relato por
Julián Alegría

 

A

yer nomás, caminaba y la vida se me descubría en todos los sentidos a los que yo mirase. Si lo que quería era fijar mi atención en mis costados, encontraba allí siluetas traducidas en motivos que se movían constantemente a mi alrededor, y, divertidas, jugaban entre ellas invitándome amablemente a participar. Si lo deseaba, podía detenerme a mirar hacia atrás y ver cómo otras rezagadas siluetas, apartadas por diversos motivos, se entretenían por si solas a una gran distancia. Lo más atrevido estaba sin dudas hacia delante, y es por eso que me gustaba tanto caminar sin rumbo, hacia ningún lado más que aquel en el que quería estar.

El monstruo, por su parte, siempre ofrecía placeres intentando comprar mi agrado, pero para su desgracia yo era duro de atinar, y no tenía más remedio entonces que, como todo buen monstruo, mutar; transformarse en un ser halagador y amable para intentar una vez más seducirme, y luego, una vez cumplido su certero artilugio, teniéndome, controlándome, convertirse en una masa uniforme del más perverso de los monstruos que hay sobre la Tierra; el más letal, injusto y eficaz de todos. Su infinita edad lo había dotado de todo tipo de sabiduría por más cruel que resulten sus fines, y sabe, a la perfección, que sin generación de miedo no existe control posible. Lo enloquecedor, lo punzante del asunto está en el hecho de que él sí es un monstruo de verdad. El único del mundo real, ese que supera con creces a aquellos tan temidos que generación tras generación fueron creados por soñadores, es decir, por esos tipos que condimentan la realidad de los hombres con su magia.

La habitación de La Voz era mi lugar en el mundo, ahí llegaba y al instante sentía familiaridades tales como lo singular de un sillón que parecía haber estado siempre esperando mi regreso, mullido y con resaca de la última vez en que me había sentado sobre él por largas horas. La luz del Sol entraba por el gigante ventanal con vista al afuera de la habitación, y era atenuada de una forma maravillosa gracias a las también gigantes y pesadas cortinas color gris que siempre estuvieron, al menos desde que tengo uso de razón, repletas de polvo que duplicaban su peso. El tiempo hacía que nuevos polvos se acumulasen en ellas, y parte heterogénea de viejos con nuevos se entremezclaban en el aire cada vez que abría la habitación o hacía egreso de ella, es decir, los únicos dos momentos en los que se aireaba el ambiente, los únicos rastros de vida y movimiento en aquella habitación vacía excepto por La Voz, indistinguible y oculta tras las miles de partículas de polvo que, suspendidas en el aire, y combinadas con los rayos de Sol que se filtraban de la cortina, mantenían en secreto su verdadera imagen. Así era y así me gustaba que fuese. El anonimato de La Voz me invitaba a la posibilidad de crear a gusto su imagen, y poco tardé, por supuesto, en acabar por glorificarla sin sobredimensionarla, pero agradecido interiormente de haber tenido la extraordinaria posibilidad de conocerla.

Cierta vez, algún día, cualquier día, en medio de una de nuestras tantas interminables charlas abstractas que a menudo desembocaban en intensos y esclarecedores monólogos suyos, perfectos según mi concepción de las cosas al punto que no podía hacer más nada que callar y admirarla, me dijo:

—La vida es más simple de lo que creés, pero mucho más compleja de lo que la mayoría puede entender. Hay que saber, y este aspecto es fundamental si se quiere ser alguien libre y capaz, que no podemos ser siempre una misma persona. No creas que los cambios de parecer deben de ser a mediado o largo plazo. No es así, eso no es verdad, pero tampoco es para cualquiera. No todos pueden ser capaces de ser concientes de esto y no en enloquecer en el intento. ¿En dónde es que está escrito el tiempo establecido como correcto para abandonar una idea y tomar otra?

Permanecí en silencio, aceptando y masticando pensamientos, y la prolongación de aquel silencio fue tomada por La Voz como una interpretación, nada errónea, de que mi ignorancia deseaba saciarse y en sus palabras estuviese la llave de la puerta que necesitaba abrir.

—En ningún lado —se respondió a sí misma habiendo dejado un intervalo de tiempo dulce y perfecto entre la pregunta y su respuesta—. Así son las cosas, si tu deseo es ampliar el límite de tus posibilidades de intelecto, es indispensable que nunca pienses de igual manera. Ni siquiera de un día al otro, menos aún, claro está, durante el transcurso de esta conversación. El camino es duro, triste y amargo.

