relato por
Vanesa Núñez Sierra

 

I

 

S

e escabullía a toda prisa entre los enormes bloques de edificios grises que se apelmazaban en los suburbios de la capital. Las calles, exageradamente estrechas y oscuras, estaban completamente vacías; ni siquiera había un coche o una farola. Parecía ser arrastrada junto al agua enlodada que discurría hacia las alcantarillas. No podía ver con claridad y no escuchaba más que un zumbido que atizaba en su cabeza como un martillo. Sólo corría y corría. Aquellos gigantes de cemento parecían a punto de desplomarse sobre ella hasta que desaparecían en un rayo de luz blanco y cobrizo. Corría y corría buscando algo o a alguien, pero no podía escapar de aquel laberinto urbano. Un demonio la perseguía. Aunque no lo viera, sentía su hambrienta mirada encima de ella. Podía darle caza fácilmente, pero mantenía la distancia. Quizás jugaba con ella como un felino degusta a su presa antes de devorarla.

Raisa despertó con la garganta seca. Miró la hora en el móvil. ¿Todavía?, refunfuñó, llevándose la mano a la frente con una mueca de dolor. Buscó con la mano el vaso de agua que siempre deja en su mesilla de noche. Tardó un tiempo en dar con él y, al volcarlo en sus labios, lo encontró vacío. Se quejó con un bufido al levantarse de la cama achacosa. Se puso sus pantuflas y, acto seguido, se las quitó para no despertar a su abuela. Al abandonar la habitación, casi tira el plato que esta le había dejado detrás de la puerta. Cuando lo vio, sintió náuseas. Recientemente, le había tomado especial repulsión a esas empanadas que cocinaba para ella a diario. Le asqueaba el aspecto pringoso, la carne picada desparramada de la masa y su olor. Mientras se dirigía a la cocina con el vaso en la mano, se volvió a mirarla dormir en su cama. Le dejó una sonrisa maternal tras su puerta. «En mi casa, no hay puertas cerradas». Se río al evocar las palabras de su madre y se preguntó por qué le vinieron a la cabeza en ese preciso momento.

 

II

 

Salió de la bañera con la cabeza empapada y una toalla pequeña de color rosa sobre ella. Tampoco se había secado muy bien el cuerpo y dejó un rastro de agua en el parqué. Se dejó caer sobre un sillón orejero entre verde y azul. Su cuerpo temblaba (parecía muy pequeña y frágil); pero su rostro se mantenía hierático. Era como si no sintiera aquel frío glacial capaz de congelarle los huesos a cualquiera. No había encendido la calefacción en todo el invierno. La temperatura era más baja dentro de la casa que fuera. Una cueva, meditó en la sombra. De repente reparó en que no tenía hambre ni sueño a ninguna hora. Nada era capaz de conmoverla. Su mente estaba en otra parte, muy lejos de allí, y en cada cosa de la habitación.

La mañana estaba pintada de gris azulado. Visualizó su futuro, por un momento, como una profecía maldita e incuestionable. La tienda de tés, que hay un poco más abajo del edificio donde reside, la distrajo. No lo bebía, pero le gustaban los aromas que escapaban de la puerta de madera. Siempre que pasaba por delante de ese antiguo escaparate lleno de polvo, aminoraba la marcha. Se sentía tan viva en el calor del bullicio, y aun así… Podía perderse en ese ambiente despreocupado. Mientras bajaba una de las calles principales del centro, se sentía Virginia Woolf dando un paseo por Bond Street a principios del XX, la señora Dalloway frente a un escaparate de guantes, y tremendamente avejentada, una anciana. Caminaba como… por el aire, deslizándose por la acera con la suavidad de una barca, peinando canosas aguas en calma, entre la bruma. También formaba parte de esa niebla que la gente atravesaba.

Pero ¿quién tripulaba aquella nave? ¿En qué oscuro lugar se encontraría, mientras tanto, su alma… esperándola?

