relato por
Óscar A. Bidabehere

 

Cada uno se va como puede,
unos con el pecho entreabierto,
otros con una sola mano,
unos con la cédula de identidad en el bolsillo,
otros en el alma,
unos con la luna atornillada en la sangre
y otros sin sangre, ni luna, ni recuerdos.

ROBERTO JUARROZ

 

La mujer aún mantiene destellos de una belleza mediterránea. Cuando comienza a narrar, de su voz nacen hilos de dulzura y dolor, enredándose como la hiedra del camposanto. Tiene algo de calandria herida, y las palabras se van enhebrando para tejer una manta de esas que proliferan en tierras andinas, coloridas y desgarradas. Alicia ha pasado los cuarenta años, cabello ensortijado, reflejos dorados, y una mirada de esas que enternecen. El restaurante donde nos encontramos guarda resabios de un tiempo pasado, con sus techos por las nubes, ventanas angostas y altas para aprovechar la luz, y paredes de ladrillo al desnudo. El bullicio aturde. Nada hacía pensar lo que sobrevendría. ¿Usted es…? Sí, el mismo. Comienza a contar esa historia que la estremece. Mientras habla, sus manos hacen dobleces con la servilleta, que evocan una paloma blanca. Pareciera un clamor de sosiego. Testigo y víctima. A medida que avanza, en el relato, se deslizan tenuemente lágrimas, tibias y salobres, llanto de niña huérfana.

