relato por
Jesús Monsalve Dorado

 

L

a plaza en la que Félix se lamentaba de su suerte, sentado bajo una carpa agobiante, estaba dolorosamente iluminada. Las farolas vertían una luz desangrada sobre las baldosas irregulares de granito y las coloreaban de un naranja mustio, dando la impresión de que se iban a derretir bajo los pies de la gente. La ceniza pisoteada de las colillas se confundía con las vetas de la piedra. Dos altos mástiles negros de metal sostenían dos potentes focos que con su resplandor abrumaban la carpa y parecía que eran capaces de derribarla. Trazando el perímetro había ocho árboles exánimes resecados por el invierno que eran abrazados por unos cordones de los que pendían una serie de bombillas desnudas que contribuían a magnificar la iluminación. El vocerío era ensordecedor. En la periferia de la plaza se escuchaba el rugir de algunos automóviles en todo ajenos a la fiesta. Los gritos de los niños parecían trepar como agua hirviendo en una cazuela hasta abrumar a los tres hombres que se encontraban sentados en la carpa. Los padres, fuertemente abrigados, sujetaban con dificultad a sus hijos, que luchaban por salir corriendo y saltarse todas las colas para llegar cuanto antes a la caseta de los Reyes. En los aledaños de la plaza se demoraban complacidos los niños que ya habían conseguido entregar su carta. Allí también había, plantados como árboles, media docena de hombres mayores que, con las manos en los bolsillos, sujetaban con una sonrisa condescendiente sus cigarrillos mientras observaban la alegría sincera e inocente de los pequeños.

En el extremo opuesto de la plaza, en un desnivel aliviado por cuatro escalones de piedra oscura, las autoridades habían instalado un tiovivo. Las cuatro columnas que sustentaban la cubierta estaban tachonadas por unas bombillas de colores verdes, amarillas y rojas que se encendían y apagaban intermitentemente. Un pequeño amplificador adherido al techo de la máquina pronunciaba una música que apenas era capaz de agarrarse al griterío de la muchedumbre. Dos altavoces, grandes y negros como ataúdes, colgaban de los balcones del ayuntamiento y arrojaban unos villancicos rancios distorsionados por la poca calidad de los propios altavoces y de la grabación.

El suelo se hallaba salpicado de envoltorios de caramelos que unos minutos antes habían lanzado unos hombres disfrazados de pajes. Las baldosas de piedra parecían un tablero con lunares multicolores: azul de anís, rojo de fresa, amarillo de limón y violeta de moras.

La túnica roja caía pesadamente encima de Félix. Incluso sentado como estaba, sentía su sólido peso sobre los hombros. La peluca, compuesta por una innumerable cantidad desordenada de bucles blancos le llegaba casi hasta los ojos. Cuando dos horas antes se estaba disfrazando, se miró al espejo y advirtió su semejanza con uno de esos perros que parece que no pueden ver nada y que solamente se guían por el olfato. Inmediatamente a su derecha se encontraba el hombre negro vestido de rey Baltasar, y más allá, rascándose continuamente el pecho, el que se había disfrazado de Gaspar. Los tres estaban castigados por un foco inclemente que les martilleaba con su luz impúdica. La caseta en la que se encontraban sentados recibiendo a los niños era de planta hexagonal y se levantaba como una pirámide gracias a unas varas metálicas que en su arranque parecían desear encontrarse en el cielo. Sin embargo, a una altura de unos dos metros, el ímpetu de las aristas de la caseta se suavizaba hasta converger todas en un punto elevado aproximadamente unos tres metros. Sobresalía un pequeño mástil que mostraba orgulloso una bandera con el escudo del pueblo. El color rojizo de la tela teñía levemente los rostros de los tres hombres, y el canal dorado que la ribeteaba hacía aparecer en sus caras y ropas unas tenues mariposas que aleteaban al compás del viento que tremolaba la caseta.

