo: «Te tapo con cemento, y te dejo el albañil adentro». Después de que dijo esto, todos quedaron sorprendidos viéndolo. Nadie se imaginaba que Ricardo fuera capaz de dejar callado a Pancho, nadie creía que lo dejaran pasar tan fácilmente a la escuela, pero lo había logrado.

 

Ya era medio día, el calor era insoportable; treinta y dos grados de temperatura, todo se sentía como un horno; hasta los mismísimos profesores se sentían molestos, y preferían ya no dar más clases. Sólo había un hombre en la escuela que prefería estar allí que en cualquier otro lugar, ese hombre era Ricardo.

—Hola, Adriana. Discúlpame mucho por no haberte saludado en todo el día, lo que pasa es que me has dejado sorprendido; desde que te vi hoy me quedé impactado con lo bella que te ves, quedé anonadado con tu increíble hermosura. Estuve tan sorprendido, que no tuve el valor para saludarte, hasta ahora.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que me hace ver especialmente bella hoy?

—Pues el sol te da exactamente en el rostro, eso hace que desde mi perspectiva te veas como una Diosa. Hoy traes puesta una sudadera café claro, que hace resaltar esos hermosos ojos que tienes. Podría decir muchísimos motivos por el cual hoy te ves deslumbrante, pero no terminaría.

—En serio, me impresiona la habilidad que tienes para adular a las mujeres —le contestó Adriana riendo mientras lo hacía.

—Lo sé, soy buenísimo haciéndolo —respondió Ricardo sonriendo.

—A ver muchachos —interrumpió el profesor—. Ya vamos a trabajar, llevamos ya casi media clase haciéndonos locos. Así que saquen su cuaderno y dejen de estar jugando, por favor. A quien vea platicando lo voy a sacar del salón y lo llevaré a dirección para que lo puedan reportar.

—¡Oye Ricardo!

—¿Qué quieres?

—¿A poco te gusta Adriana? —le dijo Axel a Ricardo cuando Adriana se había ido hacia su lugar.

—Claro que no —le respondió fría y ásperamente.

 

—Ricardo, en quince minutos está la cena, para que te cambies y bajes a cenar.

—Está bien, mamá —gritó Ricardo, cerrando la puerta al hacerlo—. ¡Ay, Dios! ¿Por qué la escuela tiene que ser tan fastidiosa? ¿Por qué sin importar nada, siempre hacen todo sumamente aburrido? ¿Qué haría yo si fuera profesor? Obviamente la primera regla que establecería en el salón sería: aquí no hay reglas, la segunda sería que todos pudieran salir y entrar cuando les plazca. Creo que sería perfecto, sería hermoso estar en clase sólo con las personas que realmente quieren estar allí; pero, ¿qué pasaría con los que no entraran?, ¿les negaría la clase? En ese caso yo no tendría la culpa, ellos se saldrían por puro y mero gusto. Dios, creo que sería un estupendo profesor, lástima que quiero ser escritor; pobres muchachos, se quedaran sin mi bella clase.

—¡Ricardo, ya ven a comer! —gritó su padre desde la cocina.

—¡Voy papá!

 

—¿Es mala la homosexualidad?

—Sí, no, tal vez, es probable —le respondieron varias voces a Ricardo.

—¿Por qué estaría mal?

—Todos tenemos un sexo al nacer, debemos de respetarlo y adaptarnos a él. Es antinatural que alguien con un sexo masculino tenga atracción por alguien con el mismo sexo, y viceversa. Por eso la homosexualidad es mala —afirmó una voz.

—Eres un estúpido —replicó la otra voz—. ¿Sí sabías que existen animales que practican la homosexualidad? Bueno, supongo que no, porque eres un tonto. Afortunadamente aquí me tienes para iluminarte. ¿Sabías que muchos animales practican la homosexualidad? Mira, los delfines, la libélulas, alguna clase de monos; y, aunque parezca raro, también los leones, estos que son símbolo de masculinidad. Así que lo que dices no es correcto, sí es buena la homosexualidad, o al menos normal.