¿Cómo he llegado aquí?, se preguntó al abrir las puertas de la comisaría. De inmediato, sus ojos buscaron a Rosa. Llevaba puesto ese jersey malva que tan bien la sentaba. Destacaba con la ligera palidez de su  piel.  Su  moño  era  perfecto:  no  tenía  un  solo  pelo  fuera  de lugar —inconscientemente, se pasó la mano por su melena desaliñada—. Cuando se percató de que la miraba, la saludó con una brillante sonrisa. Ella era la vida que tanto había amado, una parte de sí misma que había dado por perdida. Le tenía envidia, pero sana, y cariño.

—Ya está aquí mamá pato —gritó Roberto para toda la oficina.

—¡Qué dices, envidioso! —le dejó caer junto a una colleja.

—¿De qué os reís todos? —intervino Rosa—. No importa. Raisa, ¿tu entiendes el nuevo programa que han instalado en los ordenadores? ¡Ahora que por fin me había hecho con el otro!

—¿Qué tienes que hacer? Ya me encargo yo.

—No, quiero aprender a usarlo.

—Pues ven conmigo.

—¿Ves? Te sigue como un patito a su mamá.

—Señor Fernández, ¿debo recordarle qué ha venido hacer aquí? ¿No debería estar, en este momento, de patrulla?

Vio que tenía un montón de papeles sobre el escritorio y reprendió suavemente a la becaria:

—Se te está acumulando el trabajo.

—No, eso es de la tesis.

—Es verdad. Debe ser muy difícil compaginar este trabajo con los estudios —lo negó con la cabeza.

—Porque me gusta. Estoy trabajando un tema que me interesa mucho. Estos son los protagonistas —dio un enérgico golpe en un montón de cuadernos—, sus testimonios: a veces como declaraciones, a veces en un diario, en cartas… como las que recoge ese dossier que tienes entre las manos. Ese caso, en concreto, es muy curioso. Para empezar, no sé a quién va dirigida la correspondencia y, como es un poco antiguo, es difícil seguirles la pista a esas personas.

—¿Me dejarías leerlo?

 

III

 

La nieve cubría lentamente su cuerpo (y la sangre). Se veía más hermoso y horroroso que nunca. Mordí mi puño para que no se escucharan mis gemidos y bajé la cabeza para ocultar las lágrimas que no podían fundir el hielo. Sus huellas quedaron esculpidas en el suelo. Puse mis pequeños zapatitos sobre ellas antes de que desaparecieran. Después de tantos años, no queda el menor rastro de él; sí de la guerra. Viejos tanques abandonados, otros nuevos en activo, cada hombre, mujer y niño con un arma entre las manos, pobreza, una expresión de abandono, la misma en todos, unos ojos sin brillo que relucen la incapacidad de sentir compasión por otros, incluso por uno mismo, indiferencia… lo mismo por donde se mire. El tiempo no tiene la capacidad de sanar ninguna herida para aquellos que lo han detenido. Después de aquello, todo ha quedado destruido. Nos ha cambiado a todos. Nos ha matado a todos. Nos ha arrebatado casi todo lo que teníamos. Ni siquiera queda vivo el recuerdo de una persona amada; sólo la pérdida y el dolor… Ya no queda amor, ni siquiera odio… Sólo queda dolor… y elegir el dolor ante el miedo hasta que no se concibe la vida sin dolor. No hay lágrimas tan amargas como aquellas que no se llegan a derramar, que se anudan en mi garganta y no me dejan respirar algunas noches.

«No llores lo que todavía no has perdido». Repito sus palabras para poder volver a escucharlas, aunque con un tono de voz diferente. No soy… pero existo, como él. Sigue en este lugar de alguna manera.

No tenía nombre; cada uno lo llamaba como quería. Era la persona más libre que he conocido. Hay palabras demasiado hermosas para ser pronunciadas, que parecen ensuciarse si escapan de nuestros labios, que ciertas personas escupen al cielo y suenan a mentiras para esconder su ambición. Libertad… ¡Qué palabra tan prostituida! Tapo mis oídos al pasar al lado de un altavoz y un guardia me lanza una mirada hostil. Todo el mundo parece enemigo del mundo. Siempre hay alguien guardando nuestra espalda y apuntando todo lo que decimos, mientras miles de comentarios insidiosos son aplaudidos. Pasos sincronizados, el sonido de los motores, grajos… mucho ruido, pero ni una voz cercana. Aún no llego a acostumbrarme a este silencio incómodo.

