perros homero


artículo por

Francisco José Blanco Torres

 

Ser poeta o escritor profesional es una quimera que muchos quisieran alcanzar, pero que pocos, muy pocos logran al cabo de sus vidas, si tan solo consideramos como poetas y escritores a aquellos que perciben los suficientes ingresos para vivir de la literatura sin tener que dedicarse a otros menesteres, lo que en cierto modo no deja de ser una valoración injusta, porque a lo largo de la historia de la literatura ha habido personajes insignes —y Cervantes es solo un ejemplo, por mencionar al ilustre príncipe de nuestras letras— a los que la literatura a duras penas les dio de comer o les reportó algún beneficio pecuniario. Básicamente se podría decir que es escritor y poeta el que escribe novelas y compone versos, y que esta última y noble dedicación supone para el poeta o escritor el centro de su vida, supeditando todo lo demás a un segundo plano aunque tenga que dedicar muchas horas en otras ocupaciones mejor retribuidas pero menos satisfactorias para su noble e inquieto espíritu. El hecho de poder vivir de esta profesión es un hecho aparte, que poco tiene que ver con las verdaderas posibilidades de cada uno y con el talento que todos pretenden tener. Al final es el tiempo el que quita y da la razón, como casi todo en esta vida. Y es que muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

En este artículo abordaremos el papel del hombre de letras en épocas pretéritas, así como de la estrecha relación existente entre la poesía y el amor y la imposibilidad de conciliar ambos conceptos en la vieja literatura occidental. Tomemos como ejemplo a Irlanda, sin salirnos de la vieja Europa. La tradición de este país es muy rica en canciones, poemas y leyendas. Incluso los nombres de ríos, montañas, lagos y colinas llevan el nombre de un dios que yació con una diosa a la vera del camino, o de un guerrero que cayó luchando cerca de una orilla, o de una princesa que murió de amor en un vado. Los nombres de lugares se entroncan con la historia de los mitos más antiguos de sus habitantes. Su memoria es tan antigua como las raíces de las montañas y los árboles. Y los bardos irlandeses lo sabían. Ellos eran los celosos guardianes de la tradición, los libros andantes de su pueblo. Durante su larga carrera de doce años, necesaria para alcanzar el título de ollamh o poeta maestro, los aspirantes a alcanzar dicho honor estaban obligados a aprender de memoria trescientas cincuenta narraciones, con los poemas y canciones que estas contenían, así como gramática, irlandés antiguo, un alfabeto secreto llamado ogham y que estaba vedado al conocimiento de los profanos, música, matemáticas, astronomía, idiomas, derecho, medicina, etcétera. Ser poeta en la Irlanda celta era una institución sagrada. Los jefes de clan y los reyes temían las sátiras de los poetas, pues estas podían derribarlos del trono. Sus cantos podían curar o castigar, convertir las entrañas de un hombre en agua, hacer que el ganado enfermara o matar a un hombre con sus sátiras mortíferas. Salvando las distancias y las odiosas diferencias entre aquella época y la nuestra, ¿quién nos ha instruido o nombrado poetas o escritores? ¿Existe alguna universidad donde uno pueda sacarse el título de un oficio tan sacrificado, paciente y al mismo tiempo tan poco valorado? Por supuesto que no.

Tampoco podemos —salvando las distancias— compararnos con ellos, dado que cada uno de nosotros es hijo del tiempo en el que le ha tocado vivir, pero aun aquellos que viven de la literatura y tienen un poco de lucidez mirarían con envidia hacia atrás y verían que su arte no es más que un remedo o un eco posterior de una noble labor que otros comenzaron mucho antes. A aquellos gigantes de las letras no les hacía falta la opinión favorable del vulgo, de la gente común. Solo respetaban la opinión y la sabiduría de un igual. Y en cuanto a los temas que trataban, son los mismos que todos nosotros repetimos una y otra vez en nuestros escritos. Todo es viejo en la literatura. Nihil novus sub sole. No hay nada nuevo bajo el sol. Se podría decir que Cervantes creó con su Don Quijote la novela moderna, y que un irlandés, tres siglos después, la aniquiló o agotó por completo. Eso fue lo que hizo James Joyce con su Ulises. El anglófilo Borges lo sintetizó muy bien en su breve apólogo cuando escribió que cuatro son las historias que nos estamos contando siempre a los demás y a nosotros mismos, a saber: el asedio de una ciudad poderosa, defendida y atacada por hombres valientes en ambos bandos, la historia de un regreso, la búsqueda de un objeto ominoso, ya sea el vellocino de oro o el grial y la muerte de un dios. Y antes de él los griegos ya habían agotado todos los temas que Borges mencionara, y que podemos encontrar en abundancia en los trágicos griegos, en Sófocles, Eurípides, Esquilo… y por supuesto el más grande de todos los poetas, Homero. Solo tenemos que leerlos. Con ellos ya estaba todo escrito. Y como el gran Esquilo dijo una vez, aquel hombre que luchó contra los persas en la llanura de Maratón y en las aguas de Salamina, y que murió cuando un águila dejó caer desde lo alto una tortuga que llevaba presa en sus garras, como aquel hombre dijo una vez —y en su afirmación estoy totalmente de acuerdo— es que todos somos perros que comen de las sobras que caen de la mesa del gran Homero. Ni más ni menos que eso. Perros. Eso sí, no unos perros cualquiera, sino perros del ciego e ilustre Homero.

