relato por
Miguel Iglesias

 

Mauro y Claudio, amigos y compañeros, charlan animados en la terraza del bar, copa en mano, sobre las trampas y diatribas que les lanza la vida, día sí, día también.

—Esto no puede ser: nos lo ponen muy difícil —suelta Mauro.

—Ya lo sé: tienes toda la razón ¡La razón del mundo! Pero son así las cosas; o nos reímos o nos morimos.

Una pequeña ráfaga sopla entonces a la vera de la mesa, haciendo mover las servilletas ancladas bajo los platos y despertando los recelos de clientes y camareros. En la calle, también los aires meten un buen vaivén, despeinando cabellos y sorprendiendo andares. De vuelta a la terraza, no hay más víctimas que algunos mantelitos de cuadros, puestos sobre las mesas, zarandeados un poquito con ciertas ganas de marear.

Nuestros contertulios —los grandes Mauro y Claudio no lo olvidemos—, ven el empuje del aire, despertador este de su atención, ante el que ceden unos segundos: se dedican pues a la contemplación del fenómeno, a la reflexión en sus cabezas; siguen luego con sus discurrires, muy lejos de la filosofía común.

Mauro vuelve a la carga, lanzando una de esas preguntas que descoloca:

—Y qué sería de nosotros sin los problemas: sin las putaditas cotidianas y sin previsión.

—¿Qué?

—Que cómo viviríamos si no tuviésemos que enfrentarnos a tanto, sin tener que luchar a cada rato: a lo mejor seríamos más felices, no sabríamos lo que es la dificultad; pero también disfrutaríamos menos de lo bueno y nos revolcaríamos en lo malo.

—Para lo que hay de bueno en el mundo… —contestó Claudio, muy pesimista, notándose cierto apagón en su tono.

—¿Cómo que para lo que hay de bueno?

—Pues eso, para lo que hay; la mayoría de las cosas son más malas que buenas.

—Claro, esa puede ser la única gracia de lo bueno, si fuesen muchas las cosas buenas no las valoraríamos, no saltarían placeres y alegrías en nosotros: las despreciaríamos siempre; somos ingratos a todas horas, egoístas por naturaleza.

—Qué sé yo.

—¿Cómo que qué sabes? Dime, ¿tengo razón o no la tengo? —dijo Mauro, algo cabreado, levantando un poco su voz sobre el suelo y el aire.

—Vale hombre, como quieras: te doy la razón para ti.

Claudio reposa, toma un trago de su vermú a medio probar y se queda mirando el bailar de las hojas ante el azote de una nueva y marchosa ráfaga de viento. Por la acera pasa un niño: va en bicicleta y tiene unos cinco años. Va con sus padres —que caminan abrazados, queriendo dar testimonio de felicidad—, el niño lleva un armazón como si se fuera a las cruzadas: rodilleras, casco, coderas… Llevaría hasta protector de laringe o de próstata si los vendiesen.

Mauro lo mira, algo asombrado y se cabrea —tampoco le hace falta mucho para llegar al cabreo. Señala al niño y dice:

—Mira eso.

—¿El qué?

—El niño joder, el niño… ¡Qué empanada tienes! —la vena de su cuello gana sangre, el cabreo se va fraguando y la indignación del que no le gusta lo que ve va circulando rápida por la sangre.

Claudio mira al niño: piensa unos segundos y no parece ver nada que le saque de sus casillas. Coge y pregunta:

—¿Qué le pasa?

—¿Cómo que qué le pasa? ¡Pues que los padres le llevan protegido igual que si fuese a luchar a Covadonga! Es acojonante.

—¿Covadonga? ¿Qué tendrá que ver? Vamos a dejar el tema del chaval que me vas a acabar dando el día.

—¡Pues que no puedo con esto!: no puedo con ese rollo de la seguridad que le ha entrado ahora a la gente. Así se pierden los colores de la vida, los sonidos del aire, las alegrías, las desgracias… ¡Se vuelven zombis! Igual que esos de las películas.

—Pero, ¿de qué hablas? Si tú y yo seguimos en el mismo planeta, solo hemos visto pasar un chaval en bicicleta: pero tú sigue así ¡Mi madre! Parece que vienes puestito hasta arriba.

—Ya, claro que sí. ¡Qué putas las va a pasar ese crío! Estoy por levantarme y decirle algo a sus papás.

—¿Pero se puede saber qué dices? ¿Te volviste loco directamente o estás en el camino?

