relato por
Helena García Mariño

M

ientras caminaba por la acera, tratando de sortear los charcos que periódicamente entorpecían su camino, tenía los ojos clavados en el suelo. Estaba casi segura de que si se hubiera concentrado tanto desde el principio en el estudio del pavimento ahora sabría el número exacto de adoquines que había pisado. Ahora ante ella sólo desfilaba, imparable, una serie de cuadrados grises que a veces se entremezclaban y se descomponían y se rehacían y volvían a formar una fila perfecta.

El mundo, por aquellos entonces, era sólo piedra y grava. No había ningún sentimiento transformando en carne la roca, ningún amago de rostro en el empedrado, nada más profundo que un cubo en dos dimensiones, nada por debajo del asfalto.

Veía sombras pasar a su lado y sentía un temblor recorriendo su espina dorsal, desde el punto más alto hasta el final, cuando algo que no eran las gotas de lluvia rozaba la piel de su brazo desnudo. Por oleadas, como las náuseas, sentía presencias a su alrededor: frías, espectrales. Y entonces se concentraba en la tormenta gris del suelo y se sumergía más y más en ella como si quisiera que sus brazos se volvieran de piedra y se quedaran bellamente inmóviles mientras sentía el abrazo del dios alrededor de su cintura. Sería una ninfa perfecta, una modelo tan ajustada a la imagen de Dafne que habría hecho sentir escalofríos al mismísimo Bernini.

De repente advirtió un impacto en su estómago, y el aguacero plomizo del suelo desapareció ante ella. Levantó la cabeza y se encontró de golpe con unos ojos que, sobresaltados, rebuscaban en el fondo de los suyos. Vio como la mujer que tenía delante recogía las cosas que acababan de golpear el suelo y le devolvía su bolso entre palabras de disculpa. Y vio otra vez la carne y los rostros que la rodeaban y la tercera dimensión y todo lo que había debajo del asfalto. Y los brazos de la ninfa dejaron de ser ramas, cesó de pertenecer al mundo de las rocas y sintió otra vez esa animadversión hacia todo lo que no estuviera hecho de materia inerte. Por un instante sostuvo la mirada que la escrutaba y vio reflejado en los ojos de la otra el odio que se aferraba a los suyos. Y, también por un instante, hasta ella tuvo miedo.

Arrancó su bolso de las manos de la mujer y sin mediar palabra continuó aceleradamente su camino, mirando al frente pero sin apartarse cuando los que habían detenido su marcha para ver qué ocurría invadían el espacio que quería atravesar. Una voz en su interior le recriminaba su comportamiento, y la imagen de esa mezcla de asombro y temor que se había dibujado en el rostro de la mujer estaba aferrada a sus retinas. Pero siguió andando, calle abajo. Aquel día estaba siendo el culmen de sus tres semanas de misantropía.

 

línea separadora Misantropía

Helena García MariñoHelena García Mariño. Nació en Madrid hace veinticinco años. Licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Profesora de Literatura y escritora.

 

📩 Contactar con la autora: helenamarino2 [at] gmail.co

 

🎴 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiarn.º 81 / julio-agosto de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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