La barba oscura de Félix se enmarañaba y se mezclaba caprichosamente con la del disfraz. Continuamente se la colocaba con disimulo para que no sobresalieran sus pelos negros. Había pensado afeitarse para ese día, con el sentido absurdo de la responsabilidad de un actor mediocre, pero al instante había rechazado esa idea. Habían pesado por una parte los veinte años que le había acompañado la barba, y por otro lado no hubiera sabido explicárselo a Loli, y ya le había mentido bastante durante los últimos meses, pensaba. Sentía un hormigueo en las piernas debido a las dos horas que llevaba sentado sin moverse. Le parecía incluso que tenía dificultades para respirar, una tos ronca de fumador le sacudía cuando trataba de inspirar aire con fuerza. Intentaba consolarse recordando los sesenta euros que le habían pagado por ese trabajo en la noche de Reyes. En el bolsillo guardaba un puñado de caramelos que había cogido antes para dárselos a su hijo, de limón, que eran sus preferidos. Tenía en esos momentos una niña pecosa de unos seis años sentada sobre sus rodillas. Él la conocía, a la pequeña y a su madre, Toñi. Ella regentaba la panadería situada a unos cincuenta metros de donde él tenía el video-club. Era conocido moderadamente en ese pueblo de inviernos helados y veranos sofocantes aquel burgalés de pocas palabras que había llegado hacía ya once años, que se había casado con Loli, la muchacha con la voz más hermosa de la coral del municipio, y que nunca había podido asumir ni un ápice el acento andaluz. Procuró interponer entre Toñi y él a la chiquilla para que no lo pudiese reconocer. La pequeña le estaba recitando el mismo discurso que había estado escuchando durante toda la tarde. Félix cerró los ojos y se aviseró el rostro con la mano intentando hacer creer que estaba concentrado prestando mucha atención a lo que decía la niña y memorizando la larga lista de regalos. Ella le tendió un sobre que olía suavemente a fresa y mientras ella se levantaba lo arrojó sin cuidado a una caja grande de cartón de color arenoso donde se almacenaban desordenadamente todas las cartas que les habían entregado a los tres durante esa tarde.

Los guantes se le adherían pegajosamente a las manos debido al sudor que manaba sin pausa de su piel. El foco inmisericorde le atizaba con su fulgor en plena cara. Los rostros de los niños se le desdibujaban borrosos e intentaba fijar los ojos miopes en sus rasgos sonrosados por el frío. En el transcurso de la tarde había dejado de impostar la voz y sólo volvía a retomar la simulación cuando se acercaba algún padre o alguna madre que pudiera conocerle. En esos momentos enronquecía la voz para intentar remedar la opaca voz de un viejo y exageraba el deje del esquivo acento del lugar.

Francis iba agarrado a su madre aguardando a duras penas la cola. Sus manos estaban enguantadas en unas manoplas grises de las que pendían unas borlas de borreguito blanco algo sucias. Llevaba puesto el abrigo rojo con capucha que le habían traído los Reyes el año anterior. Cuando su madre se lo puso unos minutos antes de salir de casa recordó la decepción que había sentido al extraerlo del papel de regalo en que lo habían envuelto. Esperaba que ese año fuese distinto. Había sido el mejor estudiante de su clase y durante esos días de vacaciones había hecho muchos recados a su madre. Escribió pacientemente la carta con una cuidada caligrafía en la que detallaba exactamente los regalos que deseaba. Su madre se había ofrecido a llevarla unos días antes. El niño miraba de cuando en cuando el bolso con recelo, imaginando que ella, tan despistada en ocasiones, la había extraviado. Se encontraban detenidos. Francis apretaba intermitentemente la mano de su madre como si fuera un pequeño corazón que late y se balanceaba sin ritmo sobre sus tacones. Ella tenía el gesto serio y apenas había hablado nada con su hijo. Él tuvo que ser muy pertinaz para convencerla de ir a ver a los Reyes. Solamente después de su larga insistencia accedió a colocarse una apresurada coleta con una goma negra, le peinó su flequillo rebelde de manera enérgica y salieron de casa dando un fuerte portazo. Francis supuso que debía estar enfadada aún por lo de la noche anterior. Cuando llegaron a la plaza, mientras esperaban en la larga cola, ella pasó con suavidad la mano sobre la cabeza de su hijo y le recolocó el pelo con las uñas.

