relato por
Carlos Aymí

 

«La Revolución del Bonobús triunfa»; «Revolución y Civismo»; «La peculiar revolución que desmantela corruptelas y hace soñar»; «El pueblo se puso de acuerdo… y el pueblo ganó la guerra sin necesidad de sangre»; «Del bonobús a un cielo posible».

He aquí cinco portadas de prestigiosos periódicos que me encuentro en el bar donde comienzo a escribir, de las miles que en los últimos meses podemos encontrar sobre el gran acontecimiento bautizado como La Revolución del Bonobús. Así que no seré yo quien me pare a analizar sus causas, su desarrollo, y sus logros. Sin embargo, sí que creo que pueda aportar una mirada bastante nueva y veraz sobre su genealogía, o mejor, sobre su precursor, Ramón Piedra. Un precursor olvidado y tal vez bien olvidado, pero precursor al fin y al cabo.

Seré sincero, aún no me explico, a pesar de tanta explicación, de cómo a partir de un bonobús hemos logrado la mayor revolución social de la historia del país. Ni que de tal revolución fuera el detonante Ramón Piedra, un tipo individualista y descreído del mundo, por describirle afectuosamente. Ni por qué al gobierno se le ocurrió la brillante idea de investigar a Piedra a través de mí, detective primerizo y ajeno a ellos. Pero qué más da, y empecemos de una vez.

A pesar de las dudas que se levantaron quiero confirmarlo: efectivamente se llamaba Ramón Piedra y rondaba los 40 años. De hecho, su primer viaje llegó a los pocos días de cumplir los 38, supongo que fruto del cóctel psicológico de juntársele un despido más, otro fracaso sentimental, y la cercana crisis del cambio de década. Sin embargo, dejaré claro que ese, «supongo», se trata tan solo de mi hipótesis, porque él jamás dijo ni escribió nada en esta línea.

Sea como fuere, tenemos que Ramón Piedra inició sus viajes tras comprarse un bonobús mensual de cara a recorrer la ciudad bajo la optimista idea de encontrar pronto un nuevo trabajo. Y los primeros días así lo hizo con autobuses para arriba, metros para abajo, calles a izquierda y derecha, ETT´s a mansalva y puertas cerradas, una tras otra. A veces con sonrisa y un lo siento, pero la mayoría sin paño caliente alguno: ¡No! Por baja cualificación para el puesto; ¡No! Por escasa experiencia, ¡No! Porque nos sobran candidatos mejor que usted, ¡No! Porque me disgusta su cara, y ¡No! Porque no le debo ninguna explicación.

Lo curioso es que en una de las conversaciones pinchadas de meses posteriores, cuando yo ya andaba investigando a Ramón y éste aún buscaba trabajo de modo esporádico, se lo dejó bien claro a su madre, quizá la única que no le abandonó nunca, como suele ocurrir con las mamás:

—Escuche madre y no me vuelva loco, quien me miente es quien me pone buena cara al decirme no, pero casi, y si fuerzan demasiado con, lo siento, me entran ganas de reventarles. Por lo que la respuesta diciéndome a secas, no, no me parece mal y solo responde a lo que soy, y a lo que ya sé.

Pero volvamos atrás, que me adelanto.

Queda dicho que fueron los primeros días tras comprar el bonobús, cuando Ramón Piedra persiguió la búsqueda de un trabajo con verdadero afán, pero como con todo en su vida, pronto perdió interés y tras una semana de cumplimiento espartano, falló en acudir a la enésima ETT programada en busca de fortuna en un país donde precisamente tal cosa no se prodiga.

Ocurrió que, como hacía durante una semana, Ramón madrugó, tomó un café malo en su minúsculo apartamento, se vistió, se dijo frente al espejo que esta vez sí, sonrío ante la idea de que aún conservaba cierta aura embaucadora, y se marchó para subir al autobús que le llevaría varios barrios más allá a su cita con la ETT. Lo que no ocurrió igual en esta ocasión fue que apretara el botón de parada solicitada cuando debía, ni que se bajara del autocar, ni tampoco, que se arrepintiera de su debilidad como en tantas otras ocasiones, y empezara a reprocharse su vida de crápula por la que había devorado sus talentos.

Lo que sí ocurrió en cambio aquel ya lejano 12 de junio, fue que Ramón Piedra permaneció en el asiento sin bajarse en la parada prevista, para que poco después llegaran los sociólogos a postular que tal gesto había sido un acto revolucionario de alguien antirrevolucionario, llegaran los periodistas a encumbrar su nombre a base de repetirlo, y llegaran los viejos políticos a contratarme a mí para obtener información con la que desacreditar a Ramón. Pienso que todos hicieron el ridículo, pero sigamos.