—Esta mañana, la plaza rebosa de gente.

—Sobre todo, soldados —añado al comentario del dueño de la vieja taberna—. Lo de siempre.

—Marchando un cortado —grita para dos ratas.

—Sin azúcar… Y un paquete de cigarros.

—¿Qué marca?

—La que te dé la gana… Y eso que te encargué.

Mete los cigarros en el bolsillo de mi gabardina y, disimuladamente, también un pequeño sobre marrón. Me tomo el café de un sorbo y salgo deprisa para casa.

—¿Lo traes?

Le entrego el sobre al matasanos y aprieto su mano al preguntarle:

—¿Ha empeorado?

Lejos de contestar, fuerza una sonrisa mientras lo abre.

—¿Cómo lo has conseguido? Hay personas que matarían por esto… ¿Seguro que es penicilina?

Primero mete su asquerosa nariz y lo olfatea como un perro; luego se lleva el meñique a la boca para probar el níveo polvo, como un traficante.

—¿Con esto se curará?

—Esperemos.

Lo único que me agrada de esta gente es que sólo les dan falsas esperanzas a sus pacientes. Entiendo: recurriré al mercado negro y a quien haga falta para salvar la vida de la que me dio la vida. Arrastro una silla hasta el pasillo y me siento, detrás de la puerta de su habitación, con la cabeza entre los hombros. Es entonces cuando creo verlo, como un fantasma, con la tez pintada de blanco, frente a la ventana. Parpadeo y desaparece. Me convenzo de que sólo es nieve. Anoche soñé con él. Lo tomo como el presentimiento de que algo importante, bueno o terrible, va a suceder. No sabía cómo contárselo.

—¿A menudo piensas en padre?

No le hizo falta hablar para contestarme.

—¿Pensarás a menudo también en mí?

—¡No digas esas cosas ni en broma!

—Recuerda sólo lo bueno. Que sólo quede lo bueno y se vaya lo malo. Yo también lo veo. Algo va a cambiar y tu amor por él viene a avisarte.

 

IV

 

Pudo leer hasta que el pesado de Roberto regresó para interrumpirla:

—¿Qué haces? —no le dio tiempo a contestar. Era un chico de por sí nervioso, así que cuando estaba contento o enfadado siempre exageraba. Había pisado a una señora, tirado una papelera  y  chocado  con  dos  mesas  para  llegar  corriendo hacia ella—. ¡Mira qué me he ganado! —dejó caer en la mesa tres boletos.

—¿Ópera? Si no te gusta.

—Puedo aguantarlo. ¿O es que prefieres ir con alguien más?

—¡Rosa —gritó desde el sitio—, te vienes a la ópera?

—Claro.

—¿Y tú, Julián? —le preguntó al compañero que tenía en la mesa de al lado—. ¿Tienes planes esta noche?

—Sí, no puedo.

—Hijo, eres tan seco… Por si te sentías obligado —le explicó a Roberto.

—¿No estás ya mayorcita para andar chinchando al chico que te gusta? —le recriminó Julián.

—¿De qué hablas?

—Que toda la comisaría sabe lo vuestro.

 

V

 

—Perdonad, tengo que ir a saludar a un amigo. Podéis ir sentándoos.

—¿A quién? —preguntó Roberto, un poco celoso al notar la emoción de su pareja.

—Es uno de los cantantes. Leí su nombre en el cartel de la entrada y acabo de verle —señalando a una esquina del escenario, exclamó—: ¡Ahí está!

—Vayamos todos a saludarlo —propuso Roberto—. Quiero conocerlo.

—Pero ya va a comenzar… —murmuró Rosa con ojitos de cachorro abandonado.

—Enseguida volvemos —le dijo Raisa antes de llevarse a Roberto de la mano.

No tuvieron mucho tiempo para conversar, ya que el hombre era de los primeros en entrar en escena. Al final, quedaron en verse cuando terminara la obra. Raisa le presentó a Rosa antes de acompañarla al servicio y dejar a los chicos solos.

—En verdad destacan —comentó el cantante riendo—. Hoy has sido el hombre más envidiado con esa compañía.

—Son muy guapas, sí… ¿Saliste con ella?

