relato por

Victoria Gutiérrez Valencia

 

Y me detuve en su sangre, el denso y sereno fluir se hermanaba con el estado de mi alma. Él se abandonaba en esa compuerta abierta, y su mirada había cambiado.

Se podría decir que mi mirada era dulce si en mí tuviera cabida tal adjetivo. Sólo quería comunicarme, otra novedad que la antesala de la muerte me ofrecía. Me gustaba la paz que iba sintiendo y que sólo una pregunta alteraba: ¿cómo he podido matarme así?

Mido su daño por esta respuesta, ¡se ha matado!, morirá en unos minutos y yo seré la que descanse en paz, ¡por fin descansaremos!

Cinco años atrás, con una ingenua juventud, iniciaba mis estudios en la Facultad de Bellas Artes. Para poder pagar mi carrera debía trabajar, siempre necesité trabajar, no tenía respaldo familiar y tenía la absurda idea de que podría conseguir todo aquello que me propusiera en la vida, yo sería capaz, creía en mí y en mi fortaleza. En concreto, por estos años llevaba la gestión de una pequeña empresa con unos diez operarios en fabricación, un comercial, unos jefes (un matrimonio) y yo en la oficina.

Vivía entre típicos y tópicos apuros juveniles, un novio que me exigía tiempo, cama e incluso dinero (esto no era tan usual), enfrentamientos paternales por infringir las normas que en una casa decente debían imponerse. Había en ella poca o nula alegría que, combinada con el escaso tiempo, se diluía entre la neblina que la prisa deja. No sufría, demasiadas ocupaciones para detenerme en carencias. Siempre desarraigados y con ese tufo que quedaba impregnado en una casa que nunca llegamos a sentir hogar, casa sin terminar y casa en la que no creíamos. Limpia, eso sí, y abundante en comida bien hecha y donde no podían faltar productos de nuestra tierra extremeña a través de los cuales seguíamos lastimándonos con lo dejado atrás, siempre con un sabor agridulce que empieza a cincelar un rostro. El sufrimiento aflora y va dejando pequeñitos sedimentos, en absoluto preocupantes porque los incipientes son escasos y apenas perceptibles. Ahora, ¡cómo irrumpe el sufrimiento cuando el dolor ha saturado nuestra vida!, ¿con qué ojos miramos si vivimos inmersos en la locura, en la perdición y en el desamparo? Y yo, no salí indemne, mi mirada es ahora turbia, extraviada y perturbadora.

El repaso premortem es panorámico, es cierto que pasa toda nuestra vida en instantes. Recuerdo que cuando la conocí tenía unos ojos bellísimos, brillantes y expresivos; y una mirada acariciadora, serena y un poco triste, con esa melancolía otoñal que enamora; realmente conmovedora para todo aquel que albergara esa clase de emociones, lástima que no fuera mi caso y es que yo tengo mi historia, una de esas historias que justifican la maldad o que intentan negarla. En cierto modo me dignificaba porque mi vileza se originó por el daño infligido a otra persona y no por un daño personal. Esa otra persona era mi madre.

Ángel era el comercial, el personaje que resultaría el hombre más truculento que he conocido. Desde que lo vi me atrajo con un poder difícil de definir por antinatural, procedente de algún sórdido imperio satánico.

Mi madre se atrevió a todo, me contó su historia en la confianza de ofrecerme con la autenticidad, pureza: con amor todo se conjura. ¿Cómo se puede ser tan imbécil? Yo rompí todo paradigma psicológico, nadie me golpeó y ella me quiso sin límites, pero yo alimenté ese odio en absoluto estimulado, un odio asesino.

La fascinación se fue introduciendo lentamente, construyendo una sólida base y con un orquestado juego, hasta que todos los momentos del día se resumieron en uno solo, aquel en que jugando hacía aparecer su cara tras la puerta y con amplia sonrisa y una flor en la mano saludaba: Buenos días mi sueño. Entonces mi sonrisa se abría y tardaba en cerrarse. La segunda fase consistía en acercarse a entregarme la flor, me alzaba la barbilla y aproximándose mucho me preguntaba: ¿estaba yo en el tuyo? En la siguiente táctica, porque supongo que era un ritual muy practicado, se acercaba a mí por la espalda tocando mi cintura para ofrecerme un café. Yo entre la sorpresa y la carencia que de él sentía, ¡ya lo deseaba!, me estremecía, luego enrojecía abrumándome absolutamente. Ya y para él era transparente y muy vulnerable.

