por
Wilfredo Carrizales

 

LAS TIJERAS me cortan las uñas y de inmediato llueve. Me traban la lengua. Me hacen humedecer la nariz. Quisieran esquilar a las niñas de la esquina para que no murmuren más. Se largan temprano para no servir de testigos en el cruce de las afrentas.

 

LOS BROCHES prenden la lumbre en las noches de miedo. Unen los papeles que contienen los secretos de la casa. En pareja avanzan sobre las camisas procurando adherir los adioses que se insinúan. Encajan a la perfección en el tiempo de las dudas.

 

LOS CANDADOS sueltan sus saberes si los detiene la bruma. Se asan cuando contienen óxidos y roturas. Sujetan las perillas de algunos presidiarios que estudian leyes. Se contienen frente a las ranitas para no entorpecerles las patas.

 

LAS DAGAS se acortan en el momento de la sensación del alma blanca. Si caen dentro de un horno se tuercen y se colocan en hileras. Cortan las ideas y rebanan las imágenes de los señores tumbados sobre sus poltronas.

 

LAS MEDALLAS se acuñan en las efigies y simbolizan el paso de lo luctuoso. Se distinguen tras los premios que otorgan. Ruedan en las procesiones y quedan pronto fuera de uso. Cultivan el brillo de la vanidad a plazos.

 

LOS EMBUDOS embuten líquidos que disfrazan las mentiras. Estampan artificios de las chapas que se estrellan contra los laberintos. Se enredan en los cortes que otorgan las plegarias. Se deprimen al no poder acentuar el engaño de las profundidades.

 

LAS FÍBULAS fingen sus realidades. Se auxilian con la coagulación de los sudores. No se fían de los pigmentos de los filósofos. Consienten el mandato de la tarde que no se mueve. Pueden alcanzar el tamaño del ardor de los festejos.

 

LOS GUANTES donan prendas como bofetadas. Disciplinan a los díscolos con salpicaduras de tristeza. Desafían a los empleados de las magistraturas. Abonan las paredes con suciedades exquisitas. Impiden la entrada de males inocuos.

 

LAS HACHAS suelen permanecer mudas antes de los descabezamientos. Son hábiles en la distribución de los capitales. Crían pátina por pura diversión. Sobresalen el «día de los muertos» y se elevan hasta el sitial de las especies llameantes.

 

LOS ANTEOJOS convergen en los márgenes de las estrellas para imbuirse en las parábolas. Se disponen en la acción del infinito. Sujetan a las visiones en sus tránsitos de ilusión y errancia. Reflejan pareceres a bordo del foco de las alturas.

 

LAS LLAVES apresan los registros de las historias que se evaden. Aflojan las cuerdas donde gravitan los intolerantes. Descubren las crecidas tras los monumentos que se resquebrajan. Forman las juntas para fecundar el impedimento de los conductos.

 

LOS ABANICOS avivan el fuego de los claustros. Hacen cabriolas entre los brazos ceñidos para conducirlos al goce sin escrúpulos. Varean a las aves espantadizas para que desmonten sus nidos. Se adornan con baluartes para fortificar los ánimos decaídos.

 

LOS TERMÓMETROS estimulan los calores que comienzan por los pies. Requiebran las lisonjas de las mozas en el interior de sus cuadros. Corroen las palabras por medio de irreversibles inflamaciones. Difunden las porciones de lo que concluye en los manuales.

 

LOS BASTONES bastardean el caminar de quienes piensan en ubres luminosas. Agitan las pantorrillas para ajustar cuentas que se enajenan. Contienden por la supremacía en el cerco de puertas y ventanas. Arruinan prestigios sobre los puentes de la rapiña. Sustentan pisotones generados por el apuro o la desidia.

 

LOS ESPEJOS DE MANO retratan las angustias momentáneas y brindan un sosiego que dilata la espera. Concentran energías de olvidados eventos y las entallan para emplearlas en situación de peligro. Queman las añoranzas de los rostros que anhelan imposibles lozanías.

