por

Javier Claure C.

 

 

CLANDESTINIDAD

 

Escribo desde la clandestinidad
equipado de fusiles, turbinas y motores
porque a menudo me echan la culpa
de haber acuchillado
al círculo del mar
y a los últimos contornos de tu sombra;
me acusan además
de haber embrujado a dos mujeres
que posaron sus labios en los míos

En esas ocasiones
que la vida me sedujo con su guadaña
junté la miseria, el hambre,
el dolor, la soledad,
a mis espaldas cargué con mi destino
y en mi jardín de refugio
sentí el olor de las paredes
después de la tempestad;
saqué las espinas
al tallo de una rosa ausente,
enterré las mentiras una por una
bajo un cántaro
y la intriga cayó
de bruces sobre un abedul

Pasó el tiempo,
y del aire
llegó una campana verde,
se supo de la soberbia
contra el intelecto
y sin hacer ruido un ancho camino
trazó el calendario
y hojarascas de vidrio molido
cortaron el alba en mil pedazos

Hoy día
aunque se corra el riesgo
de anunciar un delirio,
aunque mi cuerpo
se aleje de mis pulmones,
nacerá una isla
deliberadamente inclinada
para las madres
que aman su placenta
para sembrar
cereales y no ausencias
y nadie podrá maldecir
el armonioso flamear
de las banderas del mundo.

 

CANTO A LA VIDA
 

Canto al duende que husmea en la montaña
a los arenales, en cuya superficie
un corazón de diez orejas dibujé cuando era niño

Canto a esa silueta insurrecta en el socavón
a las mujeres de Liberia
porque instalaron una blanca paloma en su país
a las aves que levantan en sus alas la libertad
al reverso de tus besos candentes
que suenan como el latón contra el granizo

Canto y recanto a los troncos de la selva
que tararean un inmortal susurro de prosperidad
al aguacero que pasa y se lleva la maleza
a las estatuas bañadas con aspirina
a la antorcha encendida un 15 de agosto,
canto a la circunferencia
porque encierra la verdad con su último punto
y a los pescadores que equilibran
con buen tacto la balanza.

 

REINA NEGRA

A Dianke Sane, Senegal


Aquí en la poesía,
primero
la he besado por todas partes
y después
me desafió a jugar al ajedrez;
yo era el rey de múltiples coronas
ella, la reina dispuesta a la batalla

A veces quería matarme
y volvía entre jadeos a la faena,
cara a cara con los párpados entreabiertos
nos miramos sorprendidos

Es cierto, hubo un espacio de frenesí,
de regalos, de caprichos
y de quitarle
su más preciado regalo al tiempo
cuando toqué la piel de una reina negra
y la hice de una realidad distinta

Con ese despliegue de joyero
dejó caer todos sus peones
sus luces verdes encendieron las torres,
encumbró sus dos alfiles
y la reina negra
llegó con sus blancos caballos por delante

Traían sus manos el calor de África,
dejó su cintura sometida a mis brazos,
sus nocturnos labios
pusieron relámpagos de amor
como cuando la Tierra fecunda recibe al sol

Inventamos paisajes, lluvias de terciopelo,
mapas sin fronteras y quebramos
de todo el mundo la configuración,
fue entonces cuando su cuerpo
ardió, se deslizó, provocó
y dividió en ruidos de cristal el silencio
porque ella sabía de la luz
como la estrella en las tinieblas.

Y yo rey de varios reinos
dominaba la cruzada,
navegaba de norte a sur
en sus cálidos huertos,
me desvivía por su encaje perfumado
para ser veleidosos cauces al amanecer
para ser vida y muerte en el lugar tibio
de temblores y misterios
donde surge el hijo no nacido.

 

 

A VECES           

 

A veces dicen que estoy muerto
y me río a carcajadas en un teatro,
a veces dicen que el tiempo cierra las heridas
y me pregunto de qué llaga abierta será el que hiere,
a veces dicen que el exilio come las ideas y principios
y yo les digo que tienen la razón 

A veces dicen que los poetas nada hacen
y yo les contesto que se muerdan los labios de rabia.
A veces dicen que una mujer desnuda como zancudo pica
y yo aseguro que es la araña la que muerde,

a veces dicen que no puedes bañarte dos veces
en las mismas aguas
y yo explico que al tercer baño te encuentras con Heráclito.
A veces dicen que las lágrimas reconfortan al espíritu
y yo afirmo que las mejillas son una playa de sal,
a veces dicen que un sueño se parece a una cesta de luceros
y yo declaro que el Yo interno se levanta
en los confines del misterio
a veces dicen que poner nardos en las tumbas
es acordarse del ayer
y yo reitero que la cuarta dimensión
es la cicatriz del firmamento.