—¡Qué directo!

—¿Y?

—No lo sé, la verdad. Supongo que no. Pasábamos el rato juntos, pero no hacíamos nada de amantes. Creo que no me veía de esa forma. Sabía que no tenía oportunidad desde el principio, pero… ¿La has visto tocar el piano? Me enamoré de sus manos. Esos dedos finos y largos son para hacer música. Le gustaba tocar a Brahms; pero, a la hora de escuchar a otros, su preferido era Verdi.

—Nunca escuché nada parecido.

—Un día, de repente, dijo que no volvería a tocar. Fue una pena: tenía talento. ¿Cómo decirlo?: le ponía mucho sentimiento —cuando regresaron, le preguntó a Rosa si había disfrutado la obra—. Me habías comentado que era la primera vez que venías a la ópera.

—Sí, bueno…

—Los dos se han dormido —recriminó Raisa.

—La primera vez que te llevé, me acuerdo de que te levantaste a los diez minutos y te largaste —rememoró su amigo.

—Fue ésta, ¿no?

—La Bohème.

—Al final he cumplido: hoy la he visto entera.

—¿No es La Traviatta de Verdi? —le preguntó Roberto.

—Sí —se anticipó a responder el cantante—. Ya le comenté que te encantaba.

—¿Sí? —inquirió Rosa.

Entonces, se acercó a susurrarle al oído:

—Se emocionaba al elogiar su música.

—¿Hace cuánto de eso? —replicó Raisa—. La Traviatta, para mí, no puede compararse con la esperanza ciega de Madame Butterfly, la ilusión de ver un barco que nunca atracará en puerto, esa locura que alimenta y se alimenta de ella, que necesita, su valor, el de «El payaso» maquillando sus lágrimas para la función, un pequeño recuerdo de Tosca brillando como cien soles mientras se va acercando la hora de la muerte de su verdadero amor, amar la vida más intensamente que nunca ante la muerte, la furia después de vagar, solitario vagamundo, en la oscuridad, de luchar…, al llegar al final de la luz.

—La música de Verdi es vivaz. Incluso en momentos de depresión para los personajes de sus óperas, está llena de fuerza; desata un torrente de sentimientos que sacude y despierta al espectador. Justo como aquella muchacha, como un día soleado.

 

VI

 

—Pero a mí me gustan los días lluviosos —le susurró Roberto, mirando caer la lluvia por la ventana, mientras se aferra a un mechón de su cabello, cuya fragancia inhala—, y cobardemente refugiarme en el ayer, pretender encontrar la calma en la melancolía, en lugar de la vida. Yo prefiero la belleza moribunda, la agonía de lo efímero, que aún resplandece (eso sí, débilmente). Hermoso y perecedero; así es nuestro amor… ¿o así fue? No puede compararse a otro. La beldad de esta flor que marchita no volverá a contemplarla estos ojos avezados a su candor. Aun así, lo comprendo: cuando has despertado rodeando al Sol con tus brazos, ya no puedes desprenderte de su luz ni su calor. Es suficiente ver arder la estrella una vez, un solo momento por breve que sea, para no poder vivir apartado de ella. ¿Todavía haciéndote la dormida? ¿Aún lo quieres? ¿Me quieres?

 

VII

 

—¿Morfina?

—Ya no hay nada que podamos hacer por ella, más que aliviar su dolor.

Eso dijo el médico —me fijé en que la persona más valiente que he conocido lo miraba con miedo—; pero seguía sufriendo igualmente. El doctor llamó a su forma de escapar del sufrimiento «demencia». Al final, no podía moverse por sí sola. También perdió el habla. No reviviría esta vez. Sólo le esperaba una muerte lenta y dolorosa, llena de vejaciones. Una gran mujer era forzada a perder todo el orgullo con el que había vivido. A los gritos y gemidos en la noche, les sucedió el angustioso silencio de que me abandonara. Ya no me reconocía; pero sus ojos me rogaban descanso.

—¡Qué has hecho!