Supongo que cualquiera puede imaginarse el alboroto mental con el que me retiraba siempre de aquella habitación tras largas horas de intensos diálogos y palabreríos. Todo resultaba tener color blanco, cada uno de los componentes del universo me llenaban de dudas y paz al mismo tiempo. Expectativas, razones de vida, misterios eléctricos que encandilaban a mis dos ojos desnudándose posibles y tiesos; humanos. La vuelta a casa resultaba entonces tan introspectiva y personal que cualquier cosa era ajena a mi persona, y aun así, aún presuntamente vulnerable por dejarme arrastrar por las abstracciones que me alejaban de los asuntos mundanos, nada ni nadie podía penetrarme, con todo lo que aquello abarca. La solidez del convencimiento es la mejor de las corazas humanas, pero también la más peligrosa, y sólo en esas situaciones el monstruo puede anularse y volverse sencillamente inofensivo que es, después de todo, el triste único consuelo y lo que buscamos hacer todo el tiempo. Cuando así estaba, el monstruo no me hablaba ni amenazaba, y creo deberle aquello sin dudas a esa coraza que, después de todo, generaba que el monstruo temiese de mí, y a decir verdad, no es una hipótesis nada descabellada. Durante aquellas suposiciones mi mente entraba en retrospectiva y me traía pasajes aleatorios pero subconscientemente atinados de monólogos de La Voz desparramados en el tiempo:

—Cuanto mejor y más fuerte te sientas, más cerca estarás de ganar tu propia batalla. Con esto quiero decirte que lo que el Universo tiene de enigmático y encantador, también lo tiene de amplio. Ganale al monstruo, hoy. Empezá por vos mismo. Una vez que hayas logrado eso, liberate de toda preocupación en cuanto al monstruo, de lo contrario serás vos quien en verdad esté perdiendo, porque después de todo, lo que ocupa al presente es todo lo que importa. No especules en las estrategias que tendrás que hacer para ganarle mañana. Conformate con ganar en el presente, constantemente, y si lográs aquello entonces habrás ganado siempre.

Eran tan fuerte la relativización, y tantas las posibilidades que se abrían ante todo aspecto que a menudo me sobrepasaban, y la confusión entremezclada con el olvido puede hacernos tragar cuando aún no se ha terminado de masticar. ¿Cuántas veces se debía de masticar una idea? ¿Existe acaso algún número que garantice la justificación? Las noches baratas con siluetas arrogantes pronto amainaron, y mi búsqueda de la más perfecta de las siluetas se inundaba de fe, bañando a mi propio cuerpo del convencimiento vencedor. Regresaba entonces cada vez con mayor frecuencia a la habitación de La Voz, y sus recomendaciones empalagaban de misterios revelados a mis curiosos oídos. Me creía cada vez más cerca de la puerta final, y, desnudando mi intimidad más profunda, no tenía el más mínimo interés en llegar a tener todas las llaves. Sólo quería seguir abriendo, para poder respirar de aquellas partículas de polvo, precio a pagar y consecuencia de las ventajas únicas de poder seguir escuchando a La Voz. No podía olvidar  sus  enseñanzas,  y  a  la  vez  no  debía  tampoco —según su propia recomendación— permanecer convencido por mucho tiempo, y es por ello que hasta a veces me forzaba a mí mismo en no creer sus palabras, y me preguntaba si acaso podía estar ella también mintiéndome. Tanto fue así que paulatinamente se fueron forjando en mi interior ganas, al principio livianas, y luego redundantes, de terminar de una vez por todas con ese enigma halagador que sin querer darme cuenta estaba empezando a odiar; anhelaba saber su identidad. Me preguntaba cómo es que sería el conjunto de moléculas orgánicas que la formaba y la hacía, igual que a mí, un ser humano.

