relato por
Antonio Veiga

 

L

a cara que ponemos bajo la lluvia, los hombros inclinados, la cabeza humillada pero en la mirada una curiosa determinación. La calle borrosa por el tenue resplandor del atardecer. El niño llega primero y mantiene la puerta abierta, Laura resbala sobre los tacones de aguja. Tira la chaqueta sobre una mesa, se pasa los dedos por el cabello empapado sin dejar de reír. Sólo hay otro cliente, un hombre inclinado sobre la barra. Sigue los movimientos de la camarera torciendo apenas el cuello. Es joven, gorda, tiene una voz dulce. El hombre bebe despacio, después agita los hielos en el vaso vacío, dibuja sobre la madera con la yema de los dedos. Suspira con frecuencia.

Laura habla con el niño, le pregunta por la escuela, qué asignaturas le gustan. Habla sobre libros, porque le he dicho que le gusta leer. Él contesta con monosílabos o frases cortas. En realidad yo tampoco sé demasiado sobre él. Saca buenas notas, no parece tener muchos amigos: en realidad me resulta casi tan misterioso como cualquier otra persona. No significa que no me importe, pero realmente es otra vida, otro punto de vista, no existe una conexión profunda. El hombre termina su copa y levanta el vaso por encima de su cabeza. La piel brillante, ojeras, oscuros rizos despeinados. Coderas de cuero en una chaqueta de pana. La chica se acerca despacio, mientras llena la copa él se incorpora a medias y le dice algo en voz baja. Intercambian algunas frases, bebe un largo trago.

—Otra, por favor —la chica obedece y se repite la escena, él inclinado sobre ella, dice algo a su oído, ella lo mira un instante, después se aleja unos pasos y se pone a ojear una revista—. Perdona si te he molestado —dice el hombre. Laura sigue hablando pero el niño no contesta. Entonces se vuelve hacia mí. Sé que se esfuerza. Sólo una vez le hablé de mi mujer y me escuchó muy seria, procurando mostrarse, creo, más paciente que curiosa, atenta pero no demasiado interesada. Por mi parte elegía las palabras con cuidado, intentaba expresarme con propiedad. Parece como si todo acabara convertido en palabras, personajes, una simple idea. Pienso, no puedo evitarlo, en la vida y la muerte de otras personas como si no fuesen más que una parte de la historia, de mi propia vida, y fuese mi responsabilidad otorgarles significado. —Lo siento —repite el hombre. La chica no contesta. Él se inclina hasta casi tocar la barra con la frente. Bebe, se atraganta.

—Has bebido mucho —dice ella.

—Tienes razón. Me voy a casa.

—Vale.

—Dime si me perdonas.

—Por favor…

—¿Por favor, qué? No te enfades conmigo —suplica. Se miran por un instante. El hombre emite una especie de maullido.

—Vete a casa…

—Sabes que no soy así. Estoy borracho.

—Te perdono —él se pone de pie y se acerca a ella lentamente, apoyándose en la barra. Ella retrocede.

—¿Estás enfadada?

—Por favor…

—¿Me perdonas? —la chica mueve la cabeza, inexpresiva, y por un instante nuestra mirada se encuentra. Al otro lado de la mesa, Laura se mira las manos con el ceño fruncido. Me acercaría muy despacio, me acodaría en la barra con cierta dejadez, diría algo inteligente. Sería conciso. Por supuesto, sé que jamás haré nada parecido, y si lo intentase no resultaría como lo imagino. Pero el corazón me late con fuerza. El hombre le sonríe al aire, guiña un ojo, después camina hasta la puerta, se detiene un momento en el umbral, oscilando sobre los talones, y se aleja ofreciendo el rostro a la lluvia. Sigue un profundo silencio. La chica mira la revista, después apoya los codos sobre la barra, la frente en las manos y se rasca la cabeza con lentos movimientos circulares. Llegan nuevos clientes, sonríe, se mueve con soltura, parece imposible imaginar que algo la preocupe. Detrás de la cristalera parece llover menos y ha caído la oscuridad. Nos ponemos de pie, entonces nos mira y sonríe, pero su voz suena tímida.

—Hasta luego.

—¡Hasta luego! —dice Laura. Me limito a agitar la mano. Hace frio, ella se acerca a mi y paso el brazo por sus hombros. La calle está casi vacía, los coches levantan pequeñas olas que brillan un segundo y rompen casi a nuestros pies. El niño camina un poco adelantado, con la cabeza baja. Al final de la calle se detiene y espera que lleguemos, sonríe,  pero no puedo descubrir en su mirada hostilidad ni el menor reproche. Apenas ironía, la satisfacción tranquila de quien se hace con el funcionamiento de un sistema o al final de la tarde observa el trabajo realizado. Cierto brillo cómplice, una especie de tolerancia.

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Antonio Veiga. Para este autor, residente en A Coruña, escribir ha sido siempre, y únicamente, una afición.

📩 Contactar con el autor: tveiga [at] outlook.es

Ilustración relato: Fotografía por MargaritaMorales / Pixabay [dominio público]

 

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 Revista Almiar · n.º 94 / septiembre-octubre de 2017

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