Y a eso dediqué mi vida, a acabar con el hombre que se atrevió con la inocencia, que acabó con la ilusión y que ahuyentó la sonrisa de mi madre para siempre. Su cara nunca se relajaba, la sentía rígida y por eso le dolía, le dolía con dolor sin tregua.

En el siguiente movimiento me invitó a tomar café fuera de la oficina. Nos acercamos al bar habitual y entramos en el terrero personal. Él me dijo que no estaba con nadie, que aún no había conocido a nadie que le interesara de veras; y yo le dije que tenía novio como si se tratase de una condena y corroborando mi desacuerdo con los ojos húmedos.

—¿Qué te ocurre?

—No lo quiero, ya no lo quiero y no me atrevo a decírselo.

—¿Por qué? Bueno, si es que encuentras el porqué a esta pérdida de interés.

—Supongo que no sabe quererme como yo desearía que me quisieran, sólo exige y exige y me siento sola con él. Nunca ha sido cosa de dos y ahora menos porque yo ya no colaboro, como dices tú: ya no me interesa.

—Mira, si no te ofrece nada es mejor que decidas dejarlo cuanto antes. Y si lo pasas mal, aquí me tienes para lo que necesites, para todo lo que tú desees.

Y qué forma de pronunciar ese desees, ¡Dios santo!, podía haber empezado a desear allí mismo.

Sin duda fue una conversación con audibles palabras mentirosas, ocultando un verdadero diálogo abierto y sin vergüenza: No lo quiero, te quiero a ti, estoy loca por ti. Y él, loco de ansiedad por verme caer en su trampa. Nuestros ojos hablaban mejor, pero habría que esperar sin ganas a que la ocasión llegase.

Libertad era la clave del triunfo, tenía que conseguirla. Yo dominaba el arte de la seducción, no creía que me resultara difícil, más bien creía que me resultaría facilísimo porque era una criatura, yo era nueve años mayor que ella, no tenía escrúpulos y tenía un objetivo firme.

Era cierto que no me atrevía a cortar con mi novio, era joven todavía, muy joven, no sabía moverme en la vida, no quería hacer daño a nadie y no había aprendido a decir que no. La cobardía me aletargaba y seguía viéndolo con inercia mortecina; estaba siempre ausente y retiraba la cara en los besos, pero no resolvía y estaba angustiada.

Cierto día me llamó Ángel para pedirme un favor, necesitaba que le acercase una muestra para un cliente que teníamos cerca de mi casa, quedamos enfrente del Instituto donde estudié, en un pub que conocía bien. Estuve temblando todo el día, me temblaba la voz y rogaba porque no se me notase. Llegué a la cita agotada por la ansiedad. Nos saludamos, le di la muestra con la intención de irme y me retuvo por el brazo, me pidió que le acompañase y, al sentarnos, aún sin equilibrio rodeó mi cara con sus manos y me besó; fue un beso prolongado, mullido, ingrávido, dulce, yo sentía que me evaporaba y que el tiempo se detenía. Ángel se retiró pero yo no tenía intención alguna de separarme. Jamás había sentido nada igual. Quise reanudarlo y él se echó a reír, pero sin herir, fue una reacción natural y cómplice, el camarero estaba cerca y yo debería temer que me reconociese pero no me importaba nada, el mundo se había reducido a un metro cuadrado.

En aquel pub cerca de su Instituto ya sentí que era mía y confieso que no me disgustó este contacto, lo saboreé; hubiese besado una y otra vez porque resulta deliciosa esa enajenación inocente, esa constatada pureza. Pero yo perseguía un objetivo y soy hombre pragmático.

Comencé a vivir sin conciencia clara de la realidad. Enajenada pero dura con cualquier obstáculo que frenara mínimamente mi objetivo vital y que no era otro que saciar este deseo apremiante y febril. Tenía que librarme de Paco, mi novio, así que quedé con él y le dije que no quería volver a verlo, amenazó con matarse si le dejaba y yo le dije que me avisase cuando fuera a hacerlo (no me reconocía en este acto, como no me reconocía en otros muchos que se sucedieron). Con cara aterrada me pidió una explicación, y yo exploté como el volcán en erupción, y salió sin economizar crueldad todo reproche guardado, le dije que era un caradura que había gastado su dinero y el mío, que no recordaba un sólo momento de felicidad con él, que no sabía amar, que acostarme con él resultaba pesaroso e incluso nauseabundo, que no era generoso ni humilde ni amable ni afectuoso, que el tedio llevaba su nombre, que le apestaba el aliento y que, resumiendo, no lo quería. No volví a verlo pero sé que no se mató.

