relato por

 Enrique Trenado Pardo

 

Tengo mis teorías y mis conspiraciones de por qué siempre me ofrecías esa almohada dura cuando por unas o por otras acababa pernoctando en tu casa. Que, ya me venían diciendo algunos, nunca dejó de ser deporte de riesgo pero, cosas de la vida, entre nosotros también fue siempre deporte nacional.

Y las tengo, verás, porque me acabó sabiendo a poco lo que decías de mi cabeza liviana. Como hay Dios —por decir— que la sé llena de guijarros, por unos días, o hueca, por otros, pero casi siempre dura como una piedra. Y en un principio no supe si iba por ahí el tiro, si era una indirecta velada de las que acostumbrabas. De todos modos lo creía sinceramente, así que no me iba a dormir sin darte guerra, a ser posible de trincheras y desgaste. Al final, oye, cambiabas la almohada, a disgusto, pero la cambiabas, y te ibas a dormir con tu mala baba al sofá, donde te atrincherabas a la francesa hasta que olías el desayuno.

Me confieso con mucha picardía admiradora de esas pequeñas y vitales victorias.

También que alguna vez, conmovida e intrigada a la vez, tuve la tentación de ir a pescarte.

Al principio no sabía por qué te ibas. Es decir, bastaba con sacar esa mullida almohada de tu armario para que te exiliaras de tu propio lecho, lo que, la verdad, tiene su gracia, pero me he guardado bastante de comentarlo en otros ambientes porque me parece un pequeño tesoro, pequeño pedazo de ti que guardarme. Un trofeo.

Hablabas poco y mal del asunto, a medio camino entre la pereza y la incomodidad de explicarte. Tu madre, que en paz descanse, te había aconsejado muy personalmente no volver a usarla después de que tu padre se fuera de casa sin ninguna explicación. Eso era lo que más repetías, pero, qué puedo decir, me sonaba muy vago y tampoco hacías mucho por concretarlo; una tenía sus ideas, claro, pero me pareció bastante fuera de lugar mencionar la palabra «miedo», que cuando querías seguías siendo hombre. Prefería bastante más la «manía».

Así las cosas me las intenté ingeniar para que durmieras conmigo y con la almohada, pero, la verdad, ¿a ti quién te ha ganado a terco alguna vez? Lo intenté casi todo, desde la pataleta —teóricamente inaguantable— hasta el ánimo comprensivo, pero justo antes del final, que era una huelga de hambre frente a una sede administrativa, lancé un ultimátum que, para tu desesperación, coló. Parecía que, después de todo, te gustaba que me dejara caer por allí, que eras un tipo de costumbres.

Fue encantador. Como si alguien te llevara a empujones a tu propia cama.

«Oh, no quiero que sea algo forzado», dije con toda la malicia disimulada que pude.

Alguien te empujaba, estoy segura, aunque fueran tus propios talones. Pero —y esto al principio me resultó curioso, y luego revelador— más arriba, en tus ojos, en tus hombros, en lo poco que se te movía la nariz cuando torcías la boca, algo se había resignado. Y no dijiste ni una palabra cuando apagué la luz. Te escuché dejar la cabeza sobre la suave y esponjosa almohada y, después de comentar algo de lo liviano de tu cabeza, me quedé dormida.

Luego me pareció soñarlo, pero estoy segura de que me cogiste un brazo durante la noche. Ahora diría que con urgencia.

No te encontré a la mañana siguiente. Ni en el sofá, ni en la bañera, ni siquiera en el jardín elucubrando por cuánto se podía torturar a un gato —y provocándoles la huída con la mirada—. A mi lado solo amanecieron las sábanas vacías y algunos de tus cabellos en la almohada.

Después del desayuno, mientras ordenaba las sábanas por puro aburrimiento, me picó la curiosidad la almohada de marras, que había notado más abultada desde el principio del día. Y yo, que, ya sabes, cuando me pico, me pico bien, y que para lo que quiero tengo buenas manos, abrí muy laboriosamente los hilos que la tenían cerrada.

Dentro encontré una raída camisa de cuadros y dos pares de pantalones. Unos, estoy segura, habían sido hasta esa noche tuyos. Los otros, antiguos, podían tener perfectamente más de treinta años.

Y, sobre todo, ahí dentro había pelo. Mucho pelo. Y parte de él, aún sin acercarme demasiado, olía irresistiblemente a ti.

 

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Enrique Trenado Pardo nació hace 23 años en Granada, y allí reside y cursa sus estudios de Derecho. En su faceta literaria prefiere la narrativa breve bajo múltiples temáticas y estilos; en este patrón ha concluido su primer libro, Ciencias Aplicadas, aún en busca de publicación. Ha colaborado y publicado con diversas revistas y webs.
Se le puede seguir en su web:
Winston Churchill revisionado (http://churchillrevisionado.blogspot.com.es/)

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 68 | marzo-abril de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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