relato por
Pablo A. Sandino

 

El cielo teñido de un rojo carmesí a causa de los últimos rayos de sol, anunciaban la caída de aquella tarde invernal. Cúmulos de nubes presagiaban una ligera llovizna en la noche venidera, mientras yo me encontraba de pie junto al rótulo de una parada de autobús. Hace una semana llegué a este lugar con muchos deseos de experimentar nuevas vivencias a causa de mi apasionante labor como maestro de arqueología, sin embargo no contaba con presenciar esas terribles imágenes que todavía rebotan de lado a lado en mi aterrada mente, más aun, el estar en frente de ese edificio que suponía ser el lugar de descanso en mi estancia, pero que al final se convertiría en el poseedor de mis más terribles pesadillas que me agobian al dormir. Trataré de explicar con el más mínimo detalle todo lo sucedido, de lo que mis recuerdos aún nublados por el pavor me permitan relatar.

Llevo diez años dedicando tiempo completo a mi trabajo, desde que viera impregnado en aquel pedazo de cartón mi nombre Harry Montgomery, que me acreditaba como arqueólogo titulado. Ante fascinante apellido llevo el sobrenombre de «El general», de lo cual no me causa la más mínima molestia, ya que una de mis otras aficiones es todo lo relacionado con las guerras. La ventaja, por decirlo de alguna forma de mi profesión, es el poder conocer diferentes lugares tan fascinantes como enigmáticos. Hasta hace poco comencé a impartir lecciones en aquellas universidades que solicitaban mis servicios, por tal razón termine pisando el suelo de este lugar.

Llegué un domingo en un estado de oscuridad ya avanzada, bajo una fuerte lluvia que maldije a cada momento por los grandes salpicones de barro que producía en mis pantalones. Al bajarme del autobús corrí a toda prisa a la gran puerta iluminada que me advertía el lugar donde posar los próximos meses, no me percaté en ningún momento de la fachada del edificio y era lo menos importante en tales circunstancias. En la entrada me recibió un señor muy cortés de bigote largo y delgado quien me entregaría las llaves de mi apartamento al cerciorarse en la documentación de mi nombre como el nuevo inquilino del inmueble.

Las escaleras del edificio estaban un poco derruidas junto a las paredes que presentaban un color café muy intenso, con grandes espacios donde la pintura que una vez poseía, despareció a causa de las manos que la lijaran, ante esa observación deduje rápidamente que el edificio se encontraba en una etapa de reparación, me molesté un poco pensando en las condiciones en las que se encontraría mi pequeño apartamento; para mi sorpresa al llegar al piso donde se observaban todas las puertas enumeradas, comprobé que estaban en muy buen estado, con todos los acabados que desproveía el primer piso. Busqué el número que indicaba mi aposento, hasta que en una de las puertas pude ver en placas dorados el numero veintiocho.

No recuerdo cuánto avanzó el reloj desde mi entrada, ya que me desubiqué en el espacio y en el tiempo tratando de ordenar todos mis objetos personales lo más pronto posible para conciliar el sueño, quien dominaba cada esfuerzo de mi delgado físico. Un rato después un fuerte golpe en la puerta me hizo volver en sí con un sobresalto, agravado por la tranquilidad que reinaba en el ambiente.

Al abrir observé una pequeña figura femenina, con una pequeña joroba que se ocultaba en aquel largo y canoso cabello, se presentó ante mí como la señora Mary Bathory quien vivía en el apartamento vecino al mío y con una gran muestra de amabilidad me indicó que se encontraba anuente a cualquier cosa que pudiera necesitar, agradecí de igual forma su enorme disposición y antes de despedirse me entregó unos alimentos que estaban envueltos en papel aluminio, yo ya había cenado antes de llegar pero ante la gran muestra de generosidad no rehusé tal ofrecimiento y con una gran sonrisa me deseó buenas noches.

