artículo por
Francisco Martínez Hoyos

 

«¿Por qué no vendemos este país
tan inmenso y horroroso y nos compramos
un país chiquitito al lado de París?».

No esperen en Abril (Alfredo Bryce Echenique)

 

Los escritores peruanos transmiten una visión crítica de la situación de su realidad nacional, comparable en ocasiones a la de los ilustrados o la de la generación del 98 en España. Así era a finales del siglo XIX, con el indigenismo de Clorinda Matto y su Aves sin nido; así fue a principios de los años treinta, con César Vallejo y El Tungsteno; así sería en los años cincuenta, cuando José María Arguedas publicó Los ríos profundos. Lo mismo sucede hoy, con escritores tan mediáticos como Jaime Bayly. En todos estos casos, la novela se convierte en un termómetro de la realidad social, susceptible de ser utilizada como fuente por el historiador a condición, claro está, de ser consciente de que el creador siempre añade a la realidad algo de su propia cosecha. A través de las ficciones, el lector puede palpar la realidad de las mayorías invisibles, las que llevan una existencia demasiado prosaica como para aparecer en las revistas de papel couché. De esta manera, nuestra comprensión del pasado se vuelve más real, al encontrar una ventana hacia aquellos que permanecen ajenos a la cultura letrada. Una ventana hacia «la palabra del mudo», por decirlo con la famosa expresión de Julio Ramón Ribeyro. No en vano, el gran cuentista pretendía expresar el sentir de «los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz» [1]. Así, sus páginas son el espejo de las frustraciones de los perdedores de Lima.

Por disímiles que sean los autores en cuanto a su orientación estética, a todos les une la visión más o menos sombría de la realidad nacional. Veamos, para empezar, al Vargas Llosa de Conversación en La Catedral: «¿No era una olla de grillos este país, niño, no era un rompecabezas macanudo el Perú?». En la narrativa del premio Nobel, esta idea, expresión de una relación de amor-odio con su país, se muestra recurrente. Años después, en Travesuras de la niña mala, encontramos la contraposición entre la confusión inherente a la república latinoamericana y la «claridad cartesiana» de París. El autor expresa así una antinomia propia de la modernidad: a un lado, las luces, la civilización, el progreso, representados por la ilustrada Francia. A otro, el caos, la barbarie, representada en esta caso por una incomprensible nación del tercer mundo. Un árbol que nació ya torcido, desde los tiempos de la independencia, cuando militares y charlatanes acapararon el poder.

Perú, desafío monstruosamente complicado, tanto que resulta ininteligible. «Creo que no entiendo ni siquiera qué está pasando en esta ciudad ni en este país», confiesa el atribulado Félix Chacaltana, protagonista de Abril Rojo, de Santiago Roncagliolo.

Perú, esa televisión en blanco y negro que no se puede ni comparar a la de Europa, en color, como dice Jaime Bayly en metáfora memorable. En el inicio de No se lo digas a nadie, una de sus mejores novelas, el comentario inocente del protagonista, aún niño, sirve para enfrentar con eficacia el universo de la pobreza y el subdesarrollo sin esperanzas, con el paraíso foráneo: «Mi papá me ha comentado que en Miami no hay ladrones ni chiquitos que piden plata en las calles». La ciudad norteamericana queda así claramente idealizada, algo inevitable cuando se parte de una circunstancia donde lo más básico no puede darse por supuesto.

Las novelas de Bayly, por cierto, no pretenden hacer realismo social, ni mucho menos literatura de denuncia. El autor en ningún momento oculta lo que es, un chico bien, sin problemas de dinero, que mira a las clases bajas con la curiosidad del entomólogo. Aún así, consigue reflejar un estado de cosas intolerable. Como en La noche es virgen, donde el protagonista, Gabriel Barrios, se amarga la vida pensando que Lima es una porquería. Por eso sueña con marcharse pronto y se evade a golpe de marihuana y cocaína, aunque en el fondo «la Horrible» es su ciudad y la ama tal cual. Mientras tanto, las expresiones dedicadas al Perú traslucen desesperación y rabia: «paisucho perdido en la cola del tercer mundo», «alucinante país de la improvisación y la criollada».

Por su parte, Ribeyro nos transmite una sensación de sinsentido. En Los otros, un cuento dedicado a evocar a los viejos amigos de la escuela o del barrio que se fueron prematuramente, tenemos Martha, una niña polaca de trece años. Con su familia judía, ha llegado al Perú huyendo de la barbarie nazi… solo para morir absurdamente ahogada «en las miserables aguas de un río miserable de un país miserable» [2]. Se mire como se mire, la frase no puede ser más dura ni más desoladora. La repetición de la misma palabra, en la que se engloba toda la realidad del Perú, refuerza el sentimiento de absoluta impotencia y humillación.

