poemas por

Paula Lobato Díez

 

Nos faltan los motivos

 

Soy una Italia sin circos, foros ni romanos,
el remitente de un sobre sin rellenar.
La melena corta de una gitana,
esos volantes de su falda
lisos y sin colorear.

Long John Silver con plata pero sin loros,
el macho alfa que nunca aprendió a aullar.
Donostia bañada pero sin bruma,
una media luna
que ni sonríe ni acuna ya.

Aquel pueblo sin opio pero con Iesus,
un niño que ya anda enganchado al Apiretal.
Soy un triste hipocondríaco confeso;
sin ti un catedrático sin la ESO,
contigo un Sol que muere en el Japón occidental.

Cada vez que me miras me destripas,
Jack… por amor nunca mendigas.
Tú das las órdenes, capitán.

Me llaman Tintern pero no tengo abadías ni calles,
soy un prado sembrado con cal.
Nunca cambio las cuerdas de mi guitarra,
a tus ojos soy esmeralda…
pero las tuyas brillan más.

Unas cartas de navegación que no dan detalles,
cierta sacerdotisa que no quiere Pan ni bacanal.
Soy un canto de Góspel solitario,
la cueva de un ermitaño,
una anadiómene carcomida por la sal.

Un campus de estudiantes sin risas ni cerveza,
un Hall of fame en época medieval.
El quejido de unas uñas en la pizarra,
una mezcla fabricada
con cleenex y napalm.

Cada vez que me miras me hechizas,
tu amor brujo ni falla ni finiquita.
Venga, remátame ya.

 

Sola

Now your nightmare comes to life
Avenged Sevenfold

 

El mar ya no es un espejo,
sus olas estridentes arrastran guijarros que chocan en penitencia
y son tan oscuras como las noches sin luna.

Remueven un poso tan podrido como mi esperanza.

Donde antes soplaba un aire tropical
ahora solo arrecia un vendaval tan gélido
como lo son las verdades más evitadas.

Me dobla como a las palmeras en la costa,
puede que me parta como a una caña seca.

Los atardeceres ya no tienen colores,
con su gris monótono y comunista pretenden hacerle justicia
a la etiqueta de tristeza que les cuelga
ya desde hace mucho.

Por no ser, ni las nubes son ya nubes.

Ya no dibujan, ya no vuelan,
no son más que una masa dispersa tan poco prometedora como la vida.

Los sueños sueñan que no tienen pesadillas.
Yo sueño con que mis pesadillas sean tan solo eso, sueños.

Con despertar en una cama
y tener la certeza
de que la realidad no es aún peor
de la que hay en mi cabeza.

Con un día lejano en el que tus abrazos sirvan
para curar aquello que provocaste,
con la pócima para olvidarme de todo empezando por ti.

Que no me den a probar del miedo unos labios tan cercanos,
que los tragos no sean todos malos.

Que todos los cuerpos se quemen, presas de mi insuficiencia.
Que sus cenizas llenen cada rincón de mi ser
y como un nouveau Frankenstein me permitan lucir
todo aquello que jamás viviría en mí de otros modos.
Antes imaginaba que era Mary Shelley,
pero en el camino de escritora me quedé en el simple monstruo.
Resultado de la peor obra de terror: la realidad.

Quizá así ya no tenga que cenar siempre puré de reproches con sardinas,
como dijo el rey Sabina.
Quizá así ya no tendrías ojos para nadie más,
qué remedio para ser la única…
quitar a todas de en medio.

Ese espejo que devuelve miradas de ojos ausentes me conoce muy bien,
pero no me reconoce.
Me encargué personalmente de no tener que ver más
aquello que no te bastaba,
por eso ya no me muestra quién es la más guapa de tu reino.

Las sospechas llegaron, podría no serlo yo,
y el pobre se quebró para ahorrarme el disgusto.
Muchas cosas se rompieron además de un cristal.

Llorar sangre no tiene por qué ser un recurso literario,
una gota por cada vez que me pinché con tu rosal.
Una gota por cada vez que me quisiste pero no me lo creí,
por cada vez que deseé ser esta, esa o aquella.

Por cada vez que los pronombres no alzaron mi alegría.