—Bueno, por hoy admitiré que esa explicación es buena. Ahora dime, ¿te parece agradable estar en la calle y ver a dos hombres besándose?, ¿te gusta salir y que los niños vean cómo se besan dos mujeres? A nadie, absolutamente a nadie le gusta ver eso, es antimoral, va en contra de todo lo aprendido y de todo lo que nos enseñaron.

—Está bien, sé cómo contestar a eso —dijo la voz—. Mira, comencemos con los ejemplos que diste sobre mujeres besándose con mujeres. ¿Nunca te has puesto a pensar por qué les parece raro a las personas ver hombres y mujeres del mismo sexo besándose? Supongo que no, así que te lo explicaré. A muchos se les hace extraño esto porque no es a lo que están acostumbrados, como tú bien dijiste no es lo que hemos aprendido ni lo que nos han enseñado. Tal vez si hubiéramos sido criados de otra forma, ahorita se nos haría bien ver esto.

—Genial, veo que ya son mejores discutiendo sobre algo, mínimo ahora no se gritan —dijo la tercera voz que se entrometió a la conversación—. Sin embargo aún les falta razonar. Ninguno de los dos ha pensado lo suficiente para encontrar la respuesta correcta.

—Ya cállate y di que yo tengo la razón, sirve que nos ahorramos tu explicación —contestó la voz que estaba a favor del tema tratado.

—Sólo dile que soy mejor que él, para poder irme a descansar temprano.

—Dios santo. Ambos son tan soberbios y arrogantes. Lamentablemente ambos tienen un poco de razón, pero a la vez están equivocados. Es verdad que la homosexualidad es antinatural, aunque la practiquen algunos animales. Realmente nuestro cuerpo está diseñado para tener una pareja del sexo opuesto, sino tuviéramos parejas de sexo distinto, ahora no existiríamos. También tengo que decirles que este tema no se debe de manejar por el lado de la naturaleza y la fisonomía, sino del de la moral y la sociedad. Aunque parezca raro, la homosexualidad, el bisexualismo y demás subgéneros, no violan la moral establecida por la sociedad. Es verdad que estamos educados para tener una pareja de distinto género, pero también estamos educados para vivir en una sociedad pluralizada, también estamos educados a tolerar y respetar a los demás; y, finalmente, también estamos educados para tener los gustos que nos plazcan, para mostrar esos gustos al mundo y para no sentirnos mal por ello. Si no comprendieron bien todo lo que les acabo de decir, les pondré un ejemplo. A mí me gusta el color rojo, pero a otras cinco personas les gusta el color verde, esto no significa que mi gusto esté bien, ni que el de ellos no lo esté. Todo esto significa que ellos tienen distinto gusto a mí, pero esto no nos hace estar mal a ninguno de nosotros. Esto pasa con la homosexualidad. No tiene nada de malo ser homosexual, bisexual, heterosexual, etcétera; lo malo es ocultar ese gusto que tenemos, y lo malo es también criminalizar a las personas que lo tienen. Todos son libres de tener el gusto que quieran; igualmente, somos humanos, nadie es igual a alguien más. Por esto creo que ni es ni malo ni bueno ser gay, lo malo es ocultar esa preferencia que se tiene, y atacarla sin razón.

—Tienes razón.

—Sí, la tienes.

—Me agrada que ya se hayan vuelto un poco más humildes —contestó la tercera voz.

—Cállate ya —le respondieron las otras dos.

 

—Eitale, eitale. ¿A dónde vas chamaco? —dijo Pancho a Ricardo.

—Creo que no se necesita tener una gran habilidad en la observación para darse cuenta que voy a entrar a la escuela.

—No, no, no, no. Tú sabes muy bien que no vas a entrar a menos que me digas el albur del día.

—No me estés fregando, por favor, no estoy de humor para estar aguantando tus payasadas —respondió Ricardo molesto.

