relato por
Beatriz Martín Gascón

 

M

e llamo Beatriz pero todos me llaman Bea. Nací una ventosa mañana del mes de marzo de 1994 y nadie me esperaba, ni siquiera mi madre. Dos años antes, el parto de mi hermana se había demorado tanto que pensó que conmigo ocurriría lo mismo. No fue así, yo me adelanté un mes y los pillé a todos desprevenidos. Además, mis padres esperaban un niño con lo que la sorpresa fue todavía mayor.

La mayor damnificada con mi venida al mundo fue mi hermana Elena, ella, que hasta entonces había sido la única nieta de la familia, se sintió de repente desplazada. Como medida de presión, decidió ponerse en huelga de hambre y tuvieron que ingresarla en el hospital, ¡con lo pequeñita que era! Yo, mientras tanto, estaba muy feliz y orgullosa en mi nuevo trono, sin conciencia alguna del terremoto que mi venida al mundo había desencadenado. Menos mal que, cuando fui consciente de mi existencia, ya en casa todos se habían acostumbrado a mi presencia y me querían un montón. Mi hermana, tras el episodio hospitalario, aceptó con resignación ser la princesa destronada y no volvió a mostrar su faceta celosa. A partir de ese momento, se convirtió en mi compañera de juegos, en mi confidente y en mi modelo; yo me acoplé a ella como una lapa. Nada me gustaba más que formar parte de su grupo de amigos, no sé si a ella le gustaba, pero no dijo nada hasta los trece años, momento en el que lanzó un órdago y tuve que buscarme una cuadrilla de mi edad.

En la escuela, también causé estragos. Mi señorita de infantil no aguantaba a los niños movidos y yo no paraba. Me apodó La brujita tralará y, cuando no sabía qué hacer conmigo, me confinaba al rincón de los castigados. A la señorita Rosa, también le di muchos problemas, pero ella fue la primera que lanzó un mensaje de esperanza sobre mí, orientando toda mi energía hacia la música. Así, del rincón, pasé a ser una alumna aventajada en música, tanto que me matricularon en el conservatorio. Yo, ya entonces, debía de sentir la llamada de la enseñanza, pues, cuando llegaba a casa, mi juego favorito era ser la maestra de mis muñecos. Entonces mandaba yo y, cuando me cansaba de mis alumnos, los lanzaba al jardín sin consideración ninguna, ante el estupor de mi madre que los veía volar por doquier.

Por las noches, deseaba que llegase el momento mágico de irnos a la cama, pues me encantaba escuchar los poemas que mi madre había seleccionado para inculcarnos el placer por la poesía. Me conmovía saber cómo el lagarto y la lagarta perdían cada noche su anillito dorado y lloraban por ello; me seducía la musicalidad de aquel poema plagado de anadiplosis, en el que Alberti hablaba de una llave, de una casa, de una plaza, de una alcoba, de una cama…; me reía con aquel poeta que se aburría, que se moría de aburrimiento y que, de repente, pisaba una caca. Ni el ritmo, ni la musicalidad, ni la belleza de ningún poema seleccionado conseguía tanto como aquella frase: Oh, he pisado una caca. Cuando dormíamos en casa de mi abuela Carmen, acostumbradas a lo que se había convertido en todo un ritual, le exigíamos cierta dedicación horaria antes del sueño. Mi abuela, una cantante frustrada, veía en nosotras la ocasión de disponer de un público poco exigente para hacer sus pinitos. Así, de esta manera, con el famoso Mater Regina, aprendí mis primeros latines y también descubrí el mundo desgarrado de la copla con aquel marinero que llevaba su pecho tatuado o con aquel torero llamado Francisco Alegre y olé.

Fui creciendo y, en el Instituto, me convertí en una chica formal. Empecé a disfrutar leyendo, tocando el oboe y aprendiendo inglés y francés en la E.O.I. Durante los veranos, acompañada en alguna ocasión de mi hermana, con la que volví a recuperar la complicidad perdida, viajé a diferentes países, con el objetivo de mejorar mi nivel de idiomas. Ya entonces, me di cuenta de que me encantaba conocer otras lenguas, otras culturas, otras formas de entender la vida. Me di cuenta también de que esto ampliaba la posibilidad de tener amigos, e incluso de ligar. A este respecto, he observado que tengo una propensión innata para enamorarme de chicos de habla alemana. Esta fue la principal razón por la que el año pasado me matriculé en alemán y permanecí todo el verano en Innsbruck haciendo un curso de verano. Mi historia de amor no pudo ser y se acabó, pero me gustó tanto Austria que he decidido pedirlo como destino Erasmus y afianzar así mi nivel de alemán y de inglés. También me gustaría poder disfrutar, el último año de carrera, de una estancia en Canadá, país que conocí a los dieciséis años y al que deseo volver. De todas formas, me va a dar mucha pena abandonar Barcelona, porque me encanta esta ciudad, su gente y los estudios que estoy cursando.

 

 

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Beatriz Martín Gascón. Es estudiante de un grado combinado de Inglés y Francés con mención de Alemán. Ha participado en el programa Erasmus en la ciudad de Viena y va a iniciar un programa propio en la Universidad de Davis (California).

Contactar con la autora: beaalca14[at]hotmail.com

 Ilustración relato: Pintura por Paco Meléndez Torres ©
(de su muestra en Almiar)

 

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Revista Almiarn.º 84 / enero-febrero de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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