relato por
Carmen López León

 

 

G

erardo siempre nos estaba hablando de su pueblo, aprovechaba cualquier ocasión para introducir en la conversación los recuerdos que le ligaban a aquel lugar, a sus amaneceres de luna, a sus atardeceres ocres, a sus montañas violáceas y a sus bosques de fronda, los viejos edificios de piedra gris y la fuente en el centro de una plaza blanqueada por el sol, toda una paleta de color, que sabía utilizar con destreza, para describir una población cuyo nombre callaba.

En el momento en que sugeríamos que podíamos hacer una escapada de fin de semana para que nos mostrara aquellos deliciosos entornos en los que había transcurrido su infancia, cambiaba bruscamente de tema, hablaba de otras cosas, o se sumía en un embarazoso silencio que obligaba a cualquiera de nosotros a hacer algún comentario banal para salir airosos de la situación.

Por eso nos entró una curiosidad que iba aumentando progresivamente cada vez que se producía una de estas situaciones.

Era un compañero de trabajo amable y servicial, nunca causaba problemas y se deslizaba a lo largo de la jornada laboral sin hacerse notar demasiado. Cumplía con sus cometidos, interactuaba con habilidad tanto con superiores como con subordinados y, a la hora del café, compartía mesa con nosotros, los de la misma sección de la oficina, desde que se incorporó a la empresa hacía seis meses…

Pero sabíamos poco de su vida personal, no quedaba nunca claro si tenía pareja, compartía piso o vivía solo, porque se refería a alguna persona de su entorno íntimo de una forma tan indefinida que resultaba difícil deducirlo.

Esta habilidad para poder conversar sin decir nada que pudiera proporcionar pistas sobre sí mismo solamente se rompía cuando alguno refería anécdotas de su infancia; entonces él siempre comentaba alguna de sus andanzas por aquellos parajes que describía con minuciosidad, ya fuera para relatar cómo había escalado unos riscos con tan solo cuatro años, o cómo estuvo perdido durante un par de días, a los nueve, cuando se internó en unos bosques cercanos siguiendo el rastro de un animal desconocido para él entonces y que resultó ser un jabalí de buenas dimensiones del que lo libró un pastor.

Hablaba de su casa, un edificio con blasón en el dintel de la puerta principal, balcones y rejas de hierros trabajados, desniveles y buhardillas donde inventar mil y una aventuras que completaban las que corría en plena naturaleza, siempre arriesgadas y excitantes…

Pero tampoco nos decía cómo eran sus padres, si tenía hermanos o primos, cómo se llamaban sus amigos de entonces, su maestro o el cura de aquella iglesia de airoso campanario donde anidaban las cigüeñas.

Si se le interrumpía el relato con el consabido:

—¿Y que dijo tu madre?

O bien:

—¡Vaya susto que se llevarían tus padres!

Parecía no haberlo oído y seguía contando.

Al principio no hacíamos comentarios a sus espaldas, nos parecía de mal gusto, claro, pero poco a poco nos iba picando cada vez más la curiosidad y por fin alguien propuso localizar su documento identidad para averiguar el lugar de nacimiento de nuestro compañero.

Alguno de nosotros, experto en informática, se encargó de acceder a los datos de la empresa donde figuraban las fichas personales de los empleados y de allí extrajo la información de que Gerardo Zornoza de la Gándara había nacido en Pueblo Nuevo del Cerro en una provincia limítrofe de la nuestra.

No pillaba lejos, así que, un domingo de abril, quedamos para la consabida visita a los lares de nuestro compañero que ya nos iba resultando cada vez más misterioso.

Éramos cuatro, en el Ibiza de Juan Luis: Marta, su chica, Ricardo y yo. Todos habíamos conocido a Gerardo a la vez, cuando se sentó en el puesto de Miguel, al que habían trasladado de sección, y se presentó con su nombre de pila simplemente.

