relato por
Adán Díaz Cárcamo

 

E

s tarde, siempre lo es. No sé por qué te quedas ahí mirando el borde del ordenador como si una epifanía fuera a aparecer. Si alguien te viera desde fuera diría que tienes la cara de un personaje futurista de alguna película de John Carpenter, alguien que en su mente va a salvar al presidente. Es tarde y no sabes porqué te quieres quedar en ese recinto diario por donde aterrizan fotocopias, resuenan marcadores y se generan micropresas de pésimo café para las hormigas que en la noche lo degustan. Es tarde y no quieres llegar a casa porque no tienes nada que hacer más que envolverte en miseria cotidiana, abrazar fantasmas del ayer y lamer tapas de yogurt caducadas. Es tarde para todo; para fingir, para mandar mensajes, para inventarte.

De momento suena el celular: son tus dos mejores amigos, ese tipo de seres del mismo planeta que tú, criados por un extraterrestre que los amamantó al mismo tiempo con sus ocho tetas llenas de leche contaminada de plomo. Están en un café de la calle Krasnodar, junto a la tienda de ropa horrible de la loca que expulsaron en segundo año de preparatoria. Te recuerdan que la reunión con su nuevo posible jefe es en 10 minutos. Ir a esa reunión es el parteaguas de tu vida presente, si les aprueba el proyecto podrás abandonar el trabajo de mierda al que estás sometido gracias a que Marx y Lenin fracasaron en todas sus propuestas comunistas. Después de la reunión irás con tus amigos a tomarte un par de cervezas. Es la excusa perfecta para no ir a tu casa y para por fin tener una razón de vida más allá de las fotocopiadoras y las fiestas de oficinistas a las que no quieres asistir y que además, junto con el concepto de horripilante, se encuentran en el mismo campo semántico dentro de tu cerebro.

Vas caminando por la calle y olvidas la epifanía de la esquina del monitor, aquella que nunca ocurrió. Te quitas la corbata y la metes mal doblada en tu bolsillo derecho que tiene un pequeño agujero por donde siempre se van las monedas de cinco centavos. Te desabotonas el cuello y sientes que las dos manos que te ahorcaban se sueltan como si alguien le hubiera dado un balazo por detrás al enemigo que te aprisiona todos los días a las siete de la mañana.

Llegas a donde has dejado la bicicleta y piensas en el carro que tendrás cuando aprueben su proyecto. Será azul marino, deportivo, con asientos de piel y una gran pantalla que te diga dónde ir. Desatas la bici y te montas. Inmediatamente la calle es una pista de acetato que puede tocar una canción de Billy Paul, la de Am I black enough for you? Tus manos sienten el acojinado manubrio, el viento golpea en tu cara y tus pensamientos se renuevan hacia la posibilidad de un futuro en donde puedas contemplar, desde un balcón, una ciudad desconocida cada semana. El éxito, el dinero, el sexo… la vida del otro lado de la calle, en el barrio gentrificado. La felicidad a la vuelta de la esquina con vestido negro, piedras de Swarovsky y diamantes Tiffany; también puede traer un saco Ferragamo y cara Justin Timberlake.

Tomas la garrafa de la bici y te la acabas de un golpe, cuando llegues a la cafetería irás al baño. Miras el reloj inglés que pende de la calle Gatwik y han transcurrido 8 minutos desde que saliste de la oficina. El tiempo siempre hace lo que quiere y ahora decidió que una fracción de segundo fueran ocho minutos. Revisaste el estimado de llegada en googlemaps y decía claramente que tomaba 5 minutos llegar al sitio de la junta; ahora estás a mitad del camino tomando una calle de la que dudas si te llevará a tu destino. Una gota minúscula de agua golpea tu nudillo de la mano derecha y miras al cielo gris. En tu mente un trabajador de algún edificio regó agua en la construcción y esa agua se esparció por toda la ciudad; justo la gota es parte del accidente, del efecto mariposa. Pero no, otra gota cae ahora en hombro izquierdo, ese hombro que es más sensible y que pertenece a una mujer.

Situación actual: 2 minutos para la junta, tormenta inminente y calle desconocida.

Estrategia: Dejar la bici arrumbada, tomar un taxi y llamar a tus amigos para decirles que vas retrasado, un poco.

Ganancia: Llegar temprano a una junta donde posiblemente se cumpla el sueño de tu vida.

Pérdida: la bicicleta.

 

Desarrollo de los eventos posteriores:

Han pasado tres segundos después de que la tercera gota cayó en tu cráneo tan masculino como el de Kurt Russel en Escape from New York. Dejas la bicicleta recargada sobre una pared enmohecida que anunció cigarrillos en el año 1984. Corres a la calle para tomar el taxi, pero es como si justamente en ese punto los taxis no existieran. Del otro lado de la calle, en dirección opuesta a la colonia de la calle Krasnodar, pasan muchos vacios. Antes de intentar abordar palpas el celular en el que googleaste la calle, lo sacas rápidamente como si desenfundaras un arma para salvarte. Pero tu vida está muerta como la batería, negra como la pantalla. Han pasado dos minutos ahora y sabes que todo terminó. No puedes marcar desde un teléfono público porque no sabes los números telefónicos de nadie, el tuyo te tomó 3 años en memorizarlo. Eres capaz de aprender 10 palabras en finés en menos de 8 segundos pero no sabes cuánto es 4 + 5 – 3. Nunca lo sabrás, estás negado y maldito.

