relato por
Esther Domínguez Soto

 

E

l guía bajó el paraguas rojo que empleaba como banderín de enganche para los turistas que lo seguían. Un grupo compacto. Nadie quería perderse en aquel inmenso y atestado museo, donde había que hacer cola para entrar en cualquier sala o comprar un refresco en la cafetería. El guía contó las cabezas paradas ante él y echó un vistazo alrededor. Faltaba una persona, la turista alemana que siempre llegaba tarde, quizá porque apenas entendía el español y las explicaciones la traían al fresco. Ahora vagaba por la sala mirándolo todo con aire despistado. Una oleada de japoneses la separó momentáneamente del grupo, aunque eso no pareció preocuparla en absoluto. Siguió paseando en círculos con el sombrero de alas bien encasquetado.

El guía se situó a la izquierda de un cuadro bastante grande, rectangular, encerrado por un marco dorado, ancho, todo hojas retorcidas y flores de grandes pétalos. Los turistas vieron a una mujer completamente desnuda, echada en un diván tapizado de brocado azul oscuro. En su mano derecha sostenía un dije con una miniatura de un hombre de gesto altivo, enmarcado por perlas grandes y cremosas que formaban una corona en la parte superior de la cabeza del retrato. Era un bello objeto para una mujer muy bella, joven, de piel dorada, boca grande y labios muy rojos. Aparecía reclinada sobre el brazo izquierdo, la cabeza apoyada en la mano. Su cuerpo no daba la sensación de abandono que suele invadir a las modelos de este tipo de desnudos. Esta no era una mujer lánguida sino un ser lleno de energía que parecía estar deseando reanudar sus actividades, interrumpidas por la sesión con el pintor.

Una cascada de tejido rojo oscuro tapaba sus caderas pero dejaba al descubierto unas piernas que, como advirtió la turista alemana que se fijaba mucho en este tipo de cosas, eran perfectas.

La joven estaba sola. Ningún perrillo, cupido o doncella ayudaba a completar la composición. El pintor había querido que toda la atención se centrara en la modelo, en su cuerpo proporcionado. Las perlas y las piedras preciosas que adornaban sus bucles oscuros no estaban pintadas con la minuciosidad que suele ser normal en un pintor renacentista. Sólo estaban allí para realzar el rostro, de la misma manera que no había pintado más muebles en la habitación que el diván donde la mujer permanecía echada.

A su espalda, y a través de una ventana con parteluz, se veía una ciudad en lontananza. Era fácilmente reconocible. La cúpula de Santa María dei Fiori y el río Arno, que parecía querer abrazar aquel aglomerado de edificios y puentes, dejaban bien claro que Florencia era el lugar elegido para acompañar a aquella mujer singular. Un grupo de nubes matizaba la luz del sol antes de penetrar en la habitación y bañar el cuerpo de la modelo. Cálido y sorprendentemente vivo.

Después de dejar unos segundos para que todos pudieran ver bien el cuadro, el guía carraspeó y comenzó la explicación, alzando la voz para hacerse oír en medio del rebumbio que los envolvía.

—Este es el retrato de la duquesa de Azzaro, por Andrea dei Bruzzi, un pintor conocido por sus frescos en iglesias y palacios florentinos. Se cree que fue pintado alrededor de 1464. La cúpula de la catedral de Florencia, finalizada en 1436, nos indica que el cuadro es posterior a esta fecha, aunque no exista documentación que nos permita una datación más exacta. Observen que la duquesa está mirando a alguien, transmitiéndole algún tipo de mensaje. Es indudable que el destinatario de esa mirada es una persona con la que compartía algún secreto. Hay complicidad en esa mirada —los turistas miraban obedientemente. Algunas cabezas hicieron un gesto afirmativo. El guía retomó la explicación—. Si la sonrisa de la Gioconda ha hecho correr ríos de tinta e intrigado a los críticos de arte durante siglos, los ojos de la duquesa de Azzaro no han pasado desapercibidos —con un dedo manchado de nicotina, siguió señalando la pintura—. Se han barajado muchas hipótesis pero, me temo que nunca sabremos la razón de esa mirada cargada de algo que el profesor Aranda describió como «enigmas contenidos en unas pupilas marrones».