La nación, por tanto, supone un obstáculo, y no pequeño, para la realización de las potencialidades del individuo.

 

EL INFIERNO DE LAS CASTAS

 

Entre las problemáticas que reflejan los distintos narradores, sin duda la racial es una de las más angustiosas. El desprecio del blanco hacia el cholo, es decir, hacia el mestizo, se encuentra en todas partes, a veces con una brutalidad extrema. En No se lo digas a nadie, este desdén violento lo encarna el personaje de Luis Felipe, un arquetipo tan obsceno que despierta sospechas de caricatura, aunque lo cierto es que se aproximaba bastante a la realidad pese a la inevitable exageración literaria. Hombre de prejuicios firmemente asentados, atribuye a los cholos todas las taras imaginables. La cobardía, por ejemplo. Con ellos, la mano dura deviene un requisito indispensable. Hay que tratarlos sin contemplaciones porque esa es la forma de avanzar y ser alguien: «Aprende de tu padre, Joaquín. Si quieres salir adelante en el Perú, tienes que saber putear a los cholos». Cuando se trata de ellos, los límites éticos no existen. Tanto es así que se permite una fantasía homicida mientras enseña a su retoño cómo manejar un arma: «Para no fallar, imagínate siempre que estás disparándole a un cholo».

jóvenes peruanas

Lo peor es que estas fantasías, más que obedecer a un delirio paranoico, que también, responden a la seguridad del que está convencido de su poder, hasta el punto de que cualquier abuso resulta susceptible de impunidad. Exactamente lo que sucede en uno de los relatos más duros de Ribeyro, La piel de un indio no cuesta caro, en el que Pancho, un pobre muchacho, aparece muerto. Electrocutado en los terrenos de un club de la alta sociedad. El presidente, sin embargo, consigue que un médico certifique que la defunción se debe a una deficiencia cardiaca, no al accidente, con lo que elude cualquier tipo de responsabilidades. Es más, queda como un benefactor al hacer llegar a la familia de la víctima una suma para cubrir los gastos del entierro. Mientras tanto, todas las pruebas incriminatorias son convenientemente eliminadas. La impostura prevalece sobre la verdad, de manera que al protagonista, esposo de la sobrina del presidente, solo le queda agachar la cabeza, consciente de que rebelarse equivale a lanzarse contra molinos de viento.

En la vida cotidiana, mil y un detalles contribuyen, más que a fijar identidades, a fosilizarlas. Así, a través de una serie de rasgos, el grupo étnico privilegiado se diferencia del grupo étnico sometido, con lo que refuerza su poder. El idioma es uno de los factores que contribuyen a marcar el estatus respectivo: los blancos de clase alta saben inglés, los mestizos de clase baja, no. Es por eso que, en No se lo digas nadie, Ximena propone celebrar el cumpleaños de su hermano Joaquín cantando en la lengua de Shakespeare. No en castellano, porque eso es lo que harían los cholos. Éstos vendrían a ser, en el fondo, como otra especie, unas criaturas subhumanas que hasta tienen su olor específico. «Apestas a chola», le espeta a Luis Felipe su mujer, sin poder reprimir un gesto de repugnancia. Para ella, para las de su clase en general, los otros son apestosos por definición. Ni siquiera usan una marca de colonia aceptable.

Otro factor de segregación viene dado por la geografía. Los blancos procuran, en la medida de lo posible, evitar un territorio donde la presencia de los otros sea significativa. Así, en Los geniecillos dominicales, de Julio Ramón Ribeyro, Eufemia expresa su deseo de marcharse de un lugar que le desagrada. Y le desagrada por un motivo bien simple: está lleno de cholos. En cambio, su ausencia define a barrios privilegiados como Miraflores. Y, si los hay de todas formas, no se acepta que pertenezcan a la misma comunidad. Así, según la tía Delia, personaje de uno de los cuentos de Ribeyro, quienes integran las pandillas son cholos, no miraflorinos. El cholo representa, por definición, lo ajeno. Lo radicalmente otro.

Existe, pues, una geografía de la exclusión de perfiles estrictos, de forma que un espacio donde abunden los cholos es un espacio contaminado a ojos de los blancos acomodados, los pitucos. Ellos no van a dignarse a establecer una relación de igual a igual, por lo que rechazaran aquellos ámbitos donde se pueda difuminarse la segregación. Es por eso que, si una discoteca se llena de cholos, enseguida pierde prestigio a sus ojos. De ahí que el lugar adecuado sea aquel donde los inferiores no existen sino en función de su rol subordinado, el de criado.