El caso es que tenemos a Piedra en el asiento del autobús con un gesto de negación y rechazo, más consigo mismo que contra el mundo, como él mismo reflejó en su diario. Y es que resulta que ya dejé caer que no es la primera vez que intenta poner orden en su vida, ni que termina fracasando hundiéndose de golpe al desorden del alcohol y de otras sustancias menos espiritosas. Pero al quedarse sentado pareciera que reniega de su habitual balanza, de su típica montaña rusa, y lo que más bien ocurre, es que se aferra a ese asiento. Y tampoco se baja en la siguiente parada, plenamente consciente de que se ha pasado de largo, y tampoco en la siguiente, ni en la siguiente, y ni siquiera al final de la línea. Y es en ese mismo autocar, circular, donde hará el trayecto de vuelta.

Ramón Piedra, durante esas horas que con el tiempo vendrían a cambiarlo todo, no dijo absolutamente nada, apenas si pensó algo, y lo único que supo junto a su estómago vacío es que andaba lejos de casa y que paradójicamente debía coger un taxi para regresar a ella. Nada más pisar su piso ya a medianoche en aquel 12 de junio del año pasado, anotaría en su diario: no entendí nada de lo que me ocurrió hoy… pero mañana repetiré.

Y así lo hizo, buscando el entendimiento a través de la repetición, con otras líneas y trayectos que le tuvieron más de diez horas dentro de distintos autocares. Y lo mismo ocurrió al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… en jornadas que quemaban interminables paradas mientras se preguntaba por qué y para qué, y bajo las miradas cada vez más hostiles de unos conductores que pronto le ficharon, y cuya suspicacia pasó de la extrañeza a la desconfianza, y de pensar que se trataba de un loco inocente, al miedo, a causa de contumacia sin sentido.

El caso es que para cuando Javier Pesquisas (seudónimo con el que bauticé al conductor de autobús que se atrevió a ir más allá de las miradas de sus compañeros) asaltó desde su cabina a Ramón con la franca pregunta de ¿Usted por qué está haciendo lo que hace?, Piedra ya había elaborado una respuesta a la que él mismo no sabía si darle mucho crédito, pero que de momento le resultaba la mejor y la más significativa que ofrecerse, y que ofrecer, ahora que también se la pedían.

—Lo hago porque me enganché, sencillamente. Subo al bus y como que me galvanizo por dentro aunque no lo exprese por fuera. No sé si será la tranquilidad con la que contemplo los edificios, las calles, y los rostros de los transeúntes. O por cómo disfruto analizando a los viajeros que suben al bus, buscando en sus expresiones sus historias, sus miserias, y sus triunfos. O tal vez sea sencillamente que por alguna extraña razón encontré entre parada y parada, la rutina y la calidez que siempre me faltó… O por qué no, tal vez lo que estoy haciendo —terminó de decir esbozando una sonrisa más bien triste— es un acto revolucionario contra mí mismo, una queja frontal a mi vida.

Javier Pesquisas escuchó atento todo lo que Ramón Piedra le dijo, y tras repasar con calma las palabras que escuchara de quien ya se había ido a sentar, murmuró, lunático, y reanudó la ruta.

Cabe preguntarse con tanto interés como inutilidad que qué habría ocurrido si Javier Pesquisas hubiera dejado tranquilo al lunático.

Y no es que Javier volviera a hablar nuevamente con Ramón, o que le prohibiera subir a su autobús cuando volvieron a coincidir, sino que ayudó de un modo tan clave como inconsciente, a provocar lo que pronto llegaría, por no dejar de darle vueltas a la respuesta que Piedra le diera: lo hizo con sus compañeros; lo hizo con su novio y con su familia; y lo hizo con amigos y conocidos, dando lugar casi siempre a enconados debates. Y así es como tras varias semanas encontramos a Lucía, una conocida de un conocido de un amigo de Pesquisas, que vino a prendarse de las palabras de Piedra, y que durante los días posteriores a la conversación que tuvo con Javier, buscó al posible lunático con ahínco y cierta monomanía entre autobús y autobús hasta que por fin dio con él.

Cuando el conductor de turno, exasperado como muchos de sus compañeros porque ya había dos pirados que se pasaban las horas muertas de autocar en autocar, le dijo a Lucía que sí que estaba, que era el alto y delgado del pelo canoso que se sentaba atrás, a ella se le desbocó el corazón.