Un chiquillo vestido con una chaqueta vaquera forrada se acercó a Félix. Lo reconoció al instante: era Marcos, el hijo de Raúl. Se preguntó si esa simple prenda le bastaría para luchar contra el frío de ese gélido diciembre que se metía hasta dentro y parecía que iba a quebrar los huesos. Lo acompañaba otro niño muy alto y una pareja de unos cuarenta años. Tuvo que volver la cabeza hacia la derecha para no toser en la cara del niño, que ya se había colocado sobre sus rodillas. Su cuerpo se convulsionaba con violentas sacudidas. Razonaba que no podía ser saludable la mezcolanza del frío del ambiente con el calor artificial producido por el disfraz y los focos. Cada mañana Loli le pedía con la voz aún asida por el sueño que dejara de fumar. El niño le recitó los regalos rápidamente, sin pausas, con los ojos muy abiertos girados hacia la izquierda, una retahíla de nombres aprendidos como una oración, nombres que Félix apenas escuchaba: un coche teledirigido, una play-station, unos patines, el video de una película de Walt Disney. Félix se buscó el mentón entre la barba y se lo pellizcó con los dedos. Le habían ofrecido un buen dinero por la colección completa de esas películas infantiles, pero en ese momento acababa de decidir que esa cinta no la vendería, se la daría a Raúl. Raúl le comentó que él también había hipotecado la casa e incluso había sacado del banco el dinero que había heredado Rocío cuando su padre murió y que habían guardado para la universidad de Marcos. Recordó el día en que se lo había contado, un minuto después de que Castro se levantara de la mesa y se fuera del bar, y cómo, apurando una cerveza y golpeando el vaso vacío contra la madera salpicada de quemaduras, con los ojos ya algo brillantes de alcohol y de codicia, añadió que pronto lo recuperarían todo con creces y que Marcos iba a estudiar la carrera en una de esas universidades americanas de las películas. Félix rebuscó en su bolsillo, sacó los caramelos y se los dio al niño.

—Tienes que portarte muy bien con tus padres y estudiar mucho —dijo mientras Marcos desenvolvía con impaciencia uno de los caramelos de limón y se lo introducía en la boca.

Delante de Francis se tensaba una fila con muchos niños y adultos, aunque no se encontraba ya demasiado lejos de los Reyes Magos. Podía ver la caseta y distinguía a los tres Reyes. Los tres tenían un niño sentado en las rodillas. Él esperaba que pudiera entregar la carta a Melchor, que era su preferido. Aunque no lo había confesado, le tenía algo de miedo a Baltasar. En la escuela muchos compañeros hablaban mal de los negros que trabajaban en la fresa, decían que robaban a los del pueblo y que se peleaban en los bares. El día anterior por la tarde había visto uno, cuando salía del invernadero. Francis vio la brasa de un cigarrillo incendiarse a tres metros de él. La luna plateó los ojos abiertos e inflamados del negro. Echó a correr y no se detuvo hasta llegar sofocado a la puerta de su casa. Algunos de los niños se encontraban acompañados por sus padres, aunque había otros que estaban solos. Reconoció con envidia a Sole, Martinico y Alberto, compañeros de clase. Francis se soltó de la mano de su madre y se parapetó ligeramente detrás de su falda. El tiovivo giraba cansinamente a su izquierda. Estimó que después de visitar a los Reyes podría montar en él. Tenía pequeñas motos, cochecitos, un camión de bomberos, una especie de locomotora y platillos volantes. En esos momentos tan solo había dos niñas subidas, que agitaban con fuerza sus cabezas para ondear los cabellos y simular que giraban a gran velocidad. El que más le gustaba a Francis era un cochecito de policía, que en ese momento no estaba ocupado. Su boca exhalaba pequeñas nubes de vaho, y, cuando su madre no miraba, simulaba con la mano que le quedaba libre que iba fumando un cigarrillo, un Marlboro de los que fumaba su padre, un tabaco de hombres. Se notaba la nariz helada y sorbía constantemente el agüilla que comenzaba a reptarle de modo tímido de la nariz. Se quitó la manopla e introdujo la mano en el bolsillo derecho del abrigo y comprobó con alivio que ahí seguía el paquete. Palpó el papel suave en que lo había envuelto y clavó una de sus esquinas en el dedo índice. Su padre había comprado una parcela en las afueras del pueblo donde iba a cultivar fresas. A veces, había reñido con su madre, ella decía que el terreno era muy malo, que allí no podría recoger nada, que porqué se pensaba que había invernaderos para las fresas, que haber hipotecado todo no había sido una buena idea. Francis tuvo que buscar en el diccionario el significado de la palabra hipotecar. Él sí confiaba en su padre, él no estaba preocupado. Pese a todo, la noche anterior se entristeció porque su madre lloró mucho y gritaba, aunque no puedo entender bien lo que decía.

