relato por
Carlos González de los Reyes

 

V

olví. Nunca me había querido. Por lo menos eso pensaba yo. No aprobaba mi forma de vivir ni de ver la vida. Mis formas le abochornaban ante la familia. Después de la muerte de mi padre apenas tuve relación con ella. Acabé la universidad y busqué un piso con unos amigos. Quería salir de casa. Mi hermano mayor era su ojo derecho. Era igual que ella: educado, correcto y con los modales que parecían regir lo que ella pensaba que era normal: carácter social y diplomacia. Ahora le había tocado el turno a ella. Mi hermano vino de París para el entierro pero apenas estuvo un par de días. Me dijo que yo me encargara de todo. Le iban bien las cosas, parecía no necesitar nada de nuestra madre. «Ves a vivir al piso y quédate con el dinero de las cuentas, vivo bien con Gertrude. Lo necesitarás tú más que yo». Esas fueron sus últimas palabras cuando nos despedimos antes de que partiera al aeropuerto. Hacía años que no volvía a casa pero ahora no tenía más remedio. Al abrir la puerta todo me pareció extraño y lejano, un recuerdo vivido y prácticamente desechado al olvido. Entre esas paredes había pasado mi infancia despreocupada. No sabía por dónde empezar. ¿Debía vaciar el piso? Las paredes se habían tornado amarillentas por el paso del tiempo. Todo era ya viejo. En el salón había fotografías mías y de mi hermano de cuando éramos más pequeños. En una de ellas salíamos todos juntos, papá, mamá, Joaquín y yo. Al ver aquella imagen recordé escenas de cuando era pequeño y mi madre nos llevaba a pasear por la ciudad, a tomar helado. El tiempo fue pasando, las tardes las pasamos en la adolescencia en aquél club. Rodeados de los hijos de los amigos de mis padres. Todos vacíos. Al venir esa imagen, me pregunté si había sido injusto con ella al haberla dejado al morir mi padre. En su momento pensé que debía hacer mi camino. Supongo que la quería, a mi manera. Llegué hasta su habitación. De la pared aquella imagen de la santa cena y sobre la cómoda el crucifijo de plata. Quizás aquellas cosas podrían serle útiles a alguien.

Busqué en internet y encontré el número de unas personas que se encargaban de vaciar pisos. Se quedaban con el contenido. Me resulto la opción más fácil. Al cabo de unos días vi cómo tres hombres desmontaban lo que había sido mi casa. Lo metían todo en cajas y lo bajaban a una furgoneta enorme. Uno de ellos salió de la habitación y se acercó a mí, que estaba sentado en el salón viendo cómo se iban desvaneciendo los recuerdos de mi vida pasada.

—¿Va a querer conservar esto? —me dijo el hombre sosteniendo dos abrigos—. En el armario hay casi una decena. Si los vende puede sacar un buen dinero. Son buenos. Piel auténtica.

Cuando giré la vista me pareció recordar que aquellos abrigos eran los que usaba mi madre cuando iba a fiestas y a las reuniones con toda aquella gente que despreciaba. Mi padre había sido un buen hombre. Fue el primero de su promoción y se dedicó toda la vida al diseño industrial. Hizo dinero, mucho, tanto que vivimos como reyes. Mi hermano y yo fuimos a los mejores colegios y mi madre pudo gastar a su antojo sin tener que preocuparse del precio de las cosas. Por lo visto, durante todos aquellos años había atesorado una enorme colección de abrigos de piel. Era algo que me repugnaba. Cuando tenía 16 años le increpé una vez que la vi llevando uno de ellos. Ella se enfadó y me espetó mil cosas. Por lo visto yo no entendía lo que era tener clase.

Ante la mirada de aquél hombre con los dos abrigos sujetados, reaccioné y le dije que no los quería. Que se los llevase también.

—Como usted quiera —me contestó.

Un par de horas más tarde acabaron su faena. Me encontré ante paredes vacías. Se lo habían llevado todo. Apenas me dieron un centenar de euros pero no me importaba. Con lo que quedaba en las cuentas, podría trasladarme a vivir allí y vivir sin preocuparme durante el resto de mi vida.