Impresionada ante frase tan rimbombante como hueca, una señora del grupo preguntó en qué libro podía leerse tamaña afirmación. El guía se apresuró a responder. A esa pregunta siguieron dos más. El guía miró su reloj. —Lo siento, señoras y señores, pero debemos seguir con la visita. Aún debemos visitar la sala de pintura barroca y la modernista antes de ir a comer. En el restaurante nos esperan a las dos —levantó de nuevo el paraguas y con la mirada buscó a la turista alemana. Ésta estaba distraída mirando un enorme cuadro de tema mitológico—. Por favor, señora —la alemana se volvió al sentir la mano del guía en su hombro—. Nos vamos. Síganme, por favor.

El grupo se alejó. Otro tomó el relevo y otro guía repitió la historia de la perplejidad de los críticos ante aquellos ojos oscuros y la mirada intensa. La frase del profesor Aranda volvió a ser mencionada. La duquesa de Azzaro soportó otra tanda de flashes. Siguió mirando a alguien que, como ella, estaba más allá del tiempo y del espacio, compartiendo una broma privada, muy lejos de los turistas, los guías, el profesor Aranda y las teorías artísticas y estéticas.

 

Castagno di Montevecchio. Agosto, 1464

 

Oyeron un relincho. Andrea se asomó al balcón que daba al camino. Ante sus ojos preocupados se extendía la campiña toscana. Era una tarde de finales de agosto y el  trigo maduro cubría grandes extensiones del valle de Montevecchio. Grupos de cipreses y olivos surgían de entre los sembrados como manchas oscuras en un campo de oro viejo. El pueblecito de Castagno, unas pocas docenas de casas, se arracimaban en torno a la iglesia parroquial dedicada a san Vitale. Entre los sembrados, un grupo de niños espantaba a los cuervos que intentaban devorar el grano maduro.

Andrea no tenía ojos para apreciar las bellezas del valle toscano. El caballo que se dirigía hacia su casa rodeado de varios perros de caza, nerviosos y ladradores, era lo que realmente le interesaba. Mejor dicho, el jinete que lo montaba era quien le preocupaba. Y mucho. No hacía falta que nadie le revelase la identidad de aquel hombre todavía joven, alto, fornido, de barba y pelo negro que montaba aquel hermoso caballo marrón. Conocía de sobra al duque de Azzaro, orgulloso de su rango y de su nombre, puritano, despiadado con sus enemigos y con sus inferiores y, sobre todo, celoso, enfermizamente celoso. El corazón del pintor pareció detenerse para luego latir con una rapidez inusitada. Notó una oleada de calor. Pese a eso, un escalofrío recorrió su cuerpo delgado y joven. Se volvió hacia la modelo que, sentada en un silloncito, comía almendras garrapiñadas.

—Es tu marido, Fiammetta.

La exclamación de la duquesa fue todo lo contundente que su nerviosismo le permitió. De un salto, cogió sus ropas y miró alrededor, buscando un lugar donde ocultarse. Andrea le indicó el dormitorio, separado del estudio por un tapiz de tema mitológico de escaso gusto y muy dudosa moralidad.

—Ahí. ¿Lo has cogido todo?

—Todo —Fiammetta reparó en el corpiño, enganchado en uno de los brazos del sillón. Lo cogió y corrió a esconderse en el dormitorio. Si su desnudez no fuera bastante reveladora, el desorden de la cama despejaría cualquier duda que el duque pudiera albergar con respecto a la relación de su esposa con el pintor.

A su vez, Andrea acabó de vestirse. Los ladridos y los relinchos del caballo se acercaban por momentos. Cogió un trapo y comenzó a limpiar un pincel justo cuando el duque penetraba en la casa sin llamar, cosa que hacía siempre para dejar claro que él era el señor de aquel pueblo y de sus gentes, incluso los forasteros. Sus pesadas botas de montar hicieron crujir los peldaños de madera. El duque se paró en la puerta del estudio. Con los brazos en jarras y cara de asco examinó la habitación.

