artículo por
Emilio González Martínez

 

No a todo. No, quizás, lo que Ud. espera.
Tampoco responderá si la respuesta significa
la desgracia de la pregunta.

 

A quién le interesa negar la existencia de la sexualidad infantil y, al mismo tiempo, negarle existencia a la sexualidad en la vejez. ¿A quién le interesa?

Le puede interesar a muchas personas, pero sale ganando la línea ideológica que propugna que la sexualidad quede recluida en su cuarto, al servicio, a las órdenes de los tiempos que la especie marque para su reproducción.

Pero resulta que la especie no es un problema del sujeto psíquico, en todo caso, es una violencia que se ejerce sobre él, y para que soporte esa irrupción, le conceden lujurias las justas y requeridas para cada ceremonia de la especie, y a su mayor gloria.

Y resulta también que los niños nacidos por y para la reproducción de la especie, también nacen a una cultura. Podríamos decir que cientos, miles de años acogen a esa criatura.

La cultura es algo perfectamente prescindible en el orden de la especie.

De manera que el niño nace mudo, más no acallado y pasa, en adelante, a ser «hijo».

Y aunque salte a la vista, según dicen, que nacen niños y niñas, esta evidencia cae sobre la ausencia de representación de masculino y femenino que ostenta el sujeto psíquico. Quiere decir que hay que trabajárselo. Si la llamada identidad sexual es algo, es una búsqueda.

Siempre y cuando la búsqueda no se vuelva turismo sexual.

Otra cosa de la que no tiene representación el sujeto psíquico es la muerte. Si, por supuesto, de los muertos, diferencia que se palpa en este Sueño de la muerte: 

 

Sueño de la Muerte (fragmento)

Francisco de Quevedo

 

En esto entró una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas, cetros, hoces, abarcas, chapines, tiaras, caperuzas, mitras, monteras, brocados, pellejos, seda, oro, garrotes, diamantes, serones, perlas y guijarros. Un ojo abierto y otro cerrado, vestida y desnuda de todas colores. Por el un lado era moza y por el otro era vieja. Unas veces venía despacio y otras aprisa. Parecía que estaba lejos y estaba cerca. Y cuando pensé que empezaba a entrar, estaba ya a mi cabecera.

Yo me quedé como hombre que le preguntan qué es cosi y cosa, viendo tan extraño ajuar y tan desbaratada compostura. No me espantó; suspendióme, y no sin risa, porque, bien mirado, era figura donosa. Preguntéle quién era, y díjome:

—La muerte.

¿La muerte? Quedé pasmado. Y apenas abrigué en el corazón algún aliento para respirar; y muy torpe de lengua, dando trasijos con las razones, la dije:

—Pues, ¿a qué vienes?

—Por ti —dijo.

¡Jesús mil veces! Muérome según eso.

No te mueres —dijo ella—; vivo has de venir conmigo a hacer una visita a los difuntos. Que pues han venido tantos muertos a los vivos, razón será que vaya un vivo a los muertos y que los muertos sean oídos. ¿Has oído decir que yo ejecuto sin embargo? Alto, ven conmigo.

Perdido de miedo, le dije:

—¿No me dejarás vestir?

—No es menester —respondió. Que conmigo nadie va vestido, ni soy embarazosa. Yo traigo los trastos de todos, porque vayan más ligeros.

Fui con ella donde me guiaba. Que no sabré decir por dónde, según iba poseído del espanto. En el camino la dije:

—Yo no veo señas de la muerte, porque a ella nos la pintan unos huesos descarnados con su guadaña. Paróse y respondió:

—Eso no es la muerte, sino los muertos, o lo que queda de los vivos. Esos huesos son el dibujo sobre que se labra y forma el cuerpo del hombre. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte. Tiene el rostro de cada uno de vosotros, y todos sois muerte de vosotros mismos. La calavera es el muerto, y el rostro es la muerte. Y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo. Y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte y lo que le sobra a la sepultura. Si esto entendierais así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí su muerte cada día y la ajena en el otro, y vierais que todas vuestras casas están llenas de ella y que en vuestro lugar hay tantas muertes como personas, y no la estuvierais aguardando, sino acompañándola y disponiéndola. Pensáis que es huesos la muerte y que hasta que veáis venir la calavera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero sois calavera y huesos que creáis que lo podéis ser.