Como ya hemos mencionado en líneas anteriores el conflicto subyacente entre poetas y Eros es un problema que ya los antiguos irlandeses trataban en su literatura. La poesía no quiere adeptos, sino amantes. Con estas palabras Federico García Lorca expresaba una máxima verdad poética, a saber, que este noble y antiguo arte, que hunde sus raíces en el paganismo, como la tragedia clásica que inventaron los griegos, es un dios celoso que exige devoción exclusiva. O mejor dicho: una diosa que no gusta de rivalizar con nadie. Y es verdad. Cualquier poeta —y con esto me refiero a todo poeta auténtico y verdadero— sabe a qué me refiero. Si rastreamos en la vida de poetas antiguos podemos ver esta amarga disyuntiva. Una famosa tríada irlandesa dice: Es mortal mofarse de un poeta, amar a un poeta y ser un poeta. Mi pasión por las leyendas irlandesas me llevó a conocer al menos tres historias relacionadas con el asunto que trato en este artículo. Aquí solo os hablaré de la trágica historia de amor de Liadan y Curithir. Es un hermoso y conmovedor relato que ilustra muy bien el tema del que os hablo. El texto que a continuación os cito lo he sacado del libro de Robert Graves, la Diosa Blanca. Liadan y Curithir fueron dos poetas maestros en la Irlanda del siglo octavo después de Cristo. Ambos se conocieron en una fiesta de la cerveza, y se enamoraron. ¿Por qué no nos casamos?, le preguntó Curithir. Un hijo nacido de nosotros sería famoso. Ella le dijo que se lo pidiera más adelante, cuando hubiera terminado su gira de visitas poéticas. Pero luego comenzó a pensar en la oferta de Curithir, y cuanto más lo pensaba menos le gustaba la idea de tener un hijo de aquel hombre y de la fama que esto les depararía en el futuro. ¿Y por qué un hijo y no una hija? ¿Acaso su talento como poeta era mayor que el de ella? ¿No podían estar juntos sin necesidad de hijos? Entonces, cuando Liadan terminó su gira de visitas poéticas, hizo un voto de castidad, cuya violación significaría la muerte segura, y lo hizo porque ella sabía que su matrimonio con Curithir destruiría el vínculo poético que los unía. Al conocer su voto, Curithir se hizo también monje, y los dos se pusieron bajo la dirección de Cummine, un severo abad que le obligó a escoger entre ver a Liadan y no hablarle, o hablar con ella sin poder verla físicamente. El prefirió hablar con ella, como poeta que era, pero el abad nunca les permitió que se unieran. Las celdas de mimbre entrelazadas del monasterio se lo impedían. Al fin, cuando Curithir convenció a Cummine para que no fuera tan severo con ellos, este los acusó de incontinencia y expulsó a Curithir del monasterio. El apenado poeta se hizo peregrino y poco después Liadan murió de pena.

De esta leyenda se puede extraer la conclusión de que los irlandeses conocían el problema de las relaciones amorosas del poeta. Y he aquí la amarga lección: poesía y matrimonio son incompatibles. ¿Dónde se ha visto a una Musa doméstica? ¿O a un poeta doméstico? O peor aún. ¿Qué valor pueden tener los versos de un poeta domesticado?

Sin Musa no hay poeta. Y sin poeta no hay poesía ni alabanza de la Musa. La verdadera Musa para todo auténtico poeta es aquella que exige una devoción sin límites, y solo a cambio de eso le concede sus favores. Pero a cambio le exige un sacrificio enorme: su vida y su consagración total a ella. La Musa es la mujer inalcanzable e inaccesible. El poeta jamás puede pensar que la conseguirá, y si la consigue la Musa abandona su papel para convertirse en una mujer bondadosa o doméstica. Y entonces todo se va al garete. Ni Musa, ni poeta, ni poesía, ni nada de nada.

Y es que la poesía es como la vida, que no entiende de medias tintas. Diosa cruel que solo dispensa sus dones a aquellos poetas que se entregan por entero y sin reservas.

 

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Francisco José Blanco Torres: «Nací en La Coruña en el año 1974. Mi carrera literaria comenzó en el año 2007, como colaborador en la revista digital de historia, fantasía y ciencia-ficción Aurora Bitzine, donde me han publicado por entregas mensuales las novelas históricas Emain Macha desde septiembre de 2007 hasta agosto de 2008 e Ítaca desde febrero de 2010 hasta agosto de 2010. También he participado con cuatro poemas en los años 2008, 2009, 2010 y 2011 en el proyecto Gira Poema, un libro sin derechos comerciales que fue liberado en distintas ciudades de todo el mundo con la participación de poetas conocidos e inéditos. Dicho proyecto fue convocado por la página web de poesía, narrativa y artes visuales Antaria y Letras Kiltras, que está gestionado por la poetisa chilena Natalia Gaete, impulsora del proyecto».

@ Contactar con el autor: ulisesnav1 [at] yahoo.es

Ilustración artículo: Point muse, Armand Point [Public domain],
via Wikimedia Commons.

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