—No me interesa tu estado de ánimo, no vas a entrar a menos que te inventes algo bueno como ayer.

—¡Ah! —suspiró Ricardo—. Eres un hijo de la fregada, ¿sabías?

—Me lo dicen muy a menudo —respondió Pancho sonriendo por lo que pasaba.

—¡Qué onda Ricardo!, hola Pancho —gritó Axel mientras entraba a la escuela.

—Eres un hipócrita, en serio, Pancho. ¿Por qué lo dejas pasar si no te dijo el albur?

—Simple, el me cae bien y tú no.

—Ah, qué chido —contestó mientras fruncía el ceño.

 

Pasaron exactamente treinta y seis minutos, afuera hacia un frío brutal; hacia tanto frío, que los mocos ya no eran mocos, ahora eran trocitos de hielo; pero Ricardo no despegaba su vista de Pancho. Ricardo se encontraba viendo bien por dónde podría entrar cuando Pancho se fuera, por dónde podría escabullirse para burlarlo.

Pasaron aproximadamente cinco minutos. Desde hace unos momentos atrás, Pancho se estaba sobando el estomago, como si deseara expulsar algo.

En cuanto Pancho se fue al baño, Ricardo corrió hacia la puerta de atrás de la escuela. Ya tenía un plan: mientras el prefecto aliviaba su malestar estomacal, él quitaría un candado falso que estaba en la puerta trasera (la puerta que sólo usaban los profesores), abriría todo, correría como ratero, y entraría a su salón. Sí, era un plan perfecto, al menos para él. Cuando todo iba en marcha, y ya había cerrado la puerta, apareció el prefecto como todo un ninja. Pancho llegó corriendo desde el baño, traía colgando aún un trozo de papel, pero a él no le interesaba, el sólo quería sacar a Ricardo de la escuela.

—¿A dónde crees que vas chavalo?

—A mi salón.

—¿Acaso creías que eres más listo que yo? —dijo Pancho con una risa macabra.

—Sí, sí lo creo —le respondió Ricardo con un leve tono de ironía.

—Pues ya vimos que no. Ahora vámonos, te voy a sacar de la escuela —Ricardo no sabía qué hacer, estaba impactado, no podía creer que su increíble y sorprendente plan no hubiera funcionado.

El chico intentaba buscar algo, algo con lo cual pudiera escapar de Pancho y fuera a ver a su amada Adriana. De un momento a otro se le ocurrió la más brillante de las ideas. Y lo que hizo fue… golpear a Pancho en los testículos y correr. Esto fue lo mejor que pudo haber pensado; en serio, fue una grandiosa idea.

 

—No entiendo cómo ella puede estar hablando con ese tonto; digo, ¿qué  tiene  él  que  no  tenga  yo?  Absolutamente  nada.  ¡Ah!  —suspiró Ricardo—. Por favor Adriana, deja de platicar con él y ven a hablar conmigo.

—¿Al final sí te dejó pasar Pancho? —preguntó Axel, interrumpiendo los pensamientos de Ricardo.

—No, le pegué en la entrepierna y salí corriendo.

—Claro —contestó Axel sonriendo—. Oye, ayer estuve fumando con unos amigos.

—Ah, pues qué interesante.

—¿Qué opinas?

—Que te va a cargar la fregada —contestó, y mientras veía con celos a Adriana y a David.

—Pero sólo fumo poquito, igual no es tanto; unos cinco cigarros al día.

—Pues está muy bien —y comenzó a alejarse—. Adiós, tengo que hacer una tarea.

—Oye, pero tú nunca haces… Olvídalo —Axel se encogió de hombros.

—Hola, Adriana.

—Hola —respondieron Adriana y David.

—¿No les importa que me una a su plática?

—No, no importa —le contestó David sonriendo—. Bueno, ¿entonces quieres ir a mi casa a ver películas, Adriana?

—Emm, la verdad sí quiero ir, pero no sé si pueda. Tenemos mucha tarea y necesito hacerla.

—Por eso no te preocupes, vamos y si quieres allá la hacemos.

