relato por
Cristian Acevedo

 

Flavia  no  sabe  de  esas  cosas. No sabe que esa misma tarde se jugará —en la otra punta de la ciudad—, un partido decisivo. No sabe de partidos decisivos, y está bien que así sea. ¿O acaso saberlo cambiará en algo su final?

En el noticiero nada dicen de lo que a ella realmente le preocupa, por eso es que no lo sabe. Si nunca tratan los asuntos importantes: la planificación de los quince, o el bardo de las funciones trigonométricas. O cómo reaccionar si han pasado dos días, y a una, todavía no le vino.

Flavia se sumerge en la tibieza de la bañadera. La acompañan las baladas del Ipod, a todo volumen en su habitación. Afuera, un tren pasa dejando un eco lejano de bombos y silbatos, mientras ella se empapa el pelo y las orejas. Un tren que no oye porque Flavia tiene la cabeza en otra parte: pronto llegará su padre, y no querrá cruzárselo.

Su padre, tal vez sí sepa del partido decisivo que está por jugarse. Pero es un partido del ascenso, en la otra punta de la ciudad, y no le preocupa. En todo caso, podrá verlo desde la comodidad del sillón.

Volverá de reservar el salón para el próximo abril, sin imaginar que no habrá cumpleaños ni fiesta. Ni en abril ni en mayo habrá fiesta, ni nunca más.

Flavia sale de la bañadera, se seca y desempaña el espejo en busca de algún granito. Nada de nada; la crema funciona según los afiches y las propagandas de la tele. Sonríe.

Se ha llevado la ropa al baño: una musculosa cualquiera que manoteó en el apuro. Se pone sus anillos, se vuelve a calzar el piercing en la nariz y se cuelga en bandolera el suvenir del quince de Yani: una bolsa plástica con tachas, hecha por su mejor amiga. Ha sido Yani, justamente, quien la contactó con esa Cecilia, la doctora. La bolsa, un cuadrado bordó, le combina a Flavia con la musculosa roja y las botas marrones.

Tiene turno a las cuatro. Son apenas las dos, pero ya está histérica, nerviosa.

Faltan dos horas, y dos horas es mucho para las diez cuadras que debe caminar hasta el consultorio. Se alborota el pelo y termina de arreglarse frente al espejo del living. Ignora que pronto se jugará un partido decisivo. Y también ignora que, debajo de la musculosa roja, duerme inconsciente, frágil, el fruto de su retraso menstrual.

Afuera, algún vecino insiste en cortar el pasto, sin interesarle tampoco el partido decisivo que se jugará en breve.

Flavia abre la heladera y se sirve un vaso de yogur bebible. Mata la sed en dos ligeros tragos. Se asegura de llevarse el celu y el llavero: en un momento saldrá a caminar, a hacer tiempo.

La vereda está desierta, y los viejos no aparecen. Es mi día de suerte, piensa. Y, a su paso, el perfume del champú se funde con el del pasto decapitado, y ella se olvida del atraso y de los preparativos de abril.

No sabe que pronto se olvidará de todo, que más tarde se jugará un partido decisivo, y que jamás estuvo tan equivocada en cuanto a su suerte.

 

El primer patrullero hace chirriar la sirena, y el micro escolar inicia su temblorosa marcha. Es sábado, y no hay clases. Ese micro naranja —custodiado por dos móviles policiales— traslada una barra de hinchas que les dan y les dan a los bombos al ritmo de una arenga tan amenazadora como pegadiza. Las banderas azules que cuelgan de las ventanillas flamean y devoran las chapas anaranjadas. Se asoman decenas de torsos desnudos.

El patrullero que los escolta mantiene la distancia. Cuarenta y tantos son los que gritan, cantan, putean y golpean los asientos y los costados del micro, que se destartala en cada bache. Un partido decisivo se jugará pronto, y el chofer del micro y los policías y los cuarenta y tantos, y los cientos que los ven pasar, intuyen que algo sucederá. Todos lo intuyen, excepto Flavia, que mira vidrieras esperando a que se hagan las cuatro de la tarde.

