relato por

 Nadia Contreras

 

1

Corro las cortinas hasta el tope de la oscuridad. Le temo a los voyeristas. Si los hay en las azoteas, cuando estoy bajo la regadera, cierro la ventana. No pienso en las heridas, no pienso en los jovencitos que huyen para encontrarse en un motel, no pienso en el tiempo inclinado contra nuestra edad. Todo lo que hago se resume en caricias. Caricias desde el primer día. Rodeados de amigos me alcanza su pie, me roza la pierna, la entrepierna… jugueteamos. «Nadie se da cuenta ¿o sí? Salgo de un matrimonio doloroso, intolerable. Tú más que nadie lo sabe». Entonces escribo: «En el nombre de dios, de su hijo y mis desvelos, te pido no me dejes sin caricias. Por este siglo y por el que vendrá, sin pausas, sin avisos divinos. No me dejes sin caricias ahora que eres vértigo en mi lengua y todas las cosas, las de este mundo y las del otro. Aunque el mar sea ola de rostros ajados y la arena el vientre de la madre que llegó tardía; aunque no vengan los hijos, no me dejes sin caricias. En nombre de dios, de su hijo y mis desvelos». Vuelvo a su cuerpo. Las caricias, de pronto, nos han agitado y yo soy el centro del éxtasis. Palpo, huelo la piel sudorosa. El temblor es algo nuevo para mí.

 

2

 

«Hablemos de la noche anterior» —me dice—, y yo hago como que no escucho. No sé qué decirle, no sé si soltarme a llorar o llenarlo de besos. Vamos en auto. Observo la ciudad y lo observo a él que se ha quedado en silencio. Amo sus gestos, sus actitudes, su cuerpo. «No sé qué decirte, sólo, que por vez primera comprendo lo que es el placer, lo que es el amor. Todo lo que sabía del amor era por las películas: la cita a ciegas, la chimenea encendida, las copas, el desayuno en la cama al día siguiente». No agregué, en contracorriente, la mujer transformada que lentamente se acercó al altar. No ocurrió nada. Me senté, recuerdo, en la orilla de la cama imaginándome empujada a la pared por los besos, las caricias, los susurros. «Estuviste excepcional» —repite—. Me someten sus manos, su boca, su cuerpo. Es la noche anterior. Llueve dentro de mí. Cae la lluvia sobre los árboles, sobre los techos, sobre el asfalto, sobre mi cuerpo caliente. Yo misma soy la lluvia adentro de la noche, adentro de la ciudad y sus espejos. «El pasado es una historia que jamás podrá repetirse» —sentencia— y yo le creo. No existe más el corazón cuarteado.

 

línea párrafo minirrelatosNadia Contreras (Quesería, Colima, 1976). Poeta. Presencias (Mantis Editores, 2008) es su último libro publicado. Radica en Torreón. Coahuila, México.

Página Web: La eterna enamorada del viento
(www.nadiacontreras.blogspot.com/)

Lee otro relato de esta autora: Persistencia de las cosas íntimas
Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 60 / septiembre-octubre de 2011
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