relato por
Iván Cerdán Bermúdez

 

A

bría muy temprano. Su padre le había enseñado a ser responsable, honesto y comprometido con la estricta meticulosidad que debía tener para con la relojería. En un principio era joyería, pero varios atracos habían conseguido que se centrasen más en los relojes, no querían pasar por lo mismo más veces.

A las 7:13 ya estaba en el bar de Antonio tomándose su coñac y planificando el orden estructural que habría de seguir. Le fascinaba arreglar relojes antiguos. Se encerraba en su taller con sus herramientas y todo lo que ocurría alrededor dejaba de tener sentido. Hablaba con sus herramientas: «a ver taquímetro, esto es crucial. Tambor ¿dónde te has ido?».

El problema de su profesionalidad estaba en el trato con la gente. Le molestaba que entrasen clientes y quisiesen que les arreglase pequeños relojes de pulsera. No sabía mentir, la honestidad era algo en lo que le instruyó su padre. No tardaba más de un minuto en darse cuenta de si el reloj tenía arreglo o por el contrario, era algo inservible que debía deshacerse de él y comprarse uno mejor porque la hora era lo que marcaba nuestros ritmos internos y estos debían estar perfectamente acompasados. No era agradable e inmediatamente decía que ese reloj era una mierda… la clientela comenzó a desaparecer, se sentían violentos.

A las 10:30 acudía a por el segundo coñac, puede que un tercero. Era horrible que no hubiese relojes, el tiempo de ocio en la tienda era criminal y los números comenzaron a no salir.

Martina se enfadaba cuando llegaba a comer y olía demasiado a coñac. Tenían una niña pequeña y él se mostraba muy cariñoso con ella, pero Martina no quería que la niña oliese el coñac y enseguida se la quitaba. No importa los chicles que comiese, el olor era más fuerte. Hablaba normal, pero el olor le delataba. No había comida que su mujer no le recriminase diferentes comportamientos: «¿por qué no quisiste arreglar la pulsera de la seña Antonia? Me ha dicho el señor Juan que ha ido a la relojería a las 10:50 y no estabas… claro, en el bar… ¿Acaso no te das cuenta que sólo entra en casa tu sueldo? Te las viste muy de hombre cuando me convenciste para dejar el trabajo, que con la relojería de tu padre todo iría bien…».

Cada mañana se levantaba antes para poder ver a su hija dormir, le acariciaba la mejilla y ese sosiego le hacía tomar cierto impulso. También le gustaba ver a Martina dormir, la acariciaba pero ella no se enteraba, todavía poseía un cuerpo admirable, el cuerpo que una vez le hizo tener ilusiones pero que ya comenzaba a olvidar.

Un jueves entró un señor bastante orondo pero muy bien vestido en la tienda. Con él trajo un álbum entero repleto de fotos de relojes antiguos de pared. Se presentó muy educadamente. Aunque no hacía calor ese hombre sudaba. Le habían hablado de su fama con respecto a los relojes, él dirigía una empresa familiar y quería que los catorce relojes que tenía heredados de su familia funcionasen; ya los había llevado a otros profesionales y ninguno había conseguido dar con las piezas de cada funcionamiento. Para no hacer más el trayecto con esas piezas tan valiosas, necesitaba que él fuese a verlas y si se consideraba capaz de arreglarlas le traerían los relojes. Analizar los relojes llevaría un tiempo y la relojería no podía estar cerrada mientras estuviese ausente. El hombre sacó su chequera y le firmó un talón en modo compensatorio por los dos días de mantener la tienda cerrada mientras analizaba los relojes.

Quedaron para la mañana siguiente, un coche iría a buscarle temprano y se pondría inmediatamente a revisar los relojes. A lo largo de toda la tarde observó con cautela las fotos de los diferentes relojes. Cogió el antiguo cuaderno del padre y vio que todos esos relojes estaban dibujados en la gran biblia del reloj. El padre anotaba con precisión el funcionamiento exacto que debía tener el reloj, el modo en el que sus piezas debían colocarse para que su mecanismo de cuerda funcionase con precisión. No hubiese tenido ni que mirar el reloj, había pasado su infancia arreglando relojes, pero quería estar seguro.

 

No fue a casa, se acercó al parque y allí estaba su niña. Martina no parecía mostrarse muy contenta de verlo, en ocasiones le había recriminado que fuese al parque por su olor a coñac, pero ese día no olía a nada. Estaba contento por poder dedicarse a los relojes. Pese a las reticencias de Martina, compró buena carne, un cliente de la relojería era carnicero y traía buenos chuletones de Ávila.

