relato por

Javier Úbeda Ibáñez

 

 

 

 

 

Son las once de la mañana de un caluroso domingo de finales del  mes de marzo. Manolo, Isabel y sus dos hijos, Noemí y Vicente, han decidido ir a pasar el día al campo. A pesar de que han salido con los primeros rayos del sol, apenas han avanzado; la caravana de coches lleva sin moverse cerca de una hora, y todavía están en las afueras de Madrid.

La familia decide tomarse la espera con filosofía: los niños se divierten viendo una película en el DVD del coche; Manolo, el conductor, mientras está parado hace los crucigramas del periódico, e Isabel, la copilota, cierra los ojos intentando relajarse. Su mente la transporta hasta un lugar idílico, sin coches, sin tráfico y sin ruidos; el mismo lugar al que se dirigen: el campo.

Un acelerón —parece que la caravana avanza— la devuelve a la realidad y a la estridencia de decenas de coches pitando como locos.

Ella ya lleva más de cuatro horas levantada. A las siete, y  acompañada de un silencio sepulcral —para no despertar a nadie— se ha dado una ducha con parsimonia. Mientras el agua la despertaba, se repetía a sí misma: «Este día en el campo me va a ayudar a calmarme. Me hará olvidar mi estrés diario. Es justo lo que necesito. La semana ha sido dura. Necesito perderme en la naturaleza».

Después, a la cocina, a preparar la comida que hay que llevar. Antes, un café con leche rápido, y a pelar patatas, batir huevos, acabar de hacer la empanada que había dejado a medias la noche anterior.

A las nueve fue a llamar a los niños: los pobres dormían como angelitos, y le dio pena despertarlos, pero era preciso salir temprano.

—¡Chicos, arriba, nos vamos a pasar el día a la Fuente del tío Tam! ¡Vamos, deprisa!

Los niños, al escuchar «Fuente del tío Tam», sonrieron ilusionados, y se pusieron a dar saltos encima de la cama, mientras canturreaban una letra recién inventada: «¡¡¡Nos vamos a la Fuente del tío Tam, menudo plan, patatán!!!».

—Ja, ja, ja… —se reía Isabel mientras pensaba: «¡Estos niños tienen unas cosas!».

Para los niños pasar el día en el campo era lo mejor de lo mejor, e igual a un gran domingo.

A Manolo le cuesta levantarse, pero sale corriendo de la cama. Se da una ducha superrápida, y se dirige a la cocina acelerado. Ya se imagina lo que se va a encontrar. Y riñe enseguida a su mujer…

—¡Te dije anoche que no empezaras sola a preparar la comida! 

—No te preocupes, aún quedan cosas por hacer. 

—¿Ya has hecho las tortillas? 

—Sí. 

—¿Y las ensaladas? 

—No. Encárgate, tú. 

—A las órdenes, mi capitana. 

A las nueve y media ya está toda la familia subida en el coche, y el sol esperándoles en la puerta para hacerles de guía. 

Otro acelerón. Isabel regresa al momento real. Ya parece que la caravana se mueve, aunque lenta. 

Isabel llama a su cuñada, Eva, para decirle que llegarán tarde. «Como siempre», le recalca su cuñada. 

Son las doce del mediodía, y la caravana acaba de esfumarse. Atrás dejan, por fin, la ciudad. Por las ventanillas del coche se ve un panorama más alentador; la quietud y belleza de los bosques, el canto de los pájaros, el sonido de los saltos de agua y las ramas meciéndose al ritmo del viento…  ya están a la vuelta de la esquina. 

Los niños tienen hambre. No han abierto la boca. Están ansiosos por llegar a la Fuente del tío Tam, y le hacen burla al tiempo. En el campo se bañarán en el río, jugarán con su primo Mauro al escondite, al pilla-pilla y a la pelota. Seguro que no descansarán ni un solo segundo; se pasarán el día de expedición, trepando por las rocas, revolcándose por la tierra y recogiendo minerales del suelo. Hasta se inventarán nuevos juegos porque el campo les apasiona y les despierta la imaginación. 

El sol les indica con su mágica luz dónde parar. Son las dos y media y ya han llegado. Los niños salen disparados del coche llamando a gritos a su primo Mauro. Isabel y Manolo, primero, respiran hondo y enseguida bajan. 