 

LOS BOLÍGRAFOS participan en la naturaleza de la tinta y luego la castigan con trazos de azotes. Perpendicularmente numeran los temas de enseñanza. Se funden en la modorra del verano para saltarse las épocas duras.

pinceles Wilfredo Carrizales

LOS PINCELES se desvían hacia el sur para contradecir los campos magnéticos. Se hunden en el menstruo de la noche para someterse al curso de lo ignoto. Punzan a los que vienen de lejos con la intención de cercarlos y acercarlos sin pulimento.

 

LOS CANDELABROS tienden a poseer varios brazos para tratar de alcanzar el origen del alumbramiento. Levantan refugios sobre las bóvedas de las paredes anónimas. Encuentran siempre las fiestas en los rayos que no vigilan.

 

LAS REGLAS se desparraman en constelaciones y recompensan a los seres que creen en ellas. Ejecutan pautas con la rectitud que relaciona el azimut con las cornisas. Moderan los conciertos de orquestas signados por las semejanzas del movimiento.

 

LAS PIPAS se deprimen cuando viven alojadas en el interior de aberturas flotantes. Aspiran el incienso de las vertientes si las brisas se achican. Incuban gusanos y semillas por el simple placer de sentir un escozor interior.

 

LAS BROCHAS se retuercen si las lanzan a los tejados donde abundan los parásitos. Reprenden con dureza a los ladrillos cuando no permiten que les pinten los rostros. Engordan en contacto con los musgos y triunfan sobre las suelas húmedas.

 

LAS LINTERNAS copulan con las luciérnagas en medio de las oscuridades almacenadas. Proyectan saberes de sombras que se suceden sin pausa. Encaran el porvenir con visiones de cristal y luego se apilan para disfrutar de las chispas.

 

LAS NAVAJAS arman broncas para detectar barbas cobardes. Murmuran de los hierros que no acceden a matrimoniarse con ellas por las buenas. Agudizan las constancias de la sangre en los bares de aires cortantes.

 

LAS PELOTAS saltan en cueros para hincharse el orgullo de ser redondas. Giran tras las bateas en el vano intento de alisar antiguas deudas. Arrojan polvos a los ojos de los curiosos para sacarlos de quicio o exasperarles los dolores.

 

LOS MOLINILLOS van a la guerra y sirven de guarnición a la tropa feble. Defienden a golpes de audacia el entorno donde no se cuecen habas. Juegan a reducirlo todo a grumos, pero fallan con frecuencia porque extravían el centro.

 

LOS CLAVOS arden si se les ocurre agarrarse de las puntas. Se fijan en cada suceso que ocurre en sus cercanías y luego aseguran que lo ignoran todo. Se secan y producen hedores que dan jaquecas. Remachan su sapiencia aun en medio de las enmiendas.

 

LAS LUPAS se colocan entre ellas y el destino e inefablemente causan abundancia de eventos exagerados. Imaginan sus servicios en burdeles donde no se abulten los labios mayores y donde los pendejos estén afiliados a la casi invisibilidad.

 

LAS TENAZAS son tercas y meten bazas en los lugares encangrejados. Se arrancan la comida de la boca para alimentar a los pichones de las cartas. Muerden sin aguardar ninguna señal y después se extienden bajo el sol para desordenar la tendencia de las cosas.

 

LOS COLLARES circulan a contramano y provocan atascos en las avenidas del cuerpo. Se sujetan a su grandeza como si se aferrasen a una sentina. Dignifican su oficio poniéndoles colores a las hembras que matan a sus crías. Esclavizan las insignias de las mecedoras de barrio.

 

LAS PALAS ostentan pajaritos pintados tanto en carnaval como en cuaresma. Averiguan más de lo que se proponen con solo hundirse a plenitud en el terreno escogido. Transforman las apariencias de la gente y la tornan en triste espantacuervos.

 

LAS CAJAS se equilibran en las temporadas de los sismos y realizan depósitos para sobrevivir a las defecciones. Separan los cuentos de las referencias y anulan el valor de las resistencias a deshora. Suman e importan puntuaciones para las palabras que permanecen atrás, ciegas o desconectadas.