Ahora, con el alma crispada de nervios, llegas al otro lado de la calle donde sí pasan los taxis; pero el cielo se desmorona y el efecto mariposa del accidente del trabajador de la construcción se convierte en efecto «dragón enfurecido». Te estás empapando y solo buscas un taxi vacío, una nave que te lleve fuera del mundo acuático de Kevin Costner. Junto a ti, sin mojarse, Billy Paul te canta felizmente, a manera de holograma, This is your life: Todos los taxis están ocupados.

Situación actual: No sabes qué hora es, la junta ya empezó y estás empapado.

Estrategia: Volver por la bici, preguntar por la calle Krasnodar y pedalear hasta la muerte.

Ganancia: Llegar al final de una junta donde posiblemente se cumpla el sueño de tu vida.

Pérdida: La bicicleta.

 

Desarrollo de los eventos posteriores:

La pared que anunciaba cigarrillos en los ochenta está vacía y más húmeda que la última vez que la viste. No hay bicicleta. Hay agua, angustia, putrefacción interna… pero no hay bicicleta. Te quedas parado en medio de la pared, el agua cae sobre ti como si estuvieras debajo de una cascada. Una tremenda tristeza te embarga, ¿qué es tu vida? ¿Qué has hecho de ella? La única manera que tenías de salir de tu patetismo laboral era yendo a esa reunión que perdiste. Una procesión de recuerdos funestos recorre tu cuerpo. La mujer que amabas se vuelve a derretir por enésima vez, el éxito del mañana se drena por las coladeras por donde también se va la lluvia.

¿Y qué es ser feliz? ¿Qué son todas esas sucesiones de vida que se apilan y que llamamos existencia? Es como un gran tetris de la experiencia en donde si acomodas mal una pieza perderás todo el juego. Todo aquello que siempre quisiste es una zanahoria colgada sobre un palo que sostiene un jinete y tú un burro que vas detrás de ella. Una bestia que cree que alcanzará su objetivo.

¿Qué estarán observando los ojos de David Koch en este momento? ¿Qué tipo de caviar estará comiendo Lilien Bettencourt? Solo sabes que tú no eres ellos, que te estás mojando y que los sueños explotan un día en que tomas malas decisiones, una tras otra apiladas sobre la mesa del odio del universo hacia ti. Está empezando a escampar, una mujer con sombrero de Virginia Woolf, mirada de Carmen Laforet y boca de Sor Juana y la Gioconda sale de una tienda sosteniendo un ramillete de lilas. Te ve ensopado y te pide que entres a su tienda, tiene varios tipos de té. Tú la odias. Le preguntas por la calle Krasnodar. Ella ve hacia el horizonte como tratando de materializar la calle con la fuerza de su mirada, su boca se ondea en señal de que dirá algo. «Creo que está pasando la estatua de Gilles de Rais». Corres como loco, aún cae un poco de agua pero el sol se levanta en el mismo horizonte hacia donde la señora miró. Es una señal; el sol comienza a hacerse visible en su atardecer, es como si la primavera emergiera otra vez. Sobre las nubes algunos rayos se asoman, el éxito podría también asomarse. Quizá solo es media hora de retardo, el inversionista tendrá un poco de tiempo más para escucharte.

«Krasnodar». Hay un letrero oxidado con el nombre de la calle justamente en el semáforo. Algunas gotas quedan suspendidas en la lámina, el sol las atraviesa y no puedes dejar de pensar en la portada del disco The dark side of the moon. Ahora solo hay que encontrar la tienda de ropa de la pesada del bachillerato. Alguna vez habían venido a tirarle huevos al negocio. Quizá habían tomado la calle Pobeditel y luego en Krasnodar a la derecha. ¿O era izquierda? Caminas sin saber dónde vas y le preguntas a un joven con lentes de Buddy Holly dónde hay tiendas de ropa en esa calle. El chico te mira desconfiado a través de esos horribles armazones y te dice que hay tiendas de ropa por toda la calle, «¿Qué tienda buscas específicamente?». Tú le miras y sientes un profundo luto tanto por sus horribles lentes, como por tu fuerza para intentar ganar las causas perdidas.

Corres por el lazo izquierdo. Hay bastantes negocios y te das cuenta que han pasado muchos años desde la última vez que estuviste ahí; ahora el barrio parece del primer mundo lleno de negocios de todo tipo y restaurantes exóticos de comida etíope. No había nada de eso cuando iban a molestar a la loca del bachillerato. Si corres por la izquierda quizá lo logres. You’ll never get nothing withour trying de la orquesta de Freddy Kohlman. Esa es tu canción.