—¡Qué ganas de bajar del coche y de estirar las piernas! —comentan casi los dos a la vez. 

Saludan efusivamente a Eva y César —hermano de Manolo—, que llevan horas esperándoles. Eva y César les presentan a Pepe y Laura, unos amigos suyos del trabajo. 

Es la hora de la comida, aunque deciden tomar primero un refrigerio. Los niños se han lanzado al agua, el hambre se les ha escapado. 

Las cuñadas, Isabel y Eva se ponen al día. 

—¡Cuñada, desde que os habéis mudado a la urbanización Nebrija, te echo de menos! ¡Ya no es lo mismo sin ti! —se queja Eva a Isabel. 

Pepe y Laura se han encargado de los refrescos y del aperitivo. Antes de comer, los seis, alrededor de la gran mesa de madera, picotean y charlan animadamente. 

Noemí se dirige a su padre con paso firme, y le pide que le hinche los manguitos. Isabel unta de crema protectora a su hijo y a su sobrino. El olor de la suave loción la traslada hasta su promesa matutina. 

—Ya estoy en el campo rodeada de un paisaje espectacular. Era lo que necesitaba: tranquilidad y sosiego en otro escenario que no fuera la ciudad. 

Isabel lanza una mirada curiosa a su alrededor, como reclamando respuestas: a su derecha, un grupo de senderistas enfilan uno de los caminos que llevan a la cima de la montaña; a su izquierda, unos sudorosos y agotados ciclistas se acaban de detener en la fuente para refrescarse, y el centro lo ocupan familias enteras que llenan las mesas y los bancos con su presencia y algarabía. Niños jugando y perros completan el idílico paisaje. 

El calor aprieta. Los seis se trasladan hasta una de las mesas del fondo a la sombra de unos sauces, antes avisan a los niños del cambio para que no se asusten. 

Laura, Eva e Isabel hacen corrillo en uno de los bancos. Isabel no le quita ojo a los más pequeños —Noemí y Mauro—, que están chapoteando en el agua. El río no cubre, y por esta zona no hay apenas corriente. Isabel se queda más tranquila cuando lo comprueba por ella misma. Noemí lleva puestas las sandalias de goma, y va con su cubito recogiendo piedras de la orilla del río. Mauro y Vicente están de lo más entretenidos intentando coger peces con sus cubos. 

Eva y Laura no paran de contar anécdotas del colegio en el que trabajan. Isabel prefiere escucharlas. Ella, que se pasa la semana entre números, bolsas e inversiones, prefiere escuchar antes que contar historietas de su asfixiante ocupación. 

Los hombres han cambiado de conversación; han dejado el fútbol atrás y ahora se centran en el París-Dakar. Todos los años se proponen hablar en grupo los seis, pero siempre acaban las mujeres por un lado y los hombres por el otro, al menos durante el aperitivo. 

Isabel va a llamar a los niños al río. En el campo se olvidan del hambre, pero, cuando se sientan a la mesa, comen con prisa. Lo que quieren es acabar cuanto antes para irse a jugar. 

En la mesa no cabe ni un alfiler: hay coca de pimientos, empanada, tortilla de patatas, ensalada, pan, fruta, queso, lomo empanado, pimientos asados y una lista interminable de salsas y condimentos variados. 

La comida resulta entretenida. La mesa se va quedando vacía. Los postres la invaden de nuevo. Los niños se toman un helado y se marchan a seguir con sus juegos. A los mayores, el cuerpo les reclama una siesta debajo de un acogedor chopo. Isabel y Laura vencen el sopor jugando a las cartas. 

Los cuatro que han dormido la siesta se despiertan con buen humor y con ganas de pasear. Deciden entre todos recorrer tranquilamente el sendero que llega hasta la Gruta del Silencio, e ir viendo las especies autóctonas que han plantado en las últimas semanas. Todas las plantas aparecen con un cartelito que las describe. El grupo se detiene a leer la información. 

Los niños corretean por el sendero; éste se estrecha cada vez más, hasta juntarse con un caminito empinado. En lo alto de la estrecha senda hay un observatorio desde donde se divisa el monte entero, se respira aire puro y se pueden llegar a ver águilas reales. 

—¡Mirad, mirad, allí! —señala Vicente. 

Todos giran sus cabezas; la sorpresa se presenta en forma de una majestuosa águila real que los observa con curiosidad. 