—Calla.

—No, es que pa mí que te abdujeron o algo.

—Que calles te digo.

Mauro sigue en sus trece: aparta su silla hacia atrás —una silla de varas de madera entretejidas, artesanal, muy bonita—, y se pone en pie. Se cierra el primer botón del chaquetón —el tiempo está fresco—, y se va a paso largo, en busca y captura de los padres de ese niño sobreprotegido; les pedirá cuentas y dará consejo.

Al mismo tiempo, el otro bueno de Claudio, se queda en su mesa: allí disfruta la comodidad de su silla y aprovecha para pegarle un lametazo curioso a la copa de su vermú; en la mesa de al lado, un hombre gordo de bigotes lacios y vestimenta de temporada ojea un periódico local y nada buceando en la información.

Claudio aprovecha y mira de reojo el periódico, el hombre de los bigotes se da cuenta de su mirada indiscreta y se vuelve hacia el curioso: la mirada del hombre es la de un águila que avista a su presa; Claudio nota cómo se le clavan sus ojos y aparta raudo la vista.

Mientras tanto Mauro vuelve a pie: paso seguro, mente limpia y corazón indignado por perder una guerra; otra más.

—Esto no es de recibo ¡Qué digo yo! Esto es acojonante —clamaba Mauro al cielo.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó con aire desinteresado y rutinario su contertulio, que ya empezaba a sentir los runrunes del alcohol.

—Pues que no me sueltan otra cosa más que un «Oiga, métase usted en sus asuntos». ¡Acojonante vaya! La que le espera a ese chaval: van a hacerlo muy flojo, convertirán en una hez su triste vida; acabará siendo un desgracias hasta el final de sus días. ¡Y los padres son culpables!

—¿Pero no crees que sacas las cosas de quicio? Es un crío y tiene unos padres que le blindan el cuerpo ¿Y qué? A ti no debería importarte. Hay cosas en el mundo mucho peores que esa.

Mauro cierra su boca: por primera vez tras un rato está de acuerdo con su amigo, pero renuncia —desde luego—, a admitir que pueda estar equivocado.

La terraza se queda en silencio unos segundos: se apaga el debate de Mauro y Claudio y, al tiempo, como si todas las conversaciones fueran de la mano, el resto de tertulianos callan y se contemplan unos a otros; una espiral de silencio se dibuja en el ambiente, solo rota por el ligero zumbido de la llama de butano que mantiene con calor a los clientes y algún pitido que otro allá en la carretera.

Una mujer mayor, de pelo teñido y ojos soñadores, mueve la rueda de la historia y lanza una frase que revive la conversación, antes herida de muerte. Levanta los ojos y dice:

—Ha pasado un ángel.

Vuelve la mujer a sus anteriores lecturas, de revistas de moda, perfumes y cosas así: el guirigay vuelve a ser rey en la terraza; Mauro y Claudio vuelven a sentir la sangre en sus venas y vuelvan a la carga.

Mauro sigue con su tema —como cada loco—.

—No es ya ese chaval, la armadura…, es que parece que el mundo se ha vuelto loco. ¡Todo está del revés!

—El mundo siempre ha estado loco.

—Ya, pero nunca como ahora.

—Lo domina ahora la humanidad más que nunca; es normal que esté más loco.

—Me pones enfermo: tienes respuestas vacías, ¡nunca nada útil! Cosas que no dicen nada, solo quieres intentar tumbar lo que digo. ¿Entonces, qué hacemos? ¿Quedarnos sentados ahí como tú? ¿Ser vegetales que miran la vida pasar?

—Vamos a hablar sin insultar: guardemos los modales.

—Yo no insulto.

—Sí lo haces; yo tengo muy poquito de vegetal.

—Tu mujer te llama viejo verde ¡Eso no me dirás también que es cosa mía! —Claudio lo escucha y suelta una carcajada.

Poco a poco, los vientos empujan las nubes que recorren con prisa el cielo, y los camiones de reparto aparcan en cualquier esquina para así hacer su ronda; al mismo tiempo, influenciada o no por eso, la conversación retorna a su origen serio; olvidando chascarrillos, recogiendo aprendizajes.

