relato por
Luis G. Bejarano

 

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esultaba fácil referirse a los diarios de Marco Polo, sus interminables travesías por el Asia menor y sus impresionantes observaciones sobre la isla de Java. Según estas lecturas sus aborígenes eran de hecho muy extraños porque parecían tener colas de animal, coincidiendo con historias de Cristóbal Colón sobre algunas islas antillanas de indios con rabos como los de los perros. Asimismo, un relator del Consejo de Indias llegó a jurar que también en el Perú y al sur de Chile, había tribus de indios con cola. Sería entonces fácil retomar estas historias para hacer más explosiva la misiva que trataba de sentenciar de una vez por todas sobre el problema de la sangre.

Sentado en un tallado bufete, dotado por la alcaldía de la Corte, y envuelto en la esencia fosfórica de un rancio candelabro, el alcalde José de Lorino y Vidal trataba de relacionar todos los relatos posibles y remitir sus recomendaciones al ilustrísimo Inquisidor. Admirador de las prodigiosas señales que Dios nos había dado para que reconociésemos a quienes habían pecado y desafiado la autoridad divina, el alcalde se proponía avivar las hogueras del Santo Oficio. Su relación incluía interpretaciones de las sagradas escrituras en las que Dios anunciaba sus prodigios. Comenzaba resaltando el caso de la esposa de Lot, quien por su desobediencia se había convertido en estatua de sal, la que a pesar de los años no se deshacía sino que se regeneraba y sangraba regularmente como señal de la constancia de su pecado. Se aseguraba que no sólo había perdido la vida sino su alma, si era que las mujeres tenían una, y todo a causa de su imprudente curiosidad. También, que Dios había condenado a nacer con cola a aquellos cuyos ancestros habían ofendido a los santos. Con ejemplos como éstos el alcalde, ilustraba entonces la existencia de señales prodigiosas en todos aquellos que habían desafiado la ley del Rey y por consiguiente la divina.

 

A su despacho había llegado hacía un tiempo un oficial de la corte, quien le relataba que por aquellos días habían llegado algunos pueblerinos indignados por la presencia de ciertas señales, diferentes a las conocidas, en familias recién llegadas a España. Según decía, en aquellas nacían niños con visibles marcas en el cuerpo y  sólo podían ver por el ojo siniestro. El oficial también le reportaba haber oído que en sanatorios regionales algunos niños habían nacido con deformaciones monstruosas, pero se habían curado milagrosamente al recibir el bautismo y podrían vivir normalmente. Por lo que el alcalde concluía que ni los doctores podían dar una explicación científica para tales fenómenos porque todo era una expresión de humores melancólicos, secuela maldita de las siete plagas de Egipto, como se sentenciaba en las sagradas escrituras… y así continuaba su letanía de injurias el alcalde.

Su misiva relacionaba estos casos referidos a él para consolidar su servicio leal a la causa de la corona. Todas sus evidencias comprobaban la recia voluntad de Dios por proteger la iglesia y castigar con señales prodigiosas a aquellas generaciones de pecadores apóstatas y herejes. El alcalde José de Lorino y Vidal, siendo quien era y proviniendo de la prole que provenía, sintió la necesidad de concluir su misiva con palabras elogiosas a su ilustrísimo Señor Inquisidor, jurándole su lealtad y prometiéndole que le remitiría a toda criatura que evidenciase señales como las relatadas. No obstante, fue más imperiosa la necesidad de usar rápidamente la secrecía del retrete adjunto a su despacho. —¡Ven a ayudarme!— le gritó ásperamente a su secretario. Pero el silencio como respuesta le confirmaba su soledad. Ahogó en el negro veneno su injuriosa pluma, con gran esfuerzo se levantó de su silla y con pasos cortos y pesados se fue alejando del bufete una figura diminuta y retorcida. Un hilo de sangre lo seguía al cruzar la penumbra del despacho, confundiéndose poco a poco con un delgado rabo que lentamente se fue desenrollando hasta tocar el suelo.

 

Línea separadora relato No mires la paja en el ojo ajeno

 

Luis G. Bejarano es profesor colombiano, titular de español y educación de lenguas modernas en la Universidad de Valdosta State en Georgia, Estados Unidos. Recibió su maestría en lingüística de la Universidad de Georgia, y el doctorado en literatura y educación en la Universidad de Oklahoma. Sus publicaciones incluyen un libro de literatura comparada del período modernista hispanoamericano y artículos sobre literatura latinoamericana y del siglo de oro español, además de publicaciones de estudios comparados sobre educación de lenguas extranjeras en Estados Unidos y España. Sus intereses también incluyen la escritura de cuentos, relatos y poemas, así como el dibujo, la pintura y la escultura.
Contactar con el autor: lgbejara [at] valdosta.edu

 

Ilustración del relato: Fotografía por Bilder_meines_Lebens / Pixabay [public domain]

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  Revista Almiarn.º 94 / septiembre-octubre de 2017
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