Días después fui yo quien acabó de empaquetar sus cosas. Dejaría el piso que compartía y me iría a vivir a lo que había sido mi casa con mi pareja, Juan Carlos. Llevábamos años saliendo y ahora se había presentado el momento de dar el paso. Ambos compartíamos ideas y defendíamos la vida y la libertad. Mamá jamás comprendió mi relación con otro hombre y que acudiésemos a protestas prácticamente a diario para defender los derechos de refugiados o de los animales. Antes de trasladarnos debíamos comprar muebles y cosas para la casa. Nos acercamos hasta el mercadillo de los Encants de Barcelona, donde vendían objetos y muebles de segunda mano. Nos negábamos a comprar en grandes superficies y alimentar un sistema económico con el que no comulgábamos. Paseando por el mercadillo, mientras Joan Carles negociaba con un vendedor por una mesa y cuatro sillas, me pareció ver a lo lejos el cuadro de la Santa Cena que había pendido sobre el cabezal de la cama de mis padres. Me acerqué hasta aquella parada con cierta curiosidad. Al llegar no reconocí al tendero pero sí a los objetos que vendía. Eran los muebles que se habían llevado de mi casa. Incluso los marcos de las fotos. En una esquina, colgando de un perchero, vi los dos abrigos que el hombre que vació el piso me enseñó. Eran los de mi madre. Agrupados con otros tantos que también me parecía recordar que eran de ella. Sobre el perchero, un cartel señalaba el precio de 50 euros por unidad. Aquella imagen me removió algo dentro de mí. Toda mi vida estaba sobre un trozo de tela: mis tebeos, los libros de mi padre, todo. Me pareció injusto y me sentí mal. Mi padre había trabajado sin descanso día y noche para comprar todo aquello y ahora estaba allí esparcido, en la parada de un chamarilero cualquiera, sin darle valor ni sentido. Miré los abrigos. Me producían un enorme rechazo. Para mí eran muestra de maltrato, de dolor, de falta de vida, de derechos arrancados a unos pobres animales. Sin embargo, mi padre había trabajado para que mi madre pudiese comprárselos. Mientras estaba perdido en aquella estampa de rechazo y melancolía, llegó Joan Carles. Al final no había comprado las sillas y la mesa, no había llegado a un acuerdo. Le dije que me diese el dinero. Lo conté y había más de seiscientos euros. Llamé la atención del dueño de la parada y le pregunté por los abrigos.

—Hay más de diez, si te los llevas te los dejo todos por 500 euros. Es piel buena, de la que ya no se usa, de calidad.

—Los quiero todos —sentencié con voz firme.

Ante la sorpresa de Joan Carles, le extendí los 600 y compré aquellos abrigos.

—¿Estás loco? ¿Qué haces? ¡La mujer que usase eso era una asesina!

Ni el chamarilero ni mi pareja acababan de entender lo que estaba haciendo. Estaba comprando una decena de abrigos de pieles. Entregué el dinero, los metí en bolsas y volvimos. Tuve una fuerte discusión con Joan Carles durante el camino. No le quise contar que aquellas prendas habían pertenecido a mi madre. Se despidió de mí enfadado y sin darme un beso y se perdió en la primera boca de metro que encontramos. Yo fui a la casa de mis padres, vacía. Me senté en el suelo, encendí un cigarro y miré las bolsas con los abrigos. Esa misma noche, me eché a las calles de la ciudad, tomé un taxi hasta una de las zonas más pobres. Los edificios estaban vacíos y llenos de pintadas y cristales rotos. Por las calles, se jalonaban las personas que dormían al raso. A cada hombre que veía dormir entre cartones le dije si quería un abrigo para resguardarse del frío de aquella noche de octubre. Algunos me contestaron que sí, otros estaban bebidos y me echaron entre insultos. El día puso fin a la noche y me encontré en aquel barrio con dos bolsas y con tres abrigos sin regalar. Volví a casa.