—¡Ah! —exclaman todos admirados. 

—¡Qué grande es! —exclama el primo Mauro superemocionado. 

—Seguro que es una hembra, son más grandes que los machos —afirma el pequeño Vicente. 

—¡Qué rápido vuela! —comenta, fascinada, Noemí casi gritando. 

Los más pequeños permanecen con la boca abierta, impresionados por el poderío y la cercanía del águila. 

Desde el observatorio divisan la Gruta del Silencio; dando una vuelta por la parte de atrás de éste, llegan hasta la gruta. Le han puesto del Silencio porque cuenta una leyenda que en el fondo de la gruta se puede escuchar el sonido que emite el silencio en contacto directo con el alma de la tierra. 

Allí entran directamente en otra dimensión. A pesar de estar rodeada de frondosos árboles y alegres riachuelos, el silencio es espectacular. 

Un vistoso búho parece vigilar la entrada de la misteriosa gruta. El grupo detiene su mirada y su atención en los fascinantes ojos del búho, que se mantiene impasible. 

Isabel coge de la mano a Noemí y a Vicente para entrar en la gruta. Mauro se agarra con mimos a los brazos de su madre. Laura se apoya con cariño en la espalda de su marido. Y los dos hermanos encabezan la fila. 

—¿Listos para entrar? —pregunta Manolo al grupo—, pues, ¡adelante, seguidme! 

El interior es fascinante; son las entrañas más bellas de la tierra, donde la naturaleza se muestra en estado puro. A pesar del goteo que va esculpiendo las paredes día tras día, el silencio es el denominador común de la cueva. 

—¡Qué maravilla! —piensan todos. 

Salen de la gruta ensimismados y renovados; una vez más el enigma de la Gruta del Silencio ha hecho mella en sus visitantes. 

El atardecer aparece insinuándose en lo alto de las montañas. Deciden descender con paso ligero por el sendero, e ir hasta los coches a por las garrafas que han traído para llenarlas del agua del manantial de la Fuente del tío Tam. 

Las ocho de la tarde anuncia el reloj de un campanario cercano. Los amigos se despiden con firmes promesas de repetir en breve la visita al campo; una cita con la naturaleza que les renueva por dentro y por fuera y que ninguno quiere perderse.

  

 

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margencero-imgJavier Úbeda Ibáñez. Escritor, crítico literario y miembro del proyecto REMES (Red Mundial de Escritores en Español). Nació en Jatiel (Teruel), en 1952. Y reside actualmente en la ciudad de Zaragoza. Es autor del conocido libro de relatos breves y poemas Senderos de palabras (Pasionporloslibros. Valencia, 2011) y de los cuentos Daniel no quiere hacerse mayor (Pasion- porloslibros. Valencia, 2011) y La Elegida (Pasionporloslibros. Valencia, 2012). Ha publicado numerosos artículos de opinión tanto en prensa digital como en prensa escrita. Algunos de los títulos más significativos han sido: La educación: significado y objetivos; Paternidad responsable y responsabilidad educativa; La función educativa del Estado; La valoración del conformismo ambiental; Reflexiones sobre la democracia; Libertad y responsabilidad en la información; La iniciativa privada o Reflexiones sobre la libertad. Además, es autor de numerosas reseñas literarias, relatos cortos y poemas, que han ido viendo la luz en importantes revistas de España como Almiar, Ariadna-RC, Culturamas, Fábula (de la Universidad de La Rioja), Horizonte de letras, La Sombra (de lo que fuimos), LetrasTRL, Literaturas.com, Luke, Magazine Siglo XXI, Narrador, Narrativas, Palabras Diversas o Pluma y Tintero… y también en revistas del extranjero como Gaceta Virtual, Letras en el andén, Literarte, Poeta (todas ellas de Argentina) o Cinosargo (Chile), La ira de Morfeo (Chile, Argentina y Brasil), Letralia (Venezuela), Letras Uruguay (Uruguay), Ombligo (México), Resonancias.org (Francia), Baquiana o Herederos del k(c)aos (ambas de EE.UU.), entre otras muchas.

Contactar con el autor: j_ubedai[at]hotmail.com

 

 

info-margencero Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 76 / septiembre-octubre de 2014 – MARGEN CERO™Aviso legal

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