relato por
T. H. Merino

 

 

R

emedios había simulado permanecer dormida mientras su marido se preparaba para acudir al trabajo. En toda la noche pudo dormir, pero había permanecido quieta controlando los nervios. Era necesario, primero, para no alertar a Nicolás de que algo anómalo iba a ocurrir; y segundo, para evitar que pudiera enfadarse y ponerse violento por perturbarle el sueño.

Cuando oyó el golpe de la puerta al cerrarse, Remedios, soltó todo el aire que había contenido en sus pulmones. Permaneció todavía unos minutos en la cama, tumbada boca arriba, y describiendo con su cuerpo la posición del ángel. Lo hacía a menudo cuando se quedaba sola. Era un modo de liberar tensiones e intentar pensar razonablemente. Repasaba los detalles. Por nada del mundo quería cometer ningún error, y, desde luego, no sería perdonable que, después de tanto tiempo estudiando los pormenores y preparándose para el momento, todo se le viniera abajo por alguna pequeña distracción.

Debía salir pronto del edificio, no quería tropezarse con Aarón, ese individuo barbudo del cuarto que simpatizaba con su marido. Era un sentimiento recíproco. Tenía una mirada extraña que la intimidaba, que hacía que se sintiese insegura, culpable de algo que ella ignoraba. Más de una vez le había visto hablarle a Nicolás como si le estuviese aleccionando. Y Nicolás prestándole  toda su atención. En cualquier caso, se decía a sí misma, que no tenía por qué temer nada, a fin de cuentas ella se marcharía, y cuando estuviera lejos qué podría importarle lo que Aarón pudiera decir. Por otra parte, no tenía razones para pensar que mantuviese con su marido un pacto de vigilancia durante su ausencia, que, dada determinada situación, se hubiese comprometido a retenerla, a avisarle y a entregársela para que recibiera un buen y merecido castigo. Sinceramente, era llevar las cosas demasiado lejos, por mucho que le atemorizara su mirada. Magdalena, la mujer de Aarón, también era una persona a evitar en su huída. Tenía todo el aspecto de una mujer sumisa, sometida, pero que no le inspiraba la menor confianza, por mucho que ella se empeñara en hacerle confidencias. A veces llegó a pensar que se trataba de un señuelo para ganar su amistad con fines oscuros. Pensar que existía una confabulación para tenerla controlada, era ir, quizá, demasiado lejos,  pero la verdad es que ninguno de los vecinos le resultaba digno de confianza, siempre mirando sesgadamente, tratando de saber, esperando con tensión, aunque simularan no darle la menor importancia, sus respuestas a las preguntas que indirectamente y por sorpresa le formulaban. A decir verdad, se sentía aislada y atemorizada, porque su marido, además, poseía ese don de gentes del que ella carecía, siempre metida en sus cosas y ajena al entorno. Nicolás se ganaba bien a la gente, y la gente le correspondía con amistad y simpatía, sin poder imaginarse cómo era su comportamiento de puertas adentro, es decir, el trato diario que le dispensaba a ella,  su mujer. Seguramente, Reme, era, a ojos del vecindario, una verdadera arpía, y él, un pobre hombre víctima de sus brujerías.

 

Después de desayunar, pensativa, se levantó parsimoniosamente. Nicolás ya estará en su puesto de trabajo, se dijo. Disponía por tanto de al menos tres o cuatro horas para escapar. Con los ojos enrojecidos, recorrió la casa gimiendo y sonándose la nariz. Pensaba llevarse lo imprescindible, unos cuantos trapos y poco más. Utilizaría una bolsa de viaje, que siempre pasaría más desapercibida que si llevase una maleta. Una maleta significaba viaje, y un viaje significaba preguntas, y el tiempo necesario en pensar y emitir respuestas calculadas, lo que sin duda le obligaría a demorarse, y seguro que acabaría delatando su nerviosismo y generando la consecuente sospecha. A Nicolás no iba a dejarle ninguna nota. Él lo comprendería enseguida. Tal vez, obcecado en el papel que representaba, le nublara la visión, creyéndose como se creía con todos los derechos y carente de obligaciones. Lo de entregarle el sueldo o parte de él, no lo hacía por obligación, sino porque la administración de la casa, con todo lo que ello conlleva, era cosa de mujeres. El trato que casi desde el principio le había dado, se había agudizado cuando ella perdió el trabajo, y que, en cierto modo, él había contribuido con sus presiones. No era un problema de dinero, si no de creerse con todo el poder. A partir de entonces se había convertido en poco menos que en la criada de un amo despótico, caprichoso y cruel. La primera vez que la golpeó había sentido la impronta de la rebelión, pero rápidamente había perdido fuerza dejando paso al sentimiento de impotencia. Después había mantenido siempre la actitud de sumisión. Le daba resultados. Estallaba el brote de cólera, la golpeaba y enseguida comenzaba a serenarse. Contrito, se dejaba caer en una silla, hasta que pasado unos minutos, con semblante de aparente arrepentimiento, se aproximaba y le hacía unas caricias. Después, inevitablemente, acababan copulando.