La calle termina cinco minutos después de que la recorriste observando por todos lados las tiendas de ropa y los cafés. En el minuto 4:08 de tu recorrido te pareció reconocer el lugar, pero te asomas y no es un café sino una hostería que tiene un menú escrito en un pequeño pizarrón donde también alguien ha dibujado una langosta aunque no vendan mariscos. Pasa un taxi cerca, le gritas, lo paras, te metes y le dices que te lleve por toda la calle despacio. Le preguntas la hora al taxista y él, lentamente como si tuviera las manos de Java the Hutt, levanta su muñeca y te dice que son las 6:10 de tarde. Ha pasado una hora. Esa reunión ya terminó.

Al menos tienes que hablar con tus amigos, disculparte. Sabes que te van a sacar del proyecto o que te van a retirar la palabra por un tiempo; pero tienes que explicarles y verlos. El recorrido sigue y ahora todo concluyó. Te das cuenta de que te estás orinando. Continúas observando la calle y todo es igual, de momento reconoces la tienda de la esquizofrénica, está igual que hace 10 años con esos colores rosados y mentas, tan de mal gusto, como si vendieran ropa de bebé. Si hubieras tomado el lado derecho la habrías encontrado inmediatamente. Pero las decisiones que tomas son siempre las peores y se apilan en la mesa del odio del universo. Le das un billete de 100 al taxista y te bajas apresurado. Entras en el café, alguien está cantando Such Is Life de los Rolling River Band. Recorres las mesas en busca de tus amigos pero no hay señal de su existencia. Te metes al baño y en la puerta hay un señor regordete con bigote de Hulk Hogan que te pide tu tiquet de consumo «Es que luego nada más vienen al baño y no compran». Te dice con su acento norteño.

Sales del café y ya empezó a oscurecer. En frente hay un parque y te metes. Comienzas a orinar y en ese instante una luz te ciega. A lo lejos ves dos policías que están corriendo hacia ti. Te metes a tu mejor amigo en el cierre e intentas correr, pero es inútil, ellos ya te alcanzaron.

—¡No sabes que orinar en la vía pública está prohibido! O pagas ahora una multa de seis mil o te llevamos a la cárcel.

No tienes dinero, no tienes nada, se te hizo tarde otra vez. Por dentro una burbuja de contención explota, es necesario olvidarse de la realidad. En un día como éste solo puedes desconectarte. Se acabó. Se esfumaron las noches en vela planeando el proyecto, se ahogaron las esperanzas de que tu vida diera ese giro que esperabas desde siempre. Los policías ven cómo se te cae a pedazos la mirada, las lágrimas pueden confundirse con el agua que aún cae. No sabes qué decir, estás muerto ya. Un sable, tres harakiris, cinco escopetazos te mataron. Escuchas cómo hablan por radio y dicen que han encontrado a un joven drogado en el Jardín Lomonosov. Tú continúas catatónico. Que la fuerza destructiva del odio del universo termine su labor. No explicas nada, sí estás drogado; fracaso se llama tu adicción.

Dentro de la patrulla vuelves a ver la ciudad pasar. Es el mismo camino que tomaste para llegar ahí, solo que ahora van de regreso; no sabes tu destino. De momento levantas la mirada por el quemacocos y ves cómo comienzan a caer asteroides que se estrellan con los edificios, le gente entra en pánico, la tierra se abre y sale lava de entre las grietas; todo tiembla, todo cae, se desmorona. El sol se acerca más a la tierra y todo lo quema. Es la escena del sueño de Sara Connor cuando ya no hay destino y todo se envuelve en el fuego; es el apocalipsis, el final y también el principio del mundo, el nacimiento de la tierra hace 4.600 millones de años.

Cuerpos en llamas corren por su vida, tú solo observas desde tu máquina del tiempo piloteada por dos alienígenas y piensas en lo que sucederá después, todo lo que verás en este gran viaje al pasado remoto que solo tú, el rey de los especiales, puedes hacer y que después podrás contar o escribir en un libro que será best seller. Se llamará Historias del periodo precámbrico y venderá millones de copias por todo el mundo. Darás conferencias en distintos idiomas. Te hospedarás en el Hilton VIP, viajarás en limusina. Fracasaste con tu proyecto financiero pero hay uno nuevo en puerta; por eso es verdad cuando dicen que «cuando una puerta se cierra, otra se abre», «las cosas pasan por algo». Esta visión que ahora tienes significa muchas cosas: el futuro ya viene, el mañana mejorado se renueva, los horizontes se abren delante de ti porque somos polvo del universo e hijos del inevitable destino.

 

arabesco texto relato Adán Díaz

 

Adán Díaz Cárcamo. Nació en Córdoba, Veracruz, el 23 de agosto de 1984. Es licenciado en Lengua Inglesa, Licenciado en Antropología Lingüística y Maestro en Comunicación. Actualmente trabaja como docente en el Instituto Politécnico Nacional y colabora con la UNAM FEZ Iztacala en un proyecto sobre la cultura de la paz. 

📩 Contactar con el autor: carcamoterrone [at] gmail.com

 
 
📸 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 82 / septiembre-octubre de 2015

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