artículo por

Fuensanta Martín Quero

 

Para Max Born, matemático y físico alemán nacido a finales del siglo XIX y fallecido en 1970, Premio Nobel de Física en 1954 y uno de los firmantes del Manifiesto Russell-Einstein que alertaba en 1955 de los peligros que suponía la proliferación del armamento nuclear, la revolución científico-técnica que ha tenido lugar en los últimos tres siglos no solo ha supuesto un gran avance en muchos aspectos de la vida humana como en la Medicina, sino que ha traído de la mano consecuencias que han escapado al propio control del ser humano, como es la superpoblación derivada del aumento de la esperanza de vida que provoca hacinamientos en zonas del planeta y un consecuente alejamiento de la persona respecto de la naturaleza —a la que permanentemente se la está fustigando—. Born, que en absoluto infravalora el gran progreso de la Humanidad producido a partir del desarrollo de las innovaciones técnicas, fue consciente, y así lo manifestó, de que esa revolución científico-técnica igualmente ha provocado un desmoronamiento de los principios éticos formados desde épocas anteriores, y menciona, por ejemplo, la desvalorización de la dignidad del trabajo como consecuencia de la excesiva mecanización y del desligamiento del binomio actividad-trabajo. El individuo solo interviene en una parte pequeña del proceso productivo y no obtiene gratificación alguna personal ni se siente responsable por el resultado final que es ajeno a él, ya sea el producto final un vehículo, un traje o un misil de largo alcance. Su visión sobre el futuro de la Humanidad fue pesimista y lo veía abocado, bien al exterminio de la población tras una catástrofe nuclear producida por la incapacidad del ser humano y de los sistemas educativos de dotar a las investigaciones científicas de principios humanistas, bien al sometimiento de la raza humana a la tiranía de unos pocos que utilizarían los avances técnicos para dirigirla y controlarla.

Algo más de cuarenta años tras el fallecimiento de Max Born asistimos a una aceleración aún mayor, en proporciones geométricas, de ese distanciamiento del ser humano respecto de la naturaleza. Los ciudadanos del «primer mundo», que hemos visto con gran satisfacción la gran mejora experimentada en muchos órdenes de la vida, como en la vivienda, la disponibilidad de una amplia variedad de alimentos, los avances médicos aplicados a la asistencia sanitaria, la universalización de la educación, el transporte rápido que acorta enormes distancias geográficas, el acceso y la participación en la cultura por parte de los ciudadanos y ciudadanas, etc., somos testigos al mismo tiempo de efectos colaterales indeseables. Inmersos en un estrepitoso ritmo impuesto desde afuera, muchas personas manifiestan de una manera o de otra un intenso malestar por no ser dueñas de sus propias vidas. A los horarios de trabajo, cada vez más largos —salvo los llamados minijobs, o empleos a tiempo parcial con remuneraciones muchas veces ridículas, invención de Alemania que comenzó a aplicar a partir del año 2003 como forma coyuntural para aminorar las listas del desempleo, pero que en la actualidad es una fórmula cada vez más extendida entre otras razones para enmascarar las estadísticas del paro— hay que sumarles el tiempo invertido en los desplazamientos a los lugares de trabajo —no hay más que observar el rostro abstraído y cansado de los cientos de personas que aglutinan los vagones de los metros de las grandes ciudades en hora punta—, las largas colas para obtener servicios de la Administración, sobre todo si son servicios sociales, la saturación permanente de la asistencia sanitaria casi al borde del colapso, la cada vez mayor burocratización de todos los ámbitos de la sociedad, tanto públicos como privados, a través de requisitos interminables y plazos acuciantes, la ingente cantidad de leyes que a diario se promulgan para satisfacción de intereses políticos concretos y que producen tal maraña legislativa que, más que seguridad jurídica llevan a la inseguridad y al juego de las posibles interpretaciones ante un mismo hecho, las innumerables obligaciones académicas que se exigen a los estudiantes desde tempranas edades y los cada vez más rigurosos requisitos y formalismos para acceder a la Universidad; por no nombrar, además, la polución creciente de muchas ciudades, la contaminación acústica que producen los motores de las vías o las aglomeraciones de personas en lugares públicos, el agotamiento y la destrucción de los recursos naturales, el acoso a los medios rurales, a la flora y a la fauna de los ecosistemas, etc. Esta civilización hace irrespirable la vida, la atormenta y la acosa, no permite que la ciudadanía sea dueña mínimamente de su tiempo y que lo natural forme parte de ella. La privación de libertad no solo viene dada por la circunscripción limitada de la persona a un espacio concreto, igualmente la ausencia de disponibilidad de tiempo como ser humano impone un yugo. Es la esclavitud de esta Era en la que vivimos.