Las expresiones y las actitudes de los personajes literarios son tan fuertes que nos hacen pensar en los no blancos, más que como grupos étnicos, como castas impuras a las que habría que evitar en lo posible. Porque sus miembros, por no ser, ni siquiera son «decentes». Porque hay que evitar contagiarse de su estigma, transmitido a los insensatos que se atreven a confraternizar con tales intocables: «¡Sólo a ti, Tere, se te ocurre juntarte con un tipo que se junta con cholos como ésos por las noches y por las calles oscuras…!» [3].

Cualquier vínculo con los mestizos ha de ser de naturaleza vertical. Unos mandan y los otros, su mano de obra, obedecen. En este contexto de rígida compartimentación, un vínculo horizontal aparece como una peligrosa extravagancia, casi como un atentado al orden social. La simple amistad entre un blanco y un cholo resulta, cuando menos, sospechosa. Por eso, en No me esperes en Abril, el protagonista, Manongo, despierta las suspicacias de Tere, que le pregunta por qué es amigo de un cholo. Para ella resulta tan inexplicable que lo atribuye a una relación homosexual. Manongo le responde con naturalidad que el otro es su amigo porque es su amigo, como lo son otras personas. No hay mayor misterio, ni nada sórdido.

Cholo se puede utilizar, en el ámbito doméstico, como apelativo cariñoso. Las más de las veces, sin embargo, se convierte en un insulto que se lanza sin miramientos, como quien arroja un estigma indeleble. Así, uno de los personajes de Conversación en La Catedral se refiere al general Odría, dictador en los años cincuenta, tildándole de «soldadote» y de «cholo». En Un mundo para Julius, Bryce Echenique nos ofrece otro ejemplo, de los que ponen los pelos de punta. En un colegio religioso, cuando los niños hacen propósito de enmienda tras la confesión, encontramos el de no llamar más al mayordomo cholo imbécil. El lenguaje cotidiano se hace eco de estas visiones peyorativas a través de términos como «cholería», sinónimo de tontería. Por otra parte, decir que un alguien ha tratado a otro alguien como «cholito» equivale a decir que lo ha tratado como si fuera idiota. Luego hallamos el verbo cholear, que, según la definición de la Real Academia, significa tratar a alguien despectivamente.

¿Por qué esta profusión de insultos racistas? Porque, como nos explica el psicoanalista Bruce, tales descalificaciones son las más eficaces a la hora de herir al Otro. Y esto es así porque tocan uno de los aspectos más sensibles de la autoestima del peruano [4].

Desprecio del blanco al cholo, al que el cholo contesta con rencor. Ambos términos sitúan al individuo dentro de una escala socioeconómica y adquieren su sentido por su valor comparativo: se es blanco o cholo por relación con alguien. No se trata, pues, tanto de tipos ideales como de categorías que responden a circunstancias concretas.

Todo depende del punto desde donde se mira la realidad. Vargas Llosa, en La ciudad y los perros, captó la ambivalencia de los referentes sociales. Así, el colegio militar Leoncio Prado, visto desde la pequeña burguesía o el proletariado, es una institución educativa de elite. Estudiar en sus aulas proporciona prestigio, concede estatus. Desde el barrio de Miraflores, en cambio, la admiración se trueca en desdén. Entre los blancos de clase alta, aquel lugar tan poco selecto, al que tiene acceso gente tan poco escogida, suscita en el mejor de los casos comentarios condescendientes.

Por eso, cuando su padre decide enviarle al Leoncio Prado, Alberto, alter ego del autor, le reprocha si no le importa que vaya a un colegio de cholos. La reacción altanera, con todo, ofrece un elemento de ambigüedad. ¿Refleja, tal vez, la consideración que le merecen al hijo de papá los que no comparten ni su color de piel ni su nivel económico? Es una posibilidad. La otra, perfectamente compatible, apunta a la astucia del adolescente. Si hay que evitar el correccional, me sirvo de los prejuicios racistas e intento crear un sentimiento culpable. Chantaje emocional, en suma. Que lo envíen a ese ambiente vulgar es lo que es, un castigo, una degradación. Pero, pese a sus protestas, su padre no está dispuesto a ceder. «Con los curas puedes jugar, pero no los militares. Además, en mi familia todos hemos sido siempre muy demócratas».

