relato por
Víctor J. Hernández Ponce

 

L

as puertas se cerraban, corrían descalzos hacía ellas pero un rayo de luz se colaba apenas, haciéndose cada vez más delgado, hasta que murió con el sonido de las puertas al chocar. Todas las caras se miraron, y los brazos daban ánimo en los hombros, algunos empezaron a preguntarse cuánto tiempo pasaría hasta que las puertas se abran. ¿Cuánto tiempo podemos vivir sin la luz del sol? Hasta el fondo uno se lamentaba, y dándose golpes en el pecho repetía: «Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa». Algunos, sorprendidos, reclamaban que en todo caso ellos no habían hecho nada, que la culpa no era suya, y con un gesto de lavarse las manos se desprendían del asunto, daban la vuelta y cruzaban los brazos. Un segundo afirmó que la culpa era de todos, que Dios no castiga en vano, y extendiendo los brazos hacia arriba afirmó que no podíamos dudar ahora que lo hemos visto frente a frente; le siguieron distintas reacciones; uno, giró los ojos, como acusándolo de falso, quizás lo conocía antes de todo esto; otro, asintió despacio, como no queriendo, y reconocía en su interior que Dios existe pues lo ha visto; justo sobre la puerta uno empujaba y golpeaba, cuando notó el ruido que emergía de sus actos irrumpiendo el silencio de los demás, giró y extendiendo los brazos juró que éste no era Dios, que el Dios que él conoce perdona, que es misericordioso, benevolente y bondadoso, que éste era alguien más. No decía quién, pero una imagen nos inundó la mente, incluso de quienes querían evitar pensarlo. —Dios igual castiga —se alzó una voz—, no podemos pretender que lo perdone todo, de ser así los diez mandamientos no existen, y los pecados tampoco, porque Dios lo perdona todo. Es decir, lo mismo daría que viva hasta mi muerte siguiendo a la Santa Iglesia, y que tú mates y asesines, como Dios perdona compartiremos el cielo. —El problema es que no quieres compartir el cielo —otra voz.

La oscuridad de la noche terminó por hacer perder las sombras que se dibujaban. Algunos durmieron recostados en alguna pared, otros caminaban buscando un espacio pero chocaban con algunos cuerpos. Hubo algunos problemas, pero la primera noche, en general, estuvo bien. Todos respirando.

Cuando la oscuridad te invade hasta este grado, donde te cuesta imaginar tus propios pensamientos, incluso el aullido de un lobo a lo lejos te recuerda que hay vida, y que tu muerte no cambiará nada, que el mundo seguirá girando, entonces asusta menos. Yo creo que en realidad tenemos un miedo más profundo, más general, que emerge de las raíces del ser y explota en la piel, tenemos miedo de perdernos como raza, como espíritu, como materia pensante, y delante de nuestra muerte se alza una pared de narcicismo y pecamos todos, aquí nadie se salva, de una vanidad gigante, que nos hace creer que nuestra muerte podría cambiar algo, aunque sea un pequeño detalle, en el curso de la historia. ¿Quiénes somos nosotros en comparación al universo? Incluso el polvo parece una palabra más grande, con más pasado y probablemente con más futuro que la palabra humano.

Las sombras volvieron a distinguirse, poco a poco, conforme iluminaba el sol. Tres días pasaron de esta manera hasta que el sol parecía cada vez más lejano. El frío cortaba el cuerpo, y conforme fue avanzando se fue volviendo más difícil. Algunos afortunados habían llegado aquí con algún pobre abrigo, pero otros, en los peores casos, caminaban sin prenda alguna. No es necesario decir que algunos no lo soportaron, pero ya lo he dicho. Pocas horas después de los primeros muertos, la preocupación aumentó y se generalizó. El tipo que se había culpado, ahora reclamaba que era suficiente castigo, y se daba calor con sus manos, pero con toda la desesperación no se había dado cuenta que a pocos metros de él se encontraba un cuerpo helado, sin vida ni alma, tan solo el cuerpo.

Una voz se alzó sobre el aire y dijo:

—Alguien tiene que hacer algo. Vamos a morirnos todos.

—Solo Dios podría cambiar las cosas —contestaron.

—Pero esto es lo que Dios hizo, Dios no va a liberarnos, Dios no va a perdonarnos. Nos va a matar.

—Dios es un asesino —confirmó otra voz.

—¡Nunca vamos a salir de aquí si no se arrepienten! El castigo eterno será para ustedes, los que creemos, como yo, saldremos pronto y el cielo será para siempre.

—Hemos visto a Dios, y no es benevolente, ni bondadoso, nos encerró para siempre, sin luz ni sol, sin ruido más que nuestras voces, sin vida más que nosotros, ¡Sin nada más que nosotros!

—Tenemos que escapar, y rebelarnos contra Dios. ¡Todo es su culpa! Pues él es todopoderoso, somos creación, nacidos a imagen y semejanza, no tenemos culpa alguna.

—Si alguien tiene la culpa, es él. Si alguien debe pagar, es él. Si alguien debe decidir, por vez primera, el futuro de su vida, somos nosotros.

—¡Rompamos las paredes!

Un grito generalizado se alzó, y los golpes en las paredes empezaron a sonar como una mala sinfonía. Golpe tras golpe la esperanza de salir se perdía, pues las paredes no se movían, no quebraban. Cuando parecía que todos se rendían, cuando eran muy pocos los que seguían golpeando, un rayo de luz iluminó por completo la habitación, y el calor llenó el cuerpo de los que morían de frío. Todos corrieron y siguieron golpeando, con más fuerza que nunca. La pared empezó por temblar, hasta que cayó por completo. La primera reacción fue un grito de emoción, con los brazos al aire corrían y se abrazaban. Pocos minutos pasaron hasta que los gritos cambiaron, salían esta vez desde el pecho, rompiendo la garganta. Algunos corrían por donde podían, tropezando con los cuerpos ya muy poco helados. Otros, giraban sobre el piso. El calor derritió la ropa de los que tenían, y se les pegaba ésta a la piel como plástico. Los cuerpos se doblaban, algunos parecían convulsionarse pero solo era la desesperación. Cayeron todos, de uno en uno.

Dios alzó la vista, cruzó los brazos. Después de pensar un rato, apagó el foco y alzó la caja. Miró su reloj y exclamó: —Ésta vez duraron un poco más.

línea texto relato Víctor J. Hernández Ponce

 

Víctor Javier Hernández Ponce. Joven autor nacido en San Francisco de Campeche, Campeche, México. Militante y articulista en la Izquierda Socialista. Lector voraz, activista social. Estudiante de la Licenciatura de Derecho. Ha sido recientemente publicado por el Centro de Estudios Poéticos.

📩 Contactar con el autor: vhpvhp29 [at] gmail.com

📸 Ilustración relato: Composición fotográfica por Pedro M. Martínez ©

 

biblioteca relato Puertas

Más relatos en Margen Cero

Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 64 ♦ Reciente: 1)