Félix sintió cómo una gota de sudor le recorría la espalda. Con las manos enguantadas se rascaba la barbilla, atravesando con los dedos la jungla artificial blanquecina. En ocasiones pensaba que le iban a atacar duros calambres en la pierna. Giró la cabeza a la derecha y miró a sus compañeros. No conocía al que interpretaba a Baltasar. Sería, razonó con seguridad, uno de los inmigrantes que trabajaban en los invernaderos. Félix intuyó que apenas hablaría unas cuantas palabras en castellano. A lo largo de la tarde había percibido que los niños se le acercaban algo asustados. Recordó que él sentía algo similar cuando era pequeño, siempre le gustó más Gaspar. Aquel hombre apenas hablaba, tan solo sonreía mostrando sus dientes blanquísimos que el foco refulgía y movía comprensivamente la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Al otro hombre, sin embargo, sí que lo conocía: se llamaba Quinín y era un vagabundo. Lo había visto en ocasiones arrastrando bolsas inmensas saturadas de periódicos y papeles usados y hablando solo en voz baja. Se trataba de un hombre mayor, de unos sesenta y tantos años, de pelo cano y grandes ojos azules. Hablaba mucho y reía abiertamente con los niños que se le acercaban.

Las bocinas de los coches se escapaban desde lejos y procuraban superponerse a la voz picoteada de Raphael que regurgitaban los altavoces. Luis ya le había hecho una oferta razonable por su coche. La tarde anterior había conducido hasta unos veinte kilómetros del pueblo. Aparcó al lado de una excavadora que reposaba en silencio y apagó el motor, aguardando a que el carraspeo del coche se disolviera en la noche como un azucarillo en una taza de café. La luna bruñía las máquinas paradas y les otorgaba una apariencia helada y fantasmal. Algún otro día había pasado por allí cuando las apisonadoras, grúas, volquetes llenos de tierra y obreros estaban en plena ebullición, allanando el terreno para la nueva autovía. La quietud que emanaba esa tarde le sobrecogió. Sin bajar del coche, con las luces apagadas, depositó con cuidado sus gafas en el salpicadero y fumó un cigarrillo con los ojos cerrados. Cuando lo terminó bajó la ventanilla y lo arrojó haciendo palanca con el índice como si le diera un capirotazo. Arrancó el coche y atravesó todo el pueblo, sobrepasándolo en otros veinte kilómetros en sentido opuesto. Se detuvo al llegar a los terrenos yermos que había comprado junto con Raúl. Un cuervo graznaba desde las ramas de un famélico olivo. Bajó del coche y anduvo arrastrando los pies sobre el polvo. En cuclillas, cogió una ramita y dibujó con ella figuras aleatorias sobre la tierra. Al levantarse, borró sus trazos caprichosos con la puntera de sus zapatos y lanzó lo más lejos que pudo el palo mientras maldecía a Castro. Al llegar a casa entró con pasos vacilantes y se hundió en el sillón.

Félix tenía en esos momentos unas ganas irrefrenables de fumar un cigarro. Los focos le castigaban con saña, y el traje de Rey Mago, la barba postiza y la corona de cartón piedra le producían un calor terrible. Se encontraba ya agotado de repetir las mismas palabras y de esbozar constantemente una sonrisa impostora. Afortunadamente, pensó, ya no quedaban apenas niños. Se acercó uno vestido con un abrigo rojo y que llevaba un sobre en la mano. Félix le miró, y miró también a la mujer que lo acompañaba. Ella le vio e intentó dirigir al pequeño.