Un buen día, por la calle y camino a la habitación, me detuve en la vereda de forma repentina y abrupta. La gente tropezó conmigo luego de que una loca especulación me había obligado a detener el paso, y la marea de movimiento de personas que caracteriza a las ciudades, no esperando el imprevisto, me golpeó toscamente una y otra vez, por momentos con leve intensidad, a veces con choques bruscos. Hacía un buen rato que el monstruo me hacía compañía aquel día, y me pinchaba, de hecho, era ese precisamente el motivo por el que me dirigía a la habitación de La Voz, ya que, en esos últimos días, el monstruo por alguna razón se había empecinado en persuadirme, y pensé que tal vez podía deberse a que me pudo haber notado un tanto débil. Basta con lanzar una pequeña piedra al montón para desencadenar una avalancha, y alcanza con sembrar tan sólo una sola semilla de duda para que de ella florezcan paranoias determinantes. La loca especulación que acontecía en mi mente era perversa y desalentadora, pero absolutamente posible, después de todo, no podía yo de ninguna manera asegurar lo contrario.

Llegué aquel día y me senté en el sillón de la habitación como si nada raro ocurriese. Con total naturalidad, demoramos muy poco tiempo en entrar en una conversación, y como a menudo también sucedía, decantó en un monólogo de La Voz que por primera vez yo lo recibía de otra manera, y por primera vez, también, presté atención verdadera a cosas tan simples antes ignoradas como, por ejemplo, la forma en que estaba compuesta aquella habitación. No había muebles, no había espejos, no había cama ni electricidad. El piso era un piso maltratado de madera que aquel día, como tantas otras cosas, por primera vez noté que rechinaba fuertemente al caminarlo. Además del inmenso ventanal y sus cortinas estaba mi sillón y, casi con seguridad, el sillón en donde se suponía que La Voz se sentaba. Nunca me había preguntado algo tan básico y evidente como el hecho de saber si La Voz estaba sentada o de pie, y en mi intento por planificar ese mismo día el fin del misterio, como no podía verla, intenté agudizar mi oído para interpretar la dirección exacta de la que se emitía el sonido de La Voz; un escalofrío antecedió a la sensación de saberme a punto de una crisis nerviosa. Las respuestas a las hipótesis en torno a su identidad seguían la misma línea y se correspondían con el origen del sonido de La Voz en el espacio. Sólo bastaba comprobar con mis ojos para confirmar toda duda y descreer de allí en más y para siempre todas sus palabras. Sólo me faltaba ver. Nunca antes en mi vida me había sentido tan interesado por algo, y una desilusión como la que se avecinaba no era nada más que una piedra en el camino, más bien era la pérdida absoluta de todo camino; mi vuelta a la deriva de la que creía haber escapado para ya no volver. Bien sabía que era mejor enfrentar ese riesgo que quedarme en ciega duda. Pronto entonces empecé a estar inquieto, mis manos ansiosas transpiraban a la vez que mis piernas se endurecían como no queriendo avanzar. El cuello me picaba, también la espalda, un poco el hombro y bastante las rodillas. Las palabras de La Voz iban y venían, salían y rebotaban por todos los rincones de la vacía habitación dejando un suave eco que yo ya no era capaz de seguir soportando un segundo más. Tenía que actuar inmediatamente, en ese preciso instante.

—¡¿Quién sos?! —grité al tiempo que me levanté del sillón y corrí de un tirón la inmensa cortina del ventanal.

La luz entró, y la realidad vomitó mis ojos. Sentí que algo se desprendía de mí y se alejaba caminando sin retorno hacia atrás, mirándome, riendo. Pude también observar la situación desde la visión de aquel, y entonces me vi, patético y triste contemplando el inmenso vacío que me rodeaba. Estaba en aquella habitación completamente solo; La Voz nunca había existido. El monstruo entonces, gigante como nunca antes, atravesó la puerta dispuesto a enfrentarme. En la furia de sus ojos pude ver la acumulación de tiempo que había estado esperando a que aquello sucediese. El alma se me congeló del terror al verlo, feroz y feliz, perverso y al acecho a punto de acabar conmigo. Cerré los ojos y escapé. Todo el tiempo invertido, finalmente, resultó en vano. El monstruo siempre me ha ganado.

 

 

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Julián Alegría. Nacido en Buenos Aires, Argentina, es un escritor aficionado, técnico químico y ha trabajado en la Industria Farmacéutica. Desde diciembre de 2014 dejó su empleo y sus estudios y se dedica a viajar por América financiando en parte el viaje con su libro Trece historias contra toda superstición, cuyo armado es artesanal, es decir, no está publicado por ninguna editorial.
Contactar con el autor: alegriajulian[at]gmail.com

 

 

margencero-img Ilustración relato: J a1-ręka, By J a1 (Own work) [GFDL
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