El estudio ocupaba la casi totalidad de la primera planta. Las paredes estaban pintadas de color ocre y las gruesas vigas que sostenía el techo daban sensación de solidez. Había varias mesas hechas con tablas sin pulir montadas sobre caballetes. Sobre ellas se amontonaban pinceles de diversos tamaños, cuencos llenos de pigmentos de varios colores, jarras de barro y trapos manchados formando un montón informe. Contra una de las paredes se apilaban varios lienzos. El duque no reparó en la luz que alegraba el taller. Afortunadamente, tampoco notó la tensión que se respiraba. Echó un vistazo al tapiz con gesto de estar chupando un limón. ¡Qué procacidad! Se felicitó por haber arreglado las cosas de forma que Fiammetta no tuviese que pisar el taller y ver aquello. Sus ojos se posaron, entonces, en el lienzo que reposaba en un caballete, ese detestable invento alemán que, a pesar de la oposición de la iglesia católica, los pintores acogieran con gran entusiasmo. El duque contempló la pintura con la expresión adusta que creía imprescindible en cualquier entendido que se preciara.

—¿Es éste? —Grazziano de Azzaro era hombre de pocas palabras, sobre todo cuando se dirigía a un inferior.

—Ciertamente, excelencia —Andrea se acercó al caballete y lo ladeó para que su cliente pudiera apreciarlo debidamente—. ¿Os gusta? —se atrevió a  preguntar.

—Hmmm… —lo miró detenidamente, torciendo la cabeza—. Demasiado gorda. La duquesa es más… —hizo un gesto con la mano—. No os importa cómo es mi esposa. Sólo debéis pintarla. Sólo eso —añadió con expresión feroz, mirando al pintor fijamente.

—Por supuesto, excelencia —Andrea estaba sobre ascuas.

El duque volvió a dirigir su atención hacia el cuadro. Tuvo que reconocer que no estaba nada mal. Las piernas eran francamente bonitas. El tapizado del diván resaltaba su piel dorada. La de Fiammentta era mucho más pálida. El duque rebufó. Así de morena debía ser su mujer, no como un cuenco de leche. Con expresión adusta siguió inspeccionando la obra de Bruzzi.  «Si  Fiammetta  tuviera  esos  pechos,  vaya  maravilla» —pensó. «No es que mi mujer  esté mal; es más guapa que la mayoría de las mujeres que conozco pero esta moza es magnífica».

—¿Qué os parece, excelencia?

—No me interrumpáis, hombre de Dios. ¿No veis que estoy ocupado?

—Os ruego me disculpéis —Andrea se retiró unos pasos y se pegó al tapiz, como si quisiera proteger a la mujer que se ocultaba tras él.

El duque seguía sumido en sus pensamientos. Le gustaba lo que veía. Se felicitó por haber encontrado la solución al problema que se le había planteado cuando se le ocurrió que quería tener un desnudo femenino en su castillo. Estaba haciendo mejoras para adaptar la mansión de sus antepasados a  las nuevas modas. Las ventanas amplias sustituyeron a las estrechas y alargadas que apenas dejaban entrar la luz; el mármol cubría suelos y muros en las habitaciones principales y los techos de madera oscurecida por los años estaban ahora recubiertos por estucos y dorados. En medio de todas estas obras, al duque se le antojó el desnudo. Todos los nobles florentinos tenían mujeres desnudas pintadas en frescos y lienzos. Esa era la última moda y él, Grazziano de Azzaro, no podía quedarse al margen. Pero, ¿a quién retratar? Fiammetta era muy bella y el duque estaba orgulloso de su belleza. La idea de ver su rostro mirándole desde un lienzo, siempre joven y apetecible le resultaba muy atractiva. Además, las damas de la nobleza no ponían reparos en posar para retratos, personificando diosas o heroínas clásicas. Pero, entonces, intervinieron sus feroces celos. Después de mucho meditar y sopesar las posibilidades llegó a una conclusión.  Un desnudo de su mujer estaba fuera de cualquier consideración. La duquesa no podía posar de esa guisa. Varias generaciones de Azzaro se levantarían de sus tumbas si algo así sucediese. Esa era la disculpa que se daba a sí mismo. Lo que en realidad lo sublevaba era la idea de que otros hombres, sus invitados y amigos, pudieran disfrutar de los encantos de Fiammetta. Por otro lado, no quería renunciar a decorar su casa siguiendo los dictados de la moda impuesta por la nobleza de mayor fuste.