Mauro se disculpa por llamar a su amiguete «vegetal»:

—Ya, perdona. Vale: no tenía que haber dicho eso, pero es que lo aceptas todo, cualquier cosa te parece normal ¡El mundo es así y ya está! Eso es lo que sueles decir. Sin más. Y yo te digo que no, mi buen amigo Claudio; este mundo no es así porque sí, y no se quedará quieto jamás sino que no parará de moverse, a veces a gatas y otras arrastrándose.

—Sé ya de sobra que no es normal, ni bueno, ni nada de eso: pero uno ya tiene arrugas, y cuando estas crecen, las sorpresas menguan; hasta que uno no se sorprende de nada. Es ley de vida: enséñame lo que quieras; una imagen, una escena… sea lo que eso sea tengo dudas de que se me revuelvan las tripas, que me lata el corazón más deprisa o se me pongan los sentidos alerta ¡Estoy más tranquilo que nunca! Aunque hay motivos para estar más que nervioso, más que asqueado; la paz está en mí y la templanza ha puesto sus huevos; así tengo el alma.

—Eso es muy triste.

—Eso es mejor.

—¿Por qué?

—Porque así no deseo nada: porque si nadie quisiese nada más, si nos conformáramos con poco, siempre habría más rendijas para ceder a los demás, para evitar los conflictos; aunque quizás con esa resignación por norma nos volviésemos más áridos y secos. No lo sé.

—Pues yo no puedo resignarme ¡Hay muchas cosas que quiero hacer y que me gustaría que otros hicieran! Si me conformase y me diera todo igual no podría vivir; yo no podría ser como tú.

—¡Toma! Y a mí también, pero yo he conseguido lo que quería: estoy bien y en paz conmigo mismo, no hay cosa que me saque del letargo, ni hay grito que se oiga desde mi cascarón. Es mi caso, mi lujo: otros no pueden tenerlo; los hay que las pasan tan putas, que no pueden resignarse. Les roban a ellos la paz y solo les dejan el poder de maldecir. ¡No tienen alternativa!

—Mira: ahí ya empezamos a estar de acuerdo.

—Por algo se empieza: pero los chavales que llevan protecciones para la bici… no es de las batallas más importantes a luchar. Es estúpido, muy estúpido para un tipo como tú; parecías un Quijote que luchaba contra molinos.

—¡Que le den a las armaduras! No son ni un tercio de las cloacas abiertas que hay por aquí.

—Amén.

Los dos viejos se quedan —por fin— un rato en silencio, y el menguante vermú de Claudio quedaba indefenso ante los ávidos lingotazos, siendo víctima de una nueva acometida por parte de su cliente hasta no dejar más en el vaso que el olor de un líquido que un día allí navegaba: había cambiado de mar; ahora tocaba el del estómago donde, no sin pelea, los alcoholes se terminarían ahogando.

El hombre con bigote y periódico se va y un saxofonista —músico callejero, nada de oropel, mucho de talento—, aparece con intención de tocar algunos temas a cambio de alguna moneda que otra. El dueño ya le conoce: sabe de su arte para amenizar veladas, copitas, pedidas y todo cuanto sucede en su terraza.

Empieza a tocar.

La  señora  soñadora  —que  recién  empezaba  a  leer  su  revista  del corazón—, pide  al  músico  que  se  toque  algo  y  le  desliza  una  jugosa moneda —dos  euros  nada  menos— sobre  el  tacto  rugoso  de  la  mesa. El saxofonista —hombre moreno, del este de Europa—, comienza a tocar una melodía que embelesa a todos los presentes, quienes mueven sus escuetas carteras y sacan a la luz unas propinas decentes haciendo al artista llevarse su agosto.

Tras tocar la pieza, coge su instrumento y su arte y se va con su oficio a otro sitio a probar suerte.

Mauro y Claudio, se dicen ambos conmovidos por el sonido del saxofón, y levantan sus culos en busca de otros bares, nuevos temas, y más rincones de la vida a los que sacar brillo.

Se  queda  la  terraza  donde  estaban,  con  sus  pobladores  y tertulias —fauna autóctona—, que irán cambiando de figurantes, manteniendo a la vez su espíritu y su esencia.

—¿Saldrá al sol? —preguntó Mauro.

—Lo dudo mucho: o lo sacamos nosotros o tendremos que imaginarlo.

Y afuera seguía venteando, con los cielos grises.

 

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Miguel Iglesias González es un joven autor
que vive en Gijón (Asturias).

 

Contactar con el autor: miguel934 [at] gmx.com

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiarn.º 71 / noviembre-diciembre de 2013
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