Todo sucedió en Uribelarrea, el «pueblo de los locos», mote popular con que lo ungieron perplejos visitantes, que tenían la osadía de ingresar atraídos por intriga ante las fábulas trasmitidas por los clásicos lenguaraces. Cerca de la gran urbe porteña, Buenos Aires, con un halo especial, muy fines siglo XIX, congelado en el tiempo, el caserío extraña tiempos mejores; por su plaza deambulan los internados del hospicio de salud mental, que agregó a su nombre un condimento especial. El abuelo Andreu, inmigrante catalán, era todo un personaje, y hasta Haroldo Conti le dedicó un cuento, aquel romance nunca concretado del hombre que todas las tardes pasaba por frente de la casa de su amada y un lenguaje de miradas ahogaba las palabras. Aunque no lo pudo conocer, Alicia le tiene una admiración singular. El viejo era un referente al que acudían por consejo los vecinos. Cultivaba la sabiduría popular, apostado en la pulpería, enclavada en una de las diagonales que desembocan en la plaza, camino a los tambos desparramados en la zona rural. Tenía un nombre de tierra adentro: El Palenque, y era iluminado, en las noches, con velas, que parpadeaban lánguidamente en sus mesas. Tienda de expendio de bebidas para gente de a caballo y libreta de deudores que pagaban a fin de mes. La confianza, ¡sí señor!, dar la palabra, sellaba los acuerdos. Con su esposa tuvo dos hijos, un varón y una mujer, Celina, la mujer que con los años daría a luz a nuestra confidente. La tragedia vino a alterar una vida bucólica donde los tiempos se amojonaban con cada festividad. Primero el abuelo y al poco tiempo su mujer, fallecen, uno sigue al otro, tal su unidad, soldada para siempre. La muerte no avisa, Celina y su hermano, probaron el desamparo de la orfandad, púberes aún. El hermetismo patriarcal, muy de época, se llevó al olvido, el qué, cómo, cuándo, construyeron su historia. Sus hijos, como un puzzle volcánico, recogieron los fragmentos como pudieron. Al no haber familiares cercanos, el Juez decidió darlos en adopción. Separarlos con todo lo que entraña. Fabián, el más chico, se quedó en el pueblo, con una familia que trabajaba en la parroquia. Pronto enfermó y sin alcanzar la adultez, murió. Celina es entregada a un terrateniente porteño, que vivía en una gran casona versallesca, ubicada en las barrancas de San Isidro; había un frondoso parque donde reinaban las magnolias y un aromo portentoso. Vivió unos años colmada de atenciones, pero había algo que la asfixiaba. Quien cumplía el rol de padre era muy autoritario y controlaba todos sus movimientos. Jaula de oro que le dicen. Ella tenía otras inquietudes, soñaba con fugarse y a medida que pasaban los años fortalecía su decisión. Un verano pudo venir al pueblo de la infancia, ya adolescente, con sus bucles y una mirada seductora, de esas que perforan los muros que se alzan a su paso. Quedó prendada de unos ojos color del tiempo, húmedo o despejado, como el cielo. Alberto, de él se trataba, un lugareño alto, y con un magnetismo que le hacían acordar al personaje del Dr. Zhivago que encarnara Omar Sharif. Hubo algunos flirteos, pero las vacaciones fenecen y Celina debió regresar a su gran casona, ahora más fría que nunca, y terminar la educación secundaria. La correspondencia con Alberto fue anudando un vínculo cargado de deseos contrariados. Al cumplir veintiún años, Celina junta un poco de ropa, y huye con rumbo a Uribelarrea. Allí la esperaba Alberto, la pasión los envolvió, vertiginosamente, haciendo oídos sordos a las acechanzas del mundo adulto. Hubo bailes y un tema musical emblemático en sus vidas, Only You, con el romanticismo arrollador de Los Plateros. Pronto sellaron su matrimonio. Tuvieron dos hijas. Alicia, como bautizaron a la primogénita, y la hermana menor, Ruth. La vida pueblerina transcurría sin novedades, las niñas crecían despreocupadamente y llegó el tiempo de los juegos en la vereda. Un par de casas más allá, sobre la misma acera había una farmacia, el boticario era un hombre que orillaba los cincuenta años y su mujer era bastante más joven, por su aspecto no tendría más de treinta y cinco años, y unos ojos piadosos con una tristeza indescifrable. Eran muy devotos, pero algo corroía su pareja. No podían tener hijos. Celina acudía a buscar medicamentos y las niñas la acompañaban siempre saltando y haciendo morisquetas. El farmacéutico y su mujer se encariñan con ellas y comienzan a convidarles dulces y regalos, como llenando el vacío que significaba su carencia afectiva. La relación avanza y Alicia se veía, cada vez que iba a esa casa, como en el país de las maravillas. Su hermana menor comenzó a padecer un enigmático mal, que perturbó la tranquilidad familiar. Celina y Alberto sienten la vulnerabilidad de tener una hija enferma, y el desconcierto de los médicos locales. Graciela la esposa del farmacéutico va con frecuencia a la casa de Celina con manjares para las niñas. Hasta cualquier observador desprevenido vería cómo sus ojos recuperan la vivacidad, y hasta se encienden de alegría asistiendo a las pequeñas. Larvadamente iban creciendo otros sentimientos que explicarían su drástico cambio. Mientras tanto, Ruth empeoraba, entonces Alberto cierra su metalúrgica y marcha a Buenos Aires, al hospital de niños Garrahan, el más importante de Sudamérica. La estadía de la niña se prolonga, entonces alquilan un departamento frente al nosocomio, para turnarse en su cuidado y alojarse con Alicia. En un acto de solidaridad el boticario y su esposa deciden acompañarlos, cierran la farmacia e igualmente alquilan un departamento en las cercanías para estar cerca de sus amigos. La internación se extiende por ocho meses. Finalmente regresan todos con Ruth desahuciada. Alberto está irascible con su esposa, quien nota cambios en el carácter de su pareja, atribuyéndolo a la angustia por la hija enferma. Finalmente la pequeña fallece y la desazón deja abatidos a sus padres. Ese agujero negro de perder un hijo violando las leyes naturales, los abisma hasta ensombrecer su destino matrimonial. Mientras tanto, durante muchas horas, Alicia, con sus ingenuos nueve años, lo pasa acogida por los generosos vecinos. Pero tras bambalinas crece un culebrón mexicano, que traerá gran zozobra a sus vidas. Alicia no entiende las desavenencias cada vez más estentóreas entre sus padres. Algo que escapaba a su entendimiento impedía desentrañar las turbulencias que rodeaban al entorno familiar. Es que Alberto vivía un apasionado romance con la vecina, Graciela, siluetas furtivas que se entregaban a la pasión en los cañaverales cercanos. La traición amorosa se vestía para el festín de Eros y Tanatos. Celina ya había descubierto la trama, pero los avatares con su hijita le habían hecho dejar en segundo plano el affaire de su marido. Alberto resistía como podía los embates de Graciela, que exigía que abandonara a Celina. Los nervios lo devoraban aturdiendo sus sentidos, y eso es lo que confía a uno de sus mejores amigos. Pide ayuda con los gestos que nadie entiende. ¿Cómo zafar del asedio? Pueblo chico infierno grande, la olla a presión está a punto de soltar su silbido estridente. La comidilla del bar, era el amorío que asomaba en las orillas del poblado, condimentado con el machismo que reinaba ufano. Sermones y pecados. Alberto no puede más y toma la decisión que cree más honorable, al final él, todavía la amaba a Celina, pero la aventura le había nublado la razón. Todo ocurrió con precipitación y la vertiginosidad de la máquina del tiempo, excediendo a los involucrados. Nada podría frenar a Alberto. Recuerda aquel esquema, a mano alzada, de Leonardo Da Vinci, el cuerpo humano en cruz, quiere darle un sentido épico, purificador, a lo que va hacer. Entra resuelto al taller metalúrgico, que había levantado con su esfuerzo, y se dirige a la columna central de hierro fundido. Arranca los cables del tendido eléctrico, apoya su espalda en la oxidada silueta y aferrándose con cada mano a los cables pelados, tiene tiempo de abrir sus brazos como dos grandes aspas, como Cristo en el madero, recibiendo sobre su cuerpo todo el voltaje. La vida se extingue, chamuscada y negra, como noche de invierno cerrada. Justo en el momento que ingresaba Alicia, la niña enmudece petrificada de terror, ante lo dantesco de la escena. Entre sollozos corre a avisarle a su madre, quien se desploma sobre un sillón, y comienza a llorar catatónicamente. Cuando se recupera y el timbre suena insistentemente, abre la puerta y ve a Graciela desencajada, es cuando Celina, ante su hija, propina soberana cachetada, sobre aquella mujer, que les había envilecido la vida. Ella ya conocía la traición. Y Alicia abandonaría abruptamente ese mundo de maravillas que la rodeaba, con su costado lúdico. Las pérdidas le borraron la sonrisa por mucho tiempo. Supo lo que es una puñalada por la espalda. Graciela terminó deambulando entre los locos de la plaza, con una mirada perdida, como alguien que perdió la brújula. Celina sacó fuerzas de donde pudo y aun con su melancolía a cuestas siguió acompañando a su hija. Y ambas, alojarían en su alma las laceraciones que a veces provocan los vaivenes del corazón. En la noche, un cielo límpido, mudo testigo, mostraría miles de estrellas devenidas en cicatrices de dolor.