Al cerrar la puerta mis sentidos se excitaron porque del plato se desprendía un olor muy agradable lo que produjo sentir apetito una vez más y en menos de quince minutos solo se encontraban sobras en aquel objeto de porcelana. Al cabo de una hora no pude más y vencido por el cansancio me tumbé en la cama y sin ningún esfuerzo ya me encontraba en el sueño más profundo, pero antes de dormir por completo, mis oídos captaron unos leves golpes que provenían de la pared de al lado de mi cama, sin embargo tal era mi grado de inconsciencia que no le tomé importancia alguna.

Al día siguiente me levanté de buen ánimo. Llegué a la universidad muy temprano y tuve un día muy normal con todos los apuros que se pueden presentar al inicio de clases. En la noche ya me encontraba en mi apartamento, estudiando algunos libros interesantes acerca de antigüedades sin descubrir y que con el transcurrir del tiempo se convierten en leyendas. De nuevo el llamado a mi puerta se hizo audible, era la amable anciana con un plato de comida, me sentí avergonzado y amablemente le dije que no debería molestarse en tales modestias, pero ante la sonrisa amable decidí no volver a reprocharle ningún obsequio de su parte.

Descubrí que vivía sola hace ya varios años, su esposo murió a causa de un terrible cáncer. Tenía una hija muy joven, de lo que pude conocer muy poco, solamente se dignó a mencionar que murió a causa de la misma enfermedad de su padre. Ante terribles declaraciones me conmoví y le indiqué también que podía contar conmigo en lo que pudiera. En todo el tiempo que estuvimos conversando no dejaba de observar incesantemente su reloj y con una despedida fugaz se retiró rápidamente a pesar de que la noche estaba muy avanzada.

Eran las once de la noche, al dirigirme a la cama escuché unos golpes muy fuertes que formaban ecos en mi apartamento, pude notar que se producían en la pared al lado de mi lecho y que compartiera con mi anciana vecina. Lo primero que me vino a la mente es que tal vez deberían estar reparando esa pared del otro lado, no obstante la hora que marcaba el reloj hacía imposible tal sugerencia y era muy difícil pensar que mi vecina pudiera dar tremendos golpes, aunado al hecho que no me percaté de su llegada en ningún momento.

Me acosté tratando de dormir pero los fuertes golpes lo hacían una tarea difícil y al cabo de varios minutos después los extraños ruidos se convirtieron en un arañar en las paredes lo que me produjo un tremendo escalofrío, en lo que intenté inútilmente cubrir mis oídos con una almohada. Eran tan persistentes los arañazos que me acostumbré al poco tiempo, pero mi paciencia se acababa a cada instante, por tal razón golpee fuertemente la pared tratando de hacerles notar que deseaba dormir, empero mi sorpresa fue aún mayor cuando los arañazos se hicieron más persistentes y audibles. Desesperado me levanté de la cama a constatar lo que sucedía del otro lado, cuando logré escuchar la llegada de mi vecina y los extraños ruidos desaparecieron por completo.

Al día siguiente me sentí conmocionado por la noche anterior, después de la universidad me dirigí a mi apartamento esperando la llegada de mi anciana vecina, quien llegó con el mismo ofrecimiento de los días anteriores. Aproveché la oportunidad para mencionarle lo sucedido a lo que ella respondió que le parecía muy extraño porque en su apartamento no habita nadie más que ella hace ya bastante tiempo. No le tomé más importancia al asunto y con la misma rapidez anteriormente se dirigió escaleras abajo encontrándome solo una vez más en el segundo piso. Y como es de esperarse los sonidos se hicieron presentes una vez más, haciéndome desesperar al máximo, ofendiendo de alguna forma el hacedor de tales ruidos. Por lo que bajé al primer piso a expresarle mi molestia al portero, para mi desgracia recibí la misma respuesta de mi vecina y por tal razón no podía hacer nada al respecto. Maldigo el momento en el que por mi mente sobrevino el pensamiento de averiguar tales acontecimientos, preferiría haber cambiado de edificio antes de encontrarme con aquella escena que me causa repulsión y terror al recordarlo.