—No,  no  pueden  hacerla  en  equipo.  El  profe  dijo  que  era individual —cuando comentó esto Ricardo, a todos les pareció raro, porque él no hacía tarea nunca, siempre copiaba.

—No hay problema por eso, lo hacemos juntos y sólo variamos en algunas respuestas.

—Pues no sé, déjame lo pienso y después te aviso.

—Está bien, tú me avisas. Adiós —David se fue e iba muy contento.

—Adiós David, cuídate mucho amigo —contestó Ricardo sonriendo como tonto y moviendo su mano de un lado a otro.

—Ya se fue, ya puedes dejar de estar de payaso.

—No estaba de payaso, David es uno de mis mejores amigos —dijo Ricardo, riéndose mientras lo decía.

—Claro.

—¿Pues qué querías que hiciera? Tú, yo y el sabíamos que no quería hacer tarea, sólo te decía eso para que a fuerzas fueras a su casa a hacer quién sabe qué.

—Ya sé, por eso me hice loca y no le dije que sí.

—Aparte, David está muy feo. Es más feo que pegarle a tu mamá en su cumpleaños.

—¿Tú estás más guapo que él?

—Pues mi mamá y mi tía dicen que soy bello.

—Como eres payaso —pronunció la muchacha riendo mientras lo hacía.

—Sí, me lo dicen muy a menudo —hubo un ligero silencio por un par de segundos, hasta que Ricardo decidió preguntarle algo—. Adriana, ¿quieres ir al cine mañana conmigo?

—Claro, me encantaría —en cuanto dijo esto, a Ricardo se le iluminaron los ojos y se llenó de felicidad—. Pero, ¿puedo invitar a unas amigas?

—Cárgame la fregada —susurró Ricardo.

—¿Qué dijiste?

—Que sí, que está bien —después de decir esto, se quedó callado, estaba buscando una manera para poder estar con Adriana a solas—. ¿Te importa si yo invito a unos amigos?, digo, para que así todos conozcamos a gente nueva y agradable.

—Sí, creo que estaría bien.

—Bueno,  ahorita  en  la  noche  te  digo  cómo  va  a  estar  todo —Ricardo se fue. Necesitaba idear una forma para poder estar con ella sin que nadie los molestara, ni ellas, ni ellos.

 

—Muy bien, primero necesito una película perfecta, algo con lo cual ellas se puedan entretener al igual que ellos, o tal vez sería mejor llevar amigos que tengan cosas en común con las amigas de ella. Adriana tiene cuatro amigas que son muy cercanas a ella, pero, ¿a quién va a invitar y a quién no? O, ¿va a invitar a todas? Bueno, a su amiga Valeria no la va a invitar, o si lo llega a hacer no tendrá importancia, porque ella tiene novio; así que, sólo quedan tres chaperonas que cubrir. Vanessa es extraña, quiere llamar la atención, necesita que las personas le estén diciendo constantemente que es guapa, que es lista, que es agradable; pues Alejandro es muy lambiscón con las mujeres, sería perfecto para ella. También está Luisa, pero sus papás son muy sobreprotectores, dudo que la dejen salir con hombres que no conoce; a menos que les mienta y les diga que saldrá sólo con amigas, pero eso no tendría sentido, nadie miente por salir con unos desconocidos. Bueno descartemos a Luisa, así que sólo queda Carolina. Caro es muy dominante, le conviene alguien tonto; creo que Axel sería bueno.

—Hola, Axel guapo, cómo amaneciste bello hoy.

—¿Cómo te fue con Adriana?

—Qué bueno que la menciones, porque necesito decirte algo. Mañana voy a ir al cine con ella…

—Qué bien, espero que se la pasen chido.

—Cállate y déjame terminar —dijo Ricardo con un tono de seriedad—. Mañana vamos a ir al cine, pero ella quiere invitar a unas amigas, no me dijo a cuáles ni cuántas, pero estoy seguro de que serán Vanessa y Carolina, no me preguntes porqué. Así que, hoy le vas a hablar a Alejandro para que tú, él y yo vayamos con ellas mañana.