Vargas LlosaVargas Llosa sabía bien de lo que hablaba. Había sido un antiguo estudiante del centro, donde descubrió, tal como confiesa en El pez en el agua, su libro de memorias, la profunda diversidad étnica del Perú, reproducida a pequeña escala en aquel microcosmos. Allí se encontraban muchachos de todas las provincias, razas y condiciones económicas. Un sistema de becas más o menos amplio posibilitaba el acceso de alumnos de origen humilde, tanto de los suburbios de Lima como de los pueblos de la Sierra.

Un alma ingenua podría imaginar que de la confluencia en unas mismas aulas se derivaría el conocimiento y la comprensión entre personas tan diversas. Nada más lejos de la realidad. Porque un cholo sigue siendo un cholo aunque tenga estudios y los curse en el centro más elitista. Por más que demuestre su talento, o por más que su familia posea dinero o influencias, no dejará de ser un intruso en los círculos supuestamente «respetables».

Pero el racismo tiñe todas las capas de la sociedad, no solo al vértice de la pirámide. Que se lo digan, si no, a Juancito, el médico de La Vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique. En París alcanza honores académicos, pero en Perú le continúan discriminando, le continúan basureando, por utilizar un peruanismo deliciosamente expresivo. Pese a sus éxitos en la capital francesa, al regresar a su país solo cuenta el color de su piel, por lo que vuelve a ser un don nadie. Hasta se burlan de él si se le escapa una palabra en francés, interpretada como un signo de afeminamiento.

Quiérase o no, colegios como el Leoncio Prado no permanecen aislados del mundo real, donde la discriminación y el abuso de poder están a la orden del día. Por tanto, en las aulas, se reproducen las relaciones de dominación. Pensamos, por ejemplo, en cierta escena de No me esperen en Abril, donde una madre le pregunta al indio Pircy Centeno con qué derecho acude a un centro con demasiada categoría para los de su raza. Si le hace la cama a su hijo, su marido moverá los hilos para ayudarle entrar en la Escuela de Agronomía. Una vez más, el no blanco aparece como un ser al que se puede humillar con impunidad, porque su dignidad no cuenta.

En este caso, el criado ha de ser de sexo masculino porque la escuela, evidentemente, no es mixta. Pero se trata de una transposición al centro educativo de la realidad habitual en el terreno doméstico, donde los alumnos privilegiados disfrutan de servidumbre. Aparece aquí una dimensión del racismo que merece un análisis propio, el de las relaciones de género. Porque no olvidemos que las empleadas de hogar, por definición, son cholas. Que es tanto como decir ligeras de cascos o indecentes: el imaginario racista les atribuye unas libertades que no están bien vistas por la pacata burguesía. Mientras las muchachas comme il faut se retiran a sus hogares a una hora prudencial, ellas se dedican a bailar o conversar con hombres en plena noche. Es más, se dejan hacer «cosas» que las otras, blancas y acomodadas, jamás permitirían.

 

DERECHO DE PERNADA

 

La jerarquía social dicta que las sirvientas están para satisfacer a sus amos, aun íntimamente, en una especie de rito de paso obligado en el camino hacia la masculinidad. Ello es posible porque, desde su infancia, el niño ha aprendido a ver en la sirvienta no a otra persona, sino a un ser que puede dominar a voluntad.

Así, los cachorros de las clases bienestantes aprenden a convertirse en depredadores sexuales en un mundo donde el supermacho, el que cuenta con un plus de «capital erótico», lleva siempre las de ganar. ¿Acaso no admiran todos al «pinga loca» que los tiene bien puestos? Después, por descontado, todos alardearan de sus hazañas sin medir las consecuencias. Peor aún, sin que les importen. En Un mundo para Julius, Santiago se encapricha de Vilma, una de las chicas del servicio, con lo que solo consigue atraer la desgracia sobre ella. Sus padres, al enterarse de la relación, la despiden. En el momento de marcharse, una de sus compañeras le recomienda que se busque una casa donde no haya jóvenes. Las dos saben que el trabajo será, de esta forma, menos arriesgado. Por otra novela del autor, nos enteramos de cuál va a ser su destino: ejercer la prostitución durante un breve tiempo, hasta conseguir trabajo como planchadora en el hotel Bolívar.

Puede darse el caso de que el señor no tenga apetitos carnales hacia su sirvienta, pero, de todas formas, entre uno y otra quedan las barreras de clase, prácticamente infranqueables. En La hora azul, de Alonso Cueto, el abogado de éxito convive con una mujer de la que apenas sabe nada, apenas que procede de Cajamarca, cocina bien y quiere a sus hijas. Con eso basta. No necesita intercambiar con ella más palabras que las de cortesía y rutina.

