poemas por
Emilio Sierra García

 

Descíframe el rostro de esos ojos,
el mapa de tu alma es claro.
Descubre lo que bajo el velo ocultas,
si es que no te pesa
confrontarte tan sagrada con este légamo.
Dame algo de ti sin mí,
llévate esta soledad y su terrible sordera.

Arranca, quema y tortura, mujer,
reúne en un haz estos fragmentos
de carne dispersos, estas alas con ansias de tierra.
Hazme aire y devora la delicia
que tú preferiste entreverada en mugre y sueños.
Abiertas están mis venas a tu gracia.
Queda poco tiempo, todavía gotea el cuchillo.

Búsqueda

No busco ya el rostro que todos tienen,
lodo gris de transparencias finito,
sondeo el aire y la calle de hito en hito
a la caza de donde ellos provienen.

El ojo opaco y mudo me retiene,
la boca, sus labios, todo lo quito
para ver si a lo inefable incito
en sus rostros y quieto se detiene.

El mar, la música, el sueño hecho sílex,
lo infinito acariciado por manos
terrenas, el semblante de algo más

o menos brumoso, fiel hálito humano,
las raspas intangibles de los demás,
el hosco espacio más allá de lo vano.

Se busca poeta

Se busca poeta y alma que habitar y cuerpo en que dormir
para hazañas insuperables. A mí me queda poco ya,
(lo dice la voz de mi ceniza).

Busco poeta que contemple callado el trueno,
su ruido vano de mandoble estéril, taladrando en torbellino el ojo,
alguien que reconozca cómo la tormenta viene siempre en secreto
para renovar con sorpresa el mundo horadando un firmamento vacío.

Busco poeta que sepa que no es el salto sino el paso lo que da vértigo,
y que el reojo hace bizcos; un poeta que no fije su ansia en el hambre tenue,
sino en los pájaros sin alas, enloquecido por la ternura,
adormeciendo dulce la mansedumbre de los hijos rebeldes, despertándoles.

Se busca poeta que, en tiempos oscuros, mayor sea la dádiva de su luz,
y alumbre el tronco seco con el que tropiezo en el camino,
más mortífero que el pico o el hacha, como la lluvia
que se mete en las grietas y ensancha la distancia.

Busco un poeta que me ayude a conjugar del infinito su gracia y su verbo.

Se busca poeta, a ver si lo encuentro.

Solo papel

Vuelve a estar en blanco ante mí, en sobria diástole,
como la lluvia que sin sangre cayó, la hoja nunca escrita.

No levantaré el velo de lo prohibido
para así no decir lo que tú eres, si es que eres tú,
y no decir lo que yo soy, si es que soy yo.

Sigue en blanco y así permanecerá.
No es bueno que el hombre esté solo,
pero tampoco es bueno dibujar aquí tu rostro.

No es bueno acercar la mano temblorosa del alma
a la roca de recias raíces que cincela la historia,
pero tampoco es bueno apagar la luz que se hace ruido.

Dormiunt vigilat (Donetsk, diciembre 2022)

Rostros.
Rostros tersos en su dureza.
Rostros y piedras,
miles de ojos mudos
clavados desnudos en las paredes.

Aquí, donde el hombre fue vasija,
donde el mundo se deshizo
en fuego como papeles.
Párpados ciegos,
sangre de corazones anochecidos,
restos de restos
en los cadáveres vivos,
carretadas de cieno
y dichos de tiniebla embarrada.

¿Y Dios?
Silencio.
¿Y la humanidad?
Tal vez debería callar
y, sumida en la ausencia
de la celda que es el mundo,
recorrer la distancia
hasta la pregunta:
¿Y tú?

El maestro de lo imposible

¿Quién mira el sol
mientras este se destruye
y muere despacio
en su fulgurante y triste luz?
¿Quién atiende el rumor
de la ola que acaba,
firme y suave,
sobre la dura roca?
¿Quién pretende
sorber la sangre
y el hálito del vuelo
en la última ave del día?
¿Quién resistió
a la noche que atenaza
en sueños, sin prisa,
sopor y silencios?

¿Ha existido alguien
capaz de esta vida?
Fue él y todavía ama;
hoguera de hiel, sal
y fragor: el maestro de lo imposible.

Fábula de Eco

Alto, donde sopla el viento, tú caminas
pisando grávida de luz el bosque
que hierve a tu paso hecho lumbre.
La flor del magnolio, inalcanzable, ha caído
para verte y las hélices de los pájaros
se detienen al querer escuchar tu canto.
Jinete de negras mariposas jadeas,
cabalgando sobre las tierras purpúreas.