—¿Porque estás ciego, me juzgas? ¿Quién no se sentiría culpable al ver morir a alguien tan noble de esa manera tan indigna? ¿Te atreverás a llamarme asesina por terminar tu trabajo? No hay insulto que pueda ofenderme, y sólo puede insultarme alguien que nunca lo haya visto o que no tenga sentimientos, ni conciencia, o que no piense por sí mismo.

—No te corresponde a ti decidir quién vive o quién muere.

—Claro que no, pero sólo a mí me corresponde decidir si muero o me mato.

—Sólo Dios da la vida y sólo Dios puede quitarla.

No puedo evitar reírme, incluso en esta situación.

—Y eso lo dice un doctor. Tú entrégale tu vida a tu dios o a quien te dé la real gana; no la mía. Sólo podría frenarme la idea de que mi vida le pertenece a un ser superior, indefinido e indefinible por naturaleza, y que por tanto el poder que lo representa en la tierra disponga de ella, o a otro ente, también omnipresente, todopoderoso y padre, que igualmente los hombres inventan, llamado «estado», y que de la misma manera dispongan de mi vida los poderes que lo representan. Mi vida no le pertenece ni al Estado ni a la Iglesia, y sólo yo dispongo de ella (para lo que quiera) —me faltan fuerzas para gritarlo.

—¿Cómo te encuentras? Has sufrido un vahído.

Por lo visto, el doctor me agarró antes de desplomarme en el suelo. Me levanto de la cama después de agradecérselo.

—Ahora no puedo caer.

—¡Espera! —me detiene agarrándome del brazo y me empuja contra la pared. Por la ventana, vemos pasar dos hombres con los uniformes de la policía militar. Una vez se han alejado, baja la persiana.

—Todavía contemplamos a honorables soldados actuar como sicarios y a algún país ser muy democrático, pero sólo dentro de sus fronteras. Los gobiernos cuentan con sus ejércitos para defender sus intereses; pero nosotros no. El único instrumento que, de momento, disponemos y hemos inventado es el Derecho. Desde un esclavo en la antigua Roma hasta un animal en la actualidad son objeto de derechos; pero ambos tienen un dueño y, por tanto, no son libres. Es mi libertad, que por derecho me pertenece, la que me da la dignidad de ser persona. Nada más. Nadie puede hacerlo. Nadie puede darme ni arrebatarme mi dignidad… Mírala, ¿no parece dormida? Y ya no despertará de ese sueño.

No tomé realmente conciencia de que había muerto hasta que besé su frente y mis labios sintieron ese frío que no puede compararse con otro. La sensación de tocar su piel helada recorrió todo mi cuerpo, de punta a punta. Cayó sobre mí como un relámpago.

—¿De verdad es sólo eso? ¿Qué pensará de ti, el día de mañana, tu hijo? Soy médico, ¿recuerdas? Náuseas, mareos… ¿Crees que no me he dado cuenta?

—Seguro que destacas en tu profesión por tu increíble capacidad de deducción… Será niña y se llamará como ella: Raisa.

 

VIII

 

—«¿Qué hay de nosotros? ¿Es eso todo lo que nos merecemos? ¿Un sueño sin sueño?». No sabía qué responder.

—Raisa…

Rosa no supo qué decir para animarla.

—¡Es verdad! ¡Lo olvidaba! —sacó de su bolso los documentos que había tomado prestados y se los devolvió—. Ya he terminado de leerlo. Gracias.

—No hay de qué… Fíjate qué casualidad: la persona que falleció se llamaba como tú. Por eso llamó mi atención: no es un nombre muy común que digamos, al menos aquí. Por cierto, ¿de dónde viene?

—No lo sé —permaneció pensativa.

—¿Te pusieron ese nombre por alguien de tu familia? —le preguntó su amiga más tarde.

Raisa guardó silencio hasta que apareció su ayudante para cambiar de tema.

—¡El asesino está aquí!

—¡¿Qué?! —gritó asustada.

—Es lo que aparece en el titular del periódico.

—¿Y tenías que gritarlo?

—«Terrorismo,  el  negocio  del  siglo  XXI».  Llevo  aquí  un  buen rato —protestó Julián— ignorado.

—Pasa —entró y dejó un montón de periódicos encima de la mesa de Raisa antes de dirigirse a la suya.

—Todos los demás diarios ponen en portada al asesino en serie… ¿Cómo lo llama la prensa?