Estaba hecho un mar de dudas cuando una ejecución pública le dio la solución. Mientras el verdugo decapitaba limpiamente a dos envenenadores en la Piazza della Signoria, Grazziano, en una especie de camino de Damasco particular, vio la luz. O lo que es lo mismo, la solución a su dilema. Un cuerpo, salvo por alguna deformidad extrema, es casi idéntico a otro cuerpo. Lo que los individualiza es el rostro. Si el verdugo se confundiese y colocase las cabezas de los ajusticiados en los cuerpos equivocados, ¿quién se daría cuenta? Seguro que ni las familias notarían la diferencia. ¿Por qué no poner las facciones de su mujer en el cuerpo desnudo de cualquier modelo? Después de admirarse de su propia agudeza, y como era hombre de acción, pronto encontró al pintor del que tanto había oído hablar. Lo visitó en su estudio y le explicó lo que deseaba. El artista aceptó el singular encargo, se trasladó a Castagno di Montevecchio y puso manos a la obra.

El duque hizo un gesto de aprobación. Estaba satisfecho consigo mismo. No le cabía la menor duda de que era un hombre de imaginación. Después pasó a preguntarse quién sería la dueña de todos aquellos encantos. A punto estuvo de preguntárselo a Andrea pero se contuvo. Un Azzaro no podía ir por ahí pidiendo nombres de mujerzuelas. Porque estaba convencido de que sólo una ramera se mostraría desnuda ante un hombre que no fuera su esposo. Y menos a un pintor, por muy bueno que éste fuese. Sus antepasados se revolverían en sus tumbas. Desechó la idea con un bufido.

—¿Cuándo comenzaréis a pintar a mi esposa? —se interesó.

Andrea hizo una cortesía.

—Cuando vuestra excelencia desee.

—Venid  mañana  al  castillo.  La  duquesa  estará preparada —se dispuso  a  salir—.  Después  podréis  pintar  mi  retrato  para  la miniatura —antes de llegar a la puerta del cuarto, incapaz de vencer su curiosidad, preguntó—: ¿Quién es esa mujer?

El pintor, conocedor de las opiniones del duque al respecto, respondió sonriendo: —Una joven que conozco en Florencia. Una mujerzuela con un cuerpo magnífico.

—Hmm. Ya. No olvidéis traer vuestras cosas.

Señaló las pinturas con una expresión que demostraba bien a las claras el desprecio que le merecía la profesión de Andrea. Sin despedirse, salió satisfecho. Hasta los artistas, unos seres con la moralidad de un gusano de seda, le daban la razón. Sólo una furcia se mostraría de esa forma a un hombre. Y menos permitir que la pintase. El fuego divino debería bajar, de vez en cuando, y poner las cosas en su sitio. Lo que es lo mismo, fulminar y reducir a cenizas a esa clase de personas. Por su parte, no necesitaba de la intervención divina para solucionar esa clase de problemas, si alguna vez se presentase. Si Fiammetta hiciese algo así, la mataría con sus propias manos. Menos mal que era una mujer recatada. Ni a él, su marido, le permitía verla sin sus púdicos camisones. Llamó a los perros con un silbido, montó su hermoso caballo y puso rumbo al castillo.

Andrea lo vio partir, erguido sobre su caballo, su espada golpeando rítmicamente su pierna izquierda, la pluma de su sombrero de ala ancha recortada contra el sol de la tarde. Cuando se convirtió en una sombra diminuta, cada vez más cerca del solar de los Azzaro, Andrea entró en el estudio. Fiammetta estaba contemplando el cuadro. Él acarició sus hombros desnudos. Su piel era dorada y suave como el raso de sus preciosas enaguas. Los dos miraron el cuadro. El cuerpo era perfecto salvo por un pequeño detalle. No tenía cabeza. Fiammetta rió, divertida.

—Ya te dije que no me  reconocería. Grazziano sólo tiene ojos para sus podencos y sus azores. Ni siquiera tiene una amante.

Andrea hizo una mueca.

—Ese hombre debe estar ciego.

—Pero  tú  no  lo  estás,  amor  mío.  Y  eso  es  lo importante —se encogió de hombros.

—¡Al diablo con Grazziano y sus prejuicios¡  Mañana vendrás al castillo y pintarás mi rostro. El cuadro quedará completo, mi marido satisfecho y yo —guiñó un ojo— me encargaré de hacer tu estancia en Castagno de Montevecchio inolvidable.

Andrea giró los ojos cómicamente. Se sentó en un diván y buscó en un frutero de peltre que estaba sobre una mesita, a su derecha. Se decidió por un racimo de uvas, grandes, alargadas y verdes como el mármol.