A tu paso la yacija de hilo espinado se calcina,
se vuelve hogar ardiente el revoco triste
de las rocas, sus hendiduras escarbadas por el viento.
Los ciervos pastan en el aire
y describes tú nuestros ángulos ciegos,
mis escollos, sus nudos, dejándonos mudos al son
de una parálisis apalabrada en sorpresa.

Si te buscan, te vuelves lóbrega oscuridad diáfana,
agarrándote como la niebla a la montaña,
asiendo lo bello de la luz en hurto sutil.
Tú abombas el poliedro de este mundo garabato,
moldeas su nervio central que transparente todo lo punza.

Pálidas zarzas te preceden,
te recuerdan en tu amnesia el rechazo.
Portas el caos en las entrañas,
canícula que exhibe las fauces
de forajidas y caóticas carroñas.
Pareces fúlgida y complaciente.

Restos y rastros habitan los hombres
y con su hambre arrostran pesadas cadenas de aire,
rostros secos de árboles que persisten
en la obsesión por un silencio frágil
como sus ramas. Más frágil eres tú.

Tú, que con tu voz tundes el cuero,
bruñes el oro y tuestas el fango,
sacándonos de nuestros delirios;
escóndete pronto en las cavidades
por las que oscilas:
los troncos viejos, las hojas de hiedra incandescentes,
siempre en movimiento,
como el fuego seco, que en el trato falta
al acariciar sin afecto los labios y las lenguas
del río impertérrito.
Solo él se mostró lejano e intacto.

A orillas del barro resuena tu tuétano
por amor a Narciso y a su tibio moho.
Ese estanque esmeralda por el que pasas
con sus tenazas suave e inexorable le abrazará.
Él no es tu mies.
Eco, tú has de anonadar sílabas
en las pisadas tan extrañas de tus huellas.
Silueta de arena y añoranzas, sol envuelto en seda,
tu tenue tallo no permite que obvies la pregunta
que a todos obsesiona:
¿Dónde guardas tus cadáveres?

Autopsia de la palabra

La palabra es una lámpara, sí,
pero ¡tan pequeña en medio de tantas oscuridades!
Constante, de acuerdo,
pero entremedias de un cosmos caótico
que parece que a cada momento la va a engullir.

La tinta que la plasma es una tumba que sepulta
un mundo antiguo de razones, titanes y cavernas;
restos pútridos de la uva prensada,
despojos de un tornado que ladra una silenciosa balada.

Palabras, dibujos en el aire,
sogas con alas,
maravillosas máscaras humanas.

Palabra: débil astilla
de mudos afanes
al aire en vertical lanzada.

Un combate la exprime
con sus avezados escuadrones,
y en el colmo del riesgo
no se arredra ante el ser y su sonrisa.
Un alcázar la guarda contra estetas ambulantes
para seguir domando el rayo y la lumbre oscura
en las brasas de negras luces,
y verter el vacío de la desolación
en la azarante y exigente belleza:
Un grito es la palabra, lugar donde se es lo que se ve.

Subterráneo es su principio siempre,
presente que se clava hirsuto
en el óxido transparente, púa que rememora
a cabezazos demente, las ásperas caricias deslenguadas.

Nos otorga la espada que, destemplada, se quiebra,
para acometer el empeño divino y leal de los nombres,
la forja en donde las polillas se entallan.

 

Emilio Sierra García. Nació el 13 de enero de 1988. Ha estudiado Filosofía en Madrid, recibiendo el doctorado con una tesis sobre la relación entre la estética, la libertad y el problema del mal. Actualmente, compagina la docencia en el ámbito universitario y escolar con la escritura creativa. En lo que se refiere al mundo de la poesía, ha sido finalista del premio Adonáis en los años 2016 y 2017 con los poemarios Versos para nadie y Silentium y otras voces. Ha publicado algunos poemas en revistas como Piedra del Molino y medios digitales. Su primer libro de poesía que ha visto la luz es Versos para nadie en la Editorial Amarante (2022). Recientemente ha recibido el premio «La Nunca Poesía» de Ediciones Oblicuas por el poemario Estupores, publicado en abril de 2023. Estupores también ha sido finalista en el X certamen nacional de poesía «Antonio Fernández» (2022).

email Contactar con el autor: emilio-si[at]hotmail.com

Ilustración: Imagen pública de un usuario de la red de IA leonardo.ai

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