Durante el trayecto aportábamos rasgos de su conducta que le hicieran sospechoso, pero, realmente, salvo la falta de información, no podíamos encontrar nada especialmente extraño.

Por los datos que había conseguido Ricardo sabíamos que tenía veinticinco años, una titulación de grado medio, conocimientos de inglés y de informática, y que este era su primer contrato serio después de algunos en prácticas. En conclusión nada que no correspondiera a la inmensa mayoría de jóvenes de nuestro país.

En cuanto a su físico, según Marta, resultaba bastante atractivo para las mujeres sin ser excesivamente guapo, ni excesivamente alto; quizás más por su  reserva que le proporcionaba cierta aura misteriosa.

Pronto nos cansamos de analizar lo que sabíamos de Gerardo que era bien poco, así que preferimos contemplar el paisaje por el que nos desplazábamos que iba convirtiéndose en más abrupto a medida que avanzábamos por una carretera comarcal que seguía el curso del río hacia su nacimiento.

Yo observé que había abundantes torrenteras, ahora secas, que sugerían que por allí habían corrido las aguas del deshielo unos meses antes. Ahora la vegetación era frondosa y se divisaban bosques de alcornoques agarrados a las laderas agrestes.

Avanzábamos despacio por las abundantes curvas de la ruta hasta que al cabo de unas tres horas de viaje divisamos las indicaciones de que nos aproximábamos a Pueblo Nuevo.

Al llegar allí todo era como él nos había descrito, la luz muy clara y el aire transparente y limpio, olía a monte y se escuchaba el rumor del agua que fluía por el pilón de la fuente en medio de la plaza.

La iglesia, ahora cerrada tenía una escalinata tallada en piedra y del reloj de su campanario escuchamos dar las once de la mañana de un magnífico día de primavera.

A pesar de ser domingo el pueblo estaba silencioso, no jugaban niños ni charlaban mujeres en las puertas de las casas, que permanecían cerradas también, aunque no parecían abandonadas.

Recorrimos con la mirada la plaza y dimos con el edificio que había llenado la infancia de Gerardo, su dintel con escudo, sus rejas y sus balcones de hierro forjado.

Tratábamos de encontrar algún bar o algún comercio de los que abren los domingos en los pueblos pequeños, cuando observamos las figuras titubeantes de dos ancianos con sus garrotas que lentamente caminaban hasta sentarse en el banco de piedra anejo al muro de la casa de Gerardo.

Nos pareció la mar de oportuno y nos acercamos dándoles los buenos días de la manera más natural posible, como si les hubiéramos conocido previamente. Nos miraron con escasa curiosidad y respondieron al saludo sin más comentario.

Entonces Marta se decidió:

—¿Hoy no hay nadie en la casa de Gerardo, verdad?

Uno de los viejos pareció sorprenderse un poco.

—No, no hay nadie

—¿Llegarán a medio día? —insistió Marta—. Gerardo nos dijo que si nos acercábamos por Pueblo Nuevo saludáramos a sus padres.

—No lo creo —terció escuetamente el otro viejo.

—No, no creo que puedan saludarlos —añadió el primero con una media sonrisa.

—Bueno, sugerí yo, realmente pensábamos darles una sorpresa porque trabajamos con él.

—¿Trabajan con el congelao? —dijo uno de ellos.

—¿El congelao? —respondimos casi a coro los cuatro, sin saber si romper a reír o mantener una mayor discreción.

—Bueno, aquí le llamábamos así, aunque no en su cara, claro. Ni en la de sus padres, ¡estaría bueno!

Ahora los dos ancianos parecían animados a seguir la charla al ver el interés que habían despertado en nosotros.

—Es que sus padres no podían tener familia, ya me entienden. Eran ricos y fueron a muchos médicos, de aquí de la provincia y de fuera, pero, nada.

—Y por eso —continúo su compañero— marcharon a una de esas clínicas donde tienen críos congelaos y se lo pusieron dentro a la madre, y así por fin nació el muchacho, hermoso como él solo, la verdad, no tenía nada que envidiar al más sano de los chiquillos de aquí. Pero la gente habló mucho entonces de la cosa. Y empezó lo del congelao.