Decíamos, la muerte y las diferencias sexuales no tienen representación en el sujeto psíquico.

Y cuando digo «sujeto psíquico» me refiero al iceberg completo, no sólo a la poco que se ve. También a esa máquina ciega, maquinal, no mecánica, invisible, que sabe lo suyo aunque no lo sepa y siempre más de lo que yo creo conocer, así duerma, así venga a despertarme con un sueño.

Qué razón llevaba aquel pensador que afirmaba: «el animal es lo que es, el hombre es nada».

Quiere decir, el animal viene con dirección asistida para todo lo que atañe a la supervivencia: si puede, come, si no puede, ya comerá. Si puede duerme, si no, ya dormirá, defeca cuando se le viene en gana y en época de celo, a follar.

El hombre —como es nada—, hasta lo que le es dado, se lo tiene que trabajar. En todo está atravesado por un desacuerdo esencial, funciona descompuesto. A diferencia del animal, sabe que va a morir.

Es aquello de: «Lo que has heredado, conquístalo para poseerlo».

Te dieron un nombre y te dijeron que era propio, cuando nada hay más impropio. Ahora te corresponde hacerlo tuyo, apropiártelo. 

Ahora bien, además de pasar a ser «hijo» por haber nacido, tiene un padre y una madre. Son funciones, no personas, quiero decir que esto debería no estar excesivamente personificado.

A las personas se les requiere  que abandonen lo infantil pero quedándose con la apasionada curiosidad, con el afán investigador, con el placer de disparatar, que disfrutaron siendo «hijos» y se conviertan en padres o madres, dejando de ser hijos. Lo que no quiere decir dejar de saludar a los señores padres y señoras madres de cada uno.

Digo todo esto porque muchos de los conflictos familiares en las relaciones de pareja y entre éstos y los hijos surgen de que hay hijos que se han puesto a tener hijos.

Y aquello, más que una casa con algunos sitios para los niños, se convierte en una guardería con una habitación para que se recluyan los mayores, sin demasiada intimidad.

El don de la reproducción sexuada viene acompañado de una pareja de señoritas dispares: la sexualidad y la muerte. De ninguna de ellas me salvo por no tener hijos.

Padre, madre, hombre, mujer, es mucho más que un cuadrilátero, es una sopa lógica en la que, se supone,  juego mi sexualidad.

Poder  pensar  que  mi  padre  es  un  hombre  y  mi  madre una mujer puede llevarme a desconcertantes conclusiones: —¡entonces  ellos  también  follan!—, aunque estén muertos. Se notará que sigo hablando de funciones, de las marcas simbólicas que hace el caminar.

La vida es el camino más largo hacia la muerte y el conjunto de fuerzas que se oponen a ella.

La muerte es un futuro que está en mí, el único irreductible.

Es lo que se repite en mí y la repetición misma. Punto.

 

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Emilio González Martínez es Psicólogo y Psicoanalista, nacido en Buenos Aires en 1945, reside y trabaja en Madrid desde 1977. Ha publicado los poemarios: El otro nombre (1986); Tragaluces (1991); Talleres de poesía (1995, enEmilio González Martínez colaboración) y Hojas debidas (2001). También ha publicado: Inconsciente como Lenguaje. Del Signo en Saussure al Significante en Lacan (1987); Psicoanálisis de la Angustia (1994); Moral y ética en psicoanálisis (2005), La vida cotidiana al diván (2007); El deseo en la vida cotidiana. La ética del psicoanálisis (2007); La sexualidad y el poder desde el psicoanálisis (2009) y Nuestras cosas de todos los días (2010). Ha colaborado en los libros Neurosis, Perversión y Grupalidad (1994) Medicina Psicosomática (1996), Vigencia de Sigmund Freud. La transferencia (1998).
www.eprivas.com

 

Ilustración: Fotografía por Pexels / Pixabay [dominio público]

 

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