«Uno de los misterios de mi casa. Un misterio rutinario. Un hombre alto y blanco que comparte el mismo espacio durante años con una mujer baja y de piel oscura, Justina. Ambos se ven todos los días, durante varios años, pero en todo ese tiempo no han cruzado más de cinco o seis frases distintas. Estas frases son los salvoconductos de su tránsito en la casa, las reafirmaciones de sus identidades. Son frases etiquetadas, cáscaras de palabras: buenos días, dígale a la señora que llego tarde, ¿podía servir el almuerzo temprano hoy?, muy bueno el almuerzo, gracias, Justina. Ya, señor. Podíamos convivir en el más sobrenatural y llevadero de los silencios» [5].

La cita ilustra perfectamente cómo la distancia entre ricos y pobres, por encima de las diferencias económicas, sociales y geográficas, es ante todo de naturaleza emocional. El protagonista reconoce que en San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado de Lima, se encuentra tan fuera de lugar como si estuviera pisando la superficie de la Luna. Si no fuera por las informaciones de televisión, informando de los resultados electorales, ni siquiera sabría de su existencia. Su mundo, en el que la gente maneja automóviles, se acuesta en camas anchas y disfruta de roperos llenos, se encuentra a años luz de la realidad de los desheredados. A lo largo de la novela, una especie de viaje iniciativo, se irá abriendo al lado más oscuro de la desigualdad social. Si antes la muerte y la pobreza no eran más que accidentes pasajeros en su existencia perfecta, ahora le parecen «dádivas recién reveladas».

Dádivas, un término que define muy bien sus sentimientos ya que él, gracias a su apertura, se va humanizando. Todo lo contrario que el privilegiado arquetípico, pagado de sí mismo y orgulloso de su estatus. El orden natural de las cosas, a sus ojos, se parece a una pirámide donde los suyos ocupan el vértice. A los otros, racialmente inferiores, no les toca sino obedecer y permanecer en su lugar.

La criada de La hora azul, como hemos visto, es una emigrante, una de tantas mestizas que ha llegado a Lima huyendo de la miseria para asentarse en suburbios paupérrimos que ni siquiera llegan a la categoría de barrios, tan solo a la de asentamientos humanos. Cueto cita el de Huanta 2, una zona creada por emigrantes ayacuchanos.

En la gran capital, las provincianas cuentan, básicamente, con dos salidas laborales: el servicio doméstico y la prostitución, a la que se dedicará esa chica norteña que le proporcionan al general Carranza en Un millón de soles, la recreación de la dictadura de Velasco Alvarado que nos ofreció Jorge Eduardo Benavides. «Y además recién llegadita», puntualiza Leticia, la madame encargada de entregar la muchacha al militar.

La compartimentación social es tan fuerte que a uno de los personajes de Los años inútiles, también de Benavides, le dan ganas de llorar. Contempla a unas cholitas salir un miserable instituto de computación, con unas «pretensiones de patucas» que no llegarán a materializarse en una sociedad tan cerrada. «Qué le hemos hecho al Perú para que se convierta en esta mierda de castas», se pregunta desalentado, consciente de que el suyo es un mundo donde la esperanza se pierde todos los días.

 

UNA MANERA DE ESCAPAR

 

Precisamente por eso, por la desesperanza, el único camino que aporta un rayo de luz es el de la emigración. Por eso mismo, en Travesuras de la niña mala, el tío del protagonista, Ricardo Somocurcio, se congratula de que su sobrino se haya marchado a vivir a Europa, lejos de un país donde lo normal es que Pascua caiga en diciembre, doliente manera de decir que lo anormal se ha convertido en regla, que el surrealismo alcanza el nivel de la cotidianeidad. Por su parte, Lily, la «niña mala», sale del Perú para escapar de una realidad de pobreza y racismo, en un camino que no tiene vuelta atrás. Para ella, su patria no es más que un amasijo de malos recuerdos de los que es mejor desprenderse, por una cuestión de profilaxis emocional. Por eso rompe con todo, incluida su familia. Quiere escapar, no importa a qué precio, de un país que para ella es «trampa, cárcel y maldición». La maldición de haber nacido donde el futuro no existe.

