relato por
Ana M.ª Madrigal Muñoz

 

Se acercó un poco más al espejo para perfilarse los labios. La mano le temblaba ligeramente por la agitación interior que sentía. Todavía no se podía creer que su hijo hubiera sido capaz de decirle las cosas que le había dicho y hacerlo con tanta amargura. Dejó el perfilador sobre la encimera del tocador y, sentándose en la cama, encendió un cigarrillo para calmarse. Sus pensamientos daban vueltas como un torbellino alrededor de lo mismo.

Aquella mañana, al salir de misa, se lo había encontrado esperándola en el portal de casa. Le dijo que venía a invitarla a comer con Cristina y los niños. Ella le contestó que lo tendrían que dejar para otro día, que se iba de viaje aquella tarde, y aún debía preparar la maleta. Al principio, su hijo no le contestó. Con su cortesía habitual, se echó a un lado para dejarla pasar delante y la acompañó hasta su piso, subiendo en el viejo ascensor. Ya en casa, después de quitarse los abrigos y entrar en la salita, empezó a decirle, casi con reproches, que estaba muy disgustado con el camino que estaba tomando, que para qué quería complicarse la vida a su edad, si ya tenía sus amigas con las que podía salir los fines de semana.

Apagó el cigarrillo a medio fumar y siguió maquillándose. ¿Acaso no tenía derecho a disfrutar un poco de la vida y a tomar sus propias decisiones? Desde muy pequeña, siempre había tenido la sensación de tener que sacrificarse por el cumplimiento del deber. Primero, cuando, a los doce años, tuvo que dejar la casa de sus padres para ir a estudiar interna a un colegio en Francia, luego, cuando fue a Madrid para seguir los estudios de Medicina, como antes habían hecho su padre y sus dos hermanos, luego… Ahora, casi se podía decir que por primera vez, hacía algo sólo porque quería hacerlo.

Se había casado muy joven; apenas llevaba ocho meses trabajando en una clínica de provincias como ayudante de un pediatra, amigo de su padre. A su novio, médico, también, y antiguo compañero de su hermano Luis, le habían ofrecido una plaza en Madrid de cirujano, por lo que tenía prisa en casarse. Así pues, después de año y medio de noviazgo, se habían casado para instalarse en la casa donde vivía aún, en pleno barrio de Chamberí. Una casa que, ahora, para ella sola, le parecía demasiado grande.

Mientras se cepillaba el cabello, tan cuidado después de que el día anterior se hubiese dado las mechas en la peluquería, los recuerdos no dejaban de rondarle en la cabeza. ¿Era posible que su hijo, siempre tan sensato, la acusase de dejarse robar si eso le permitía disfrutar de un capricho? ¿Acaso ya no se fiaba de su buen juicio y creía que se dejaría engañar como si no conociera nada de la vida y la gente?

Durante diecisiete años había sido la mujer perfecta de un médico y una madre dedicada de su hijo. Había viajado por medio mundo para acompañar a su marido a los congresos internacionales a los que acudía, unas veces como ponente y, otras, como simple asistente. Los viernes por la noche, organizaban cenas en casa y era ella la que se ocupaba de que todo fuera perfecto. Ella, impecable, vistiendo elegantemente, atendiendo a todo el  mundo. Y los días de diario, siempre pendiente de él, de su hijo. Llevándole y trayéndole del colegio, del fútbol, al inglés, ayudándole a hacer los deberes del colegio… Sin tener un momento para ella. Sólo, si alguna vez iba de compras y luego a merendar con alguna amiga, tenía una tarde de descanso.

Se puso el traje pantalón gris y la blusa de algodón gris perla. Le pareció demasiado formal, por lo que se cambió y se puso una falda y un jersey más sencillos. Cuando termino de arreglarse, se miró en el espejo de cuerpo entero y se vio una carrera en la media. Se la cambió y encendió otro cigarrillo. Aún quedaba media hora para que la viniese a recoger. Estaba más tranquila, aunque todavía dolida.