Este sistema que atenta contra el bienestar de la persona y la aleja de su tiempo y de su medio natural, no solo no se ha puesto en tela de juicio real —sin demagogias— por la clase política dominante para mejorarlo, depurarlo y acercarlo a los fines justos de la vida, sino que está siendo hoy en día objeto de un ataque frontal en nuestro entorno geopolítico más próximo para debilitarlo o para aniquilarlo, recortando o acabando solo con los aspectos beneficiosos que produce y sustituyéndolos por otros que no hacen sino empeorar las condiciones de vida de las personas y potenciar aquellos efectos colaterales negativos. Las noticias diarias de los medios de comunicación, en más de una ocasión mediatizados, infunden cuanto menos desaliento, ausencia de perspectivas futuras. Crisis y valores macroeconómicos, poderes fácticos y brazos políticos que siguen sus directrices a rajatabla, subsistencia colectiva e intereses privados y concretos que se superponen, políticas convulsionadas de un signo o de otro —unas más que otras— que pierden el horizonte de la esencia misma de la vida y justifican los medios —perniciosos o no— para la consecución de fines abstractos a largo plazo de dudosa naturaleza colectiva. Legiones de personas a las que nos ultrajan nuestro tiempo, nuestro sosiego y nuestra dignidad, abocadas a una esclavitud que gira en torno del trabajo o sin él, del exceso de requisitos o del destierro social, del mundo acelerado y neurótico o de la parálisis y la demencia del que ha sido arrojado de sus límites.

¿Estamos asistiendo, pues, al sometimiento de la raza humana, tratada «como manada de criaturas obtusas», bajo la tiranía de una oligarquía económica y política dominante, de manera similar a lo vaticinado por Max Born? Quiero pensar en esta pregunta con un hálito de esperanza:

«El humanismo siempre surgió como una reacción contra una amenaza que se cernía sobre el género humano: en el Renacimiento, contra la amenaza del fanatismo religioso; en el Iluminismo, contra la amenaza del nacionalismo extremo y de la esclavización del hombre por la máquina y los intereses económicos. La actual revitalización del humanismo constituye la respuesta a una forma agudizada de esta última amenaza —el temor de que el hombre se convierta en esclavo de  las  cosas,  en  prisionero  de  circunstancias  que  él  mismo  ha creado—…» (Erich Fromm).

 

«Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de “tuyo y mío”. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes… Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia… La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y del interés, que ahora tanto la menoscaban, turban y persiguen… entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado» (Miguel de Cervantes. El Quijote).

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Fuensanta Martín Quero. Nació en Coín (Málaga) en 1963. De su obra cabe destacar los libros de poemas: Un lugar para la Nada y La esencia hallada. Asimismo, ha publicado Parajes del silencio (Colección de poesía Wallada, Málaga 2002), Lugares y figuras (Colección de poesía Wallada, Málaga 2007), diversos poemas en los libros colectivos de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de Málaga: Homenaje a Gabriela Mistral (2002), Homenaje a Antonio Machado (2003), Homenaje a Octavio Paz (2005), Homenaje a Juan Ramón Jiménez (2006) y Homenaje a Gloria Fuertes (2007); así como en la antología poética Versos para la Libertad (Editorial Corona del Sur, 2007). En prosa, ha publicado algunos relatos en el libro colectivo Breviario, de ALAS (Málaga 2003).

Web de la autora: http://lecturasdefuensantamartinquero. blogspot.com.es/

 Ilustración del artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 64 / mayo-junio de 2012MARGEN CERO™Aviso legal

 

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