Ángel y yo volvimos a quedar. Confieso que cuidó los detalles y alargó el cortejo hasta que me condujo al paroxismo. Me invitó a cenar y jugamos a la seducción hasta que el deseo nos llevó a la semiinconsciencia, abrazos, besos, contactos, y todo era perfecto, nada rozaba, chocaba o irritaba por torpeza de desconocidos aún. Identifiqué un gesto ya siempre repetido, Ángel paladeaba mis besos. Ese día no ocurrió nada más y cuando pudimos serenarnos un poco me llevó a casa, esta fue su voluntad porque yo la había perdido.

Iba despacio y me gustaba, hasta dónde podía llegar a sentir esta niña, agotaría todos los límites que yo impondría porque ella se dejaría. Fue todo un descubrimiento y yo caí, de alguna manera, en mi propia trampa. También exploré yo un mundo desconocido, pleno de matices, con un deseo en aumento hasta la embriaguez, con una dependencia absoluta de su contacto para reaccionar, con pálpitos peligrosos, con fantasía, risas y sonrisas. Quizá esto eran imágenes de la pureza, de la plenitud de los sentimientos, ella simbolizaba esa pureza pero yo… ¿qué pintaba yo en ese cuadro?

¿Cómo atreverme? ¿Cómo podría violar mi memoria? Y, sin embargo, necesito recuperar lo que me arrebató, una de las cosas que me arrebató: la capacidad de amar como privilegio.

Quiero recordar nuestro encuentro más íntimo. Me invitó a cenar en un pequeño apartamento, no el de la primera cena. Fue una comida lenta, irritable por pausar lo único que ocupaba mi cuerpo y alma toda. No puedo…, no puedo seguir recordando junto a este cuerpo casi inerte, con el dolor extraño inmensurable y la sombría perplejidad de la repugnancia, ¿cómo no sentir ni el mínimo deseo de acercarme, abrazarle o besarle? ¡Tan querido antes, tan amado y tan deseado!

Me deja solo, muero solo. Una vida entera equivocada, ni una madre diciendo que me quiere con lo que me quiso, ni esta niña tan mía…

Libertad fue un deseo desde antes de nacer. Su padre, republicano añorante, vio cumplido su deseo de nombre y se frustró con su realidad. Mientras se alejaba de aquella casa con la seguridad de quedar impune de cualquier delito, pensaba que era un ser desposeído porque había perdido su humanidad y eso la llenaba de pánico, como paradoja de la débil existencia del hombre. El resentimiento la había envenenado, ese resentimiento definido por Scheler como una autointoxicación, la secreción nefasta a la que sólo dio salida con la negación y la ausencia hasta de sí misma. Ángel, en sus actos, traslucía un sentido de la justicia bárbaro, porque la rebelión destruyó su vida, pareciendo el mismo demonio asolando sin estímulo a todo el que se cruzase en su camino.

Se marchó al día siguiente, había conseguido un trabajo fuera y cuanto antes abandonase Madrid, mejor. Ángel dejó una carta explicando por qué se suicidaba y por qué era un asesino.

El traslado y las ocupaciones sanaban un poco y se fue acoplando a su nueva vida en la ficción de creerse otra persona. Se obligó a estructurar sus actos y a reflexionar sobre su falta o su sobra de lucidez. Y volvió a ordenar sus recuerdos.

En aquel apartamento ya mencionado, y esa primera vez, y en esa cama, probó y vivió lo que debería vivir todo hombre y toda mujer, un deseo insaciable que se saciaba y seguía buscando, la penetración real y simbólica de una parte de un cuerpo cuando se estaba invadida y poseída por completo, la ausencia y la certeza de que sin ese dejar de ser ya no se era nadie. Eso estaba vivido y grabado en su cuerpo y su memoria y nadie se lo arrebataría, Ángel lo había querido envilecer y ella no se lo permitió, la potestad de esos sentimientos es reverencial.

Jugó mucho tiempo con ella y con él mismo porque tampoco se frenaba, en cada contacto se le iba el alma y alargaba la placidez con el tacto, no dejaba de tocarla, de besarla, de aproximarse, de perderse, hasta que de nuevo pudiera fundirse un poco en ella. Así era y esto había martirizado a Libertad, ¿qué clase de esquizofrenia podría haber en ese hombre que paladeaba, se entretenía, anulaba el tiempo y perdía su identidad misma en esos ratos infinitos?