Volvemos al presente, la realidad real de El Quijote, ya las palabras se han agotado secando las gargantas, reina una atmósfera de exorcismo. La tarde comienza a ponerse gris, se respira un aire de tormenta, es hora de despedida. Nos saludamos antes de tomar cada uno su camino, ya no volveremos a vernos, o quizás sí, la vida es una caja de sorpresas. Alicia seca sus lágrimas, entonces mi mirada baja hacia sus hombros, y descubro dos avejentadas manos sosteniendo su tristeza.

 

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Óscar Armando BidabehereÓscar Armando Bidabehere, (1950). Puerto Deseado. Pcia. de Santa Cruz. República Argentina. En el año 2005 fue premiado en el concurso narrativa organizada por la Asoc. Residentes Buenos Aires, siendo la titular del jurado la reconocida escritora Sylvia Iparra-guirre. Título: De cómo la derecha devino en izquierda. En 2009 obtuvo el tercer premio concurso Editorial de los Cuatro Vientos con su relato Vuelo Crepuscular, publicado en la Antología El decir Textual. En el año 2011, en el concurso por Memoria e identidad organizado por Cuentos y Más fue seleccionado para ser publicado en el diario Tiempo Argentino con el micro relato Fue. También aparece en la Antología de Cuentos publicada por Editorial El Orden, y en Editorial Ayhesa. Su relato La Vuelta al mundo en quince horas está en el Proyecto Biblioteca Patagónica, edición digital y recientemente, enero 2012, en la Revista Archivos del sur, edición digital, aparece su relato No lo sabes. Hay otros relatos en los Cuadernos Culturales deseadenses, edición papel y digital y en el periódico El Orden, papel y digital. Su relato La vida en tres días apareció en la revista Almiar (España). Desde hace diez años reside en Olavarría, ciudad de la llanura pampeana argentina, en el centro de la provincia de Buenos Aires.

Contactar con el autor: osbipd [at] yahoo.com.ar

 

Ilustración relato: Pintura (detalle) por Alejandro Niz ©
(ver muestra en Almiar de este autor).
 

 

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Revista Almiar – n.º 71 / noviembre-diciembre de 2013
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