Lucía entró a quemarropa con sus preguntas, y Ramón Piedra, quien andaba más preparado que cuando le preguntara Javier, y quien ante la mirada de aquella incipiente treintañera sintió un inmediato deseo, vino a esforzarse por colorear su actitud y explicar su extraña rutina.

Ramón Piedra puede ser acusado de cínico, pero no de engañarse a sí mismo, y al observar la mirada algo rendida de Lucía, su cara bonita, y la posibilidad de acostarse con ella, de inmediato se esforzó en mostrar su disgusto, no ya consigo mismo como hiciera cuando empezó sus viajes, sino con el mundo. Así que hizo hincapié y un repaso poético de los males de nuestra sociedad, haciendo ver la cantidad de lobos que nos acechan, demostrando una excelente retórica cuando pasó a hablar de sus viajes en autobús durante esas maratonianas jornadas sin aparente sentido, buscando un más allá que no encontraba en el más acá por mucho que lo hubiera intentado.

Una vez más por si aún quedaran dudas, Piedra, incitado por la ligera humedad y el titileo en los ojos de la cándida Lucía, rayó la metafísica cuando habló de la profundización y lectura que hacía de los corazones de los pasajeros que analizaba, rayó la mística cuando expuso su nuevo modo de contemplar la ciudad, sus males y sus escasos bienes, y tocó la utopía más inspirada cuando sin saber muy bien cómo, se le ocurrió que lo que hacía, sería socialmente revolucionario si la gente le siguiera en masa y pudiera entender el significado real de lo que estaba haciendo.

Las consecuencias más imprevisibles se estaban conjugando, pero antes de todo ello, la siguiente pregunta no podía resultar más evidente.

—Y cuál es ese significado profundo —inquirió Lucía sintiéndose plena por primera vez en mucho tiempo, ya que la conversación le había devuelto una fe renqueante, la ilusión, y el sentido.

—Pues la reconquista del espacio público —comenzó a decir Piedra sintiendo que no iba a ser ni demasiado concreto ni demasiado original— que nos han robado. Una reconquista a través de un acto que los mismos ladrones no podrían prever, y que reabre el horizonte a nuevas vías que a su vez generarán nuevos espacios de posibilidad para llegar a una sociedad mejor.

Y ante tales palabras, la arrobada Lucía reaccionó de un modo harto confuso para el ladino Piedra. Ella le dio un espontáneo beso en la boca… y de inmediato presionó el botón de parada para bajarse del autobús lo más rápido que pudo, dejando a Ramón con un palmo de narices, eso sí, tras un cálido, gracias. Piedra se volvió a sentar con una sonrisa ciertamente amarga, o al menos eso recogería por la noche en su diario: …de pronto, sentí que los edificios observados a través del ventanal del bus retornaban al gris, que las caras de los viajeros volvían a ser anodinas, y que una retorcida desilusión comenzaba a inundar mis viajes.

Con todo, una rutina es una rutina, y no muere tan fácilmente. Mientras, una revolución tiende a ser como la explosión de un polvorín que se ha ido cargando durante mucho tiempo. Y la rutina y la revolución siguieron esa pauta descrita, y ambos convivieron durante un tiempo.

Resultó que Lucía la cándida, no lo era tanto, sino más bien una experta en redes sociales que estaba inmersa en todos los múltiples y deshilvanados movimientos que apostaban por el cambio en nuestro país, y que actuó como una gran caja de resonancia de las palabras de Ramón. Así, llevó a Internet lo dicho por Piedra, y la red se incendió en pocas horas. Pocas horas más tarde de esas horas se produjo un masivo incremento en la compra de bonobuses mensuales por todo el país, y no se necesitó de mucho más tiempo para que todo se volviera una locura. Una locura sobre las pesadas ruedas de los autobuses urbanos.

Hay que reconocer que el país estaba roto antes de que Ramón Piedra comenzara a pasar sus días subido en los autocares sin destino ni sentido alguno (más allá de la epifanía de un cínico fracasado que para mí resultaba absurda). Y con la misma rotura andaba por tanto cuando Lucía volcó la historia de Ramón en la imprevisible red. Pero debe reconocerse también, que no sería justo el negar a Piedra el hecho de que sus palabras y su acción se mostraran como el catalizador común de los distintos coletazos de rabia que gravitaban en torno a la crítica situación. Así que sí, admito que el exitoso movimiento nacional e internacional que pasó a denominarse «La Revolución del Bonobús», no habría adquirido la forma y la magnitud que alcanzaron sin la figura de Ramón Piedra.