 

LAS HERRADURAS se clavan en las patas de las sillas de montar e impiden el tránsito de las velocidades al pelo. Aseguran que las islas deriven hacia tierra firme y, en consecuencia, se lastran de membranas y ofrendas de orín.

 

LAS BOTELLAS borbotan debajo de las camas donde nadie sueña con ebriedades. Transportan efluvios largos y duraderos para quienes se calzan con medias tobilleras. Condensan proporciones de fluidos que son arrastrados por las imágenes de frutos beodos.

 

LOS REVÓLVERES se enredan en discusiones de callejones y salen a relucir órbitas que abrasan. Cavilan en recámaras donde el suave viento de los recuerdos trae objetivos de cierta data. Se sublevan al no más mencionar el destello de las provocaciones.

 

LAS TAZAS calculan lo que cosechan y se ensanchan con tintineos que no hacen mella alguna. Caben en un suspiro de antaño, pero se impregnan con facilidad de las infusiones que portan cuerdas. No se rompen por azar: su sino está recogido en la vena que las alitera.

 

LOS LÁPICES se maquillan para ir de paseo, mas no para acudir a la escuela. Exterminan a los microbios con solo apuntarlos con su ojo de carbón. Enfocan los caracteres hacia el ámbito donde se diluyen las fantasías ópticas.

 

LOS PARAGUAS se resguardan de los chismes y las chusmas con solo dar un amplísimo bostezo. No confunden las alineaciones con las alienaciones y debido a ello resaltan entre todos los objetos creados por el universo. Se asocian con las lluvias y no favorecen las inundaciones, pero sí ayudan a proliferar a batracios y otros anfibios obcecados.

 

LAS CORREAS inventaron las transmisiones a distancia y los mensajes en clave. Tientan a los vicios con volteretas de cintura y aflojamientos de pantalones. Sacuden el polvo de nalgas adormiladas y las ponen al tanto de la sabrosura de lo tieso.

 

LOS DESTORNILLADORES se desternillan de risa cuando algo le da vueltas en la cabeza. Pierden el juicio frente a jueces prevalidos de ácidos y limas recién compradas. Se expatrían para detentar ánimo punzante que los haga famosos y solicitados.

 

LAS LIBRETAS con frecuencia se libran de usar libreas. Se inspiran en las expediciones al fondo de las vitrinas para colmarse y lograr una sana obesidad. Amortiguan las cargas con su carácter plano y otorgan letras para el cambio del alfabeto.

 

LAS GUBIAS son adictas a las cañas en su medianía, pero no se agobian con los achaques de las virutas. Se agitan frente a los tumores, sin embargo los impelen a discurrir por alternas rutas. Antiguamente fueron partidarias del vacío, mas pronto se convencieron de que la madera poseía sus trinos.

 

LOS ESTRIBOS se pierden al toparse con los extremos de la inquietud. Desprenden señales que únicamente captan quienes se aparecen bajo los árboles sin copas. Descansan sin molestias sobre las zarzas y elucubran sortijas para lucir en las tardes de toros. Unen a las ballestas con las manzanas que serán atravesadas por flechas de ficción.

 

LOS TELÉFONOS se portan de lo más bien cuando los dueños de casa están ausentes. Enlazan pensamientos que nadie quiere conservar y los guardan en una memoria muy volátil. Conmutan las penas y las convierten en procesos para la decantación de los espíritus. Implantan hilos en las lenguas para el pasatiempo de nunca acabar.

 

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WILFREDO CARRIZALES
. Escritor y sinólogo venezolano nacido en la ciudad de Cagua, Aragua, Venezuela. Entre otras obras, ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003) y Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004).
zalesw(at)yahoo.com

 

De este autor puedes leer, en la biblioteca de Almiar,
anteriores colaboraciones suyas:
Escrituras peregrinas · Notas de un viaje en tren
· Palabras de poeta

Ilustraciones: Fotografías por Wilfredo Carrizales ©

 

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 Revista Almiarn.º 96 / enero-febrero de 2018MARGEN CERO™Aviso legal

 

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