El objetivo de todo esto seguía ahí, ganando posiciones, el segundo juego debía comenzar. Primero robando; como comercial podía seguir la venta de principio a fin, el recogía el pedido al cliente, se lo pasaba a Libertad, se fabricaba, se entregaba y él lo cobraba y se quedaba con el dinero. Ella tenía dos opciones: decírselo a su jefe o callarse y anular el albarán no dejando rastro de la venta, sólo el gasto que también ocultaría, era una situación transitoria todo se repondría en breve, no debía preocuparse, esto es lo que se acostumbró a oír de boca de Ángel y se acostumbró a creer. En cuanto optó una vez por callarse y anular la venta, supo que estaba perdida. Su vida comenzó a enturbiarse y con una fatalidad extraña le obedecía en todo, calculaba su juego para que no fuese fácil de descubrir, aunque era una empresa pequeña y la falta de beneficios se empezó a notar. El jefe le pedía cuentas diarias ya desconcertado, comenzaba a no poder atender las deudas. Calculaba para él costes una y otra vez, el margen era escasísimo. Empezaba a sospechar y ella no quería continuar pero Ángel la instaba a seguir, todo esto era para él una necesidad y fue entonces cuando le contó todo.

Miguel Ángel Garrido López, el jefe de ambos, era su padre. Sedujo a su madre cuando esta tenía sólo veinte años, estaba casado pero para su madre era un matrimonio acabado, hacía años que dormían en habitaciones separadas y había intentado separarse de ella pero sus continuas operaciones hacían imposible, por humanidad, que se atreviese a dejarla. Al parecer tenía una alarmante propensión a la formación de fibroadenomas mamarias y vivía en una continua inquietud y siempre entre análisis y quirófanos. Su madre se tragó todo aquello, se enamoró de verdad, con ese tipo de amor que la inocencia agranda hasta el radical peligro del daño que difícilmente se podría evitar. Ángel no ahorró detalles porque su madre se lo contó todo, ella pensaba que fue un amor tan grande que podía redimirla de toda culpa, culpa quizá imputada por otros pero nunca sentida por ella.

Libertad había escuchado esta vida como si de una conocida historia se tratase, ella amaba del mismo modo pero le parecía tener peor suerte, el deseo de prolongación tan experimentado en sus camas podía culminar en un hijo que la madre de Ángel tuvo, para ella ese deseo de prolongación era una frustración, una mutilación repetida porque su perturbado amante se había esterilizado con poco más de veinticinco años. Ángel se programó, programó toda su vida para un único fin.

Miguel Ángel y su madre fueron amantes muchos años, hasta que ella se quedó embarazada y él la rechazó, se alejó de ella como si se tratase de una enfermedad contagiosa y temible, él no iba a mover nada en su actual estatus, estaba como y donde quería estar.

¿Bajo la égida de la tradición, de la defensa de la convención familiar, de qué? ¿En nombre de qué se hace tanto daño? Parece más bien de intereses, de cierto tipo de cobardías y de muchas carencias emocionales, y también parece más propio de hombres.

Su madre quedó en un desamparo devastador, despojada de todo, quedó en tal estado de indefensión que jamás intentó reclamar su ayuda, instar a su responsabilidad. Se había convertido en «nadie» y eso quebró absolutamente su vida, sus ganas, sus esperanzas, ilusiones; sólo quedó locura, hervideros hirientes, insomnio y vacío. Pero nació su querido hijo y tuvo mucha fuerza para criarle, Ángel decía que la apariencia era siempre alegre, que construyó para él un entorno amable y feliz, ¿por qué, entonces, el se impregnó de negrura? Era evidente que pese a la intención su madre estaba muerta. Él la obligó a confesar el desenlace de la historia poco antes de morir, porque su madre sólo relataba el amor y su extrema calidad y altura, nunca el desprecio, jamás el abandono. Tras saber la historia le pidió la información necesaria para localizar a ese animal.

Inefable me parece poder transmitir la impresión que causó en mi alma este relato, me conmoví, sufrí, enfermé. Auné en esos días la esencia del amor conocido, añadí visiones soñadas y robadas, filtré y aspiré todo lo aprendido en tantas lecturas y superé el amor ya profesado. Besé, acaricié, lavé su cuerpo con mis lágrimas, siempre desnudo como particular conjuro para volverlo a su pureza y rescatarlo del daño.