 

Frente al espejo del baño, una vez vestida, intentó mejorar un poco su aspecto. Se refrescó la cara, peinó su negra melena que le caía a ras de los hombros y se pintó discretamente. Apenas disponía de productos cosméticos. Nicolás se mostraba contrario a las cremas. Y aunque ella no las necesitaba, Reme, pensaba que eran celos que él no quería reconocer, que habría sido empequeñecerse como hombre ante ella y ante sí mismo.

Se echó una última ojeada, adoptando ante el espejo una expresión de dureza. Trataba de infundirse ánimos. Reme había seguido siendo Reme entre ellos, aunque sólo en los momentos íntimos, pero Nico había pasado a ser Nicolás. Nicolás era el nombre de distanciamiento, nada de familiaridades, si quería hacerse respetar el nombre correcto era Nicolás. Lo bueno del asunto, es que él nunca le dijo que le tratara  con distancia o que le llamara por su nombre o por el diminutivo, pero sí, de un modo sutil, había ido creando esa distancia, de forma que ella no se atrevía a tomar mayor proximidad ni siquiera en la forma de llamarle.

Lo que le sorprendía es que ningún vecino se hubiese dado por enterado de lo que ocurría en esa casa. Sus inevitables gritos y llantos transidos de dolor, el ruido de los golpes con los objetos arrojados sobre las paredes o las puertas. Nada. Nada a su favor. Llegó a pensar que Nicolás, haciendo gala de sus habilidades, habría conseguido presentarla como una enajenada, pero en cualquier caso bajo su control. ¿Qué otra explicación había? No podía imaginar, de haberse conocido los hechos como realmente eran, semejante falta de humanidad. Si no era así, por qué ese odioso Aarón iba a mirarla de ese modo tan oscuro, como si reclamara la justicia sobrenatural. Por qué esa mujer, Magdalena, la abordaba tratando de sonsacarle, tal vez pensando en regenerarla en cuanto ella se abriera a la confidencia. No le cabían alternativas, lo sabía muy bien. Sólo la huída hacia un lugar incierto lograrían liberarla de ese lacerante yugo.

 

No había tiempo que perder. Era hora de largarse. Ya encontraría alguna forma de salir adelante, cualquier nueva situación sería preferible a continuar en este insufrible infierno.

Echó una ojeada general a la habitación, tomó la bolsa de viaje, y se dispuso a salir.

Al abrir la puerta, no pudo contener un temblor que casi le provoca un desmayo. Nicolás estaba allí, de pie sobre el felpudo, que le hacía las veces de peana, como si se hubiese plantado allí a esperar desde que salió del piso una hora u hora y media antes. La miraba con una sonrisa cínica dibujada en sus labios.

—Como no has dormido esta noche, pensé que te ocurría algo, y por eso he vuelto. Para saber como estabas. Para cuidarte, Reme.

—Iba…  iba…  a  visitar  a  mi  hermana  que  está  enferma —acertó con dificultad a articular Reme, sin salir de su asombro y sobrepasada por el miedo.

¿Cómo era posible que él supiera que había pasado la noche en vela? No imaginaba que él hubiera estado vigilante toda la noche, que ella se hubiese delatado, aún habiendo mantenido conscientemente y no sin esfuerzo una respiración serena, y sin mover un solo músculo. O simplemente, Nicolás, no por esa noche, sino por los últimos días, semanas o meses, a pesar de sus múltiples precauciones, hubiese detectado el peligro, y hubiera ideado el modo de mantener, aún dormido, todos sus sentidos en estado de alerta.

—¿No vas a entrar? —preguntó en falsete Nicolás.

Ella se giró sobre sí sin pronunciar palabra, caminó como una sonámbula hasta el salón, dejó caer la bolsa de viaje, y se derrumbó en el sofá.

La mirada falsamente dulce de Nicolás apenas cerró la puerta tras de sí, se tornó en colérica. Se aproximó, se encorvó ligeramente sobre ella, y, en pocos segundos, resonó una bofetada.

Reme lloraba amargamente, de dolor o quizá de rabia por haber perdido esta ocasión, el momento que creía más oportuno para escapar y marcar el hito de una nueva vida, y aunque incierta al menos esperanzadora.

