artículo por
Claudio Rizo

 

Conforme cumplimos años, a todos se nos va adosando en la memoria una especie de edificio o arquitectura imprecisa que puede representar más bagaje de pasado, olido, mordido y amado que de territorio yermo aún por explorar. Por naturaleza, sospecho que ya me acerco a ese punto inflexivo de la pirámide, que bien podríamos situar, atendiendo a que si la esperanza de vida raya en los ochenta, en los cuarenta, y desde donde puede que se oteen ambos horizontes de pasado y futuro casi por igual. Puro ejercicio de equilibrista, no siempre bien trabajado. Es bueno y es malo. Según se mire.

Los hay que miran atrás con nostalgia, con esa cara de medio bobos que ponen si mentan acontecimientos puntuales o épocas doradas que no en raras ocasiones suelen elevar a la categoría de mito incontrastable; suelen ser los que, sin saberlo, dan legitimidad intocable y perdurabilidad en las almas imberbes que les escuchan a la farisea máxima de «cualquier tiempo pasado fue mejor». Normalmente a estos la vida les va bien, en adelante, pero en ningún caso mejor que antes: quien habla tanto del ayer tiene poco arsenal fresco con que alumbrar. En el otro extremo, los hay que se revuelven con rencor y a salivazos contra los golpes recibidos, contra las zancadillas que afirman haber vivido en exclusividad y que son narradas con la emoción descosida de quien ha regresado de una contienda bañada en sangre y dolor, cojitranco y tullido de alegría. Han vivido en una burbuja de paranoica persecución por demonios invisibles y conspiraciones de amistades y amores confabulados en su contra. Su complejo de inferioridad no suele estar muy por encima del calcetín, y no es inhabitual que reciten frases misóginas si han recibido un portazo duro en sus vidas o que simplemente se caguen en este perro mundo que tan mal trató su delicado corazón de porcelana inocente. Estos son más peligrosos que Bin Laden impartiendo sobre el amor, y la podredumbre de ánimo que amasan, y que arrastran, ya se capta con solo mirarles a los ojos un par de minutos sin bostezar. Pero también hay un subgrupo en ese arco intermedio de vida bastante más moderado y por supuesto menos exigente, que sabe conciliar suerte, dolor y esperanza con relativa naturalidad, como a quien se le estropea un día de playa por una tormenta veraniega inesperada, y suelta: «Perfecto, hoy salimos a por caracoles». Atrapan la vida sin aspavientos. Viéndolas venir. Escribirían un perfecto tratado con solo cinco letras: «Vísteme despacio que tengo prisa». Y no suelen considerar ningún hecho como irrepetible, ni exclusivo, ni confabulado ni grandioso, por bueno o malo que sea. Son personas conservadoras y, aunque aparentemente seguras, con ciertas lagunas hacia sí mismos de descrédito personal, por paradójico que suene. Pero viven y dejan vivir. Si algo odian, es el drama. Ah, y al cabrón que les pisa el trasero en la autovía. Entonces, desesperantes, pues lo son, encienden un cigarro, aspiran y se dicen sin alterarse: «Que me adelante por la derecha».

¿Dónde estoy yo, me pregunto? Quizá tenga algo de los tres, es lo más probable. ¿Y usted?

Puede que haya más tipologías. Lo cierto es que en breve cumplo cuarenta. Sí, ya me pica en los adentros el anguloso pico de la pirámide; sin molestar en absoluto, sea dicho. Miro a derecha y a izquierda. Arriba y abajo. Atrás y adelante. ¿Qué veo? Pues no lo sé, no acierto a distinguir. Pero sé que me gusta. Y que suelo despertar con una sonrisa. Que no es poco.

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Claudio Rizo Aldeguer

Claudio Rizo Aldeguer es un autor alicantino.

Contactar: claudiorizo [at] hotmail.com · Perfil del autor en FB: www.facebook.com/claudiorizo

 

 

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Ilustración del artículo: Fotografía por  Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 65 / septiembre-octubre de 2012
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