El caso es que en apenas siete días desde que Lucía colgara en Internet la conversación con Piedra, dejó de haber autobuses urbanos que circularan en cualquier momento de su servicio sin estar abarrotados, y en ebullición de ideas. Pero este solo fue el primer milagro. El que lo resume todo es el de que la gente no tomó pacíficamente las calles como se venía reclamando desde hacía tanto tiempo, sino que tomó los buses, como comenzó a decirse, para cambiar las cosas, y entonces llegó el verdadero milagro: ¡Las ha cambiado!

Pero todo eso es ya historia viva que queda y quedará reflejada y analizada en los libros, los periódicos, los debates… sin ser yo ni el más indicado ni el más versado para seguir hablando de ello. Y sin embargo, de lo que sí puedo hablar breve pero con algo de crédito, es de lo que ocurrió con Ramón Piedra.

Durante un mes fue un ídolo encumbrado y el símbolo anhelante de tanto ciudadano perdido, pero eso ya lo sabe todo el mundo. Luego, tampoco esto es precisamente nuevo, fue cayendo en el descrédito más absoluto, poco a poco pero sin perder ritmo, gracias a su inconstancia, a tremendas meteduras de pata a causa de su libido, y a una biografía cargada de errores. Vamos, que me contrataron para desacreditarle pero que ya lo hizo él a manos llenas, dejándome a mí, claro, los bolsillos vacíos.

Y prácticamente hasta ahí se le siguió, cada día se hacía historia y Ramón Piedra era un insignificante grano en el culo para todos que ya debía quedar atrás. No daba más de sí para los defensores de la «Revolución del Bonobús», pero tampoco para sus detractores, así que se le olvidó. Le olvidaron los periódicos que tanto le reclamaran, los estudiosos que ya le habían estudiado lo suficiente, y Lucía, a la que había tratado de conquistar primero con su labia revolucionaria como nunca pudo haberse imaginado, después con un alegato del, me debes y debéis, y finalmente a través de la lástima, con el mismo pésimo éxito en cada caso. Y le olvidaron por último los pseudo amigos que le crecieron al abono de su fama, y las amantes que ya no tenían portada por compartir su lecho. En fin, que mientras su idea cambiaba la historia, él no dejaba de fracasar. Su vida había sido un cuento de hadas con las alas rotas, me confesó, y por tanto, no le cogió de improviso.

Tan solo fue cuestión de regodearme en mi vida, y de olvidar la enorme escala de mi último fracaso, para salir de lo más profundo del pozo, me dijo también hace unos días Piedra, cuando tomé un par de cervezas con él en su nuevo cuartucho y bajo una nueva identidad falsa.

Debo decir al menos que se alegró de que su madre me hubiera contratado para dar con su paradero, preocupada y mucho de que Ramón hubiera hecho una última tontería. Pero no le vi precisamente en el punto del suicidio, y feliz porque su madre se interesara por él, me hizo esbozar una sonrisa de extraña ternura cuando ante la angustia materna me pidió que le dijera a su madre que no se preocupara, que siempre guardaba nuevas gilipolleces bajo la manga, y que no pensaba morirse antes que ella, que aspiraba tan solo a no darle ese disgusto, ya que le había dado todos los demás.

No hay mucho más que rescatar de la charla, salvo que no guarda rencor ni a la revolución ni a sus resultados, salvo que me legó su diario y me resulta un pestiño, salvo que me pidió que no escribiera nada sobre el encuentro y ya se ve el caso que le hago. Y salvo que pienso, que no es tan mal tipo como al final le han retratado unos y otros, sino que simplemente no estuvo a la altura de su idea, siendo verdad también que ni siquiera estuvo cerca. ¿Pero quién lo hace, si no es mintiendo descaradamente?

 

Separador relato Revolución bonobús

 

Carlos Aymí

Carlos Aymí. Licenciado en Filosofía por la UCM 2001-2005. Máster de Comunicación escrita y creativa (IVCH), con el trabajo de máster Antropología literaria en la obra Arthur Miller. Formó parte del club madrileño de escritura El Club de la Serpiente (julio 2011/enero 2012). Ha publicado relatos en las revistas literarias Narrativas (números 24, 25, 26 y 27), Almiar (número 63, 66 y 67) y en Entropía (número 7). Recientemente ha publicado su primera novela Hermanos y Reyes (Bohodón Ediciones, 2013) y participado en el libro colectivo de relatos Inventarĭum (Margen Cero, 2014). La mayor parte de sus escritos y reflexiones se pueden seguir en su blog Pandemonium.


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La moneda de Dios | El mar de los otros | Una historia increíble

 Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 73 / marzo-abril de 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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