Sus recuerdos se posaron en el momento en que, a los cuarenta y dos años, se quedó viuda con un hijo de trece. Aquellos que, al principio, querían consolarla y ayudarla, pronto se cansaron y dejaron de visitarla. Tuvo que coger las riendas y dar un giro a su vida, pese al miedo que le suscitaba dar un paso tan drástico. Aquello sí que fue un cambio y no el paso que iba a dar ahora. Sin ninguna experiencia, se puso a trabajar como médico interino en un ambulatorio de Carabanchel. Los primeros años fueron muy duros. Eran los años en los que se extendía el SIDA como la pólvora sin que se conociera muy bien cómo se transmitía, años en los que iban al ambulatorio jóvenes en busca de Metadona, muchos con el síndrome de abstinencia. Y ella, antigua esposa de un médico con una vida burguesa, tenía que enfrentarse a un mundo desconocido; parecía que nada de lo vivido con anterioridad era válido. Hasta que, poco a poco, aquello se convirtió en su vida; una vida que le llegó a gustar, aunque de manera muy distinta a la que había llevado con su marido. Cuando se jubiló, su hijo acababa de casarse. Durante su adolescencia, había sido un buen estudiante, terminando  con éxito Económicas. Para envidia de sus amigas, no había tenido una adolescencia conflictiva. La muerte de su padre le hizo madurar, convirtiéndole en un joven más responsable que los chicos de su edad. Y ella también le apoyó en los proyectos que emprendió: la empresa que montó con un compañero de la universidad, su matrimonio… Por eso le dolía tanto la reacción de aquella mañana, él, que siempre la había ayudado y ahora se dejaba llevar por el egoísmo.

La imagen que le devolvió el espejo no la satisfizo. Rebuscó en el cajón de la cómoda entre los pañuelos de seda hasta dar con uno en tonos rojos que contrastaban con los colores más apagados de la ropa que llevaba. Se lo puso al cuello sin anudar. Siempre le había favorecido aquel pañuelo regalo de sus compañeros del ambulatorio el día que se despidió de ellos. El recuerdo de aquella tarde la hizo sonreír.

Cuando se jubiló, tampoco pudo ocuparse de sí misma. Durante dos años tuvo que cuidar de su padre, viudo, después de que este sufriera un ictus. Aún recordaba con tristeza sus últimos días. Y entonces, cuando parecía que el balance de su vida se iba a inclinar hacia la tristeza, se encontró con Juan. Su recuerdo le despertó otra sonrisa.

Se encontraron una noche en la cola del cine. Ella iba con Conchita, su amiga del colegio, y él, con una pareja; y, después de la película, fueron todos a tomarse una copa. No se habían vuelto a ver desde su jubilación. Él había sido el administrativo del ambulatorio, un hombre con el que le gustaba conversar, atento y cortés. No era una persona especialmente culta, ni elegante, sino más bien desaliñado. Pero, ¿qué importaba? Y empezaron a verse. Iban al cine, a cenar, hacían excursiones a Segovia, Toledo… Estaban bien juntos, se hacían compañía y se reían de las mismas cosas. No buscaban más que disfrutar el uno del otro. Al principio, a su hijo no le había importado; es más, se habían gustado. Pero, cuando vio que todo iba en serio, cambió de actitud. Empezó a decir que Juan sólo iba con ella por el dinero. Como si ella, una jubilada, tuviera una fortuna. Su actitud parecía más la rabieta de un niño caprichoso que la preocupación de un adulto por el bienestar de su madre. Tantos años sin compartirla con nadie y, ahora, aparecía un extraño que la quería para sí.

Cuando acabó de arreglarse, cerró la maleta; miró a su alrededor para ver si todo estaba en orden y vio la pantalla de la lamparita torcida; la puso derecha y fue apagando las luces. Salió al portal donde la esperaba Juan, fuera del coche. La besó en la mejilla y le abrió la puerta del copiloto.

María tenía setenta y dos años y Juan setenta y seis cuando se casaron en una pequeña iglesia de un pueblecito de la sierra madrileña. A la ceremonia solo asistieron Conchita, la amiga de María, y el matrimonio amigo del novio que estaba con él el día que se conocieron en cine. Ella no pudo evitar pensar en su hijo ausente, él, en su primer matrimonio sin hijos, que había empezado con una boda civil y había terminado en divorcio.

 

 

linea separadora relato María ante el espejo

Ana María Madrigal Muñoz. Psicóloga. Tiene 49 años y reside en Madrid. Recientemente se ha decidido a dar a conocer sus obras.

@ Contactar con la autora: anamadrigalmunoz [at] gmail.com

 Ilustración relato: Veiled Women, By Steve Evans from
Citizen of the World (Veiled Women Uploaded by russavia) [CC-BY-2.0
(http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.

 

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