El problema es que, tanto ella como Ricardo, se convierten en desarraigados, criaturas de ninguna parte. Llega un momento en que ya no se les puede considerar peruanos. Si regresaran a su tierra, no serían otra cosa que extranjeros, ajenos a una realidad que hace tiempo dejó de ser la suya. Pero, por desgracia, tampoco son europeos, no llegan a integrarse realmente en ese primer mundo que tanto les atrae. A partir de los años setenta, Ricardo notará cómo crece el recelo hacia los inmigrantes, una desconfianza fundamentada, sobre todo, en la más crasa ignorancia:

«El pasaporte peruano despertaba desconfianza en algunas organizaciones a la hora de contratar un intérprete, pues tenían dificultades para situar al Perú en el mundo y averiguar el estatuto del país en el concierto de las naciones» [6].

Pasaporte peruano

Mientras tanto, el Perú, en lugar de avanzar, retrocede, hasta encontrarse inmerso a mediados de los ochenta en una especial violencia terrorista y desigualdades sociales pavorosas. Faltos de horizontes profesionales, la mayoría de los jóvenes tiene como prioridad marcharse al extranjero, sobre todo a Estados Unidos. ¿Cómo reprochárselo si nadie les ha garantizado un estándar de vida mínimamente razonable? A no ser, claro, que pertenezcas a la elite, porque en ese caso sí te sale rentable quedarte. La clase alta, como bien dice Adriana, el personaje de No se lo digas a nadie, prefiere disfrutar en Lima de mil comodidades que establecerse fuera, donde descendería al nivel de clase media. Donde —¡Horror!— ellos serían los cholos, los ciudadanos de segunda, por su origen latino. Dicho de otra manera: los privilegiados peruanos prefieren ser cabeza de ratón que cola de león.

 

AL BORDE DEL APOCALIPSIS

 

El terrorismo de Sendero Luminoso vendrá a empeorar una situación con pocos resquicios para el optimismo. Ribeyro, en uno de sus cuentos, lo considera un grupo de fanáticos que no vacila en instaurar el reinado de «la violencia, el terror y la muerte», en nombre de la hipotética justicia del mundo futuro, por la que cabe sacrificarlo todo en el presente.

En la interpretación que hace la oligarquía del conflicto, el componente racial tiene un peso decisivo: los senderistas les odian solo porque son blancos. Lima, mientras tanto, se llena de esas gentes extrañas y amenazantes, los cholos, fenómeno que despierta el temor de los que siempre han gobernado la capital. Éstos se sienten cada vez más arrinconados y en minoría, víctimas de lo que no dudan en calificar con un término fuerte: «invasión». Desde su arrogancia, la idea de que los demás tengan sus mismos derechos resulta literalmente incomprensible. Por eso, a la hora de buscar la raíz de la violencia, apuntan al general Velasco Alvarado, el insólito militar de izquierdas que en los setenta había protagonizado la «revolución peruana», con medidas como la nacionalización de loas grandes haciendas. Sus detractores le acusarán de haber despertado al monstruo, con su política de permitir a los cholos el acceso a la ciudadanía. Su mandato vendría a marcar un punto de inflexión, el momento en que «se jodió» el Perú, por decirlo con terminología vargallosiana. A partir de ahí, una sucesión de desastres culminaría en los ochenta con los apagones y los coches bombas de los senderistas. Con la «rebelión de las masas», se acabó el tiempo en que «las cosas estaban claras y las cholitas eran lindas».

Velasco es objeto de desprecio por dictador e izquierdista, pero también por cholo. A ojos de los privilegiados, un hombre así nunca se convertirá en un interlocutor mínimamente válido, por lo que ni siguiera merece la pena rebajarse a tratar con él:

«María Luisa, la esposa de Monsieur Mac Millan, se acerca a Manongo y le dice: “Amor —le dijo—, pero si el general Velasco quiso negociar la reforma agraria con ellos, con los padres de ellos, en todo caso, y con todos los hacendados de la Sociedad Nacional Agraria. ¿Y sabes qué? Se negaron a almorzar con un cholo, mi amor. Créeme que así fue, Manonguito, créeme que así fue…”» [7].

No es extraño, pues, que en la actualidad pueda contemplarse en Miraflores un monumento al repartidor de periódicos, en recuerdo de una rebelión antivelasquista. Como es sabido, el citado distrito limeño es una de las zonas más acomodadas del Perú.