—Hay una cosa que no entiendo —mordió una uva que se deshizo en su boca como un chorro de azúcar líquido—. Tu marido es el hombre más celoso del mundo. Supongo que no querrá que nadie vea ese desnudo, aunque él crea que tú no eres la modelo.

—Antes se dejaría matar.

—Entonces piensa ocultarlo, claro.

—Algo  así —Fiammetta  imitó  la  voz  tonante  de  su marido—. Si no lo hiciera, sus antepasados se levantarían de sus tumbas.

—¿Qué piensa hacer con la pintura? —preguntó Andrea al tiempo que comía otra uva.

—La colgará de su dormitorio. Allí entran únicamente las criadas y su ayudante

—Andrea hizo un gesto de estupor—. Es viejo y está más ciego que un topo. Grazziano no lo considera un peligro para el buen nombre de la familia. Por cierto —cogió un melocotón, rosado y suave, lo olió y disfrutó de su aroma, fresco y dulzón—, procura que quede contento. Piensa hacer pintar unos frescos en los salones del ala sur y me gustaría que te los encargase a ti.

—Lo procuraré. Pero no hagas ninguna trastada. Puede sospechar y, entonces, adiós a los frescos y, me temo, que a mi vida y a la tuya.

—Me será difícil disimular. Al verte soy incapaz de olvidar nuestros buenos ratos juntos. Por cierto —mordió el melocotón—, gracias por decirle que la que había posado para el cuadro era una mujerzuela.

Andrea se puso colorado.

—No tenía la intención de ofenderte. Sólo quería…

—Tranquilo, era una broma —dejó la fruta y se acercó al pintor—. Ya sé lo que querías hacer. Que Grazziano se largara cuanto antes —se sentó en el regazo de Andrea, cogió su cara entre ambas manos y lo miró fijamente—. ¿Adivinas qué quiero hacer yo hacer ahora mismo?

En la iglesia del pueblo, los antepasados de Grazziano de Azzaro comenzaron a revolverse enérgicamente en sus tumbas. Afortunadamente, nadie los oyó.

arabesco relato La mirada de la duquesa

 

Esther Domínguez Soto. Nació en Santiago de Compostela aunque vive en Pontevedra desde hace unos años. Es licenciada en Filología Inglesa y enseña en uno de los institutos de la ciudad. Compagina su trabajo con la escritura que es una de sus grandes aficiones.

Currículo literario
(Relatos)
El maldito tirón. Finalista en el Certamen Premio Relatos Breves de Mujer, Ayuntamiento de Valladolid, 1999.
La virtud de la puntualidad. Finalista Concurso de Relatos Breves, Ed. Edisena, 2000.
Mal de amores. Antología de Relatos Históricos, E-book, Editarx, 2015.
Finales felices. Revista Almiar, Margen Cero, 2015.
Una mujer afortunada. 1.ª Antología de Relato Corto. Serial Ediciones de GrupMTM, 2015.
Amor a primera vistaDiari de Terrasa, 16 de mayo de 2015.
Un pequeño milagroLetras con Arte, 2015.
Anónimos. Finalista I Certamen Mundial de Excelencia Literaria MP Literary Edition, Seattle, 2015.
La genio. Finalista 1.º Premio Nacional Narrativa Breve Villa de Madrid, 2015. Deseos cumplidos. Editorial El Fantasma de los Sueños, 2015.
Errores. Finalista I Concurso Donbuk de microrrelatos, septiembre, 2015.
Las musas de Homero. II Certamen de Relato Histórico «Heródoto de Halicarnaso», septiembre, 2015.
La sonrisa del muerto. Finalista Palabras Contadas. Editorial la Fragua del Trovador, octubre, 2015.
¡Qué lástima! Editorial Ojos Verdes. Cuentos Oscuros, noviembre, 2015.
La visita anual. Volumen de cuentos Los Fantasmas de la navidad. Ediciones Liceus, diciembre, 2015.
(Novela) Garum. Ediciones Oblicuas, abril, 2015.

Contactar con la autora: dominguezsoto[at]edu.xunta.es

Ilustración relato: La Venus de Urbino (detalle), Tiziano
[Public domain or Public domain], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 86 / mayo-junio de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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