poema por
Mariano Ruiz Montani

Ninguna precisión, Ninguna ruta rehúsa o se abstiene 
de señalar el itinerario de automóviles y trenes 
hasta tu vibrante paisaje, el edén escondido,
de aves, de pájaros, al sol adormecido. 
En la severa iniciación de la jornada,
transitan las calles hurlinguenses arboladas 
los mistos cuyo canto se oye a diario 
fundido a la emisión de alguna radio.
Sobre la bomba de agua en un jardín trasero,
cantan el tordo, la calandria, el tímido jilguero,
henchido el pecho, con una exaltación
aguda y dulcísima, trémulo el corazón. 
Oh aves de Hurlingham, cuya obertura proletaria 
es diana ineludible de obreros y operarias,
oh timbre matutino también tus primores 
desadormecen latifundios de grandes señores. 
Plagados están el cielo y los árboles de esta tierra 
de criaturas, de fofas nubes, de virutas de una sierra 
que corre rauda como el riego de cuneta 
junto al ceibo donde canta parca la tijereta. 
Guarda el álamo el leñatero, los sauces se enlazan 
a los antiguos guarangos, y mientras las horas pasan 
toman el churrinche y el benteveo las acacias negras
amarradas por higuerones, por cuscutas, por hiedras. 
Ya al sur revolotean tus campos, impacientes, los zorzales, 
planeando sobre bañados y coloridos basurales,
respirando en los jardines tus olores,
entre pórticos y estatuas y lustrosos corredores,
la frescura del jazmín, el rosal, la malvarrosa,
anidando en la palmera, en la acacia, en la azotea pegajosa. 
La canción y la siesta el reposo acunan,
y en la fronda de los árboles los nidos se acumulan 
de pirinchos, de calandrias y de chorlos,
hechos de pastos y residuos, ansiados logros. 
Aprovechan el descanso las cotorras angurrientas,
deslizándose entre nísperos y veredas polvorientas,
a orillas de zanjones y arroyos relumbrantes,
perturbando la quietud con desconcertantes 
peleas en la tarde despoblada 
de fatigados ancianos, de madres acostadas. 
Y al dar las cinco los comedidos teros 
despiertan para el té, con cantos lastimeros,
al niño inglés, al peón embriagado 
con almibaradas disonancias, con sueños fracasados. 
De las antenas transmisoras se adueñan,
urdiendo a esas alturas, las cigüeñas,
su nidal con hierbas sustraídas de Tesei, y no osan 
resentir el cumplimiento de su tarea minuciosa 
al cantar al mismo tiempo, todo el día,
graznidos espeluznantes, cacofonías. 
Anuncia el soplido del silbato,
asido al gorgoriteo de los patos,
el portón que al cerrarse libera ahora 
al peón, al capataz, a la humilde trabajadora 
que regresando a su casa se persigna 
al pasar frente a la iglesia, pura y digna,
aguardando en la parada el transporte colectivo,
confortada bajo el manto del rocío. 
Gorjean con el cuello ancho y plomo
de su gris armadura guerrera, los palomos,
chirridos inarmónicos, masculinos,
isócronos compases del canto vespertino,
compitiendo a la par con el tuyuyú y la gallineta
y el metálico timbre de alguna bicicleta. 
Lejos del Barrio Inglés, en la pobreza,
surge a la hora del acaso la tristeza,
es la voz de las aves que se queja tras las hojas 
del futuro, del pasado, de la presente congoja. 
Acompañan al transpirado jornalero 
el dulce piar de cucos y jilgueros,
desde la explotadora fábrica hasta el modesto suburbio,
tanto en sus dichas como en el infortunio, 
y a la par de este dulce vaivén dialéctico
resplandecen de súbito los postes del alumbrado eléctrico. 
Atorrantes mirasoles en bandadas 
se alzan sobre troncos, alambrados y cañadas,
y buscan también refugio en la alameda 
que el tierno consuelo del hogar remeda. 
En un confín de Morris se recortan largamente, 
contrapuestas al lejano horizonte de la muerte,
las violáceas sombras de zancudos,
garzas, cucharetas y flamencos mudos
cuando buscan el silencio, como lo hacen los trabajadores 
en las urbanizaciones precarias, al concluir sus labores.
Arden en la cúpula celeste, 
las primeras estrellas de la Perla del Oeste. 
Atemperados espacios métricos 
suenan, inspirados por el búho, como tétricos 
llantos a la hora del espanto,
ausentes las figuras de los santos,
despojando al firmamento de todo lirismo,
precipitando la noche a un profundo abismo. 
Posados en los aleros de galpones 
se escucha el resoplar de lechuzones,
que parecen besarse lentamente 
a la espera de arrumacos, con mirada indiferente. 
Y con el corazón resucitado y regente hasta la aurora se oirá repetir 
al cuco, el insistido anhelo de vivir.

 

(tomado de Pájaros de Hurlingham)

 


 

Mariano Ruiz Montani. Nació en Buenos Aires en 1968. Cursó estudios universitarios en la UCA y en el Laboratorio de Idiomas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es abogado, docente y escritor. Es también miembro de la SADE y del Círculo de Escritores Sanfernandinos «Atilio Betti». El relato aquí publicado forma parte de una serie intitulada Miralrío (historias de una quinta de San Fernando).
📧 marianoruizmontani@gmail.com

🖼️ Ilustración poema: Pájaros en Valdespartera, Héctor Ochoa, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons.

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 N. del E: Se ha procurado que la edición del poema aquí publicado guarde la anchura de las líneas tal y como las escribió su autor. Para su lectura en los dispositivos móviles aconsejamos que el aparato se sitúe en posición horizontal.

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