En la cena, él sonreía y hablaba. Le gustaba, se sentía feliz dando el biberón a su niña y hablando del tiempo que podría tardar en arreglar los relojes, necesitaba encargarse de ellos sin mayor dilación. Hablaba de algún modelo y de lo que tardaría en dar con la clave. Era muy relevante el vaivén, nadie le daba la suficiente importancia y para que un reloj de tales características funcionase debía prestar mucha atención a los pequeños detalles.

Esa noche buscó el cuerpo de Martina y pese a las reticencias de ella se encontró dentro del cuerpo de su mujer. Aquello no funcionaba y él habló de sí mismo como un muerto follando. Escuchó fingir un orgasmo a su mujer y él se apresuró a terminar para no molestar más de lo que él suponía que debía ser un tiempo mínimo pactado.

 

Los relojes no estaban tan mal pero él decidió fingir, al fin y al cabo era un vendedor, un artista que quería que se le pudiese valorar por lo que sabía hacer. Se suponía que al llegar los 90, con ciertos avances, su profesión perdería vigencia ¿qué era esa mierda del futuro?

Esa misma tarde le llevaron los 14 relojes a su taller. Fue al quiosco de periódicos y se compró varios ejemplares de aquella revista que trataba sobre asuntos paranormales, su pasión junto a los relojes. Lo que más le gustaba de la revista era que siempre regalaban cintas con psicofonías. Le divertía arreglar los relojes con las voces de los muertos. Creía que su padre estaba por allí. Uno de los números vino con una ouija y siempre quería que Martina lo hiciese con él, pero ella se refugiaba en el miedo y en el que debía trabajar.

No podía atender la tienda, necesitaba a alguien que se ocupase de los clientes. Los relojes eran absorbentes, las psicofonías era el único contacto que deseaba tener con el mundo real, nada de clientes, nada de nadie vivo. A lo único que accedió Martina fue a que su hermano —yo— entrase como ayudante y me encargase de recoger los pedidos. Me habían echado del colegio un mes y la relación con mi padre no era buena, así que acepté pero si me iba a vivir con ellos durante ese mes.

El relojero trabajaba incansablemente, yo cogía pedidos e intentaba vender relojes. Me aprendía de memoria las instrucciones y luego hablaba de ellos como si realmente fuese un entendido. Tenía mucho tiempo libre, entraba poca gente. Para mí significó un acercamiento a la madurez, estaba lejos de mi padre y eso me relajaba. Lo pasaba un poco mal con algunas psicofonías y por bromas que me hacía el relojero. Siempre recordaré aquella que decía: «malditos humanos de la lengua os arrepentiréis».

No era agradable ver a mi hermana en casa, convivir con ella me había hecho darme cuenta de que se parecía demasiado a mi padre. Era dura con mi cuñado y por las noches le escuchaba rechazarle muchas veces. Es cierto que en alguna ocasión escuchaba jadeos, pero duraban poco. «Sí, follas como un muerto, mejor no lo intentes, ya llegará el momento». A mi hermana le gustaba ir a la compra, se vestía con generosos escotes y conseguía siempre algo más de los tenderos, no digamos si era un día de mercadillo. Sentía cierta vergüenza, porque por una naranja más era capaz de desabrocharse un botón de la camisa. Yo tenía 16 años y me daba cuenta, aunque prefería hacerme el tonto.

Mi cuñado me hablaba como una persona, me hizo comprender que nadie podía saber más de mí que yo mismo y que no era ningún tonto. Me puso a prueba con un reloj. «llevas viéndome una semana arreglar relojes muy complicados, ahora es tu turno». Uno de esos relojes que él hubiese tirado a la basura fue mi prueba, él no me iba a decir nada, yo tenía que ver lo que le ocurría a ese reloj. No me permitió dar un no y estuvo junto a mí hasta que sin saber bien cómo, fui poniendo piezas, ajustando… hasta que arreglé el reloj. Para festejarlo decidí comprar una botella de coñac y bebérmela con mi cuñado. Jamás había probado el coñac pero él me aficionó. El relojero era introvertido, siempre con una especie de mundo interior muy salvaje por más que mi hermana quisiese convencerme de que eso era mentira, que él era un analfabeto emocional.

