artículo por

Claudio Rizo

 

 

Vengo buscando con lupa cómo plantar cara a esta crisis, para que no me afecte demasiado; así llevo meses. Darle un puntapié, aunque sea sin creérmelo del todo, haciendo como que no me entero… o, por consejo de gente que me quiere, ironizando con las cifras con que la radio me zarandea cada mañana de camino al trabajo, mientras aspiro las primeras bocanadas de un cigarro condenado al exclusivo destierro de mi coche. Pero seré un iluso, o acaso un pusilánime desde la cabeza hasta los pinreles, pues hoy me ha vuelto a vencer la voz amable de esa locutora mañanera, al incorporar a la ristra de términos asfixiantes en su resumen del estado del país, el de «recesión». La puntilla, he pensado, ahora que ya estamos de rodillas y con la nuca mirando al sol. Otro latigazo al ánimo, parecía remarcar mi invisible compañera al micrófono, de andares regios y con el alevoso propósito de asentar campamento en este solar de esperanzas truncadas.

¿Qué diablos significa ‘recesión’?, me interrogué en un fogonazo de pensamientos lúgubres, al tiempo que un BMW me superaba como poco a 150km/h. por la siniestra, dejando una estela suicida de negrura que bien podría haber sido el viso de lo que a cortísimo plazo nos espera. Fue entonces cuando tomé la decisión de abandonar las voces de todos aquellos locutores que, si bien durante años me hablaron como un amigo acerca de historias heroicas, personajes notables y alguna que otra chufla con trama escabrosamente política, ahora me resultaban inhóspitos y ajenos. De modo que, como quien sale al rescate de otro en situación extremosa, di con un cedé, sin todavía huellas dactilares, arrinconado al fondo de la espesura musical de mi guantera: José Luis Cantero Rada, rezaba en tinta indeleble; o sea, ¡El Fary! Sí señor, porque sin haberme pellizcado antes la emoción de sus contoneos, la gracilidad de su acento o su deje de adolescente eterno, por alguna razón, y en algún tiempo, cayó uno de sus cedés entre el enjambre de los míos. ¿Y qué mejor día que el de hoy, que nos vamos al carajo con esto de la recesión, que concederle la «duda» al Fary entre las querencias de mi alma? Sería una mágica confabulación la que se gestó entre las hormonas arrinconadas en mi cuerpo, pero lo cierto es que su Torito guapo me hizo sentir como un Rocky noqueando al ruso de dos metros y veinte centímetros de eslora… y hasta con una predisposición de ánimo bastante, como para cerrar aquella misma mañana una hipoteca de un palacio indio pagadera con la gorra.

Ya en casa, una vez desperdigados los haces de luz del televisor a la hora de la comida, tampoco las noticias encadenadas sin miramiento ni descanso me facilitaban un bienestar saludable, ni conmigo ni con el mundo. Mi carácter volvía a agriarse, al modo de aquella misma mañana en el coche cuando mi espectral colega de radio me hería los oídos hablando de recesión. Y como uno también se debe a los demás, sobre todo a los que le quieren y le hacen esta vida más llevadera, tomé mi segunda decisión importante del día: taparle la boca por los restos al presentador de las tres, y de paso, a toda su artillería de desgracias, presentes y futuras. En su lugar, como si de un gerente déspota de una multinacional me sintiera, elegí sustituirlo por primera vez por un programa chorra aunque con un alto voltaje amnésico; justo lo que necesitaba. De esos que, como el cedé del Fary que ejercía de okupa silencioso entre los míos, se enmascaran tras esa maraña de canales interminables y rara vez visitados, y en el que cuatro participantes iban de casa en casa, rotando como el tiovivo, haciendo las veces de anfitrión y de invitado, al tiempo que admiraban las habilidades culinarias en público de sus adversarios y las desollaban en privado, hasta que una vez culminado ese circuito de chefs caseros, se elegía por votación secreta a quién de ellos merecía el suculento premio de mil lozanísimos euros. Una ganga para el espíritu visual en estos tiempos. Vaya.

Bueno, dirán que uno anda como medio ido, observando al mediodía cómo cuatro desconocidos hacen tortillas, canapés o, simplemente, a la mañana, escuchando al Fary a todo trapo en pleno siglo XXI… con esto de la crisis, la recesión, los porcentajes del paro, las primas, las fusiones de bancos, las reformas laborales, las huelgas, los desahucios, las reducciones de sueldos… Aturdido que me harán, como poco, y hasta puede que con cierto inicio de tullidez mental. Quizá tengan razón. Vale. Pero qué plácido, y hasta infantil, déjenme que les diga en mi descargo, me sonó por encima de tanta mugre informativa algo tan sencillo y español de toda cuna como «Vaaaya toriiiiiito, ay torito guaaaaaapo, tieeeene botiiines… y no va descaaaaalzo».

Y es una lástima que durase poco más de tres minutos, el frenesí, o quizá la enajenación, no lo sé, de aquel brío. Fuera, ya me esperaba la realidad. Desde el coche, conforme el Fary decrecía en su ímpetu, y mi fantasía se replegaba a su «verdad» inevitable, intuía sus colmillos…

 

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Claudio Rizo Aldeguer

 


Claudio Rizo Aldeguer 
es un autor alicantino.
Contactar: claudiorizo [at] hotmail.com · En FB (http://www.facebook.com/claudiorizo)

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