Mi afectación causó el efecto contrario al deseado por mí, sus deseos de venganza cobraron aún más fuerza respaldados por un daño universal.

Todo se precipitó, mi jefe endeudándose, hipotecando lo que tenía, buscaba consuelo en mí y Ángel encontró con ello su final perfecto.

Yo había adquirido una eficacia impecable, evitaba el peligro no apurando en exceso pero, estaba segura de que no nos descubrirían, en estas empresas se factura tanto en B que nadie da cuentas claras a nadie.

En uno de nuestros amantes encuentros me confesó su plan último: tenía que acostarme con él, el chantaje provocaría la destrucción total. Y lo dijo mientras seguía paladeando besos y apurando encuentros hasta la extenuación. Lo empujé con furia y clave mis ojos en su cara con una desesperación que aumentó con su impasibilidad.

Me he preguntado mil veces el porqué de esta aniquilación general que me incluía. Para entonces Miguel Ángel ya estaba condenado y yo a salvo. Necesitó hacer dinero emitiendo facturas falsas a nuestros mejores clientes para que el banco le adelantase el dinero sin dificultad, yo me negué salvándome absolutamente. Desde ese momento no pude hacerme cargo de la contabilidad y se encargaba la gestoría.

Tras esta petición algo en mí se rompió y no se recompuso nunca. No accedí a sus planes cobrando algo de dignidad, sabía que podría haberlo hecho fácilmente, incluso que me justificaría considerando que el innoble real era mi jefe, que como muchos otros no diría que no, la fidelidad o la lealtad a su pareja de toda la vida daba igual, ya había escupido sobre ella en múltiples ocasiones. Eso a mis ojos le restaba todo respeto, así como la certeza de que no conocía la integridad ni la empatía, era otro ser sin alma, incapacitado para la conmoción, de ojos inexpresivos e interior negro.

Mi situación en la empresa se hizo insostenible, así que me despedí porque ya era una necesidad para mí la lejanía y porque de cualquier manera no habría futuro para la actividad comercial.

Apenas transcurrido un mes, Ángel me llamó porque necesitaba verme urgentemente y yo no supe negarme.

Me contó el resto. No se entretuvo ni en chantajearlo, lo denunció directamente, eso unido a las denuncias de los clientes que veían deudas bancarias a su nombre por compras inventadas y unido a la información que puso en manos de su mujer, muy bien documentada con fotografías, de sus amantes, algún hijo cierto con nombre, apellidos y pruebas, tuvo como consecuencia un término abrupto con el suicidio. La denuncia iba firmada y en la declaración Ángel rubricó su firma con «su hijo natural», especialmente dedicada, original e inédita, exclusiva para él. Efectivamente mi ex jefe tenía mucho que purgar pero él no era Juez Supremo.

Después del relato me miró largamente, supongo que intentaba adivinarme, o aferrarse a algún rescoldo que no pudo ver por lo que cogió un cuchillo que tenía muy a mano y se lo clavó en el pecho. Yo no intenté nada, el pánico me paralizó, pero ¿cómo podía hacerse esto? y, sobre todo, ¿por qué tenía que ser delante de mí? ¿Por qué no me evitó esta visión?, ¿por qué tanto empeño en cegar mi mundo, en marcarlo con visiones indelebles y en desposeerme de toda pureza? Estas preguntas no me han abandonado nunca y serán siempre acompañantes fieles de mis fantasmas.

Terminó sintiéndose Prometeo a salvo de imprevistos, todo su daño fue por decisión propia, sin embargo, para mí ese juez enemigo del mundo que desafía al Dios inclemente era sólo una víctima, un sociópata convencido por amor más allá de lo que su ignorancia le revelaría jamás. Amó a su madre hasta estos extremos de destrucción y estaba dotado para amar a una mujer como nadie lo estuvo nunca.

 
 
 
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VICTORIA GUTIÉRREZ VALENCIA, es Profesora de Lengua Castellana y Literatura. Vive en Madrid. Formación académica: Filología Española (Universidad Complutense de Madrid y UNED); Filología Inglesa (1.er ciclo – Habilitada para dar clase en Secundaria y Bachillerato) y cuenta con el Certificado de Aptitud Pedagógica, expedido por la Complutense.


Contactar con la autora: viguva[at]yahoo.es

 

 

 Ilustración relato: Pintura (detalle) por Ana González Prieto ©
VER MUESTRA de esta autora, en Almiar.

 

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Revista Almiarn.º 69 | mayo-junio de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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