TE PERSIGUE MI AUSENCIA

 

Te persigue mi ausencia por las noches
cuando el reloj indica sus horas inciertas
y del ayer buscas el privilegio,
huellas que entre llantos tus vísceras roe
para poseerte a ti misma con delirio,
para gotear en cada hoja de tus sueños 

Te persigue mi ausencia por las noches
cuando el reloj indica sus horas inciertas
y te maquillas como una perra enamorada
o te mientes sin asco para creerte perfecta
o te tiras de los pelos por ser la desamparada leona
o te torturas tristemente en cada amanecer

Te persigue mi ausencia por las noches
cuando el reloj indica sus horas inciertas
y te sientes bohemia con tu falda de fiesta
y lavas tus píes desesperada cada lunes
y atesoras tus angustias en cajas de cristal
y bautizas tu dulce carne ardiente con agua de canela.

 


12 DEL DÍA

 

Mi madre murió
cuando el soldado desconocido
andaba sin escudo,
desde entonces no festejo
el día de la madre,
odio el siete perverso de infinitas puntas
y los espejos desprendidos
de toda realidad
Mi madre se fue como Mambrú
de espaldas, en un pulmón sin aire
y se llevó mis angustias
mis llagas de corazón abierto
mis entrañas de dolor cuchillo
y mis efervescentes desvelos
que a veces lloraban
como barcos enloquecidos al hundirse
Mi madre murió
cuando los Reyes Magos
andaban incompatibles,
nada de incienso, ningún camino, ninguna palabra
nadie supo del secreto
ni de la galaxia de capa suelta,
cuaresma de gritar a boca abierta
ante el cielo
que se hundía arrodillado bajo las fachadas
Mi madre desapareció
envuelta en túnica de sándalos,
con muecas como Cristo en el madero.
inmóvil rostro que soñaba en posición fetal;
no era el viento, la montaña
ni el silbido de los trenes
no era tampoco
la última cena puesta de cabeza,
era mi madre la que puso
su verdadera historia al amor
era ella la que tejió
con pulso de primaveras, de lluvias y vientos
que adornaban mi infancia y juventud
Mi madre se marchó
de mirada en mirada
como una súbita alondra
cuando trajinaba la muchedumbre
cuando el enigma compartía su asombro
entre locutores de aire cortado
y sacerdotes de cuello muerto
que levantaban el cáliz odiosamente
Mi madre murió
bajo la quietud de un gris otoño
entre murmullos y melancolías
que cruzaban un día anochecido;
¿saben ustedes señores
por qué el tráfico parpadea
con siniestras pestañas?
Mi madre cerró los párpados
en un abrir y cerrar de ojos
para reconciliarse con el eterno sueño,
desde entonces
la casa está vacía,
se tumbaron boca abajo los relojes,
el silencio resbala por los muebles
y un inmenso árbol
creció en el camposanto
Mi madre se calló para siempre
y nunca más podrá cantar
Adoro de Armando Manzanero,
ni podrá decir:
«Naranjas, madeja, hasta luego,
aceitunas, dedal, buenas noches».
¿Saben ustedes señores
por qué se fue mi madre?

 

 

(Todos los poemas pertenecen al poemario Extraño oficio)

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javier claure covarrubias

Javier Claure Covarrubias nació en Oruro, Bolivia, en 1961. Es miembro del Pen-Club Internacional, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Oruro (UNPE) y de la Sociedad de Escritores Suecos. Ejerce el periodismo cultural. Tiene poemas y artículos dispersos en publicaciones de Suecia y Bolivia. Fue uno de los organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa (Estocolmo, 1991). Ha estudiado matemáticas e informática en la universidad de Estocolmo y de Uppsala. Además, es egresado de Pedagogía en Matemáticas de la Universidad de Estocolmo. Formó parte de la redacción de las revistas literarias Contraluz y Noche literaria. Algunos de sus poemas han sido seleccionados para las siguientes antologías: El libro de todos (1999), La poesía en Oruro (2005) y Poesía boliviana en Suecia (2005). Ha publicado Preámbulos y ausencias (2004) y Con el fuego en la palabra (2006).

@ Contactar con el autor: javcla [ at ] yahoo.se

Ilustración poemas: Fotografía por Pedro M. Martínez ©
 

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Revista Almiar – n.º 61 / noviembre-diciembre de 2011
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