relato por
Roberto Cambronero Gómez

 

E

n mis años de investigación he escuchado casos interesantes. Mathéo Charbonneau, un poeta francés, decidió como protesta (afirmaba que su lucha era contra los formalistas rusos, aunque quizás era contra cualquier teoría o doctrina) escribir todos sus poemas con el mismo título. El primero tenía sentido, los siguientes estaban escritos con palabras que tuvieran la misma cantidad de sílabas y no variara ningún otro elemento. Cuando se publicó —póstumamente— su poesía completa, el libro fue un fracaso de ventas y los críticos lo llamaron «la obra de un mecanógrafo enloquecido, no de un genio creador», como en realidad lo fue. La novelista japonesa Katsura Hitomi, después de una larga serie de obras maestras, se empeñó en escribir su saga familiar desde el presente que retrocediera al Período Azuchi-Momoyama.  Cada  generación  era  autopsiada meticulosamente  —los  pormenores  eran  analizados  con  su proverbial ironía—, pero al concluir la obra que superaba (según su cuidadora) las tres mil páginas se obsesionó con la idea de retroceder el árbol genealógico hasta llegar a sus verdaderos ancestros que —seguro influenciada por la locura latente en los escritores— aseguraba eran un grupo de cromañones que emigraron por la Manchuria.

Pero esos casos quedan cortos ante el de René Lara. Creo que será necesario establecer su contexto para comprender de verdad qué lo llevó a querer ser autor de la «novela perfecta». Nació en Oaxaca, 1931, hijo de un profesor de historia y una dramaturga frustrada. Queda fuera de mi campo de estudio si existirá un argumento post-freudiano que justifique que la aquella frustración paterna —su padre publicó una malograda novela histórica— se halla heredado, que en los aires de esa casa viajaba la literatura como reto ancestral (quizás, desde algún cromañón que no lograba terminar un mamut rupestre). Después de estudiar filología clásica, publicó textos —de calidad mediocre— que variaron de lo gótico al costumbrismo. En uno de sus ensayos anunció la idea de la «novela perfecta». En la polémica publicación estableció que «conociendo el trasfondo de la maquinación de la crítica y la teoría literaria, la perfección de la prosa puede ser obtenible…». De inmediato fue clasificado por todas las autoridades literarias como un «pomposo de ideas tan risibles como aterrorizantes» (Sáenz, 1954) y agregó en su diatriba, una «mente psicópata». El texto —mejor dicho el desafío que se le impuso— le dio fama mundial en pocos días. En las palabras de Baudelaire, la fama y la estupidez son altamente compatibles.

¿Existe algo más estúpido que lanzarse a un proyecto imposible, y más encima vanagloriarse de antemano en una inmerecida vanidad? Pues queda claro que Lara no concebía «la novela perfecta» como algo imposible, lo que lo vuelve inmensamente más estúpido. Siguiendo la corriente a sus detractores —quizás con más hambre del néctar de la fama que algo más—, decidió publicar un reporte de su avance mensualmente. Estos fueron publicados desde revistas literarias hasta los periódicos amarillistas, todo con tono burlón, por supuesto. En el primero reporte nos dice:

«El primer paso para la novela perfecta, utilizando mi método infalible, es elegir un tema. Este debe ser universal, pero también altamente individual, siendo los dos ejemplos más grandes: la muerte y el amor, que todos experimentamos, pero cuando nos pasa a nosotros es como si fuera cosa que inventamos. Debe ser grotesco para levantar la morbo y bello para hacer una estética (lirismo). En consecuencia elijo como tema la humanidad, ¿qué mejor sitio para emplear puntualmente los pathos?».

El  pequeño  párrafo  fue  diseccionado  y  blanco  de críticas —por no decir escupido— tanto por intelectuales como por los obreros que leían el periódico en los descansos del trabajo. Creo —y solo puedo suponer por no haber sido parte de estos lectores— que muchos lo vieron como un loco, pero otros lo ofendían profundamente porque temían que la literatura, que tanto había problematizado, acabara siendo una serie de fórmulas matemáticas que Lara había descubierto. La observación más colectiva fue que el tema de la humanidad era, lo quisiéramos o no, total en todo lo que se hubiera escrito desde la epopeya de Gilgamesh hasta sus contemporáneos. Sáenz, el más respetado y menos tolerante dijo: «Es obvio que cualquier fabricación de un texto, por muy fantasiosa que sea, será escrita por un humano que inevitablemente tendrá todos los sentidos, percepciones y forma de pensar humano; en otras palabras, es una reverenda idiotez». Un fenómeno interesante, el vetusto crítico que solía andar tras bambalinas cuando se trataba de textos  serios,  ahora  era  una  figura  común  en  la  televisión —aparato que lo obligó a adquirir gradualmente un lenguaje más llano— cuando se trataba de esta «broma colectiva», como la llamó un renombrado sociólogo. Además, el pathos humano practicado en la humanidad se volvió un chiste común en reuniones o ferias del libro.