—¿Y si no quiero?

—Le digo a tu mamá que fumas.

—¿Entonces a qué hora estamos en el cine?

 

Salí al parque. Las nubes estaban muy, muy oscuras, los niños jugaban fútbol, los jóvenes hablaban sobre chicas, los viejos leían el periódico. Yo me senté en una de las bancas a ver lo que hacían los demás y poder pensar en cómo sería su vida. Lo primero que vi fue a un señor ya grande; tenía una cara de molestia e inseguridad, como si toda la gente lo hubiera tratado mal en su infancia. La segunda persona que vi fue una chava, en su cara se podía ver toda la felicidad de la juventud; pareciese que estuviera profundamente enamorada. La tercera persona fue un anciano junto con otra anciana, ambos eran esposos; ellos caminaban de la mano por el parque y se sentaban en la misma banca juntos a comer de una paleta; era obvio que se tenían mucho cariño. La cuarta persona que observé fue una señora enojada y molesta con el mundo, desde que vi su cara me pareció muy interesante, lamentablemente sucedió algo. Iba caminado un chavo con ropa azul, era un uniforme de equipo de fútbol rápido, el caso es que él iba con su perro, y de repente su perro se paró y defecó en la calle; inmediatamente me solté riendo, no por la caca, sino por algo que dijo un niño que estaba allí. Él dijo: «¡Mira papá! Que cacotota acaba de hacer ese perro, se parece a la de mi mamá». Fue gracioso lo que dijo el niño, pero lo que más me dio risa fue que la mamá estaba ahí; toda la gente se rió mucho. A partir de ese momento dejé de ver a la gente y comencé a pensar en lo feliz que eran los niños. ¿Cómo es posible que ellos sean tan alegres y no les importe nada, mientras los adultos son tan amargados y preocupones? Aún recuerdo a ese niño viendo las nubes azuladas por el sol: empezaba a decir que se estaban quemando, que alguien las necesitaba salvar. ¿Qué pasaría si todos fueran como ellos?, ¿el mundo sería mejor?

 

—La humanidad se toma a sí misma demasiado en serio. Es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera  aprendido  a  reír,  la  historia  habría  sido  muy diferente —dijo de la nada Rocío.

—¿Oscar Wilde? —preguntó Alfredo, papá de Ricardo.

—Sí —respondió.

—¿Y ustedes que hacen en mi cuarto?

—Nada, sólo vemos lo linda que te ves escribiendo en tu diario.

—¿Me pueden dejar sola por favor?

—Claro, ¿no quieres que antes que nos vayamos te dejemos tus faldas planchadas?, ¡señorita!

—Ja, ja, ja. Qué chistoso eres.

 

El día estaba nublado, hacia un poco de frío y estaba húmedo. Era el escenario perfecto para estar con alguien que quieres, Ricardo lo sabía; pero también sabía que ahí estarían sus amigos. Axel era un amigo muy, muy incómodo y chismoso; y Alejandro era bastante molesto; pero igualmente eran sus amigos y los necesitaba.

A lo lejos se veían llegar, Ricardo tenía razón como siempre. Llegaron Adriana y otras dos amigas, una era Vanessa y la otra Carolina. Desde que aparecieron las tres, Axel y Alejandro notaron que Ricardo se moría por Adriana.

Ella traía puesto un pantalón horrendo, era color naranja con rayas verdes; también tenía una blusa terrible, con la cara de Jhon Lennon deforme. Era obvio que Ricardo quería con ella, porque mientras las otras dos mujeres se veían hermosas, ella se veía terrible, y aun así Ricardo la veía con cara de perro a medio morir.

—¿Entonces, qué película veremos? —dijo Carolina.

—La que ustedes quieran.

—Pues podríamos ver esta —propuso Vanessa mientras apuntaba hacia la cartelera.