—Ve con Baltasar, Francis, que no le visitan muchos niños.

Miró de soslayo al hombre de color y se sentó casi de un salto en las rodillas de Félix haciendo rápidas palmadas sordas y con una sonrisa tan grande que se le escapaba de la cara. Jugueteaba con el sobre, dándole vueltas dificultosamente debido a las manoplas. Félix procuraba no mirar a Francis, intentaba buscar en Loli alguna solución. Por segunda vez en menos de veinticuatro horas se mostraba impotente ante su mujer. Ella se encogía de hombros, con una mezcla de sorpresa, temor e indignación. Con sus dos manos se pellizcó los mofletes abriendo mucho los ojos. Félix intentó recolocarse de nuevo la poblada barba blanca procurando disimular los pelos rebeldes que le emergían. Cada vez le picaba más la cara y mecánicamente se rascaba las mejillas procurando ocultar lo más posible su rostro.

—Toma, ésta es mi carta —dijo Francis tendiendo el sobre a su padre.

Félix lo cogió y lo observó. Las esquinas estaban algo dobladas y notaba pese a sus finos guantes una humedad que rezumaba el papel. Leyó con ternura el nombre de su hijo, escrito con unas letras perfectas y redondeadas. Colocó el sobre con cuidado en el cajón donde se amontonaban caóticamente el resto de las cartas.

—¿Por qué la pones ahí? ¿Es que no vas a leerla?

Félix miraba por encima de la cabeza de Francis a Loli. Estaba cruzada de brazos ofreciendo la coleta a su marido y la boca se encontraba parcialmente fruncida.

—Luego más tarde la leeré, junto con la de todos los niños —respondió procurando enmascarar lo más posible su voz.

—Si quieres te la leo yo, o te digo mis regalos.

—No es necesario —rehusó Félix. Comenzó a morderse la cara interna de la mejilla hasta que logró arrancar una pequeña hebra de piel húmeda y áspera. Movió la mandíbula a izquierda y derecha intentando aliviar el picor de la barba. Un nuevo ataque de tos le asaltó por sorpresa y lo camufló tapándose la boca con la palma de la mano.

Francis le miró a los ojos y le sonrió.

—Sí, te lo cuento. Quiero un Monopoly, dos Action-Man: el soldado con las metralletas grandes y el otro rubio, el que lanza machetes. Además un balón de fútbol, la equipación del Recre y un sombrero de paja.

—¿Un sombrero? —se extrañó Félix.

—Mi padre ha comprado un campo para plantar fresas, y así en el verano le puedo ayudar y con el sombrero no me molestará el sol. Aunque lo del sombrero no está en la carta, se me ocurrió anoche, pero si te lo digo dará igual, ¿no?

Alzó la vista y miró a Loli. Abrió su bolso y de su interior sacó un pañuelo de tela azul claro que acercó con cuidado a la parte baja de los párpados. Unos muchachos se habían estado divirtiendo unos minutos antes haciendo explotar petardos con el fin de asustar a los niños más pequeños. El olor grisáceo a pólvora se elevaba parsimoniosamente del suelo y se había ido instalando por toda la plaza y parecía como si arañase las narices y los ojos. Félix ni siquiera era capaz de recordar todos los regalos que le había enunciado su hijo. Hacía dos días que Loli le leyó la carta y carcajeaba con esa risa tan limpia que ella tenía mientras él, sentado en el sillón, se inclinaba hacia delante frotándose muy despacio las manos. Se sintió indignado al ver los precios que colgaban de las etiquetas de los juguetes. Únicamente había comprado el balón, aunque no era de reglamento. Creyó que se le dormían las piernas. Estimó que Francis ya era un muchacho lo bastante mayor como para creer en esas tonterías de los Reyes Magos. Recordó cuando él era niño y sus padres apenas tenían para comprarle nada. Él era listo y enseguida comprendió que los Reyes no podían existir, y tampoco le supuso nada grave el asumirlo.