Noté que mi cuñado se volvía cada vez más melancólico a medida que terminaba el encargo. No sé si la tristeza se contagia pero yo me veía involucrado en esa vorágine de amargura: en mi caso era evidente, el fin de los relojes era mi regreso a casa, a mi padre, al colegio en donde yo no pintaba nada. Ya me consideraba un hombre de 16 años. No quería regresar a la escuela y seguir en un mundo repleto de absurdeces, yo lo tenía muy claro, quería ser relojero. Mi cuñado era la única persona que me había hablado de tú a tú, no sé por qué en mi familia no se le tenía bien considerado; en realidad si lo sé, mi hermana: «malditos humanos de la lengua os arrepentiréis».

Compré otra botella de coñac, eran realmente baratas y siempre mi cuñado me daba algo de dinero, sabía que me lo daba para que comprase coñac, pero a mí me hacía más ilusión pensar que yo le devolvía en coñac lo que él me enseñaba.

Sólo quedaban tres relojes y decidimos hacer una pausa y bebernos la botella. Le hablé de mi padre y de lo que me recordaba mi hermana a él; casi ya no la recordaba como era antes de casarse. Odiaba las cosas que veía hacer a mi padre y ella hacía cosas muy parecidas:

—Déjalo, tu hermana es la peor persona que yo he conocido, pero me enamoré y se quedó embarazada. La quería tanto… pero ya no me quiere ella. Supongo que el hecho de ser como soy la he distanciado. La culpa es mía.

—¿Por qué?

Abrió una segunda botella y le dio un sorbo muy grande.

—Es la hora, mira, vas a ver una cosa. ¿Sabes por qué no nos hemos separado? Porque no vería a mi hija, pero estar así y casi no verla… no puedo tolerarlo. El coñac a veces ayuda pero me hace perder a mi hija.

Sacó unas fotos y me enseñó a mi hermana con un gordo que tenía grandes gotas de sudor.

—El gordo es el que me ha hecho el encargo de los relojes. Tu hermana se lo folla, se ha enamorado de ella y por eso me ha hecho el encargo.

—Es sólo una foto, no tiene por qué.

—El otro día le enseñé la foto y sabes lo que me dijo… ¿qué quieres que haga si eres un inútil de mierda? Si no te consigo el trabajo no puedo darle de comer a la niña… y añadió ¿crees que me gusta follarme a un gordo sudoroso con una polla diminuta? No, pero nos da dinero… Lo que deberías hacer es sentirte agradecido de que no te deje en la mierda y no vuelvas a ver a tu hija. Tu hermana no tardará mucho en irse con él, todos los días cuando regreso a casa temo de que no estén. Este mes me ha gustado mucho y he estado más tranquilo porque sabía que estando tú no se iba a marchar.

Quizá todo lo siguiente pasase rápido, lo recuerdo de un día para otro, el tiempo condena nuestros recuerdos, los moldea según nuestros engaños o nuestras selecciones, ¿cómo fue? Abrupto, eso seguro.

 

Volví a casa de mis padres y al colegio. Mi cuñado me llamó cuando terminó el último reloj, estaba muy bebido, tanto que casi no entendía lo que me decía. Ese mismo día mi madre me contó que mi hermana había dejado a ese sinvergüenza porque le había pegado y además había intentado violar a su nieta.

Evidentemente eso era una estratagema de mi hermana, mi cuñado no iba a hacer eso, se había propuesto hundirle, le vació la cuenta y le denunció a la policía, por ese orden. Cuando la policía fue a buscarle a la relojería se encontraron con los bomberos allí, la relojería se había incendiado con el relojero dentro y con 14 relojes de valor incalculable.

Tras éste incidente el gordo montó en cólera, abandonó a mi hermana y ella tuvo que venir a casa de mis padres con una mano delante y otra detrás creyéndose sus mentiras y buscando en el mercadillo —con sus pechos por delante— a algún tendero que le regalase una manzana más.

 

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Iván Cerdán Bermúdez es director, crítico de cine y escritor.
Se pueden encontrar numerosos enlaces a sus películas y artículos en Internet, de entre las primeras hemos seleccionado Anclaje
(http://www.youtube.com/watch?v=qafWxaeqAxE). 

@ Contactar con el autor: ivan.cerdan [at] gmail.com

Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 63 / marzo-abril de 2012MARGEN CERO™Aviso legal

 

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