relato por
Tomás Giovanni Craté

 

—Que me dejes en paz —gritó Julio, e inmediatamente Georgina rompió en llanto. Y la primera mirada, de asombro, de un tipo cualquiera, no se hizo esperar.

Julio siguió caminando, cruzó la calle, no volvía la vista. Georgina iba detrás de él, sollozando.

—Espera, por favor, no te vayas —suplicó.

Él continuó su marcha, imperturbable, colérico, con el ceño fruncido hasta donde más se lo permitía el autocontrol. Ella adelantó un poco para alcanzarlo; lo tomó del brazo y lo volteó.

—Por favor —le rogó— escúchame unos minutos…

—Que me dejes. ¿No entiendes? —lo dijo mientras sacudía el brazo para zafarse.

Una pareja que pasaba se detuvo a unos cuatro metros de ellos. «Pobrecita…», murmuraban.

—Pero yo te amo —dijo Georgina como si nunca antes lo hubiese dicho.

Julio simplemente se echó a reír con nerviosismo.

En eso dos sujetos, del otro extremo de donde se encontraba la pareja que continuaban observando, también se detuvieron. «Qué le ocurre al idiota ese. ¿Estará loco?», comentaban.

Julio trató de proseguir su andar, pero Georgina lo contuvo.

—Ya basta —profirió Julio.

De pronto un tipo de la otra acera cruzó, se acercó y les preguntó si todo estaba bien. Georgina sólo agachó la cabeza y Julio contestó: «Descuide. Siga su camino». El tipo se alejó pero sólo hasta llegar junto a la pareja a cuatro metros de ellos.

En pocos minutos, y sin que ellos se dieran cuenta, estaban cercados por una circunferencia entrecortada de unas veinticinco personas; de entre éstas, un muchacho de lentes y un motociclista (que aparcó para ver qué pasaba) musitaban: «Qué desgraciado. Cómo la hace llorar a la pobre»; otros dos, de traje y más osados, decían: «Es un patán. Hay que hacer algo»; y tres mujeres les instaban a unos jóvenes a intervenir.

Mientras tanto persistía el intercambio de gritos por lágrimas entre Julio y Georgina.

Cinco gentes más se sumaban al cerco. Y uno de estos últimos, de aspecto maduro pero estrafalario, se animó a interrumpir:

—Suficiente, oiga. Deje tranquila a la señorita.

—¿Cómo dice? —dijo, molesto, Julio.

—Que deje de perturbar a la señorita. Se lo estamos pidiendo de buenas —respondió, el que por la estructura de sus palabras se había auto-designado vocero de los espectadores y que además tomaba su fuerza de ellos.

—Lárguese, que usted ni siquiera sabe lo que pasa. Ocúpese de su vida, o es que acaso en su agenda estaba previsto venir a joderme el día de hoy —farfulló Julio elevando su mano izquierda en ademán de desprecio.

—Escúcheme bien. No hace falta saber qué pasa para darse cuenta de que usted es un abusador , un patán, un poco hombre. Y sí, puedo tener otros asuntos que atender pero vi que la señorita necesita un varón que la defienda. —argumentó el vocero.

—Pues  entonces  por  qué  no  se  van  al  carajo  usted  y esta… —se iba a referir a Georgina, cuando el vocero no lo dejó terminar, propinándole tremendo puñetazo que le volteó la cara a Julio. Como era de suponer, Julio respondió y además noqueó al sujeto, con lo que la multitud no demoró en respaldar a su vocero caído.

Cuando terminó la paliza que le dieron a Julio, la gente se dispersó veloz luego de reiterarle su apoyo a Georgina, quién permanecía inmutable desde que inició el alboroto.

Julio se incorporó tambaleándose, y entreabriendo el ojo que le quedó medio bueno, miró penetrante a Georgina y balbuceó:

—Tu asquerosa culpa, maldita pu…

No logró concretar el insulto; se desplomaba, caía, lento y resignadamente: un vahído quizá, no, su derrota, no ante ella, ante el mundo.

«Qué diferencia hay (pensaba, casi en el suelo); ninguna. Qué importa si es blanco o negro, con la luz apagada. Todos somos hijos de la penumbra, en ella nos hacemos y en ella perecemos…».

Seguido a su delirio cayó inconsciente.

Despertó al día siguiente, en una habitación de hospital poco privada pero amplia, ya que la compartía con otros nueve convalecientes. Lo primero que observó fue una silueta femenina a su lado; quiso expulsarla de ahí pero al acomodarse un poco se percató de que era la enfermera tomándole los signos vitales. Se tranquilizó. Por la puerta, sin embargo, ya entraba Georgina, que se precipitó hacia Julio sin que él la advirtiera.

—¿Cómo estás? Andaba muy preocupada por ti. No dormí en toda la noche. Vengo de la cafetería, ¿quieres algo? Estaba desesperada, dime si estás bien, dime algo, por favor… —dijo, con ojos lacrimosos.

Julio le hizo un gesto para que se acercara y poder responderle al oído.

—¡Mírame, mírame bien! Encontré en mi cama a la mujer que afirma que me ama, en gloriosa orgía con los dos vecinos; la perdoné. Luego la sorprendí en el baño con un miembro en la boca que no era el mío; me sentí un cretino por haberla perdonado. Decido dejarla. Y finalmente, termino en esta sala por la ignorancia del mundo, con la cara molida y explicándole esto a la maldita perra que se encargó de hacerlo realidad. ¿Cómo crees que estoy?

Georgina se apartó de él ahogada en lágrimas.

—No dejemos que esto nos acabe, por favor, Julio.

—Vete —dijo calmado.

—Pero, mi amor. Espera un poco…

—Que te vayas te digo —levantó un tanto el tono.

—Es que yo te amo, Julio.

—Que te largues, mujerzuela —gritó, y ella lloraba desconsoladamente.

El grito se suspendió en el aire, produjo un eco. Al cesar, Julio no se había dado cuenta, pero lo cercaba una semicircunferencia, entre médicos y enfermeras, de unas veinte personas que susurraban: «Pobrecita…».

 

 

separador relato Pobrecita

 

Tomás Giovanni Craté es el seudónimo utilizado por un autor ecuatoriano.

📧 Contactar con el autor: tomasgiovannicrate [at] gmail.com

Ilustración relato: Pintura, Alexej von Jawlensky [Public domain], via Wikimedia Commons.

 

Biblioteca cuentos Pobrecita

Más relatos en Margen Cero

Revista Almiarn.º 93 / julio-agosto de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 102 ♦ Reciente: 1)