Son las tres y cuarto, y el policía del primer patrullero —que conoce muy bien el camino y el procedimiento—, se desvía dos cuadras para evitar el semáforo de la avenida. El micro lo sigue, balanceándose por el medio de la calle. El segundo patrullero se adelanta con la intención de esperarlos en el siguiente cruce.

El programa es sencillo: retomar la avenida en la próxima intersección, conducir hasta la autopista y, sin demoras, llegar al estadio dentro del horario pautado.

 

Hay cosas que no se pueden programar, piensa Flavia, palpándose instintivamente el vientre y reparando en la sensual joven que la observa desde el reflejo de la vidriera de la zapatería. Esa sensual y delicada quinceañera que le devuelve un guiño y desaparece con su musculosa roja de algodón y sus calzas negras.

Suena el celular, no atiende. Es David, lo sabe.

Veinte minutos faltan para las cuatro, y su teléfono vuelve a chillar: otra vez él, quien no tendrá ninguna respuesta hasta que Flavia no se haya entrevistado con Cecilia. Más tarde volverá a llamar, pero ella ya no será capaz de contestarle.

 

Cecilia fuma, mientras googlea los datos del próximo congreso. Le han cancelado la consulta de las tres, y faltan todavía quince minutos para que llegue la chiquita de las cuatro, quien el día anterior la llamó temerosa y urgente.

Enciende el ventilador de techo de la sala de espera y sale al balcón: tal vez la vista de la calle la distraiga del aburrimiento; no tiene el celular de la chiquita, por eso no la llamó para adelantar el turno. Aplasta la colilla contra la baranda y, asegurándose de que ningún vecino la vea, la lanza al asfalto.

Se encierra unos minutos en el baño, y vuelve a su escritorio oliendo a Colgate y a alcohol en gel. No tiene más que correos no deseados en su casilla. La única que le queda es seguir esperando. Lo que no sabe es que seguirá esperando más de la cuenta, y que se irá maldiciendo a la pendeja irresponsable que no fue capaz de avisarle que finalmente no iría.

 

El patrullero dobla en la esquina. A los lados del micro escolar, se suceden, dormidas, vidrieras con maniquíes bien vestidos y bien calzados. Los bombos hacen temblar el asfalto y las paredes de vidrio, y provocan una sinfonía de alarmas histéricas que no preocupan ni a los vecinos ni a los dueños de los autos: la siesta es sagrada.

Una botella de cerveza se desparrama en el primer asiento, y el chófer mira por el espejo y putea bajito, pero no se atreve a más. Los cuarenta y tantos gritan ahora, en contra del «Rojo», porque entienden que se juega un partido decisivo, y la batalla comienza en sus gargantas y en sus enormes bombos.

Llegan a la intersección.

En apariencia despreocupada, una pequeña mujer de musculosa roja y calzas negras camina entre la gente por la vereda sin sol. El micro escolar se detiene apenas un segundo, y sigue su andar al ritmo de dos tiros letales que el patrullero opaca con su sirena.

Flavia no sabe de esas cosas. Por eso la sorprende el ardor en el pecho y en la espalda, que rápidamente se extiende de sangre por el algodón de la musculosa.

Se arrodilla sobre las baldosas grises. ¡Ese dolor asfixiante será producto de los nervios, del yogur de frutilla, del atraso de dos días!

Flavia nunca supo que hubiera sido más conveniente elegir otra de las tantas remeras del ropero, ninguna de ellas de color rojo. Porque ese sábado —en la otra punta de la ciudad— se jugaba un partido decisivo.

 

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Cristian Acevedo. Escritor argentino, de treinta y tres años de edad. Desde que se dedica en serio al oficio de escribir ha tenido algunos reconocimientos con sus relatos:
– Fortaleza alemana, Finalista en la Convocatoria de Cuento Digital Itau 2012.
– El domingo en que por fin llovió, Seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM
– Bien pulenta, Ganador del IV Concurso Literario de El Cuento del Dia. También seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM
– Noticias de domingo, publicado en Revista Crónica.

Contactar con el autor: zonaacevedo |at| hotmail.com

 Lee otros relatos de este autor: Déjà vu · Intrusos
Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiarn.º 72 | enero-febrero de 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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