—Qué asco —comentó Alejandro—. Miren, como nosotros pagaremos, es lógico que también escojamos la película.

—Tiene razón Alejandro —agregó Axel.

—Está bien, entonces nosotras pagaremos y podremos ver cosas de chicas.

—Emm… —duró unos segundos meditando Ricardo—. Estamos completamente de acuerdo con eso.

 

Ya había pasado media película, todo era aburridísimo para Ricardo. Mientras él estaba callado y molesto, Alejandro y Vanessa se abrazaban y reían juntos, al igual que Axel y Carolina.

—Voy a ir por más palomitas. ¿Alguien quiere algo?

—No —contestaron todos.

—Yo te acompaño —dijo Adriana.

—Está bien, ven —Ricardo estaba feliz, por fin tenía una razón para estar con Adriana a solas.

Ambos salieron callados, ni uno le hablaba al otro ni el otro al contrario. Pareciese que apenas se acababan de conocer, se sentía algo raro entre los dos.

Así siguió un rato más, hasta que Adriana decidió decir algo.

—En serio está bien fea la película. No sé cómo acepte pagar por ver esa payasada.

—Créeme, ni te imaginas cómo hubiera sido si ellos hubieran escogido la película.

—¿Y si ya no entramos? —propuso.

—¿Qué estaríamos haciendo mientras?

—No sé, ya veremos —cuando terminó de decir esto, ambos sonrieron.

 

Pasó aproximadamente media hora. Ambos estaban divirtiéndose mucho en unos juegos que estaban al lado. Jugaban street fighters, jugaban carreras, jugaban basquetbol, jugaban de todo. Se veía en la cara de los dos que se la estaban pasando muy bien.

Después de terminar con un juego de disparos, ambos se sentaron en unas bancas que estaban al lado. Ricardo no sabía ni qué hacer, tenia muchísimas ganas de decirle que le gustaba, pero no tenía el valor de hacerlo. Quería tomarla y abrazarla, pero no sabía cómo. Ambos estaban callados, no sabían qué decirse.

—Creo que ya está por acabarse la película —comentó Adriana.

—Sí, creo que saldrán en un ratito.

En cuanto Ricardo terminó de decir esto, ambos se voltearon a ver fijamente, y poco a poco se fueron acercándose; hasta al fin, besarse.

—¡Uiiiiiiiii! —gritó Axel desde el otro lado de la sala.

—Si se querían besar sólo nos hubieran dicho y ya, estuvimos como tontos media hora esperando que volvieran con las palomitas —dijo Carolina.

Ambos se voltearon a ver, como si uno supiera lo que pensaba el otro, como si hubieran estado conectados toda su vida, como si fueran tal para cual. Sonrieron al mirarse, como si en los ojos del otro se encontrara toda la belleza del universo.

 

Ricardo y Adriana fueron felices juntos toda la eternidad; así es, fueron felices toda la eternidad, aunque esa eternidad sólo duró tres semanas.

Fueron novios, se abrazaron, se besaron, se tocaron, se gozaron, se enojaron, se fastidiaron, y al final se dejaron.

Ricardo engañó a Adriana con su prima, y Adriana para vengarse, se hizo novia de Axel. Y veinte años después, se casó con él.

 

En fin, así es la vida; hermosa, corta y sencilla; como una buena canción.

 

linea círculos relato Como una buena canción

Roberto Medrano García

Roberto Medrano García es un joven autor mexicano: Este cuento platica una pequeña experiencia de amor que tiene el protagonista. La trama se basa en el encanto y la ligereza que se puede encontrar en el gusto o atracción (algunas veces llamado enamoramiento) de una persona hacia otra. Uno de los principales propósitos de esta obra, no es el profundizar y guiar al lector por la trama de una forma metódica, sino narrar y mostrar cómo se desarrolla una historia vista a través del contexto.

📩 Contactar con el autor: robertolml2 [at] gmail.com

📸 Ilustración relato: Paolo Monti – Serie fotografica, Paolo Monti
[CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons.

 

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