 

Sopla mis brasas

 

Y que no quiero que venga el destino a vengarse de mí.
Y que prefiero la guerra contigo al invierno sin ti.
Ganas de – Joaquín Sabina

 

Cómo puede el vacío sentirse tan colmado
de agujas, carbón y brasas;
que bordan y remachan en mis tejidos
cenefas con tachuelas de lo enterrado.
No noto yo tan yermo este hueco mío
entre los restos del amor que hoy zanjas
crecen a ritmo de réquiem
brotes ennegrecidos
a  los pies del volcán
de los corazones sombríos.
Vacíos como mi fondo,
como si del mismo infierno se tratara
habitan mis pensamientos
mano a guante con el frío.
Ese hielo que congela el tiempo
y me hace crecer zarzas alrededor del cuerpo.
Suben las enredaderas y las rosas
con sus vestidos de pinchos
hasta que clavan bandera
en los cráteres de mi pecho.
Con cada herida reabierta me acerco
con pequeños pasos ingrávidos
al que creo más grande:
tu aliento soplando en mi cuello.
Afortunada soy de que un buen día
alguien me enseñara a escribir;
que me traigan al demonio ahora mismo
y le firmaré con hiel negra y no tinta
todos los papeles que se le antoje exigir
con tal de que me permita
volver a acariciar tu piel.
El plasma y los glóbulos de colores
serán los materiales de mis rimas
para darle una mano de pintura
al Berlín (muy al) este de mi vida.
Ya no huelo
no escucho
no veo.
Mis sentidos solo reaparecen
cuando consigo dormir un rato,
pues no hay realidad entonces que me impida
absorberte gota a gota;
que entres en mis venas y bombees
lo que ya no es mío por contrato.
Quemaste mis ilusiones con los cigarrillos de la confianza
me he arrancado las costras a tiras
y como fanática del dolor
aquí te sigo esperando.
Yo te eché y ahora te llamo de vuelta;
por favor regresa antes de que se sonrojen mis quemaduras.
Vuelve a mi lado e incéndiame,
haz de tu mejor obra pirómana
nuevos besos sobre mis lunares.
Desde este satélite ya conquistado
todas mis constelaciones se despliegan ante ti.
Sondea mi espalda
y aluniza en mi hombro izquierdo.
Quédate allí a vivir,
solo un poco más arriba
del Sol que alimenta todo mi universo.

 

Eres mito

 

Las mayores aventuras
ocurren en tu cama.
El mundo que acecha
tras nuestra bóveda de sábanas
nos enfrenta,
es frío y peligroso.

Entre almohadas se abre
un fuerte
donde luchan indios y cowboys,
tus piernas son dos ríos
que evocan una nueva edad de oro.

Cada beso contiene la magia
que colma los cantares medievales,
en tus pechos se libran
las más cruentas cruzadas
por este amor masón tan bien oculto.

Con tu aliento le insuflas vida
a esta mujer
de barro.
Por tus clavículas
los más famosos escaladores
luchan por hacer cima.

Tus manos abrigan
como una lámpara
a su genio.
Tú, con solo frotarme
haces magia con mi deseo.

Hay un viento violento
que azota por el costado,
vienen dragones alados
al compás de tus lentos
movimientos.

Soy escriba de tu cuerpo
en tu papiro translúcido
leo los restos más puros
del Nilo.

De las persecuciones de Jasón
salió una gran historia,
escrita en el pergamino
de tu piel
dorada.

Drogada por el opio
de la ensoñación
de tus ojos
te siento.

Para qué abandonar
el calor de este nido
si fuera la vida corrompe.

Mejor me quedo contigo
allí donde la fantasía
está al alcance de mi mano.

Donde con tocarte,
se escriben
los mejores libros.

 

Paula Lobato Díez

Paula Lobato Díez. Estudia Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid. Busca dar a conocer su primer poemario Mujer de agua y muerte, del cual se publica aquí una muestra.
Se trata de un conjunto de poemas autobiográficos que recorren, de la mano del lector, todas las etapas de una historia de amor condenado al fracaso. La temática navega entre el descubrimiento de la bisexualidad por parte de una joven al enamorarse de su amiga, el descenso al infierno de las enfermedades mentales y un gran sentimiento de pertenencia a la tierra, en este caso el Mediterráneo que baña la Comunidad Valenciana, alcahueta de esta tragedia moderna.

 Contactar con la autora: Paula.lobato.diez [at] hotmail.com


 Ilustración poemas:
Fotografía por: MarandaP / Pixabay [dominio público]

 

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