—¿El del reloj? —respondió Rosa con timidez y modestia.

—¿Todavía no lo han cogido? —preguntó Raisa.

—¡Qué va! —gruñó Julián—; de hecho, he escuchado por ahí que van a pasarnos el caso. Este país se ha vuelto más peligroso. No sólo este país, el mundo entero. El mundo está loco.

—No, los tiempos lo están. Hay algo que me da más miedo que el terrorismo y ese asesino: perder mis derechos y libertades. Yo no quiero vender mi libertad a cambio de mi supuesta seguridad. Supuesta, recalco; pues esta paz es ficticia.

—Pero nunca nos van a poder quitar nuestra libertad —«Nuestra libertad», proclamó Rosa orgullosa e, ignorando la risa de Julián, continuó diciendo—: La libertad de pensamiento es algo que nunca nadie nos podrá arrebatar.

—O sí —replicó Julián.

—Calla —le dijo a su compañero al oído—. No digas nada. Sólo es un ángel jugando a vivir [1].

—Dadme libertad para pensar por mí misma —continuó diciendo Rosa—, para dudar, y, de ese modo, conocer la realidad. Esa será la verdad que me haga libre. Reclamad: libertad para el conocimiento y conocimiento para la libertad. La ignorancia no es la auténtica felicidad y sin libertad de pensamiento es como si no tuviéramos conciencia, conciencia que está presente en todo ser vivo y en el ser humano (en todo hombre y mujer sanos), universal e inmutable, intrínseca en su naturaleza, por el mero hecho de ser un ser social, conciencia que crea derecho (o al menos debería) y, por tanto, lo que suponga una contradicción a la conciencia no es derecho. Por eso, no me hables de moral, de tu moral como si fuera la única.

—¿A qué ha venido ese discurso? —se quejó Julián a Raisa justo después de que Rosa saliera del despacho—. ¿Por qué tengo que callarme? «Antes de construir hay que saber lo que existe» [2]. Ayer vi, en las noticias, a un jubilado suicidarse frente al parlamento griego y a un niño sirio agonizante. «Voy a contarle todo a Dios», amenazó éste antes de morir. Hoy ya nadie habla de ellos, ¡y fue ayer mismo! No podemos, simplemente, quedarnos callados. Todo esto es de sentido común.

—Lo  que  es  normal  para  una  mosca  es  el  caos  de  la araña [3] —murmura Raisa.

—Es el tipo de cosas que todo el mundo sabe, pero no se dice o se olvida, y, si no se dice y no se recuerda, en el futuro, la gente creerá las mentiras que a los poderosos les interesarán que crea y le enseñarán a pensar que es correcto lo que nuestra conciencia y nuestra propia humanidad nos dirían que está mal.

 

IX

 

¿Quién es el enemigo invisible?, se preguntó en ese momento.

Encontró su piso a oscuras y en silencio. Estará dormida, pensó. Se dirigió a su habitación. «¿Vacía?». Se marchó al escuchar el timbre del telefonillo. Mientras cerraba la puerta, dijo:

—Y ya no volverán de ese sueño. Será un nuevo final; no espero un nuevo comienzo.

Era Rosa. No esperaba su visita.

—¿Qué haces aquí a esta hora? Si es por el informe…

—Simplemente, he sentido que tenía que verte; pero mejor me voy.

—Tú —la amenazó con el dedo— te quedas. No creas que te voy a dejar andar sola de noche por las calles. Espera a que llegue Roberto y te lleve en coche a casa. ¿Café, té…, qué quieres tomar?

—Mejor té, ¿no? Mañana hay que madrugar.

—Ahora te lo traigo.

Al pasar por delante de la habitación, encontró la puerta abierta. Se asomó, pero no vio a nadie. Cuando abrió la boca para llamarla, se dio cuenta de que incontables plumas negras se esparcían por la moqueta.

—¿Ya estás aquí?