—Baja un momento de las rodillas, que ya me estoy haciendo mayor.

El niño descendió mientras Félix estiraba y flexionaba repetidamente la pierna.

—¿Me vas a traer todo?

Observó a su mujer que tenía las manos metidas en los bolsillos y la cabeza hacia arriba. La plaza comenzaba a despoblarse. El hombre disfrazado de Baltasar le estaba mirando y él giró la cabeza.

—No sé, hay muchos niños, y hay que darles regalos a todos.

—Yo sé que sí, que tú me vas a regalar todo lo que he pedido.

—No lo sé, te he dicho.

Una ligera brisa agitó el rubio flequillo de Francis e hizo rodar por el suelo los envoltorios de los caramelos. Tal vez la juguetería que hay detrás de la plaza siga abierta, pensó Félix recordando los sesenta euros que guardaba en su cartera. Metió la mano en el bolsillo y recordó que había dado los caramelos al hijo de Raúl. Miró al negro y le gesticuló con las manos y silabeaba con fuerza y con grandes aspavientos la palabra caramelo. El hombre se encogió de hombros y negaba con breves movimientos de cabeza. Unas grandes gotas de sudor le poblaban la frente como si fueran violentas erupciones. Hinchó las inmensas aletas de la nariz, miró al niño, expiró con fuerza y sacó de su bolsillo un huevo de chocolate. Félix lo cogió y se lo dio a su hijo.

—¡Anda! ¡Un huevo de chocolate, y con sorpresa! —exclamó Francis agitando el dulce arriba y abajo escuchando el cloquear que producía el regalo en su interior.

Loli se acercó y agarró al niño del brazo.

—Venga, vamos, que es tarde.

—Espera  —dijo  Francis  librándose  de  la  mano  de  su madre—. Yo también tengo un regalo. Para mi padre. ¿Se lo darás tú? Está ya envuelto. Es que creo que él no os escribe cartas.

Del bolsillo del abrigo sacó un paquete poco mayor que una caja de cerillas de cocina. Estaba envuelto con un papel rojo con dibujos del ratón Mickey. Félix cogió la caja que le tendía su hijo. La mujer volvió a agarrar de la mano a Francis y le obligó a que la siguiera. Se alejaban rápidamente, pero el niño se volvió y agitó la mano en señal de despedida. Félix los vio empequeñecerse poco a poco. Francis señalaba con el dedo el tiovivo, pero ella no le miró y aceleró el paso. Guardó la caja en el bolsillo izquierdo de su disfraz.

El operario del tiovivo desconectó la maquinaria y los pequeños coches y motos se fueron deteniendo poco a poco hasta quedar inmovilizados y las bombillas de colores se apagaron súbitamente. La plaza había quedado desierta, tan solo permanecían como testigos una gran cantidad de papeles y de envoltorios de caramelos, como si fueran las víctimas de una batalla incruenta. Parecía que sobre la plaza había caído desplomada una noche muy profunda, sólo herida por los villancicos emitidos por los altavoces, que todavía no habían sido desconectados. Únicamente aparecía iluminada una caseta prefabricada a la que un policía de perilla recortada y piernas gruesas conducía a los tres hombres que habían interpretado a los Reyes Magos. Ése era el lugar donde unas horas antes se habían cambiado de ropa. Antes de salir, el policía conectó un herrumbroso radiador eléctrico cuya resistencia iba adquiriendo lentamente un tono anaranjado que apenas era capaz de verter algo de calor. El vaho se arremolinaba alrededor de sus bocas inflándose como un globo cada vez que respiraban. Félix se despojó a toda prisa del disfraz y sacó del bolsillo el pequeño paquete que Francis le había entregado. Con una camiseta de tirantes oscura mojada de sudor y unos calzoncillos de rayas verticales ya grisáceas, sentado en un taburete blanco que se encontraba helado, comenzó a desenvolver el papel de regalo que abrazaba la cajita. Frotó las gafas contra la camiseta y se las colocó con cuidado. Arrojó el papel al suelo hecho una bola y posó la caja sobre sus dos manos extendidas. Sonrió al constatar que la había fabricado el niño con un cartón marrón, unas grapas y un poco de celofán. Finalmente, se atrevió a abrirla. En su interior había una cuartilla cuadriculada doblada en dos mitades, un poco de tierra y una fresa. Cogió el papel y lo abrió. Bisbiseando leyó en voz baja, emitiendo mientras lo hacía una especie de silbidos: «Querido papá. Ayer por la tarde entré en un invernadero y cogí una fresa y algo de tierra. La tierra es buena, y yo creo que si la echas en tu parcela y plantas la fresa harás una buena cosecha. Te quiero mucho», y firmaba con un escueto Francis extendiendo la parte inferior de la letra ese de modo que subrayara todo el nombre. Félix, aunque lo intentó con todas sus fuerzas, no logró sofocar un sollozo estrepitoso que rebotó contra las paredes de la caseta y provocó que el hombre de color y el vagabundo le miraran sobresaltados. Se vistió a toda prisa y recogió la cajita que había dejado en el taburete. Con la punta del dedo índice aplastó unas motas de tierra que habían caído en el suelo y llevando la mano encima del paquete deslizó el pulgar repetidas veces hasta hacerlas caer en el interior de la caja. Salió de la caseta mientras intentaba recomponer el pequeño paquete con el celofán.