Días más tarde volví a salir de noche y me deshice de aquellos tres. Al hacerlo, me sentí aliviado. El dolor de aquellos animales, por lo menos, ahora servía para ahuyentar el frío de algunos pobres desgraciados que luchaban contra el alcohol y sus propios fantasmas. Las semanas siguientes, sin saber bien porqué, las dediqué a sacar dinero del banco y volver a aquél mercadillo. Compré todos los abrigos de pieles que encontré en las paradas. Llené bolsas y bolsas y por las noches repetí el mismo ritual. Los fui entregando a la gente que veía dormir en la calle ya no solo de aquel barrio sino de toda la ciudad. Pensé que era una iniciativa positiva, así podía redimir la memoria de mi madre y justificar, a pesar de mis ideales, el dinero que había gastado mi padre en aquellos caprichos a su mujer. Meses más tarde me hablaron de otro mercadillo parecido en Tarragona. Para allí me fui y repetí el proceso. Pasé días comprando abrigos de pieles que ya nadie quería, de personas vanidosas sin quizás sentimientos. Me quedé en casa de unos amigos también animalistas que me ayudaron en mi particular tarea por las noches. De allí pasé a Valencia y de Valencia a Sevilla. La herencia que recibí era de casi un millón de euros en dinero. Pasé meses y meses de una ciudad a otra por mercadillos y tiendas de segunda mano comprando abrigos y repartiéndolos por la noche. Incluso en Ourense, una emisora de radio local supo de lo que hacía y un reportero se acercó un día a preguntarme.

—Sólo por ayudar a quien más lo necesita y para que el sufrimiento de esos pobres visones, por lo menos no haya sido del todo en vano —contestaba con ilusión.

Así pasé los últimos cinco años de mi vida. Gastando todo el dinero que había recibido en esa pequeña tarea con la que pensaba hacía que mi madre fuese quizás perdonada por Dios o por quien fuese. Me repugnaba pagar por aquellos abrigos por el sufrimiento que había tras ellos. Era mi sencilla forma de pedir perdón en nombre de los míos y de intentar reconciliarme con el pasado.

Me quedé sin dinero. Mi hermano me reclamó la mitad del piso. Se separó de su esposa y se encontró en la calle. Se lo di todo, sólo me quedé con el dinero de las cuentas. Me gasté todo lo poco que me quedaba en mi particular lucha hasta que fui yo mismo quien se encontró durmiendo en una calle cualquiera de Portugal. Tuve que vivir de la caridad de unas pobres monjas y por las noches rebuscaba entre la basura para encontrar algo que llevarme a la boca más allá del pan y atún que me daban aquellas mujeres. Una noche, en un contenedor frente a una de las orillas del Tajo, encontré lo que parecía ser un viejo abrigo al que le faltaba una manga. Al desplegarlo vi que era una chaqueta tres cuartos. Era de color marrón claro, de piel de ante. La cogí y me volví hasta el rincón donde acostumbraba a dormir por las noches hasta que se hacía de día y me iba a buscar la vida entre aquellas bulliciosas calles. Hacía frío. Me cubrí con el abrigo y al hacerlo suspiré aliviado. Me vinieron, sin esperarlo, algunos clichés de mi infancia en los que recordaba a mi madre sonriendo y haciéndome bromas y a mi padre a nuestro lado riendo de la situación. Cerré los ojos, me aferré a aquel abrigo roto y fui ahora yo quien sonrió. Por fin creí que había saldado un poco el daño que había hecho mi madre a los animales. No era, sin duda, la mejor manera. Pero ella tampoco, estuviese donde estuviese, lo iba a entender.

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Carlos González Reyes. Firma sus obras como Carlos González de los Reyes, para establecer la diferencia. Es natural de Barcelona. En la actualidad está desarrollando su tesis doctoral en Historia Moderna entre la Universidad de Barcelona y la Universidad de Cambridge.

Contactar con el autor: cgonzare7 [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Pelzhaus Heinz Krauth…, By Brixius (Own work) [CC BY 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)], via Wikimedia Commons.

 

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