—A estas horas, no hay casi tráfico —contestó Roberto. Luego, se volvió para decirle a Rosa—: Cuando te termines el té, si te parece bien, te llevo —mientras se bebía el suyo, Raisa los observaba en silencio diciendo y riendo necedades. Otra vez, estaba allí mismo, pero sentía que estaba  muy  lejos  de  ellos—. ¡Qué  miedo!  —le  gritó  Roberto  cuando volvió la vista a ella—. Se supone que me quieres; no me mires con esa frialdad en los ojos —se levantó del sofá que compartía con Rosa para tocar la calefacción.

—Está encendida —se adelantó a decir Raisa.

—¿Has  pensando  en  poner  ventanas  con  doble  acristalamiento? —le sugirió su colega.

—Ya aproveché que los suelos estaban destrozados para ponerlos de madera que, dicen, es más cálida, y nada.

—Esta casa es muy fría por la razón que sea —se quejó Roberto—. ¿No me vas a hacer a mí otro? ¿Qué es eso? —le quitó la taza de las manos a Raisa—. ¿Cuándo has empezado a beber té?

«Estos ojos han visto hasta dónde puede llegar la ambición de las personas —pensaba—, deformando rostros y desvelando al monstruo. Todo lo bueno en que querían creer se corrompía, el niño que deseaban seguir siendo ni siquiera permanecía en la memoria, manipulaban hasta sus propios sentimientos, impulsados por una fuerza devastadora, en afán egoísta de perseguir esa ambición. “Yo te cubro”, prometían mientras me clavaban un puñal por la espalda, y se convencían de que lo hacían en mi beneficio. Conforme veo desplomarse mis ídolos y viejos mitos, y mis ideales dejan de brillar, me recuerdo, me recuerdo a mí misma con miedo a desaparecer».

Los despidió en la puerta. Roberto metió el pie antes de que la cerrara.

—¿Qué se te ha olvidado? —la abrazó—. Me haces daño si me aprietas tan fuerte.

—Perseguiré siempre lo que vuela más allá de mi alcance, aunque la caída me precipite al infierno más profundo [4].

Una vez se encontró sola, llovieron los recuerdos y la nostalgia que la conducía a aquella habitación vacía de la casa. Allí estaba, delante de la ventana, esperándola. A contraluz, su oscura silueta asustaba. Parecía enorme en la distancia. Su sola presencia hizo el silencio. El ruido de los coches y de su cabeza desapareció. Era majestuosa de una forma apocalíptica.

—¡Ah, es el ángel negro que viene a buscarme! —se dirigió hacia él como si fuera sonámbula—. El demonio que me perseguía en mis pesadillas tiene dos inmensas alas negras. Me abraza con ellas. No estoy triste, pero es parecido… Ella cantaba en momentos como estos. Había una canción… ¿Cómo empezaba?

Tenía roto el corazón; pero aquella noche impía no la dejaría llorar; así que prefirió cantar.

 

Cuando la luna azul empiece a bajar,

enjuga tu frío llanto.

Un coro de ángeles te acompañará al cantar,

y las estrellas brillarán a tu lado.

Mi corazón se bañará

en los rayos carmines del sol

y el último suspiro del ruiseñor

me traerá el recuerdo de tu voz.

En el brillante cielo se encuentra tu lugar, amor,

dormirás allí para no ser despertado,

y surcando un océano de sueños en flor

trazarás la estela que me guíe a tu lado.

La luna, cobijada en la niebla,

celosa centinela,

canta una nana al viento

que recorre la letal noche

durmiendo a quien alcanza su vuelo.

 

___________________________________________

[1] De la canción Un mundo mejor (La Oreja de Van Gogh). Me encanta esa frase: «Sólo es un ángel jugando a vivir».

[2] León Trotski. Literatura y revolución (1924).

[3] Esta frase viene de otra de Morticia Adams: «La normalidad es una ilusión. Lo que es normal para una araña es el caos de la mosca».

[4] Christopher Marlowe. La masacre de París.

 

 

separador relato cadenas de nieve

Vanesa Núñez Sierra es una autora residente en Madrid.
Contactar con la autora: vanesanunez90 [at] gmail.com

Lee (en Almiar) otro relato de esta autora: En una nube de humo

Ilustración relato: Detalle de imagen perteneciente a la exposición Retro-fotografía,
de obras de Antonio Jesús Gutiérrez, en la fachada del Mercado
Público de Cádiz; fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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