Juan Velasco Alvarado

Para las hermanas doña Carmela y doña Estela de Foncuberta, viudas de los hermanos Carriquirrí, los militares izquierdistas de 1968 no pudieron ser más torpes. «Hay que ser realmente el colmo de la torpeza para quitarle su periódico a la gente y dárselo a los campesinos, a los obreros, a… a… a no sé quién más». Es decir, las clases populares no son realmente gente a los ojos de estas dos ancianas de pocas luces, protagonistas de Dos señoras conversan, una novela corta donde Bryce Echenique exhibe su característico humor satírico. Con una visión francamente estrecha del mundo en que viven, la propia de su clase social, ambas se dedican a añorar la Lima, lo hermosa que era Lima en los buenos tiempos, «cuando Víctor Raúl Haya de la Torre, siempre estaba preso y su partido aprista y del pueblo también siempre estaba preso». Después, todo se había desquiciado. Porque, a sus ojos, no puede ser normal que los hijos de una costurera o de un don nadie se atrevan a ir la Universidad. No son capaces de asimilar un cambio tan brusco y por eso sucede lo que sucede, que se acaban haciendo terroristas.

Su exageración es evidente, al identificar universitarios con senderistas. Sin embargo, tampoco se puede decir que vayan totalmente desencaminadas. Según Eric Hobsbawn, el maoísmo se convirtió en la ideología en alza dentro de la clase media chola, como mínimo durante los años de su formación superior. Para este conocido historiador marxista, semejante demostración de radicalismo político equivalía a una especie de rito de paso, comparable al servicio militar entre el campesinado [8].

El terrorismo significa barbarie, pero la represión gubernamental tampoco se mueve en parámetros demasiado civilizados. En Abril Rojo, al novelar un supuesto resurgir senderista, Santiago Roncagliolo apunta también contra la hidra del militarismo y sus perversas secuelas, sobre todo la fractura del estado de derecho. El protagonista, Félix Chacaltana, un fiscal bienintencionado que nos recuerda al Pantaleón vargallosiano, comprobará en su descenso a los infiernos que las leyes que él intenta cumplir se han convertido en papel mojado.

En Ayacucho, las apariencias van por un lado y las realidades por otro. Donde el discurso oficial presenta ciudadanos que ejercen libremente su derecho al voto, lo que hay es coacción y fraude para que gane las elecciones quien las debe ganar, el presidente. La investigación de una sucesión de asesinatos, a cual más brutal, deviene así el vehículo para mostrar a una nación profundamente escindida, hasta el punto de que el mundo de la sierra parece a años luz de Lima, esa metrópoli lejana donde nadie parece entender lo que sucede en las provincias. Sobre todo en una zona profundamente traumatizada por años de violencia dantesca, pero también por las barreras seculares que impiden la comunicación entre razas. A los ojos de un limeño… Mejor aún, a los ojos de un blanco… Los indios son seres misteriosos, impenetrables por su tendencia al silencio pero también porque hablan una lengua incomprensible, el quechua. Nadie puede saber, con seguridad, lo que realmente pasa por su cabeza.

 

¿FICCIÓN O REALIDAD?

 

Nos hemos centrado en obras literarias, cuyo valor artístico, como diría Vargas Llosa, no depende de su correspondencia con el referente real. Eso no significa, sin embargo que, bajo la capa de la ficción, la novela o el cuento no puedan reflejar circunstancias históricas. Por paradójico que resulte, las creaciones artísticas, envueltas en la fantasía de sus autores, pueden esconder más autenticidad que los textos que se dan a la luz con una voluntad explícita de objetividad, como son las investigaciones historiográficas o sociológicas. Con razón afirmaba Cornejo Polar, el insigne crítico literario peruano, que «a la realidad, y a la realidad más honda, puede accederse por el siempre imaginario relato novelesco» [9].

Ya en 1965, en el Primer encuentro de narradores peruanos, Ciro Alegría reconoció que él y otros muchos escritores habían proporcionado una imagen triste de su país, a la vez que denunciaban las injusticias y soñaban con un futuro mejor. Desde entonces, esa visión crítica se ha mantenido. Y en ocasiones acentuado, ya que la literatura no ha sido ajena a la tremenda crisis que sufrió el Perú desde mediados de los ochenta, con la hiperinflación y el terrorismo senderistas, hasta el punto de que el estado pareció al borde de la desintegración.

