prosa poética por

Pablo Mora

 

Hay un batir de remo acompasado, hay un retrato de agua y de quebranto, palabras de entre casa y las de cambio, un juntar de palabras escondido, una cuerda más tensa y resonante, la amenaza de muerte o de esperanza. Hay un paso, dos muros apretados. Hay sombras y luciérnagas, hay vida. El silencio que ahoga y amordaza. De pie la cuerda tensa del orgasmo. Ese olor de mujer que nos persigue o ese clamor de patria que nos reta, o con el alma de la patria en ascuas.

Hay la esquina del tiempo que resurge. La sombra de la muerte que reúne. Una vena sangrando de pavor. El peso de la noche y el gemido. La nocturna memoria sofocada. El murmullo del día amanecido. La jaula de locura enfurecida. La sombra, el silencio, el sinsentido. Hay mentiras de más y compromisos. La vida inesperada, descubierta. La promesa escondida en la semilla. Aguas blancas, secretas, reunidas. Lo amargo de las sombras y las penas. El infierno, el infierno de los hombres.

Hay el grito solar como protesta. Un río, una promesa, el mar dormido. Un juego de demencia, una ventana. El íntimo rumor que abre las rosas. El grito, la amenaza, el perro malo. El reverso del tronco, el rudimento. El camino del perro, su pupila. El destino del hombre, su sollozo. Señales de estar vivo y en peligro.

La noche y su recado vacío. Altos troncos y en lo alto el canto. La palabra y el canto y sus hogueras. La pólvora y el pueblo y la palabra. El mar, su llamarada, sus confines. El aullido del pan acá en la puerta. Altos secretos, todos escondidos.

Hay un terror de manos en el alba, un rechinar de puerta, una sospecha, un grito que horada como una espada, un ojo desorbitado que te espía. Hay un fragor de fin y de derrumbe, un enfermo que rompe una receta, un niño que llora medio ahogado, un juramento que nadie acepta, una esquina que salta de emboscada, un trazo negro, un brazo que repele, un resto de comida masticada, una mujer golpeada que se acuesta. Hay un viento que danza, hay una calle, un cielo, hay unos árboles en fila. Hay una soledad, ciertos recuerdos. Hay una atmósfera de hollín cargada. De asombro, de pavor, de escarapela. Hay un viento que danza enloquecido. Hay un reloj de tiempo detenido. Hay un reloj paralizado ahora. Una calle, un rencor, hay alguien solo. Hay un pobre que llora en el barranco. Un niño que entre lluvias llanto apaña. Hay mil pruebas mortales que vencer.

Hay hambre junta en oleada atroz. Hay hambre antigua, nueva y a montones. Aquí, en la Tierra, el hambre continúa. La miseria, el luto, otra vez el hambre. Sólo el hambre, argonauta, sólo el hambre. Al hombre lo cobija el hambre antigua.

En el umbral del tiempo se acurruca. Sólo comemos soledad y pena. Seguimos con el hambre todavía. En el ruedo del hambre y de la guerra se agiganta la sombra de la muerte. Toda la ira y la amargura juntas, la encendida razón de la locura debajo del vestido miserable. La noche fulgural donde nacemos cuando a morir apenas comenzamos. La lluvia, Dios, el hombre, tienen hambre.

 

línea separadora Pablo Mora

Pablo Mora. Nació en Santa Ana del Táchira (Venezuela), en 1942. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello (1966) de San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela. Obtuvo doctorados en Psicopedagogía y en Periodismo en la Università degli Studi di Torino y La Università Cattolica del Sacro Cuore de Milán, Italia, respectivamente. Ejerció el magisterio desde 1969 y la docencia universitaria desde 1973 a 1994. Profesor Titular Jubilado de la Universidad Nacional Experimental del Táchira (UNET), de la que fue Director de Cultura. Asesor del Despacho Rectoral de la UNET en el área comunicacional 1992 – 1999. Autor de la Letra del Himno de la UNET.

Leer otros textos del autor (en Almiar): Enigma solamente (prosa poética) y Madrid de marzo (poema)

 

 Ilustración artículo: Fotografía por Alchemilla / Pixabay [dominio público]

 

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