Francis y Loli volvían hacia casa con pasos apresurados. Ella se detenía continuamente para sacar un pañuelo de papel de su bolso que arrojaba al suelo después de sonarse las narices y estrujarlo. Francis tiraba con vehemencia de la mano que tenía agarrada. Quería llegar cuanto antes a casa, cenar su cola-cao caliente con magdalenas azucaradas y acostarse temprano. No le importaba que su madre no le hubiera permitido montar en el tiovivo. Una sonrisa se le desmayaba reposada en la boca. Por fin comprendió lo que le había dicho Víctor el otro día al salir de clase, el día en que la maestra había sacado a su amigo a la pizarra y no había sabido resolver la división. Recordó que le dijo, después de escupir con desdén al suelo, que era un gilipollas, que no sabía que su padre era los Reyes Magos. En ese momento acababa de adivinar que todo lo que había pedido en su carta se lo regalarían. Al llegar a casa cenó a toda velocidad y se metió en la cama, intentando dormirse rápidamente y rezando para que la noche transcurriera en un solo segundo, de modo que al despertarse encontrara al lado de sus zapatos lustrados de betún negro el balón de reglamento, la nueva versión del Monopoly, los dos soldados, la vestimenta del Recreativo de Huelva y un sombrero de paja como el que había visto en una película para ayudar a recoger las fresas de su padre.

 

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Jesús Monsalve Dorado (1972), Puertollano; Ciudad Real. Es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid y trabaja como Analista de Sistemas.
Premios literarios:
– Ganador del II Concurso de Relatos Elías Ahúja (1992)
– Ganador del Concurso de Relatos El Corte Inglés (1993)
– Ganador del IV Concurso de Relatos Elías Ahúja (1994)
– Ganador del V Concurso de Relatos Elías Ahúja (1995)
– Ganador del Concurso de Relatos El Corte Inglés (1997)
– Ganador del Accésit del XX Premio Villa de Mazarrón (2004)
– Finalista del V Certamen de Hiperbreves Acumán (2004) – Finalista del XXII Concurso Los Cuentos de La Granja (2004)
Publicaciones:
– Publicado relato en Antología de relatos originales, 3 (Ed. Jamais) (España)
– Publicado relato en la revista Escribir y Publicar (número 37) (España)
– Publicado relato en Oficio de Brevezas (Publicaciones Acumán) (España)
– Publicado relato en Villa de Mazarrón, Cuentos Premiados/1995-2004 (España)
– Publicado relato en XXII Concurso de Cuentos Los Cuentos de la Granja (España)
– Publicado relato en On the road (Gerüst Creaciones, S.L.) (España)

Web del autor: Delirio de forme
(http://deliriodeforme.blogspot.com.es/)

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

 

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Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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