La novela, como espejo de la nación, ha reflejado múltiples problemáticas, entre ellas el racismo. ¿Exageran los escritores, quizá? Es difícil creerlo cuando una tienda de ropa, Designers, se molestó porque los cholos del conjunto musical Grupo 5 vestían también sus prendas exclusivas y carísimas, algo que otros clientes no alcanzaban a tolerar. Y, paradójicamente, el mismo Jaime Bayly que tan bien ha reflejado en sus libros el desprecio de los blancos hacia los cholos y los indios, se ha permitido declaraciones incendiarias acerca de lo incapaz que es la gente de la sierra, porque supuestamente, al vivir en tierras altas, llegaría menos oxígeno a sus cerebros. Todo porque votaban a un candidato que a él le parecía incorrecto. A él, estrella televisiva, blanco, de alta cuna y adalid del neoliberalismo contra la izquierda de Ollanta Humala. Su caso vendría a demostrar el racismo «consensual» de las elites, visible también en las declaraciones del primer ministro Pedro Pablo Kuzcynski, cuando éste se refirió a la oposición al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos: «Esto de cambiar las reglas, cambiar los contratos, nacionalizar, que es un poco una idea de una parte de los Andes, lugares donde la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro, eso es fatal y funesto» [10].

Vargas Llosa, Ribeyro, Bryce Echenique y otros reflejan, más que una organización clasista en el sentido moderno, un mundo estamental donde la raza se erige como barrera que impide el ascenso de un estrato a otro. La ficción da testimonio así del sentir de los peruanos, convencidos, como nos dicen las encuestas, de que el origen supone un factor determinante de diferenciación social, de manera que el ejercicio de determinados derechos se ve limitado en función del color de la pigmentación de la piel. Tal estado de cosas, a ojos de los privilegiados, equivale al orden natural de la creación. Para sostenerlo, como hemos podido comprobar, no dudan en emplear la violencia, incluida la sexual, convertida en un arma más del arsenal de la dominación.

 

OBRAS CITADAS

– BAYLY, JAIME. No se lo digas a nadie. Barcelona. Círculo de Lectores, 1994.

– BAYLY, JAIME. La noche es virgen. Barcelona. Anagrama, 1997.

– BENAVIDES, JORGE EDUARDO. Los años inútiles. Madrid. Alfaguara, 2002.

– BENAVIDES, JORGE EDUARDO. Un millón de soles. Madrid. Alfaguara, 2007.

– BRYCE ECHENIQUE, ALFREDO. Un mundo para Julius. Barcelona. Anagrama, 1995. (1.ª edición, 1970).

– BRYCE ECHENIQUE, ALFREDO. No me esperen en Abril. Barcelona. Anagrama, 1995.

– BRYCE ECHENIQUE, ALFREDO. Dos señoras conversan. Barcelona. Anagrama, 1998.

– BRYCE ECHENIQUE, ALFREDO. La vida exagerada de Martín Romaña. Barcelona. Anagrama, 2001.

– CUETO, ALONSO. La hora azul. Barcelona. Anagrama, 2005.

– RIBEYRO, JULIO RAMÓN. Los geniecillos dominicales. Barcelona. RM, 2008.

– RIBEYRO, JULIO RAMÓN. La palabra del mudo. Barcelona. Seix Barral, 2010.

– RONCAGLIOLO, SANTIAGO. Abril Rojo. Madrid. Alfaguara, 2006.

– VARGAS LLOSA, MARIO. Conversación en La Catedral. Barcelona. Seix Barral, 1985.

– VARGAS LLOSA, MARIO. El pez en el agua. Memorias. Barcelona. Seix Barral, 1993.

– VARGAS LLOSA, MARIO. La ciudad y los perros. Madrid. Alfaguara, 2004.

– VARGAS LLOSA, MARIO. Travesuras de la niña mala. Madrid. Alfaguara, 2006.

 

NOTAS:

[1] RIBEYRO, La palabra del mudo, pág 7.

[2] RIBEYRO, La palabra del mudo, pág 985.

[3] BRYCE ECHENIQUE, No me esperen en Abril, pág. 71.

[4] BRUCE, JORGE. Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo. Lima. Universidad de San Martín de Porres, 2007, pág 41.

[5] CUETO, La hora azul, pág 200.

[6] VARGAS LLOSA. Travesuras de la niña mala. Madrid. Alfaguara, 2006, pág 144.

[7] BRYCE ECHENRIQUE, No me esperen en Abril, pág 528.

[8] HOBSBAWN, ERIC. Años interesantes. Una vida en el siglo xx. Barcelona. Crítica, 2003, pág 345.

[9] AA.VV. Primer encuentro de narradores peruanos. Lima. Latinoamericana Editores, 1986. pág 22.

[10] Inclusión vs. Racismo. Perú 21, 15 de julio de 2006. Véase también BRUCE, pág 11.

 

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Francisco Martínez Hoyos


Francisco Martínez Hoyos
, es un historiador y escritor catalán.

Contactar con el autor:fmhoyos[at]yahoo.es

 

 

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