Nicolás se hundió en un sillón con la cabeza entre las piernas, sumido en su pesar, tal vez tratando de entender lo incomprensible. Cómo le podía ocurrir esto a él, que su mujer estuviera dispuesta a abandonarle. Desde luego que no lo iba a permitir, ni siquiera a darle una nueva oportunidad. Debía idear un modo para cortarle todas las salidas. Algo se le ocurriría. Por el momento disponía  del día y de la noche para pensar en ello. En todo caso, siempre tenía la alternativa de pedir unos días libres hasta asegurarse de tener controlada la situación.

Nicolás ladeó ligeramente la cabeza para estudiar el estado de Reme. Ella se mantenía tumbada, desmadejada, en la misma posición que la dejara cuando le dio la bofetada. Su cabello oscuro le cubría buena parte del rostro, y sus brazos caídos y abandonados como resultado de un movimiento azaroso. Durante unos minutos la escrutó minuciosamente en toda su longitud. Llevaba una blusa blanca que solía ponerse los domingos, pantalón vaquero y zapatos acharolados de tacón alto. Poco a poco, su rabia había ido transformándose en deseo. Aunque esta vez era distinto, al menos que él fuera consciente: ella quería huir de él. Pero este aspecto, lejos de retraerle, le enardecía aún más. Ver sus formas deseables en ese cuerpo a la deriva, de moral hundida, humillada, le provocaba una pasión sin límites. La iba a forzar si fuera preciso, si trataba de resistírsele, aunque para ello tuviera que quitarle la vida.

Se acercó con cautela. Reme no dio muestras de sobresalto. Le pasó un brazo bajo los muslos; el otro, a la altura de los hombros. La elevó cautelosamente, y la condujo a la habitación. Ella permanecía aparentemente impasible, dejándose hacer, sin el menor gesto de oposición. Las aguas estaban volviendo a su cauce, pensaba Nicolás, un cauce que nunca debió desbordarse. La dejó suavemente sobre la cama, y la fue desnudando con lentitud, recreándose visualmente en la porción de piel que cada prenda quitada iba dejando al descubierto. Después la giró dejándola bocabajo, y se abalanzó sobre ella.

 

Tiempo después, ella permanecía en la misma posición; él yacía a su lado dando claras muestras de cansancio y resistiendo la tentación de dormirse.

Reme, en algún momento posterior, hizo un intento de levantarse, pero Nicolás en un acto reflejo, como un relámpago, dejó caer su brazo aprisionándola por la cintura e impidiéndole cualquier movimiento.

—Voy al baño —susurró Reme.

Nicolás se incorporó de medio lado para mirarle de frente a los ojos. Ella respondió con una mirada triste que denotaba absoluta entrega.

—Necesito ir al baño —repitió.

—Podemos intentarlo de nuevo. Una última oportunidad —dijo Nicolás.

—Sí, quizá resulte…  —respondió  Reme  con  voz exhausta—. Ahora déjame ir al baño —continuó.

Nicolás la besó en la frente, y le retiró el brazo de su cintura.

Tironeó para subirse el pantalón que él le había dejado por los tobillos, y se incorporó con lentitud.

Mientras salía de la habitación, Nicolás se quedó de costado apoyado sobre un codo observando su caminar cansino.

 

Esta iba a ser la última vez que él pudiera recrearse mirándola.

 

* * * *

 

Nicolás comenzó a impacientarse por la tardanza. La llamó una vez, dos… y ella no respondía. De un salto se levantó de la cama e inició la carrera en su busca. Pero esa carrera terminó repentinamente. La detuvo un cuchillo hundido en su garganta sostenido por la mano firme de Reme, apostada a la derecha de la puerta de la habitación.

—Bien medido lo tenías, Reme —balbució entre un vómito de sangre. Se mantuvo tambaleante un momento y enseguida se desplomó.

Reme se lavó las salpicaduras de sangre, se vistió, tomó su bolsa y salió sin mirar para atrás. Dio varias vueltas a la llave, y bajó las escaleras con seguridad. Ni por un momento sintió temor ante una inesperada aparición de Aarón.

(Del libro de relatos Algo que contar)

 

t h merinoT. H. Merinode origen extremeño, se estableció años atrás en la Comunidad de Madrid donde actualmente reside. Su formación económica le condujo por caminos más prosaicos, aunque sin soslayar nunca su natural inclinación a la Literatura. Recientemente, obviando el pasado menos próximo, el autor ha publicado Algo que contar, un libro, compendio de diecinueve relatos, basado en hechos cotidianos, donde se perfilan los claroscuros de los sentimientos humanos.

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 59 / julio-agosto 2011MARGEN CERO ™Aviso legal

 

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