—Sus padres estaban locos con él, y temían tanto por su vida que no le dejaban salir de casa a juntarse con nadie, ni jugar en la plaza, ni salir a los montes, ni bañarse en el río, por si le pasaba cualquier cosa, ¿comprenden?

Nos miramos recordando las aventuras que nos había contado Gerardo a la hora del almuerzo en las que recreaba tan bien aquellos parajes, pero callamos esperando que continuaran con su relato.

—Ni siquiera le dejaron ir a la escuela, trajeron un maestro para él solo y cuando los del Ayuntamiento se interesaron por el caso, pagaron buenos abogados que demostraron que el chico tenía más instrucción que los otros y los dejaron en paz.

—El pobrecico se asomaba a estos balcones cuando oía a los muchachos en la plaza —dijo el que menos hablaba— mirando con expresión entristecida la fachada.

—Y los chicos, ya saben ustedes como son los chicos, se le plantaban debajo y le coreaban: «congelao, congelao, congelao», hasta que él se metía dentro llorando.

—Su padre quería denunciarlos, pero la Guardia Civil le decía que si no le tiraban piedras o dañaban la casa… que no había nada que denunciar.

—¿Y dicen que trabaja con ustedes, en la capital?

—¿Y de qué trabaja?

Les contestamos que en una oficina para une empresa de transportes bastante importante.

—¡Ah!, es que eso sería que luego de lo que pasó, cuando se fue de aquí, pues estudiaría algo más, digo yo.

Su compañero cabeceó afirmativamente

—Se marcharía con unos diez y seis años, más o menos.

Nos mantuvimos en silencio esperando que los ancianos siguieran con sus recuerdos. Era mediodía y la sombra de la casona aportaba cierto frescor todavía. Pensamos que debíamos sugerirles tomarse un refresco con nosotros pero temíamos romper el encanto de una historia que cada vez se nos antojaba más fascinante y que aclaraba muchas de las características de la personalidad de Gerardo.

Juan Luis, con habilidad sugirió:

—Claro, con lo que pasó es natural que él no haya vuelto por aquí, pero acordarse, se acuerda mucho, que nos ha contado muchas cosas del pueblo.

El más silencioso de los dos miró a Juan Luis con incredulidad:

—¿Él les ha contado lo que pasó?

Y a su compañero se le fue la lengua:

—¿Cómo va a contarles de qué forma murieron sus padres?, es que, oigan, fue un accidente muy raro, iban los dos en el coche, y su padre sabía conducir, ¡vaya si sabía!, había guiado desde jovencillo, así que no tenía por qué derrapar en aquella curva, y caer al río.

—Dijo la Guardia Civil que llevaban los frenos sueltos, no saben cómo —añadió el primero.

—Eso, cuando pudieron encontrarlos, porque aquel invierno era muy frío y el río traía hielo de las montañas, así que el coche se hundió debajo de los témpanos y no pudieron sacarlo hasta la primavera.

—Dijeron que no habían muerto del golpe, que se habían quedado allí dentro, congelaos.

No supimos qué cara habíamos puesto porque ninguno de nosotros nos atrevíamos a mirarnos, ahora no teníamos intención de comer, creo que nos hubiera sentado fatal, nos despedimos con la escusa de recorrer el término.

—Vayan, vayan, que vale la pena —dijeron los viejos.

No fuimos a ningún lado, regresamos a la ciudad en silencio, pensando lo difícil que nos iba a resultar compartir más almuerzos con Gerardo.

 

 

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CARMEN LÓPEZ LEÓN es escritora, pintora y realiza diseños digitales. Vive en Denia (Valencia, España). Colaboradora de Margen Cero, es responsable de la sección de escritura en línea de nuestra publicación.

Web de la autora: http://eltallerdecarmen.wordpress.com/

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Mandalas (Arte digital) / Pintura

Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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