Aislado en una casa de dos plantas en Guadalajara, inició la producción de la primera «novela perfecta». Hubo, como era de esperar, no solo espías y vendedores ambulantes que aseguraban tener diez copias de la novela ya lista, pero también uno que otro aspirante a escritor que le ofreció cantidades de dinero por su fórmula secreta. Si Lara era algo, era de moral férrea y no se vendió. Al mes siguiente, como prometido, publicó la siguiente nota:

«El reto de la novela es escribir la primera línea. Esta debe atrapar e hipnotizar a un lector, como los ojos de una cobra a su presa. Por eso ideé algo que llamara a cualquiera, la frase habla de muerte y amor al mismo tiempo. El primer capítulo gira en torno a ello, y como adelanto les dejó la primera línea: “El amor y la muerte, como la vida y el desamor, son cosas terribles”».

Sáenz volvió a aparecer en las pantallas del mundo, en este diálogo patrocinado por el vulgar circo mediático. Aquel hombre conocido por sus ensayos sobre Balzac y Lope de Vega ahora pertenecía a un espectáculo de feria. Después de atacar una metáfora débil, dijo olvidando cualquier profesionalismo: «Es el peor inicio a una novela que se haya escrito», el público aplaudió y él mostró sus dientes amarillos. Entonces, como truco atrapa audiencias, se llamó a Lara al programa y los dos compartieron insultos que no caben aquí por no tener nada que ver con la escritura (de lo que nos salvó la muerte del autor). A la tercera que escribió dijo:

«Conforme avanzo, debo afinar mi arte de novelar. Aquí viene lo infalible, aplicar mis vastos conocimientos de la teoría a la práctica. Los esperpentos de Valle-Inclán harán un genial clímax, rompo un par de jerarquías para lo carnavalesco y uno que otro párrafo lúdico. Es así de simple, el gran secreto: hago que esas teorías quepan en mi texto y eso lo hace canónico. La novela perfecta estará concluida, sin demoras, el próximo mes. No habrá necesidad de editarla. En cuanto a la prosa, usé oraciones simples para que se comprenda con facilidad pero de cuando en cuando puse palabras poéticas (otoñal, primaveral, silvestre, melifluo) para que sientan lo sublime. Claro, en el descenso al infierno un poco utilicé otra serie de palabras poéticas (agonía, llamaradas, condenados). ¿Cómo manejé el tema de la humanidad? Así de sencillo, un microcosmos, un bebé y un anciano, nuestros extremos. El primero muere y el segundo se enamora. En ese ciaroscuro a la inversa, el lector encontrará todos los sentimientos que necesitará para encontrar la lectura adictiva, mientras los críticos la verán canónica. Sin duda, la novela perfecta».

Ante la charlatanería del párrafo, Sáenz —un maestro, para ese entonces, de complacer al vulgo— respondió con un «dele», además de dudar de la lógica de un «ciaroscuro a la inversa». Al mes siguiente, un tiraje barbárico de medio millón de copias salió al mundo hispano mientras se trabajaba en traducciones al inglés, francés, portugués, mandarín y otra quincena de lenguas. Titulada sin ninguna modestia como La novela perfecta: relato de la humanidad, efectivamente trataba de un bebé que muere y un anciano que se enamora. Lara se alejó del sentimentalismo y lo empalagoso, los episodios pares de muerte y los impares de amor (claro, uno es lógico, divisible y el otro no). ¿La novela perfecta? No, acabó siendo ridícula con frases como: «El bebé enfermo representaba, ante todos, su propia muerte, como si estuvieran frente a un espejo ancho de mortandad» (pág. 19) o «…el dolor lo volvió un sujeto escindido» (pág. 145). Se enfocó en analizarse a sí mismo con tanta vehemencia —además de hacerlo con poca elegancia—, que la historia quedó olvidada. Al final, el lector descubre que el bebé es nada menos que el anciano enamorado. Al preguntarle por este error, respondió que era una temática filosófica.

Curiosamente Sáenz anunció su retiro antes de criticar la novela. ¿Habrá creído, en un aturdimiento histérico, que era la novela perfecta? ¿Que Lara demolió la literatura hasta sus cimientos? No se sabrá nunca. La novela vendió, como era de esperar, cuarenta y cinco millones de copias en todo el mundo. Una enorme broma, como ya se dijo, porque quizás ni un tercio la terminó. Como todas las malas novelas, acabó olvidada y salió de impresión. Lara después comentó que fue irónico al escribirlo, era su deseo escribir la novela más imperfecta y le salió justo como deseaba. Claro, hubo uno que otro incauto crítico que la aclamó y uno que otro premio.

 

separador texto relato Roberto Cambronero

 

Roberto Cambronero Gómez. Es un joven autor costarricense que estudia Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de Costa Rica, donde participa en su Taller de Cuento y Poesía.
Su cuento El tornado y los desconocidos fue publicado por la Revista Pórtico 21.

📩 Contactar con el autor: robertocambronero [at] hotmail.com

 

Ilustración relato: The Novel Reader (detalle), Vincent van Gogh [Public domain],
via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiar – n.º 81 / julio-agosto de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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