Planeé la forma de entrar al apartamento vecino de alguna forma y tener conocimiento de esos extraños ruidos, no sé por qué, pero en mi interior brotaba una sospecha atroz, un presentimiento daba vueltas alrededor de mi cabeza, algo se ocultaba detrás de esas paredes y al parecer nadie tenía conocimiento de ello, pero mi alma luchaba contra el pensamiento de creer que una mujer de edad ya avanzada pudiera ser participe de actos reprochables, y más aun al comportarse de manera humilde y servicial ante mi persona, sin embargo la curiosidad me presentaba imágenes a mi mente tan difíciles de creerlas que no tuve más remedio que recurrir en busca de la verdad, por más absurda que pareciera.

Como los días anteriores llegó a la hora justa ofreciéndome la cena, se marchó rápidamente no sin antes preguntarme si por las noches seguía escuchando los molestos ruidos, a lo que yo respondí negativamente, en su rostro se formo una expresión de satisfacción y alivio al saberlo. Espere unos instantes para que tomara una distancia de tiempo razonable y verificar así su salida. Tomé un cuchillo que me serviría en abrir la cerradura, ya que de joven aprendí tan desagradables habilidades. El sonido de las paredes era el campanazo que me invitaría a entrar en ese apartamento, así que aguardé sentado en mi cama, agudizando mi oído de tal manera que escuchaba el chillido de apestosas ratas que recorrían el pasillo.

Al parecer los golpes no se escucharían esa noche, ya que pasaron más de dos horas sin recibir nada en mis oídos, me encontraba acostado dejando la estúpida idea de entrar como ladrón, oprimiendo mis sentidos de paranoia que me dominaban, pero escuché una vez más el causante de mis delirios y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba abriendo la puerta del apartamento de mi vecina.

Ya adentro los sonidos cesaron. Un olor nauseabundo sobrevino a mi olfato, acompañado de un frío del que no encontraba su origen, todo se encontraba en perfecto orden y bien iluminado, con una pasividad realmente atemorizante. Traté de no perder tiempo y me trasladé sigilosamente al lugar donde mi cuarto se unía al de mi vecina, pero se encontraba obstruida por una puerta que me indicaba una recámara. Forcejee el llavín quitándole el seguro, mi corazón latía a una velocidad exagerada por lo que mi adrenalina comenzó a trabajar, no sabía en realidad qué quería encontrar o qué esperaba visualizar pero nunca imaginé que mis ojos toparan con semejante ser. Al abrir la puerta topé con una oscuridad por completo, traté inútilmente de mover mis manos sobre la pared en medio de la sombría habitación buscando el encendido de alguna lámpara, del que no encontré ninguna. De lo más profundo de mi ser salió un grito que se opacó al llegar a mi garganta produciendo un «hay alguien aquí» muy flojo y tambaleante. En ese instante algo se movió en medio de la oscuridad por lo que retrocedí rápidamente y como un viento tempestuoso cerré la puerta con el seguro.

De aquí en adelante empiezan mis verdaderos horrores. Al cerrar la puerta sentí la presencia de alguien por lo que volteé mi cabeza hacia atrás y ahí de pie se encontraba la figura de mi anciana vecina. Llevaba en sus manos una bolsa transparente que contenía un líquido rojo con extrañas formas en el interior. No sabía qué decir ni qué hacer, si intentaba correr seguramente llamaría a la policía y me declararían ladrón in fraganti. Pero todos mis sistemas del cuerpo humano dieron un vuelco al escuchar una suave sonrisa junto con su voz diciéndome que en esa bolsa llevaba mi cena para el día siguiente. Se apodero de mí un escalofrió que me hizo sudar de manera abundante, tenia la intuición de saber cuál era el contenido por lo que me abalancé sobre la puerta intentando abrirla desesperadamente, sin embargo mis nervios me traicionaban al no poder abrir la puerta con mi cuchillo.

Mientras seguía intentando, la maldita vieja se dirigió a la puerta de la recamara abriéndola al instante. Mis terrores aumentaban al ver que llamaba algo de ahí adentro con unos ademanes y con voz muy suave, en el marco de la puerta se dejó ver un enjuto y apestoso ser, mi respuesta ante tal visión fue dejar escapar un agudo grito solicitando ayuda. Sin que la puerta cediera ante mis inútiles esfuerzos observaba con pavor como caminaba aquella cosa abominable hacia mí, tambaleándose de un lado a otro llevando un extraño peluche en su mano, cuando se encontraba a unos pasos enfrente pude observar su rostro y su piel que se encontraban en una terrible condición, con pedazos de piel guindando en todo su cuerpo, con una cabellera escasa y con un olor que de no haber sido por la excitación del momento me hubiera hecho vomitar. La puerta se abrió con el último esfuerzo y en el pasillo se escuchaban mis acelerados pasos junto con los aterrorizados gritos que produjera. Al llegar al portero me encontraba muy acelerado por lo que mi voz no salía con naturalidad y cuando me encontré fuera del edificio, mi cuerpo cayó desmayado en medio de la acera.

¿Qué era aquello encerrado en esa habitación? ¿Por qué se observaba en esa condición? Nunca lo supe pero mis sospechas habitan en mi interior. Al despertar me encontré acostado en mi dormitorio. Ojalá y la noche anterior hubiera sido solo una terrible pesadilla, pero con el portero sentado al lado de mi cama y con la desagradable anciana tomándome del brazo con una sonrisa, me hicieron caer en la terrorífica realidad. Me levanté atemorizado quitando mi brazo groseramente de las de mi vecina. El portero trataba inútilmente de convencerme de que un ataque de pánico produjo todos mis temores. No quise redundar más en el tema por lo que tomé mis cosas y me marché lo más pronto posible de aquel maldito lugar.

Después de dos días durmiendo en un hotel a escasos metros de ahí por sugerencia de la policía mientras llevaban a cabo la investigación, sentí un alivio al tomar el autobús sin dejar de observar aquel edificio. Traté de desviar mi mente leyendo el periódico, pero en una parte de aquel boletín mis ojos toparon con una cifra que me era conocida y que en mis recuerdos traía de vuelta aquella terrible noche, en el mismo edificio de aquel lugar se anunciaba en el diario el alquiler del apartamento numero veintiocho.

 

greca separadora Relato 28

 

    «Nací un 28 de noviembre de 1988 en la ciudad de Granada, Nicaragua. Residí por siete años en ese país hasta que mis padres se trasladaron a Costa Rica donde habito actualmente. Tengo cuatro hermanos y a la edad de catorce años mi madre murió a causa de un tumor en el cerebro. Actualmente soy padre de un niño, de un año y seis meses. Realicé mis estudios básicos y tengo la meta de iniciar una carrera universitaria a le brevedad posible.

   Mi pasión por la escritura nació a raíz de ese anhelo de crear mundos distintos, con personajes sacados de mi propia imaginación y plasmar un poco en ellos la realidad que sufren algunas personas en carne propia. El género más interesante para mí es el de terror, de ahí que mis relatos se basan en ese miedo a veces ficticio o simplemente real, ocasionado por extraños e inusuales seres. Mi meta es llegar a convertirme en un gran escritor algún día, sin embargo la motivación más grande que tengo al posar mis manos sobre el teclado y empezar a dar forma a mis historias, es que los lectores puedan experimentar ese sentimiento producido por las palabras como si los protagonistas de cada uno fueran ellos mismos».

 

Pablo Antonio Sandino Chevez

Contactar con el autor: pablos28 [at] hotmail.es


 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©
   
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Revista Almiar – n.º 65 / septiembre-octubre de 2012
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